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Viajando en primera clase

Sacan dos camas amplias que hay en el gran camarote de primera clase que nos han asignado y ponen dos camas dobles, de esas marineras que están una encima de la otra. Por suerte el camarote tiene una pequeña terraza al aire libre, con una hermosa vista al mar, en la que cabe una mesa y cuatro pequeños sillones. No estamos acostumbrados a este lujo y estamos deslumbrados. Y allí iniciamos una nueva vida los cuatro amigos emigrantes, en una jaula de oro, muy confortable pero encerrados, lo que no deja de ser una carga para unos jóvenes de espíritu libre. Sin embargo no podemos quejarnos, la comida es espléndida, la de primera clase, y otros pasajeros nos envidiarían pues pagan grandes sumas por estas comodidades, con la única diferencia de sentirse libres para salir a la piscina, gimnasio, cafetería, salón de espectáculos, etc. La diferencia parece pequeña pero con el paso de los días se irá sintiendo. El hombre ha nacido para ser libre y el encierro sólo lo soporta cuando es elegido libremente como una opción, pero pesa mucho como obligación. Sin embargo el encierro nos permite a los cuatro hacer una buena amistad e ir descubriéndonos al ir contándonos nuestras intimidades Vamos conociendo cosas de nosotros mismos que nunca hubiéramos imaginado. La convivencia de tantas horas juntos va escarbando dentro de cada uno y vamos conociendo no sólo el interior de los demás sino también el de uno mismo. Hemos atado una buena relación.

Nos entretenemos en juegos de salón, naipes, dominó, ajedrez, etc. Y pasamos largas horas conversando pues nos sobra tiempo pero no deja de preocuparnos la posibilidad de que atenten contra nuestras vidas los comerciantes de armas o los tripulantes que querían vengarse. Y como nos sobra el tiempo conversamos mucho, liderando el grupo Juan al que todos respetamos  por ser el mayor, por tener estudios superiores, por su experiencia de la vida en la cárcel política de Carabanchel, porque ha puesto la cara al hablar en nombre de todos con el Comandante y sobre todo porque es un líder natural al que no le asusta nada. A mí me recuerda mucho a mis dos grandes amigos oriolanos Jesús “el probeta” y Pepe Sancho. Juan es un progresista y dice que el progreso no es tener televisión sino salud, educación y vivienda dignas porque lo único que quiere la gente es simple, que no suban los impuestos, trabajo estable y seguro, llegar a fin de mes sin angustias, que los bancos no suban las comisiones, poder salir de vacaciones y ser feliz. En resumen, lo que quieren es comer, beber, dormir y tener sexo pues al fin y al cabo la vida son tres días.

—Juan, estamos en 1960 y los comunistas tienen el poder en Rusia desde hace ya más de 40 años ¿Tú crees que los rusos tienen ese bienestar que tú señalas?

—Hace falta tiempo. Hay un orden de prioridades y primero hay que tener una infraestructura de industria pesada y de servicios que lleva tiempo. Pero el futuro es promisorio.

—Juan  —le digo— parece mentira que todavía creas en los políticos que dicen que si sacrifican tu generación serán felices las generaciones futuras. A mí no me sirve. No quiero promesas de futuro sino un presente digno y lo quiero con libertad. Siempre hablas pestes del capitalismo y hablas de los ricos como si todos fuera codiciosos sin moral y sin alma y esa es una opinión facilona, demagógica, que ha traído la desconfianza y el temor de quien tiene algo y teme que se lo quiten.

—Rodrigo, no estás preparado para hablar de política conmigo —esa es la salida de Juan cuando se queda sin argumentos.

—No hablemos más de política, siempre estáis con lo mismo —dice Antonio—Yo me pregunto por qué necesitamos pasaporte, visados, y tantos papeles para trasladarnos por el mundo de un país a otro ¿Cuándo será posible que el hombre pueda viajar libremente por el mundo sin papeles, como hacen las aves?

