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El Padre Tomé

 

En la Celestina, de Fernando de Rojas, un libro lleno de máximas que provienen de la sabiduría popular, había anotado Rodrigo una frase que decía: «Conocer el momento justo y la oportunidad hace a los hombres prósperos». Y bien, ¿Cómo reconocer la oportunidad y el momento justo? Rodrigo creía haber estado con los ojos bien abiertos y no vio nunca oportunidad alguna. No ambicionaba riquezas ni que le sobrara nada. Creía que la riqueza consistía en tener lo suficiente para no llevar una vida degradada. Y no deseaba más. Y para él, que nunca había tenido nada, lo suficiente era muy poco. Pero ni ese poco podía conseguir. ¿Algún día podría irse a dormir sin pensar que el día siguiente empezaba otra vez desde cero? Es angustiante la falta de estabilidad. Cuando era un chico no se daba cuenta de nada. Ya era un hombre, a punto de ir al servicio militar, había leído bastante y ahora se daba cuenta de lo alienante de la situación. Ser pobre e ignorante es llevadero pues no se tiene demasiada conciencia de la situación, pero ser pobre y un poco ilustrado es desolador. El conocimiento trae dudas en lo cultural, dudas existenciales, pero también trae inquietudes materiales. Un pobre ni siquiera puede ser bueno pues también hace falta un poco de dinero para ser virtuoso. La extrema necesidad lleva a ser malo como autodefensa. Así divagaba Rodrigo cuando pasó por la puerta de la Congregación de María Inmaculada y San Luis Gonzaga, la Congregación Mariana en términos más breves. Los Padres Jesuitas no eran muy queridos en Orihuela, ya se ha dicho, pues ocupaban el antiquísimo Convento de Santo Domingo, una reliquia arquitectónica que era un patrimonio de todos los oriolanos, y como los estudios secundarios eran muy caros, sólo había en el colegio unos pocos oriolanos de las pocas familias que podían pagarlo. La mayoría de los estudiantes eran de afuera de Orihuela y esto causaba escozor. Para tratar de ganarse a la juventud de la ciudad habían abierto un local en una amplia planta baja, con juegos de salón, billar, ping-pong, ajedrez, etc. Había una Capilla y un Padre Jesuita de unos 45 años, un catalán muy carismático que entablaba relación con cada uno de los jóvenes tratando de captar su voluntad.

 

A Rodrigo le gustaba mucho el billar y pronto se hizo un joven maestro. Estudiaba el recorrido de las bolas, el rechazo de las bandas, las figuras geométricas que formaban cuando cesaban de rodar, los efectos, la fuerza del golpe con el taco, etc., y descubrió que era un juego científico y fascinante en el que estaban concentradas todas las leyes de la física; la velocidad, la dinámica, la rotación, etc. Enseguida observó que golpeando con el taco en la parte baja de la bola jugadora y haciéndolo con profundidad, ésta retrocedía, y que, por el contrario, golpeándola arriba, la bola jugadora avanzaba. Observó sin que nadie lo guiara que dándole un efecto determinado a la bola, en la primera banda tomaba dicho efecto pero en la segunda tomaba el contrario. Y se dio cuenta que dejando la bola jugadora cerca de una contraria era más fácil hacer la carambola siguiente. Al cabo de unos meses era el campeón de Orihuela. Intervenía en torneos locales y recibía satisfacciones pero requería tiempo y no dejaba dinero. Así que lo abandonó pues necesitaba trabajar y prefería dedicar su tiempo de ocio a la lectura y el estudio y no a juegos de salón. Además no quería convertirse en un jugador compulsivo. Rodrigo nunca quiso ser dominado por nada.

 

Pero el Padre Tomé, un catalán más pícaro que todos los pícaros, se fijó en Rodrigo, lo vio al garete, a la deriva, y enseguida que lo veía se lo llevaba a su despacho a conversar con él. Descubrió con asombro que ese muchacho esmirriado, escuálido, de apenas 50 kg. y 1,63 m. de alto _o más bien de «bajo»_ era ilustrado y una fuente de sabiduría callejera, una fuente de historias de vida. Y conversaron así:

 

—Rodrigo, dime, ¿Qué estudios tienes?

