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El Timo

 

Por esos días Rodrigo fue a la lonja a comprar frutas y hortalizas. Pidió precio por 200 kg. de tomates. Había unos muy maduros que en un día más empezarían a pasarse. EI asentador quiso tentar a Rodrigo con diez céntimos por kg. para él si se los llevaba. Rodrigo se enfureció con el asentador y no le compró más. Le dijo que él no lucraba con la comida de niños pobres. Un día antes había ido a la fábrica de conservas a comprar 50 cajas de dulce de membrillo. El dueño de la fábrica se lo llevó a un rincón y le dijo que en adelante le daría reservadamente un 5% de todo lo que le comprara. Rodrigo, educadamente, le dijo que en adelante, si quería venderle a la Obra Social debería descontar siempre el 5 % sobre los precios de lista. De lo contrario no le compraría más. El 5 % debería venir descontado en cada factura. A Rodrigo su honestidad le pesaba como un lastre. No comprendía cómo en su precaria situación seguía siendo honrado. Y no había caso, no podía ser de otra manera. Era la pobreza digna que su padre, el rojo socialista, y su viejo maestro Don Ignacio, le habían inculcado como una marca de fuego. No era un problema de conciencia sino una cuestión de no perder el respeto por sí mismo que era lo único que le quedaba. Un día le dijo al Padre Tomé:

 

—Cuando discuto con usted para que me pague algún sueldo, no sabe que si quisiera aceptar comisiones en las compras ganaría mucho dinero.

 

—No seas tonto. Lo sé todo. Sé lo que te pasó en la lonja con los tomates y lo que le dijiste al fabricante de conservas, ¿Crees que yo nací ayer? He sido cocinero antes que fraile y si te mando a comprar sé por qué lo hago. Estoy informado de todos tus pasos pero no es porque no tenga confianza y te esté vigilando; me lo vienen a contar. Pero aunque nadie me lo contara, te conozco bien y sé que eres incapaz de quedarte con algo que no es tuyo.

   —¿Y eso no vale nada para usted? ¿Sabe que a veces pienso que si aceptara alguna comisión no sería deshonesto? A veces creo que aceptar algo no sería quedarme con algo que no es mío. Porque yo debería recibir algo por mi trabajo y usted sigue haciéndose el sordo.

 

—Rodrigo, Rodrigo, espera un poco, confía en mí. Tendrás tu recompensa, te lo prometo.

 

Una semana después recibió el dinero para el viaje a Loyola. Se fue en tren a Madrid, toda una novedad para él. Era la primera vez que hacía un viaje tan largo. Tenía que hacer noche en Madrid y al día siguiente sacar un billete para seguir a su destino, a sus Ejercicios Espirituales. Pero no pudo ser. Regresó a Orihuela y apareció en la Obra Social cuatro días después. Le contó al Padre Tomé que le había sucedido lo siguiente:

 

Reservó habitación en una modesta pensión y salió a pasear y conocer el centro de Madrid. Fue a la Plaza Mayor, la Puerta del Sol, la Gran Vía y tomó por la calle de San Bernardo hasta llegar a la Glorieta de Quevedo. Allí había un pequeño salón de baile que se llamaba Las Palmeras, que tenía en la puerta una pequeña palmera iluminada de verde. Un par de duros podía gastarse así que entró y pidió una cerveza en la barra. Rodrigo tenía mucha calle pero poca noche. No tenía experiencia alguna con mujeres. Se le acercó una muchacha y le pidió que la sacara a bailar un pasodoble. Rodrigo bailaba muy mal pero la chica le dijo que el pasodoble es muy fácil, es como caminar un poco ligero. Le pareció una descortesía no sacarla y aceptó muy nervioso; bailó un poco temblorosamente. La chica lo sondeó y se enteró que estaba de paso por Madrid. Entonces le dijo que ella no era prostituta, era modista, pero que ganaba muy poco y se ayudaba a vivir complaciendo de vez en cuando a algún hombre que ella seleccionaba cuidadosamente. Le dijo que por 25 pesetas, todo incluído, podría estar un rato con ella en su habitación en la pensión que vivía. Rodrigo era virgen pues en Orihuela, siendo pobre, sólo se podía ser virgen ya que un joven pobre no podía gastar 25 pesetas en el burdel. Sólo se podía ser casado o virgen. Calculó mentalmente el dinero que llevaba y pensó que comiendo bocadillos en vez de ir a un restaurante, podría llegar a ese gasto y vivir por fin esa experiencia. Fueron a la pensión y ella le colocó un preservativo. Rodrigo estaba acostumbrado a que toda la ropa le viniera grande, así que no se sorprendió que también aquel adminículo fuese demasiado grande para sus atributos varoniles. Allí inauguró su nueva etapa de hombre adulto sin disfrutar demasiado de ello. ¿Eso era todo? Apenas habían terminado sonaron golpes enérgicos en la puerta de la habitación. Era la dueña que, a los gritos, le dijo a la joven mujer que ella y el hombre que estaba con ella, se vistieran y se fueran inmediatamente o llamaría a la policía y que no le devolvería a la muchacha la maleta con su ropa hasta que le pagara lo que le debía. Ella se puso a llorar desconsoladamente y en el colmo de la desesperación dijo que si se quedaba en la calle, esa noche se tiraría a las vías del Metro. Y como llovía torrencialmente, todo se hacía más dramático. Rodrigo _siguió contándole al Padre Tomé_ que estaba apenadísimo y conmovido, preguntó a través de la puerta que cuánto era lo que debía la señorita. La dueña le dijo que eran 225 pesetas y las pagó para salvar a aquella mujer que era aún más pobre que él. Al menos él no tenía deudas. Rodrigo regresó a su pensión y como no tenía dinero suficiente para seguir viaje a Loyola, regresó a Orihuela y anduvo unos días por ahí pensando cómo decírselo al Padre Tomé hasta que decidió presentarse ante él y contarle la verdad.