Le contesta Juan que tiene esa pequeña locura que casi no se diferencia de la normalidad, es como si de momento se pusiera en estado febril y todo lo entusiasma o lo desalienta de una manera exagerada, exaltada, y siempre es muy pesimista sobre su propio destino porque dice que para triunfar no hay que tener corazón y que él tiene demasiado corazón. Se considera un hombre compasivo, no un duro. Después de un momento de meditación Juan le contesta:

—Yo no creo que eso sea posible. Más bien llevamos un camino contrario y cada vez se exigen más documentos y más sistemas de control a la gente. En cambio el dinero, como las aves, va de un país a otro sin presentar pasaporte. En la cabeza del hombre, que suele llegar a pesar solamente unos tres kilogramos o algo más, se instalan desde que es muy niño una cantidad de ideas dominantes que con los años se convierten en grandes prejuicios. No se sabe cómo funciona el cerebro de los seres humanos pero es evidente que existe en el hombre, desde niño, un deseo de dominación sobre los otros. Podéis notarlo en el patio de recreo de un colegio primario, en los ámbitos de la enseñanza secundaria y universitaria, en una oficina, entre los vendedores de los grandes almacenes o entre los primitivos indios amazónicos. Desde niños queremos dominar a nuestros hermanos y a nuestros amigos, una veces directamente y otras con intrigas, pero no cesamos de querer apoderarnos de otras voluntades. Lo mismo ocurre con las autoridades, todos quieren usar su cuota de poder. Pero no sólo entre las autoridades. La cuota de poder, grande o pequeña, te la hace sentir el gobernante, el taxista, el empleado de ventanilla o el portero de tu casa. Todos te quieren mandar. Otro ejemplo: Dejas en una isla desierta a dos hombres y les asignas la mitad exacta a cada uno. Con esa mitad, si la trabaja, puede vivir bien. Pero vuelve a los pocos meses y comprobarás que ya hay uno que se apoderó de una parte de  la tierra del otro, se la compró o se la arrebató por la fuerza. Es un gen del poder que está dentro de nosotros.

—¿Es también así en la relación matrimonial? —le pregunto.

—Efectivamente, en la relación matrimonial y en todas las relaciones humanas. Pero sobre todo en el matrimonio. El cónyuge o la cónyuge, según su carácter, no te aceptará enteramente como eres y tratará de manipularte con inteligencia y con astucia para cambiarte y someterte.

Juan sangra por la herida de su separación matrimonial y continúa:

—Si eres un alto ejecutivo y te rompes el alma a trabajar muchas horas para tener bien a tu familia, la esposa te reprochará que llegues tarde a casa y te dirá que ojalá fueras como el esposo de su hermana que es un simple albañil y llega temprano a su hogar a estar con la familia. Pero si eres un simple albañil te dirá que ojalá fueras como el marido de su hermana que llega tarde  porque se rompe el alma a trabajar para tener bien a su familia y no como tú que con la excusa de llegar temprano a casa te conformas con un salario miserable.

Hace una tarde esplendorosa. El sol está ocultándose tras el océano y nos da permiso, siendo una gran estrella, para que lo miremos cara a cara. Es un gran círculo rojo de una belleza espectacular y atrapante ¡Qué misterio es la naturaleza! Los cuatro estamos un poco filósofos, con esa dulce melancolía de estar en buena compañía y no tener nada que hacer.

Juan siempre es la voz discordante y rebelde y se refiere a la gente en el barco y dice que el mundo se está masificando y que no puedes ser distinto pues el sistema rechaza a las personas diferentes. Tienes que vestir a la moda y adocenarte para que te acepten.

De pronto Felipe vuelve a las lágrimas. Lo hace con frecuencia y no es porque sea débil. No llora por debilidad de carácter, es hipersensible, es como un silencio desesperado.

—¿Qué te ocurre, Felipe? ¿Otra vez con morriña? —le pregunta Antonio, ya curado de la golpiza recibida pero aún con señales de la misma en el ojo izquierdo.

—Déjalo tranquilo —dice Juan que también hace sentir su cuota de poder—¿Cómo andas tú, Antonio, de la paliza que te dieron esos malandrines?

—Estoy bien, sólo tengo molestias en el ojo izquierdo. Veo poco por ese lado.

—Es el defecto de casi toda España, sólo miran por el lado derecho. Así nos va.

—¿Sólo sabes hablar de política? Es una mierda.

—No te confundas —aclara Juan— lo que quieren los dictadores es que aborrezcamos la política. Pero, en todo caso, el mundo no se arreglará mientras no sepamos discrepar sin matarnos.