 

—Poca cosa. Primario completo con el mejor maestro del mundo y primer año de bachillerato, y casi el segundo, cursado con sus colegas los jesuitas.

 

—Parece que dijeras colegas con resentimiento.

 

—Lo tengo. Me quitaron la beca por los antecedentes políticos de mi padre.

 

  —¿Es por eso que tuviste que dejar el bachìllerato?

 

—Sí, señor, por eso.

 

—No me digas «señor», dime Padre.

 

—Sí señor, digo, sí Padre.

 

—Comprendo que estés resentido pero no hay mal que por bien no venga -al Padre Tomé le gustaban las frases hechas y los lugares comunes-, quizás Dios lo ha querido así para que yo te encontrase. Los designios de Nuestro Señor son inescrutables. Los dos juntos podemos hacer grandes cosas. Justamente tengo un gran proyecto que no me animaba a llevar a cabo porque no puedo hacerlo solo. Pero contigo sí me lanzaría.

 

Siguió hablando con Rodrigo y encandilándolo pintándole un futuro próspero si lo acompañaba en sus planes. Le dijo que los Padres Jesuitas habían pensado en fundar en Orihuela una escuela laboral gratis para niños pobres. De esta manera los Jesuitas querían congraciarse y recuperar la confianza y el afecto de los oriolanos que los veían como forasteros. Le auguró a Rodrigo que si se quedaba a su lado para colaborar en esta institución benéfica, podía administrarla y tener un buen empleo. Y como Rodrigo no tenía nada que perder, le dijo que sí, aunque ya su olfato de veterano de la calle lo puso alerta ante estas promesas que más parecían de un tratante gitano que de un clérigo. De todas maneras la idea de ayudar a niños pobres le gustaba, era un trabajo noble, y además él era el más pobre entre los pobres y no tenía mucho adonde elegir.

 

El Padre Tomé se convirtió en su consejero material y espiritual. Eran compañeros inseparables, adonde iba el uno iba el otro pegado. Y el uno aprendía del otro continuamente. Por las noches, ya tarde, cuando el Padre Tomé se retiraba al colegio de Santo Domingo, se hacía acompañar por Rodrigo y charlaban todo el camino. Los Jesuitas tenían mucho predicamento en la ciudad, de manera que Rodrigo se rodeó de una cierta aureola de muchacho influyente ya que era muy amigo de los mismos. Esto no le dejaba una peseta pero lo hizo escalar en la parte social. Ya no era considerado un chico de las calle y los guardias municipales, que antes se lo llevaban por cualquier cosa al Retén, ahora lo miraban con respeto sabiendo que si lo llevaban al Retén irían los jesuitas a sacarlo. Se había creado fama de inteligente, honesto y trabajador y esto de por sí es un buen capital en un pueblo. Por otra parte existía la creencia mítica de que todos los Jesuitas eran inteligentes y astutos, cosa que sólo era cierta en parte, pero esta creencia beneficiaba a Rodrigo por contagio pues la gente pensaba que si los Jesuitas se habían fijado en él era porque valía.

 

El Padre Tomé, como buen catalán, tenía olfato para los negocios, con mucha vocación de comerciante, y pronto descubrió Rodrigo que si él conocía picardías, el Jesuita aquel le llevaba años luz de ventaja. A veces tenían charlas agudas y se había establecido una especie de amistosa competencia intelectual. Se convirtieron en dos buenos compinches y hay que decir que si bien el Padre Tomé era muy rebelde a la disciplina que trataba de imponerle su Congregación, era un sacerdote sobrio y austero al que Rodrigo jamás vio hacer mal uso de la mayor libertad que tenía con respecto sus hermanos.

 

—Padre _le preguntó Rodrigo_ ¿Cómo hacen ustedes para llegar a una ciudad y volverse enseguida tan influyentes que consiguen todo lo que quieren? ¿Se hacen amigos de los hombres importantes?