 

Cuando terminó de contarle todo lo ocurrido al Padre Tomé y esperaba una reprimenda, el Jesuita soltó una carcajada y se estuvo riendo sin parar durante varios minutos, hasta el punto de secarse las lágrimas de tanta risa con el pañuelo.

 

—¿De qué se ríe, Padre?

 

—Pero hombre, te han timado. Te tomaron el pelo. Ese cuento es más viejo que mi abuela. La dueña de la pensión y la chica estaban de acuerdo y te hicieron un drama para conmoverte y sacarte el dinero. Serás muy vivo para otras cosas pero qué inocente para otras. Después quieres presumir que sabes más de la vida que yo, pobre Rodrigo ¡Cuánto tienes que aprender!

 

—Pues sí, es verdad, en materia de mujeres y de noche no sé nada, pero ¿Cómo conoce usted ese timo?

 

—¿Pero es que tú crees que yo he vivido casi 50 años gratis?

 

Se fueron después a la lonja y el Padre Tomé, que seguía riéndose de Rodrigo, le dijo burlonamente:

 

—Si al menos hubieras disfrutado el dinero comiendo bien no te sentirías ahora tan tonto ¡Cómo te han timado! Podías con ese dinero hasta ido al Estadio de Chamartín a ver un partido de fútbol formidable que el Real Madrid le ganó al Barcelona por 1 a 0 con un gol precioso de Distéfano.

 

—No fue Distéfano, fue Gento _dijo Rodrigo.

 

El Padre Tomé se dio vuelta como un rayo, lo miró fijamente y le preguntó:

 

—¿Y tú cómo lo sabes?

 

—Lo leí en el periódico.

 

Al día siguiente Rodrigo recordó que hacía bastantes semanas que no se había confesado con el Padre Alberto y no quería perder su amistad. Rodrigo no era afecto a las cosas religiosas pero paradójicamente su vida siempre había transcurrido entre sotanas.

 

—Ave María Purísima.

 

—Sin pecado. ¡Hombre, Rodrigo, tanto tiempo! ¿Qué te trae por aquí? ¿Siempre el mismo pecado? ¿Sigues dale que te dale tocándote ahí abajo? Sí, Padre, pero también tengo otro pecado muy grave.

 

—¡Ay Dios mío, Rodrigo! ¿Qué has hecho esta vez?

 

El Padre Alberto, ahora Canónigo después de la exitosa cruzada sobre el azulejamiento de los retretes públicos en toda la Diócesis, le había tomado afecto a Rodrigo.

 

—He robado, Padre.

 

—¡Virgen Santísima! ¡Santa Madre de Dios! ¡Ave María Purísima! _se santiguó horrorizado el canónigo_ ¿Pero tú no eras así? Jamás pensé que pudieras tener ese pecado, que llegaras a robar. Eso no es lo tuyo. No sirves para eso. Lo tuyo son las pequeñas picardías callejeras. Eres la persona más honesta que he conocido. A ver, a ver, cuéntame ¿A quién le has robado?

 

—A los Jesuitas.

 

—Bueno, eso no es tan grave. En el fondo se lo merecen pues ellos te lo deben a ti. Pero de todas formas está mal. Tienes que pedir lo tuyo, no robarlo aunque te lo deban.

 

El Clero Secular y los Jesuitas nunca se han llevado bien. El Clero Secular ve a los Jesuitas como una congregación elitista, cerrada, y algo rebelde a las disposiciones del Vaticano. Y los Jesuitas ven al Clero Secular como conservador, retrógrado y detenido en el tiempo sin permitir la evolución de la Iglesia.

 

 —Y dime, Rodrigo ¿Les has robado mucho dinero?

 

—500 pesetas.

 

—Es bastante. No deja de ser un pecado importante; pero con atenuantes ¿Tú no dices que trabajas sólo por la comida y que no te pagan nada?

 

—Así es.

 

—Bueno, a ver cuéntame cómo lo hiciste. Debe ser algo ingenioso pues no es fácil robarle a la Compañía de Jesús.