 El día es largo y hay que hablar de algo que logre interesarnos a los cuatro. En este encierro el día parece de goma.

—Hablemos del amor —sugiero.

—¡Joder, Rodrigo, no te habrás enamorado de Soledad —dice Juan— mira que podría ser tu madre y hasta tu abuela!

Este andaluz, de 35 años, pero muy vividos, culto y exaltado, no sabe hablar sin reforzar sus frases con palabrotas.

—Juan —le aclaro con firmeza— esa maravillosa mujer  es mi amiga y una excelente persona. No te metas con ella y no te olvides que siendo profesora de filosofía de una universidad, con cuatro idiomas y con fortuna, se ha comprometido a protegernos a nosotros cuatro que somos menos que nada. Eso te demuestra su alta calidad humana que deberías respetar. Gracias a ella que pudo oír a los rusos y se ha prestado a ser nuestro reaseguro, es que estamos protegidos y en un camarote de lujo.

—Está bien, hombre, sólo era una broma. Pero no estés tan seguro de que estamos protegidos pues yo no las tengo todas conmigo. Vamos a ver si no será al revés y estos contrabandistas de armas no nos tiran finalmente al mar. Esto de que nos hayan dado un camarote con terraza al mar a mí me tiene intranquilo. Desde aquí nos empujan al mar en la madrugada y no se entera ni Dios.

—Pues verdad, no lo había pensado así —digo— y sería bueno que además de hacer guardia nocturna uno de nosotros, por turno, otro se quede sin comer una de las comidas del día. Así podrá ayudar a los demás si alguna comida contiene algo que nos duerma.

Lo acordamos así.

—¿Sigues lagrimeando, Felipe?

—No puedo evitarlo. Pienso en mis padres. Están pasando por el dolor de envejecer. Han dado un bajón grande unas semanas antes de embarcarme y sé que el abrazo que les di al partir es el último. Y no sabéis cómo me duele. La gente de la aldea envidia al que emigra sin darse cuenta del desgarramiento que se produce en el interior del emigrante.

A mí también me duele la tristeza de Felipe, es casi un niño a pesar de sus veintitantos años. Miro el mar y me ocurre igual que cuando miro las llamas del pequeño fuego de una chimenea. Siempre me quedo pensativo ante el mar o ante el fuego de una chimenea hogar. Las olas del mar y las llamas de un pequeño fuego nunca son iguales, son un paisaje irrepetible que me resultan sedantes. Por cierto que nombrando el mar siempre recuerdo un bello poema de Carlos Farina, un extraordinario escritor y poeta argentino poco conocido porque él gusta del bajo perfil:

“Claudia de sol y de luna

 Claudia de marea ondulante

como tus caderas.

Es que no recuerdo haber estado en la costa

ni en el mundo

antes de ti.”

¿No parece una pequeña sinfonía de palabras bien puestas en su sitio? A mí este poema me suena a música hecha de amor.

Recito en voz alta estos versos de marea ondulante como las caderas de Claudia y entonces recuerdo las caderas de Ana, la novia que he dejado en Orihuela. Y propongo:

—Hablemos del amor ¡Qué tema! He dejado a Ana en la estación del ferrocarril. Ella ha ido a despedirme con un abrazo y me ha susurrado al oído: “Te espero en Orihuela, vida mía.”

—¿Piensas regresar y casarte con ella? —me preguntan mis amigos.     

—¿Cómo puedo saberlo?  Ojalá pueda pero vamos lejos y todo será tan difícil en la gran  urbe que no estoy en condiciones de asegurarlo. Vamos a una gran capital sin dinero, sin nadie conocido, sin trabajo y sin documentos. Creo que le tendré que escribir desalentándola pues no quiero que su espléndida belleza y su juventud se marchiten esperando como les sucede a tantas otras novias de  emigrantes. Es muy hermosa y tiene muchos candidatos. Si yo no vuelvo se casará enseguida. Lamento perderla pues es una mujer muy valiosa, pero no debo prometer lo que no sé si podré cumplir.

—Además —dice Juan con un poco de su ironía tan andaluza— tú te consuelas pronto. Te enamoraste enseguida de la abuela del barco.