 

—No, Rodrigo, de sus mujeres. Somos los directores espirituales de las esposas. Y cuando tenemos a la esposa ya tenemos al marido. Las cosas que necesitamos no se las pedimos a ellos sino a ellas.

 

Rodrigo no salía de su asombro. Verdaderamente era una actitud sabia.

 

—Rodrigo, si vas a trabajar conmigo debes saber que lo más importante para ti es conocerte a ti mismo. Si te vences a ti mismo, si vences tus pasiones, triunfarás. El peor enemigo tuyo, eres tú mismo.

 

—Sí, ya lo sé, Padre. Pero eso puede decirse de cualquiera. Lo dice usted con un énfasis que parece que hubiera descubierto la pólvora. También el peor enemigo de usted es usted mismo. Y una vez alguien dijo: «Conócete a ti mismo pero no exageres pues puede ser que no te gustes.»

 

—Cuéntame, Rodrigo ¿Cuáles son tus lecturas?

 

Cuando le contó lo que leía se llenó de santo horror:

 

—¡De ninguna manera! ¿Cómo vas a leer esas cosas con 18 años? Estás tragando veneno y debilitando tu fuerza espiritual.

 

—Mire, Padre, a mí lo que me debilita es no ingerir proteínas ni vitaminas. Algunas calorías puedo ingerir y lo que son hidratos me atiborro, garbanzos, lentejas, alubias, patatas, de esos guisos me alimento y así están mis huesos. A mi alma le hacen falta leche, huevos, jamón, queso, pescado y carne. Mi fuerza espiritual sería mayor si mi cuerpo estuviera fuerte. No me venga con sermones.

 

—No tomes a broma lo que te digo. Si no pudiste estudiar el bachillerato por ser hijo de un rojo, ahora puedes perder la oportunidad de tu vida por leer a Nietzche y esas porquerías. A Dios no se llega por la razón, se llega por la fe y el amor, por el sentimiento. Te lo digo en serio, no puedo confiar en alguien con esas lecturas.

 

—Está bien, no se preocupe, de todas maneras no me deja usted tiempo para leer ni para nada. Pero si va a ocuparse de mi alma, no se olvide de mi estómago. Y también quiero aclararle que Santo Tomás de Aquino trata de conciliar la fe con la razón. Y como usted me ha pedido varias veces que siempre sea sincero con usted permítame decirle que no tengo problemas con las personas con reglas religiosas y morales muy estrictas, lo que me fastidia es que traten de imponérselas a los demás.

 

En realidad a Rodrigo le gustaba más San Agustín que Santo Tomás. San Agustín era muy mundano y le gustaban los placeres materiales que ofrece la vida. Y dicen que cuando le llegó la fe y vio que tenía que dejarlos, rezó así: «Señor, hazme bueno, pero no todavía.»

 

Los Jesuitas lograron que el padre de uno de sus alumnos ricos le cediera el uso gratuito de un gran almacén vacío que había en el paseo de la Estación, enfrente de los jardines de la Glorieta de Gabriel Miró. Al lado de ese almacén, calle de por medio, también les cedió un antiguo chalet que se usó como oficina administrativa. El gran almacén se subdividió interiormente con tabiques y se hizo una cocina grande, un comedor extenso y un largo dormitorio con camas dobles. También se hizo una separación para las Monjas, las Hijas de la Caridad de San Vicente de Paul que se harían cargo de las tareas domésticas. Las mujeres más extraordinarias que Rodrigo conoció en toda su vida, con un espíritu de trabajo, de sacrificio y de servicio a sus semejantes como Rodrigo no había visto ni vería jamás.

