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Tertulias
Sabatinas Los
servicios diarios de Rodrigo en el cuartel lo estaban destruyendo. A Rodrigo le
había dado resultado jugarse el todo por el todo con el Alférez ¿Por qué no
intentarlo con el Capitán Cajero y su Sargento Ayudante de Caja? Estos dos
vagos no hacían nada por hablar con el Coronel para remediar el abuso. Y la
situación ya era insostenible. Rodrigo se había dado cuenta que era aguantador
y que tenía buenos sentimientos y mucha paciencia, pero también había
advertido sobre sí mismo que había un límite. Cuando lo arrinconaban contra
la pared, su condición de manso se tornaba rebelde y se defendía con todo. Y
tomó una decisión drástica. Se estaba enfermando, y perdido por perdido había
que hacer algo. Las nóminas eran un trabajo largo y engorroso. Había que sumar
de memoria pues no tenían máquinas de sumar. Era una planilla tipo sábana de
metro y medio de ancho con 20 columnas. Primero iba el nombre del oficial o
suboficial, luego el rango y una columna con el sueldo bruto. Después venían
muchas columnas con los descuentos, anticipos, economato, aportes a esto o lo
otro, etc. y finalmente en la última columna el sueldo neto a cobrar. Eran unos
cien oficiales y suboficiales. Había que sumar columna por columna horizontal y
verticalmente y que no hubiera diferencias. Rodrigo sumaba rápido dando saltos
de tres en tres cifras y desde que él se encargó de las nóminas todo iba
bien. Pero el Capitán y el Sargento eran lentos e inseguros y perdían mucho
tiempo buscando diferencias. Los militares cobraban sueldos magros, no era una
carrera rentable. Era una ocupación para trabajar poco pero también para ganar
poco. Y estaban acostumbrados a cobrar indefectiblemente el último día del
mes. Desde siempre era así. Estaban todos sin una peseta y con compromisos de
algunas compras que pagaban en plazos mensuales. El último día de un mes de
Abril se presentaron a cobrar confiadamente, como de costumbre, haciendo bromas
con el Capitán y el Sargento pagador. Las esposas los esperaban en bares
cercanos al cuartel para recibir la paga e ir de compras y a pagar las deudas. Y
se quedaron sin habla, mudos de estupor y rojos de ira, cuando se enteraron que
ese día no cobraban. Algunos estaban al borde del síncope pues en general los
que son autoritarios con los subordinados acatan sumisamente las órdenes de las
esposas. ¿Cómo era posible? La nómina no estaba terminada. Estaba el dinero
pero no estaba hecho el trabajo del Capitán y el Sargento. Les dijeron de todo,
los trataron de vagos e irresponsables, de viciosos, y les gritaron que si los
volvían a ver por el Casino Militar los sacarían a patadas. No cobró nadie,
ni el Coronel. Y este fue el diálogo de aquel 30 de Abril por la mañana. —Rodrigo,
dame la nómina que la firme y llama al Sargento para que venga a empezar a
pagar. Ya están llegando los Oficiales y Suboficiales y quieren cobrar. —Lo
siento, mi Capitán, pero la nómina no está terminada. —¿Pero
qué dices, desgraciado? ¿Es que quieres que te mate a golpes? ¡Si eso es
verdad te voy a destrozar! ¿Es eso cierto? ¡La madre que te parió! —Sí,
señor, lamentablemente es cierto mi Capitán. —¡Eres
un irresponsable! Jamás lo hubiera pensado de ti, tan seriecito. ¡Mis compañeros
me van a fulminar pero tú te vas a pudrir en el calabozo con esos violadores
degenerados que se harán un festín contigo! Te vas a comer el resto de la «mili»
de calabozo. ¡Te lo juro! Más vale que tengas una buena explicación que me
salve la cabeza ante mis camaradas porque sino... ¿Pero cómo no me has avisado
antes? ¿Por qué no me avisaste ayer? —Mi
Capitán, ayer tuve toda la mañana servicio de cocina y toda la tarde servicio
de limpieza del cuartel. No le dije nada porque yo esperaba terminar la nómina
en la noche aunque no durmiera, pero inesperadamente me llamaron para guardia
nocturna. Ya me conoce usted lo suficiente, mi voluntad es grande pero no soy
Dios. —¿Es
cierto que tuviste tres servicios juntos en el mismo día, cocina, limpieza y
guardia? Eso no es reglamentario. —Sí,
mi Capitán, pero no sólo ayer, llevo muchos días así. El