—Juan, tú eres el mayor pero eres medio enano —le digo— se está rifando un buen puñetazo y creo que llevas todos los números. Si no terminas con estas bromas pesadas a costa mía y de Soledad va a tronar el escarmiento.

—No seas vulgar, Rodrigo, los griegos solucionaban todas sus diferencias con la filosofía, no a golpes.

—Pues yo te daré un buen puñetazo filosófico que ya hace varios días que te lo estás buscando.

—¿Pero no íbamos a hablar de amor? —pregunta Felipe que quiere ilustrarse en todos los temas.

—Hablemos del sexo que es más divertido —sugiere Juan que lleva la batuta en las conversaciones.

—¿Hay mucha diferencia entre el amor y el sexo? —pregunta con candor Felipe.

—Pues claro, hombre, no seas tan aldeano y empieza ya a espabilarte. El amor es algo abstracto y hay mucho de imaginación en el mismo. Estar muy enamorado dicen que es una forma de la locura. La persona enamorada idealiza a quien ama y ya no ve sus defectos. En cambio el sexo es muy concreto. Dejemos pues el debate sobre el amor para otro día y hablemos de sexo sobre lo cual tú, Felipe, no sabes mucho seguramente.

—No vayas a creer —dice Felipe— yo he visto mucho más sexo que tú. He visto sexo diariamente entre las vacas y los toros, los caballos y las yeguas, los perros y las perras, las cabras, las ovejas y otros animales. Y también he ayudado a parir a las hembras preñadas que teníamos en casa.

—Pues tienes razón. Lo que has dicho parece una animalada pero no hay mucha diferencia entre el sexo de los animales y el de las personas.

—¿Cómo que no? La hay y mucha —dice ahora Antonio con su ojo morado todavía—. Como los animales no pueden idealizar porque son irracionales y sólo tienen instinto, el sexo de los animales sólo es instintivo, repetitivo, siempre igual. En cambio en los seres humanos existe la imaginación y por tanto la fantasía. El sexo de los humanos tiene mil variaciones que van desde la idealizada pureza  a la más aberrante desviación. El sexo humano es un gran misterio.

—Miren, muchachos, estamos entrando en terreno casi desconocido y no se debe opinar de lo que no se conoce a fondo —dice Juan—. A decir verdad  no creo que ninguno de nosotros tenga mucha experiencia sexual en la España clerical y represiva que hemos vivido. Pero en alguna parte he leído que tener sexo al menos tres veces por semana, si uno es joven, alarga la expectativa de vida en unos diez años.

—Yo también he leído sobre sexo —dice Antonio— y eso que tú dices no está probado. Solamente son hipótesis de la medicina preventiva moderna. Los religiosos católicos, por ejemplo, tienen tendencia a la longevidad y se supone que no tienen sexo.

—Eso también es una hipótesis pero sea como fuere toda regla tiene su excepción. Tal vez algunos religiosos tengan una vida muy larga porque su tiempo transcurre con mayor sosiego y tranquilidad que los padres de familia que luchan diariamente por el sustento de los suyos.

—Bueno —modera la conversación Juan para que no se salga de madre— no aseguremos nada con certeza. Estamos debatiendo el tema sexo y me limito a comentar lo que he leído, pero sin dogmatizar pues no sólo no estoy seguro de algo cuando hablo de sexo sino cuando hablo de cualquier tema.

—Menos cuando predicas el comunismo que pareces saberlo todo —lo pincho.

Juan parece sorprenderse de mi ataque pero no replica y continúa:

—Soy socrático en el sentido de que “sólo sé que no sé nada” y soy cartesiano en el sentido de que dudo de todo hasta que se compruebe su certeza. Según he leído, tener sexo con frecuencia previene contra cáncer de próstata, protege de diabetes, cura dolores de cabeza, previene de la hipertensión y de las enfermedades cardiovasculares. Aunque conviene aclarar que todos los excesos son malos. Esto no lo digo yo, lo dicen los libros especializados, por eso me atrevo a comentarlo.

—Yo también he oído decir a un médico —comento— que el sexo con respecto al cuerpo humano puede compararse con la batería respecto del automóvil. Si la batería no se usa se descarga, se desconectan los circuitos y no arranca el vehículo. Cuando el ser humano no tiene sexo también se desconectan ciertos circuitos nerviosos de nuestro cuerpo. La batería, cuanto más se la somete a cargas y descargas, más duración tiene.

