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Tomás

 

Rodrigo perdió su trabajo de cobrador, se había quedado sin nada y optó por acercarse al Colegio de Santo Domingo en el que estudiaban el bachillerato los hijos de los ricos y tenían más de 300 alumnos en régimen de internado. Eran hijos de las familias más poderosas de la provincia de Alicante. Había oído decir que necesitaban chicos que sirvieran las mesas en el comedor y que barrieran, limpiaran la cocina y demás tareas domésticas. Rodrigo se presentó y solicitó trabajo. No había sueldo pero tenía las tres comidas y podía estudiar el bachillerato gratis con una beca que los jesuitas otorgaban a sus empleados y que incluía libros y materiales. Y como quiera que en su casa ya iban tirando sin su ayuda, Rodrigo tomó su guardapolvo gris que, como toda la ropa, le quedaba grande, y se dispuso de buen ánimo a sus nuevas tareas. La comida era buena y el trabajo era pesado pero llevadero. Lo peor es que había que tragarse el orgullo por el mal trato de los alumnos ricos que trataban a los criados como esclavos.

 

Había que barrer los pasillos de los claustros, las aulas, los dormitorios, limpiar los aseos, ayudar en la cocina y servir las mesas. Esto último era lo peor pues los alumnos de pago les ponían zancadillas cuando iban con las bandejas llenas de platos. Los exámenes de ingreso los aprobó con comodidad gracias a las clases recibidas de Don Ignacio y tras cada día de duro trabajo, daba clases nocturnas e ingresó en primer año de bachillerato. Así feliz, con su beca que pagaba con trabajos de servidumbre, se bebía los libros y era número uno en todo. Mejor dicho, número dos. El primero en todo era Tomás. En el Colegio de Santo Domingo, entre los criados becados, conoció Rodrigo al que sería su mejor amigo, Tomás. Entre ambos nació una amistad de hierro que no se rompería jamás. Existió desde el principio una afinidad personal que pocas veces se produce en la vida de relación de las personas. Lo compartían todo con un compañerismo, una generosidad y  un cariño entrañable, una corriente mutua de simpatía y afinidad personal que los convirtió en hermanos. La servidumbre en el colegio era una guerra diaria y los que libran una guerra juntos, se convierten en una misma sangre. Ambos recibían diariamente las mismas ofensas, los mismos agravios, y eso los fortalecía. Los sufrimientos que no te matan te hacen más fuerte. Recibían un trato irónico y exigente sin un «gracias» jamás.

 

Pero poco tiempo después Rodrigo y Tomás, inseparables, pasaron a formar parte del equipo de fútbol representativo del Colegio, primero como suplentes y luego de titulares. Ambos conocían de memoria su respectivo estilo de juego y su manera de moverse y colocarse en el campo de juego. Se buscaban incesantemente y se cansaron de darle triunfos al equipo. Entonces las cosas cambiaron pues se convirtieron en los ídolos y empezaron a ser muy respetados por los alumnos ricos.

 

Tomás era huérfano. Su padre era republicano y al terminar la guerra fue fusilado en los campos de la provincia de Granada, en el mismo lugar que mataron a Federico García Lorca. Su madre falleció meses después. La única hermana de Tomás, mayor que él, se casó con un modesto albañil y recogió a su hermano en casa. Le dio a Tomás una pequeña habitación con ventana y visillo, una pequeña cama y una mesita pequeña con silla y velador. Allí leía y estudiaba. Tomás entró al colegio de Santo Domingo en el servicio doméstico a jornada completa. No ganaba nada pero no ocasionaba gasto alguno a su hermana pues hacía las tres comidas en el colegio. El día de la semana que le tocaba libre ayudaba a su cuñado como peón de albañil y con esas pocas pesetas se pagaba sus gastos personales, ropa, un café con los amigos, etc.

 

Para definir la personalidad de Tomás no eran necesarias muchas palabras. Era, sobre todo, un muchacho bueno. Así de simple. Reflexivo, tranquilo, moderado, amigo de los términos medios, incapaz de una violencia o un agravio. Hablaba sin levantar jamás el tono de voz y prefería perder una discusión a humillar a alguien. Su mesura era muy apreciada por todos, familiares, amigos y jesuitas. No tenía enemigos y no había en Tomás animosidad alguna contra el franquismo que había matado a su padre ni contra nadie. No sabía odiar. Y todas esas cualidades mansas no implicaban debilidad de carácter. Muy al contrario, cuando Tomás tomaba una decisión era firme como una roca. Suave pero inflexible. Se había propuesto llegar a ser médico de pobres y nadie dudaba, conociéndolo, que eso es lo que sería en el futuro. En definitiva, era un ser fácilmente querible del que era impensable que traicionara una amistad. Cuando Tomás y Rodrigo se dieron la mano supieron enseguida que era para siempre.

 

Tomás estaba terminando cuarto año de bachillerato y ya tenía arreglado con los Padres Jesuitas que estudiaría medicina en alguna ciudad en la que ellos tuvieran Casa, tal vez Granada, para seguir contando con sus servicios y continuar becándolo hasta el final de su carrera. Era muy querido por los Padres Jesuitas que deseaban secretamente convencerlo para ingresar a su Seminario y Tomás les estaba muy agradecido y les pagaba con una lealtad a toda prueba. Nunca salió de su boca una palabra de crítica hacia la Compañía de Jesús. Con palabras sencillas Tomás decía que no se debe escupir en las manos de quien te alimenta. Si en su presencia se hablaba mal de los jesuitas, enseguida los defendía o al menos jamás aprobaba ni participaba de la conversación. Si la crítica venía pesada y no podía pararla, se levantaba y se iba. Tenía la misma edad que Rodrigo y sufría mucho con la situación de extrema pobreza en que vivía su amigo y la responsabilidad que había asumido de sacar adelante a su padre y hermanos. La habitación en que estudiaba y dormía Tomás era un pequeño palacio comparado con el desolado lugar en que dormía Rodrigo; éste percibía el sufrimiento solidario del amigo y respondía a su vez con su propia solidaridad. A ambos les apasionaba la Novena Sinfonía de Beethoven y recordaban con emoción la última parte coral con el Himno a la Alegría, de Schiller: «Dichoso aquel que tiene la suerte de ser amigo de un amigo»