Capitán habló con el Coronel y Rodrigo fue nuevamente rebajado de todo
servicio. A partir de ahí lo pasó muy tranquilo y dispuso de mucho tiempo para
leer que era su pasión. Leer a un hombre superior es como sentarse a charlar
con él, un placer y un privilegio impagable. Y supo que con el conocimiento
crecen las dudas y que no es tan importante tener una carrera universitaria como
tener el ánimo templado para enfrentarse con las vicisitudes de la vida. También
fue aprendiendo que es un error estar siempre afligido y que la alegría es muy
buena medicina para mantener una buena salud material y espiritual. Se
licenció Rodrigo del Servicio Militar y regresó a Orihuela y a la Obra Social
del Padre Tomé, siempre por la comida, como los esclavos. Volvió curtido y con
nuevas experiencias. Fue rodeándose de un círculo de buenos amigos, cultos,
inteligentes y con madurez intelectual. Algunos eran estudiantes universitarios
e incluso un bioquímico a quien apodaban «el probeta». Hacían tertulias en
las que se hablaba de todo y eran considerados un poco rebeldes y reacios a las
cosas de la religión. Por ese tiempo había en Orihuela un Cura joven y dinámico,
de criterio un poco más amplio que los Curas ya viejos, que era bastante
popular entre la juventud y que se propuso llevar al redil a aquellas siete
ovejas descarriadas que era el grupo de amigos que hacían la tertulia en el Café
Colón. Les propuso que cada sábado en la noche se hiciera la tertulia en su
casa. La propuesta era interesante. Durante la semana cada uno estudiaría por
su cuenta la obra de un mismo autor y en la reunión del sábado debatían y
contrastaban opiniones. Así que aceptaron la propuesta y comenzaron las
reuniones sabatinas. Eran enriquecedoras. Al principio todo era muy serio, después
empezaron a entrar en confianza con el Cura y cada uno llevaba una botella de
vino, coñac u otro licor. Y se discutía entre copa y copa. Las libaciones
soltaban la lengua de todos, incluída la del Cura, y se llegaron a abordar
temas de filosofía muy complejos y profundos así como de religión y de política.
En materia de religión todos tenían más preguntas que respuestas y a los
cuestionamientos racionales el Cura contestaba con la fe. A Dios no se llega por
la razón sino por la fe. Punto. Había
tiempo para todo pues las reuniones empezaban a las diez de la noche y
terminaban a las cuatro de la madrugada. Entre el grupo de los siete amigos
estaba Vicente a quien apodaban «el Mezcladito» y al cura se le despertó la
curiosidad por la originalidad del apodo:
—Vicente
_preguntó el joven Sacerdote_ ¿Por qué te apodan «el Mezcladito»? —Pues
es que a mí me gusta todo mezcladito. Ni todo trabajo ni todo ocio, ni todo
gastar ni todo ahorrar, ni todo sexo ni todo abstinencia, ni ser alcohólico ni
ser abstemio, todo mezcladito, muy mezcladito. A
veces escuchaban música pues el cura tenía buenos discos. Rodrigo se había
ido aficionando a la buena música clásica guiado por Javier que era un
empedernido melómano. Y Rodrigo había notado, con curiosidad, que de las nueve
sinfonías de Beethoven le gustaban más las impares que las pares. Le gustaban
la tercera, la quinta, la séptima y la novena. De las pares sólo le gustaba la
sexta, la Pastoral. Su músico predilecto, muy distanciado de todos, era el
inmenso Mozart, en especial sus sinfonías 33, 34, 35, 40 y 41. Y también le
agradaban los conciertos para cuerdas de Vivaldi. Cuando
las copas iban calentando el ambiente el grupo también cantaba zarzuelas,
incluso el joven Cura que tenía una excelente voz de barítono y cantaba en el
Coro de la Catedral. Primero cantaban en voz baja, en falsete, y como nadie se
quejaba fueron levantando el volumen. Pero finalmente los vecinos protestaron y
en vez de comprender que eran jóvenes cultivándose, empezaron a decir que eran
una manga de borrachines. El vulgo es así, le molesta la cultura. Y fue una lástima
porque Rodrigo y sus amigos disfrutaban mucho de esas tertulias. Eran tiempos
grandiosos pues a pesar de no tener una peseta en el bolsillo, ser joven es
verlo todo muy hermoso. ¡La vida y la juventud! ¡Que maravilla!
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