—Sí, me parece una buena comparación —asevera Juan —. Y también se sabe que el uso del sexo con regularidad aumenta la capacidad de usar la inteligencia ya que se incrementa la producción de adrenalina que es un estímulo cerebral.

—Y la masturbación ¿Es buena o es mala para la salud? —pregunta incansable Felipe que quiere aprender de todos los temas que desconoce.

—Ya me extrañaba a mí —dice Antonio— que tú no preguntaras eso pues seguramente te la has pelado con frecuencia viendo a tus animales copular.

—Déjalo tranquilo —lo defiende Juan que ha tomado a Felipe bajo su protección y tutela—. La masturbación es una descarga necesaria y saludable mientras no se convierta en un vicio agotador. La masturbación es como el vino, dos vasos diarios aumentan tu fuerza y tu salud pero diez vasos diarios te van matando. ¿Te queda claro, Felipe?

—Pues claro, Juan, soy campesino pero no tonto, creo yo, vamos.

—¿Le estás aconsejando al muchacho que se masturbe dos veces por día?  —protesta Antonio.

—No seas bruto, sólo le he puesto un ejemplo de calidad, no de cantidad. Siempre confundes el culo con las témporas. Con razón te dan de hostias de vez en cuando. Y para que veas que quiero desasnarte te voy a dar una charla sobre temas importantes. Total tenemos todo el tiempo del mundo.

Y a continuación a Juan se le pone la cara muy seria, como diciendo que basta de bromas y que ahora va en serio, y se destapa con un monólogo que nos deja deslumbrados. Habla de su visión de la vida y de la muerte, de la incomunicación humana, de los caprichos del azar sobre nuestro destino y sobre los mecanismos del deseo. Nada menos. Se ha ganado ya nuestro respeto. Para otro día nos ha prometido hablarnos de la crisis de la sociedad capitalista con un análisis lúcido, desafiante e inconformista y ya estoy deseando escucharlo. Pero ahora empieza a divagar, así es Juan, y a decir incoherencias. Dice algo y se desdice después. Es como si se cansara pronto de demostrar su formidable cultura y gustara mezclar bromas y banalidades en su conversación.

Empieza a hablar sobre las mujeres y dice que les teme mucho a las mujeres vestidas porque no son sinceras. Las prefiere desnudas. Sostiene la curiosa teoría de que la ropa es como un disfraz en el que ocultan su verdadera personalidad. Dice Juan que se defiende mejor de la hipocresía de ellas si éstas no tienen puesta la ropa. Juan sufre una gran misoginia desde que su esposa lo abandonó. Y dice:

—Me defiendo mejor de sus malas intenciones cuando no están escondidas tras el ropaje. Desnudas son más sinceras. La ropa las ahoga, las asfixia y cubre sus ideas y su libertad. Así como todas las personas somos más generosas de noche que de día, también somos más buenas, más dadas y más abiertas en la crudeza cómoda del desnudo. Esto también les ocurre a los hombres. Cuando cubrimos nuestra piel con ropa nos estamos disfrazando. Sin ropa estamos en carne viva y nuestro cuerpo y también nuestro espíritu se sienten así más a  gusto, más naturales. Cada vez que estamos con alguien que queremos deberíamos estar siempre desnudos. Por cierto, mirar en la playa a una mujer y a un hombre  con una diminuta ropa de baño y os daréis cuenta que la mujer luce su casi desnudo con más naturalidad que el hombre que lo lleva con cierto pudor. O bien ir a una playa nudista y veréis a las mujeres más naturales.

—Juan  —le digo—  con tu cultura y tu facilidad de palabra ¿Por qué no te dedicas a la política?

—No puedo, ya he probado a ser político en la clandestinidad, pues ya sabéis que soy de izquierdas, y he comprobado que no sirvo.

—¿Por qué? —le insisto.