 

Rodrigo aceptó una vez más trabajar por la comida pues no tenía otra cosa. Las promesas del Padre Tomé sobre un futuro próspero a su lado, quedaron de momento en eso, en promesas. Le dijo a Rodrigo que por ahora no se podía pensar en sueldos, ni grandes ni pequeños, había que empezar poniendo el hombro hasta tener una estructura de escuelas profesionales  organizadas. Había que consolidar la Obra Social Mariana, que así se llamó el proyecto. Se trabajaba sin horario, desde el amanecer hasta bien entrada la noche, había que levantarse antes que los niños y acostarse después que ellos. Rodrigo acompañaba al Padre Tomé al colegio de Santo Domingo alrededor de las diez de la noche, en jornadas que habían empezado a las siete de la mañana. Desayunaba, comía y cenaba en la Obra Social y esa era toda su paga a la espera de mejores tiempos. A veces, cuando caminaban juntos el Padre Tomé y Rodrigo, éste volvía a la carga:

 

—Padre, no tengo ni una moneda para tomar un café con los amigos.

 

—Mejor, Rodrigo. No me gustan tus amigos ni me gustan los bares. No seas impaciente. Lo tendrás todo si confías en mí.

 

Y así una y otra vez. No había manera de sacarle un duro a aquel Jesuita. Desde luego lo habían elegido bien. Iban los dos juntos a la Lonja de Frutas y Hortalizas muy temprano y compraban lo más barato que había, lo que ya estaba muy maduro y al Asentador se le estaba pasando. Se criaban cerdos en la Obra Social con las escasas sobras de los guisos que se hacían para los niños. Cuando se vendían los cerdos, Rodrigo aprendió del Padre Tomé una picardía nueva de las mil que conocería más adelante. El día que los compradores iban a venir a pesarlos, el Padre ordenaba que le pusieran mucha sal a la comida de los cerdos y éstos saciaban su sed tomando litros y litros de agua. Con la panza llena de agua lucían muy gordos y lustrosos y se pesaban litros de agua a precio de kg. de cerdo. El Padre Tomé era el mismísimo diablo discutiendo precios cuando vendía o compraba. Era capaz de ponerse a derramar lágrimas diciendo que todo era para los pobres niños hasta conmover al que pretendía venderle o comprarle. Rodrigo nunca ganó dinero con el Jesuita pero no puede decirse que el tiempo pasado a su lado fuera en vano. Toda su vida fue después un hábil negociador. Rodrigo era una especie de comodín, se lo consideraba el asistente del Padre Tomé y su sustituto si el mismo no estaba. Se le autorizó a comprar o vender en ausencia del Padre Director. Era el número dos en responsabilidades y el cero en la nómina de sueldos. Allí todos cobraban, aunque sólo fuera un modesto jornal, los maestros de taller, los maestros de escuela, los celadores, todos menos Rodrigo que cobraba en oraciones. Miles y miles de oraciones pero ni una peseta. El Padre Tomé, según le decía, oraba por él, por Rodrigo, todas

 las noches. Y le decía: «Tienes mis oraciones y tienes los alimentos, no necesitas nada más.» Si en esta vida le iba muy mal al menos podía consolarse haciendo méritos para la otra, la cual no se demoraría demasiado si continuaba comiendo guisos solamente. Rodrigo hacía de todo, compraba frutas, hortalizas, legumbres, patatas, etc. para los comedores. También lápices, libros, cuadernos, tiza, etc., para las aulas; maderas, tejidos, cueros, etc. para los talleres de carpintería, zapatería, sastrería y otros. También había que preparar las nóminas, los recibos, la correspondencia, la contabilidad, etc. e incluso Rodrigo también sustituía a un maestro de escuela si es que faltaba. Terminaba a las 10 de la noche agotado y entonces se iba al Café Colón a la tertulia con sus amigos. Allí solía dar cabezadas de sueño entre las burlas cariñosas de los amigos. Todo por la comida. Cuando Rodrigo pasaba por delante del Cuartel de la Guardia Civil veía un letrero que decía: «Todo por la Patria» y él pensaba que si no fuera el hijo de un rojo sería preferible ser Guardia Civil pues dar todo por la patria parece un ideal más elevado que dar todo por unos guisos de garbanzos. Habían unos 300 niños, pero al igual que ocurría con el impopular colegio de Santo Domingo, también en la Obra Social los Jesuitas se desviaron de sus primeras intenciones de que fuera para Orihuela y gratuita. De Orihuela sólo había una docena de niños entre 300. El Padre tomaba niños de las Juntas Provinciales de Protección de Menores de toda España, pues pagaban una cantidad de dinero por niño que éstos no llegaban a consumir. Así se producían entre el Padre Tomé y Rodrigo diálogos como los que siguen:

 

—Padre, los niños no se nutren bien. De esto entiendo bastante pues lo he mamado yo. ¿Por qué no mejoramos un poco la alimentación aunque nos desarrollemos menos velozmente? También están los colchones muy viejos y hundidos, con olor a orines. Y la ropa que usan es desastrosa y harapienta. Si tenemos alguna inspección de los organismos que pagan su manutención, nos van a retirar a los niños.

 

—Tú no te preocupes por las inspecciones. De eso me encargo yo. No podemos por ahora hacer eso que sugieres. Primero tenemos que consolidarnos, modernizarnos y crecer para hacer más fuerte económicamente a la Obra y tener más niños. Tenemos que hacer sacrificios en aras del futuro, por el propio bien de los niños, de los que hay y de los que vendrán.

 

 —Pero Padre, el dinero que recibimos es de estos niños, no de los que vendrán ¿Es que el fin justifica los medios? ¿Tienen estos niños que pasar privaciones para financiar a los que vendrán? ¿Es lícito sacrificar un bienestar actual a cambio de un bien futuro que ni siquiera es seguro? Habíamos hablado al principio que íbamos a tener muchos niños pobres de Orihuela con subvenciones que ustedes conseguirían y que se buscaría el dinero para los talleres a través de los presupuestos del Ministerio de Educación. Pero dinero no viene y la Obra Social se está volviendo tan impopular en Orihuela para los Jesuitas como el propio colegio de Santo Domingo.

 

—Rodrigo, no seas pesado. No pretendas convertirte en la voz de mi conciencia. Yo sé lo que hago, tenemos que autofinanciarnos. Tengo mis planes, todo esto es momentáneo. Confía en mí. Cuando dentro de muy poco tiempo tengamos unas escuelas profesionales que sean un modelo en España, verás que yo tenía razón y estarás orgulloso de haber colaborado en conseguirlas. No me tienes fe.

 

—¿Y qué hay de sus promesas? Llevo un año con usted trabajando 16 horas diarias por la comida y me estoy cansando. Hasta estoy pensando en irme voluntario al servicio militar. Si tengo que trabajar por la comida sería mejor hacerlo por la patria ¿No le parece? ¿Cuándo voy a cobrar algo? Aquí cobran todos, los maestros de taller, los obreros, los maestros de escuela, las mujeres del servicio doméstico, las cocineras, todos cobran algo aunque sea poco: Sólo yo no cobro. ¿Es que mi trabajo no vale nada? Tengo 19 años y mucha gente se aprovechó de mí explotándome por la comida. No lo haga usted, Padre, o arruinará nuestra amistad y defraudará mi confianza muy dolorosamente. Lo veo cebado, muy cebado conmigo.

 

—Rodrigo, Rodrigo, hijo mío, no me comprendes. Tu trabajo es imprescindible para nuestra Institución. Sin ti yo no podría con todo este tinglado que hemos armado juntos, pero debes tener paciencia y tendrás tu recompensa en el momento oportuno. No te pago nada porque te considero cofundador de la Obra, una especie de socio, y no quiero humillarte con lo poco que podría pagarte. Lo que te falta es vida espiritual, no te veo nunca rezando en la Capilla. Y todo es culpa de esos libros materialistas que lees. Tienes que orar. Yo lo hago por ti todas las noches.

  

 —¿Usted cree que me deja tiempo para tener vida espiritual? Trabajo 16 horas diarias para niños pobres y lo hago gratuitamente ¿Quiere usted más vida espiritual que esa? Me tiene usted harto pagándome con oraciones. Pues se acabó, me voy.