 

—Me dieron las 500 pesetas para ir a Loyola a hacer los Ejercicios Espirituales. Me quedé a dormir en Madrid y antes salí a dar un paseo por el centro. Me tenté con los bares y restaurantes y unos vinitos de Rioja por aquí, unas tapas de jamón por allá, una buena cena en un restaurante, una entrada a la compañía de Revistas, etc., cuando me di cuenta no tenía bastante dinero para seguir el viaje.

 

—¿Y qué hiciste entonces? _preguntó el Padre Alberto que aguantaba la risa y disfrutaba con la historia.

 

—Pues ya me había metido en el agua hasta la cintura y decidí continuar hasta el cuello. Me quedé tres días en Madrid, fui al fútbol, al Estadio Chamartín, a ver el Real Madrid contra el Barcelona, fui a los toros a ver a los hermanos Dominguín, comí como un diablo, fui al cine, a un «tablao» flamenco, y cuando se agotó la «pasta» regresé a Orihuela.

 

—¿Y qué le has contado al Padre Tomé? _quería saber el confesor gozando con la confesión de Rodrigo.

 

—Le he contado que me fui con una chica a su pensión para tener sexo con ella y que la dueña la amenazó con echarla a la calle si no pagaba una deuda que tenía. Y que ante la amenaza de la muchacha con suicidarse en las vías del Metro, me apiadé de ella y pagué su deuda.

 

—¡Pero, Rodrigo, ese timo es más viejo que mi abuela!

 

—¡Cómo! ¿Usted también lo conoce?

 

—Pero claro, hombre. Adentro de esta casilla de madera me entero de todo. ¿Y el Padre Tomé se lo tragó?

 

—Al Padre Tomé le gusta rivalizar conmigo en picardías. Siempre presume de que conoce la calle y la vida más que yo. Cuando me gana una, lo disfruta mucho y se ríe de mí. Así que aproveché la ocasión y lo hice sentirse triunfador ante mi fracaso. Se estuvo burlando de mi ingenuidad por un gran rato y me ahorré una reprimenda.

  

  —¿Y qué más te dijo?

 

—Pues me dijo que no me sentiría tan tonto si al menos en vez de dejarme engañar con un timo tan viejo, me hubiera gastado el dinero en comer bien y en ir al fútbol a ver el Real Madrid.

 

—¡Santa Madre de Dios! ¡Qué pareja! ¡Sois tal para cual! ¡Qué dos gitanos trapaceros!

 

—Lo que me preocupa, Padre Alberto, _dijo Rodrigo_ es que según la Doctrina Cristiana usted no puede darme la absolución si no devuelvo lo robado y yo no tengo las 500 pesetas para devolverlas.

 

—Te tengo dicho que no te metas en mi trabajo, Rodrigo. A ver ¿Cuánto crees tú que te deben los Jesuitas?

 

—Pues si me pagaran las cien pesetas semanales que estimo que vale mi trabajo, me deberían 15.000 pesetas _calculó Rodrigo.

 

—Bueno, pues ahora te deben 14.500. Reza un Credo y un Yo pecador y no vuelvas a cobrarte por tu cuenta de esa manera. Ego te absolvo, etc. etc.

 

Cuando Rodrigo salía del Templo se tropezó con Luis «el mudo» que le decían así porque había tomado fama de que su extinta mujer no lo dejaba hablar. Los vecinos escuchaban que ella le gritaba: «Cállate que estoy hablando yo». Luis trabajaba de hilador en los talleres de la Obra Social del Padre Tomé y había enviudado hacía sólo una semana de una esposa que siempre le amargó la vida con su mal carácter. Por cualquier nimiedad estaba una semana sin hablarle. Si llegaba temprano a casa ella le decía: «¿Qué mierda haces aquí tan temprano?» Y si llegaba tarde le espetaba: «¿De dónde coño vienes a estas horas?» Ella se murió no se sabe de qué. Nadie sabía entonces de qué se moría. En aquellos tiempos se decía: «Se murió de un dolor» o bien «Se murió de unas fiebres».

 

Rodrigo se extrañó de que Luis «el mudo» entrara a la Iglesia pues era un ateo reconocido que presumía de no haber puesto los pies jamás en un Templo. Entonces le preguntó:

 

—¿A qué vienes a la Iglesia, Luis, si tú no eres creyente?

 

—Vengo a confesarme con el Padre Alberto por si acaso me muero de repente y voy al infierno.

 

—Pero ¿Tú crees en el infierno? _preguntó Rodrigo extrañado.

 

—Mira Rodrigo _dijo Luis «el mudo»_, con el infierno me pasa como con las brujas. No creo en ellas, pero...

 

   —¿Y por qué te ha entrado de golpe ese temor al castigo de Dios? _insistió curioso Rodrigo_ ¿Es por el dolor que te ha producido la muerte de tu esposa?

 

—No; muy al contrario, es porque estoy seguro que si el infierno existe, allí está esperándome mi mujer para joderme la vida por toda la eternidad ¡Y no le voy a dar el gusto a esa hija de puta!