—Por muchas razones pero la principal es la corrupción. No puedo ni quiero entrar en la política porque no sé mentir, prefiero estar en paz con mi conciencia que ser poderoso, no puedo disfrutar de algo si no lo comparto, asumo mis errores y no culpo a otros, no hago promesas en el aire, no me siento imprescindible ni siquiera necesario, no acepto sobornos aunque me muera de hambre, no adulo a alguien ni lo elogio sin que se lo merezca, no quiero calumniar ni acusar a alguien sin pruebas, soy tolerante y respetuoso con quien piensa de una manera distinta a mí, no atacaría a alguien sólo porque me es desagradable como persona, etc. No sería político por nada del mundo pues me produce pena ver su miseria existencial, las bajezas a que se someten, obligados a hacer promesas sin base  para cumplirlas, obligados por las circunstancias electorales a mentir, a reuniones aburridas en las que se juegan la carrera, detestados secretamente por la misma gente que los adula. Tienen que estar siempre autopromocionándose y supongo que eso debe producir un gran cansancio moral y psíquico. Ahora, dime, Rodrigo, ¿Crees que yo podría ser político?

—No, evidentemente no, pero si la gente inteligente y capaz no se mete en política los tiranos y ladrones ocuparán el poder y entonces ¿Qué futuro nos espera? Hay políticos malvados que fomentan guerras con el  argumento de que las guerras son necesarias porque algún día ya no habrá lugar en la tierra para tantos habitantes y las guerras son una solución para eliminar a los que sobran, que siempre son jóvenes y pobres  ¿Cómo se pueden frenar las guerras?

—También hay mucha preocupación, Rodrigo, en las familias que cada vez tienen menos hijos. Antiguamente no importaba demasiado que un hijo se fuera a la guerra si el matrimonio tenía media o una docena de hijos. Pero ahora ha descendido mucho la natalidad y va a llegar un momento en que los padres se van a oponer con todas sus fuerzas a que se lleven a la guerra a su único hijo, o aunque tenga dos. 

—¿Tu actitud de no meterte en política es definitiva?

—Sí, lo es, porque si yo me metiera en política estaría siempre en la cárcel y ya he pasado bastante tiempo en prisión recibiendo grandes palizas con porras de goma maciza. Tú, Rodrigo, criticas que yo sea comunista porque dices que en un régimen comunista no se puede hablar….

—No es que yo lo critique sino que eres tú el que se contradice continuamente. Hace unos minutos criticabas la masificación y el adocenamiento de la gente y sin embargo elogias un sistema que se distingue precisamente por masificar al hombre. ¿No es eso una contradicción flagrante?

—Es cierto, me has pescado en una contradicción pero sólo en apariencia. Yo me había referido a las modas que expulsan del sistema a las personas que no aceptan la esclavitud de las  mismas modas para todo el mundo. Pero eso es una banalidad, una frivolidad. Cuando me refiero al comunismo es algo muy serio porque se trata de una religión laica. El que tiene fe en el comunismo se siente tan seguro como el que tiene fe en el cristianismo.

—No digas disparates, no compares una religión espiritual que respeta todas las libertades con un sistema totalitario y materialista. Esa comparación es una ofensa.

—Yo no comparo nada. Sólo trato de aclararte el por qué hay tanta gente que muere por sus ideales. Es porque tiene fe en ellos. Otra cosa es que estén equivocados, cualquiera puede equivocarse. Pero no hay derecho a encarcelar, torturar y matar a personas solamente porque piensan distinto. Cuando tú me dices que en un sistema comunista no se puede hablar, no quiero decirte que esa opinión es una estupidez o una ingenuidad porque no deseo rebajarte intelectualmente, pero ¿Qué hombre que se respete así mismo puede respetar a estos gobiernos y estas instituciones tan corrompidas? Si hubiera un hombre que se atreviese a decir todo lo que piensa de este mundo, esté donde esté, sea en un país comunista, en una dictadura fascista o en una democracia representativa, lo mantendrían encerrado o lo matarían de inmediato. Frente al poder, del color que sea, todos hablan con miedo. ¿Sabes cuántos obreros  tuvieron que morir apaleados vilmente para que la jornada de trabajo fuera de ocho horas y para que los niños menores no trabajaran? Me dan repugnancia los discursos moralistas de esos grandes demócratas, estafadores bien hablados, esa gran mierda de hipócritas, falsarios que se rasgan las túnicas, sepulcros blanqueados, esa pléyade de excrementos sin principios, hombres de comunión diaria, hombres brutales y crueles siempre chapoteando en sus propias heces miserables, mercaderes de la pluma,  los que, como decía nuestro Miguel Hernández, “esos cobardes que me duelen en los cojones del alma.”