 

—No, no te vas nada, no te creo, no vas a dejarme ahora porque tú no eres de los que huyen de los desafíos. Te conozco y sé que vas a seguir conmigo hasta lograr una cosa grande que nos llene de santo orgullo. Cuando te digo que debes tener más vida espiritual me refiero a vivir de acuerdo con el Evangelio, a tener a Jesús como guía y ejemplo de vida. En vez de leer la vida de Jesús, lees basuras filosóficas.

 

—Yo soy más pobre que Jesús. Y el Hijo de Dios, cuya vida ya he leído en varias versiones, tuvo una semana de sufrimiento. Yo ya llevo 19 años.

 

—No blasfemes, Rodrigo. Tú eres como un apóstol a mi lado. Jesús no les pagaba a los Apóstoles.

 

—Pues así terminó. Judas lo vendió por 30 monedas ¿No querrá usted obligarme a que haga lo mismo, no? No se vaya por las ramas, tengo amigos y no puedo ni tomarme un café con ellos que vale dos pesetas, dos miserables pesetas. Es una cosa humillante para un hombre que trabaja jornada doble ¿Es que no puede usted, por un instante, salir de su sotana y meterse en mi remendada camisa? ¿Tanto le cuesta entender que a los 19 años no se puede vivir sin un céntimo en el bolsillo? Págueme algo, aunque sea muy poco, algo para mis pequeños gastos personales. No me voy a ofender ¡Págueme algo, demonios! Tengo que afeitarme, cortarme el pelo, cosas imprescindibles y no puedo ir a pedirle un duro a mi padre. Es humillante, me siento tratado como un esclavo. No es que lo voy a dejar a usted, es usted el que me está echando con su actitud.

 

—Bueno, mira, de vez en cuando te daré 20 duros. Y ahora te voy a dar unas pequeñas vacaciones. Estás muy nervioso y eso es producto del cansancio.

 

—¿Vacaciones?

 

Rodrigo se emocionó, nunca en su vida había tenido vacaciones.

 

—Sí, vas a ir a nuestro Santuario de Loyola y vas a hacer nuestros Ejercicios Espirituales de San Ignacio. Te voy a confesar un secreto, un deseo íntimo por el que rezo cada noche; daría cualquier cosa para fueses Jesuita. Sé que por ahora no es tu vocación y que no eres un hombre afecto a la vida religiosa, pero no pierdo la esperanza de que ingreses a nuestro Seminario. Sería la solución a tu vida y me llenaría de gozo y felicidad convertirte en hermano mío. Si no quieres trabajar por la comida y hasta estarías dispuesto a irte de soldado a trabajar por la patria ¿Por qué no trabajar para Dios? Además llevarías una vida muy tranquila pues nuestra pobreza no es tal. Los Jesuitas no tenemos nada pero no carecemos de nada.

 

Rodrigo quedó sorprendido por la propuesta y estaba agradecido pero reaccionó y le dijo:

 

—Padre, es usted un artista. Cada vez que lo pongo contra la pared con mis razones, se saca usted un as de la manga y me sale con alguna cosa que me distrae y me confunde. Vamos a volver al salario. Si son cien pesetas, pues son cien pesetas, menos da una piedra. Pero no me diga usted que me dará «de vez en cuando» los 20 duros porque lo conozco a usted y «de vez en cuando» será cada muerte de Obispo. Será una terrible lucha sacarle los 20 duros. ¿Son semanales?

 

—¿Semanales? ¿Pero te has vuelto loco? Mensuales y gracias.

 

—Está bien. Ahora sé que cuento con la enorme cantidad de cien pesetas mensuales, o sea tres pesetas diarias para mis gastos. Lo que cuesta un café y medio en un bar. Siento que he logrado una hazaña para sacarle a usted eso y no veo la hora de verlo a usted entregarme en mano ese billete. Va a ser emocionante. Ahora vamos a lo otro, a las vacaciones. Ya me extrañaba que me diera vacaciones para usarlas a mi manera. Son vacaciones para que yo haga lo que usted dispone. Pero no importa, acepto. Haré los Ejercicios Espirituales y al menos comeré bien por dos semanas.