Juan, cuando habla lo hace con una contundencia y un rigor apabullante. Y aún añade:

—Rodrigo, un título universitario no le da a nadie patente de inteligencia ni autoridad para dogmatizar como si fuera Dios. Algunas opiniones de ilustres diplomados merecerían figurar en una antología del disparate. Yo recibí una durísima condena porque un psiquiatra de la policía declaró, sin ningún rigor científico, que yo era un paranoico muy peligroso. Declaró ese disparate basándose en que yo no creía que Franco fuera un hombre providencial designado por Dios para gobernar dictatorialmente en España de por vida.

—¿En ese diagnóstico se basó tu condena?

—Efectivamente, 8 años en la prisión de Carabanchel.  Nos dicen, para acallarnos, que perseguimos utopías. La palabra “utopía” quiere decir “ningún lugar”, sin embargo se consiguió el voto de la mujer, se ha hecho mucho y hay mucho por hacer para regenerar a la humanidad e implantar un nuevo orden de valores. Lo que sí es una utopía es el fin de la violencia si no se termina con la intolerancia que es alimentada por la vanidad, la arrogancia y la soberbia de los poderosos sobre los débiles. Estos terribles desequilibrios no existen ni entre las abejas, ni entre las hormigas ni en ninguna clase de animales. Nosotros estamos acostumbrados a que los problemas económicos los arregle un tecnócrata, un economista frío y calculador, pero la economía debe ser aplicada por un humanista. Quizás sea descubierto en algún lugar del mundo un hombre honrado que sea a la vez economista y humanista y ojalá que no sea demasiado tarde.

Cuando Juan se embala con esta clase de discursos es inútil querer frenarlo. Lo posee la fiebre de la justicia sin advertir que los animales también se devoran entre sí y que en la naturaleza, nos guste o no, todo es violencia. La naturaleza se alimenta de sí misma, se come a sí misma y se alimenta con sus muertos. Analizar el desarrollo de la naturaleza es demencial. Le advierto a Juan que hay una utopía de Platón que es autoritaria pero hay otra de Tomás Moro que está basada en un humanismo generoso y tolerante. Pero, es curioso, Moro que escribió una utopía humanitaria fue a la vez un gran inquisidor en la Inglaterra Católica, antes de su separación del Vaticano para fundar la Iglesia Anglicana. Este hombre, que escribió una utopía humanista fue un terrible exterminador de  herejes. ¡Qué gran contradicción! Y hay muchos grandes hombres en la historia que fueron muy contradictorios. Nadie tiene la verdad, parece decirnos la historia. Juan es una persona pesimista, sombría, taciturna, dogmática y endurecida por los malos tratos recibidos en las cárceles fascistas y repite una y otra vez que el futuro es militarismo y pobreza. Ojalá se equivoque. No tiene amistad ni amor. La catástrofe de su vida privada lo ha vuelto frío y  de pensamiento especulativo. Por eso sus alegatos no suenan convincentes y si Juan no cambia su línea de pensamiento todo lo que escriba será como escribir en el agua. Pero hay una idea que no deja de rondarme ¿Podría España ser alguna vez un país normal con el pasado tan anormal que tiene el cual pesa como una losa sobre su historia? Actualmente hay mayores índices de desigualdad que hubo en todas la historia y en vez de dedicar menos horas al trabajo y más horas al ocio creativo y a la vida familiar, cada vez se trabajan más horas y más duramente para poder subsistir en este mundo enloquecido que parece una película de terror. Según la mitología griega cuando se abrió la caja de Pandora salieron de ella todos los males del mundo y parecería que ahora, con tantos conflictos sin solución a la vista, se hubiera abierto otra caja de Pandora. Y hay otros conflictos dramáticos que aún no son guerras como, por ejemplo, la alternativa trágica que se le ofrece a los países pobres:  La miseria sin puestos de trabajo o la instalación de industrias que los países ricos no quieren en su territorio porque envenenan el medio ambiente. Habrá dos mundos, uno rico, tecnológico y confortable regido por el dinero y la ciencia y otro pobre y miserable sometido a aquél.