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Te Espero En Orihuela, Vida Mía

 

Rodrigo se enteró que durante dos días habían venido auditores de la Caja de Ahorros para analizar el trabajo que había que hacer. Le dijeron las monjas a Rodrigo que los auditores se habían llevado una gran sorpresa pues esperaban encontrar un lío y se encontraron con una contabilidad por partida doble puesta correctamente al día, con sus libros Diario, Mayor, Caja, Cuentas Corrientes y Gastos Generales, con el arqueo de caja y bancos exacto y ni un papel pendiente o desordenado, con un archivo de documentación fácilmente localizable. Cuando las monjas le dijeron a los auditores que todo eso lo llevaba una sola persona, pero que además la misma hacía todas las compras, la correspondencia, hacía las nóminas del personal, el pago a proveedores, las operaciones bancarias y la contabilidad, los auditores no lo podían creer. En su informe determinaron que hacían falta tres personas, un administrador general, un encargado de compras y un contable. La Junta Directiva contrató a tres hombres, falangistas y amigos de personas influyentes y les asignaron 2000 pesetas mensuales de sueldo a cada uno, más todos los aportes de ley a la Seguridad Social. En apenas tres meses y sin que ello significara mejora alguna para la Institución, se tomaron cinco personas a 2000 pesetas cada una. A Rodrigo le habían ofrecido 50 pesetas más, o sea 300 pesetas semanales pero sin figurar en nómina y por lo tanto sin aportes sociales.

 

No se despidió de nadie más. Ni de sus amigos a quienes tanto quería. Ya les escribiría. No estaba para más emociones. Era suficiente. Además la muerte de Jesús «el probeta» y la demencia de Tomás lo habían afectado profundamente. Entre lo que sacó de los muebles y los libros y un pequeño ahorro que tenía se juntó con un par de miles de pesetas que no era nada. Se fue muy temprano para no tropezarse con nadie hacia la estación de ferrocarril. Pasó por delante del local adónde fundó con el Padre Tomé la Obra Social. Pensó que todo había sido por la actitud egoísta de este Jesuita. Sin embargo todo eso era agua pasada y de nada sirve llorar sobre la leche derramada.

 

Cuando Rodrigo llegó a la Estación se encontró con la sorpresa de que Ana estaba esperándolo. De esta relación creía Rodrigo que había quedado una buena amistad pero en realidad ella estaba muy enamorada. Al despedirlo Ana se abrazó al cuello de Rodrigo llorando amargamente y entre lágrimas le susurró al oído: «Te espero en Orihuela, vida mía»

 

Después tomó el tren y éste se fue alejando de su amada ciudad. Lo último que vislumbró fue el Seminario de San Miguel en lo alto de la montaña y la Cruz de la Muela. Adiós a Orihuela, no sabía hasta cuando. Iba demasiado lejos, tal vez hasta nunca.

 

En el asiento vecino, en el tren, iba sentado un conocido de Rodrigo que trabajaba en la Caja de Ahorros, y le dijo:

 

—Qué lástima que te vayas para la Argentina. Hubiéramos podido ser compañeros de trabajo pues ganaste ampliamente las oposiciones.

 

—¿Qué me dices? ¿Es eso cierto? _preguntó muy sorprendido Rodrigo_ ¿Y por qué me dijo el Director de la Caja que también había hecho correctamente los ejercicios un recomendado de una autoridad?

 

—No es así. Yo estaba cerca cuando llamaron por teléfono a mi Director y alguien importante le pidió que te rechazara porque te necesitaban en la Obra Social. Seguramente sería un miembro de la Junta Directiva de la Obra.

 

Rodrigo se llenó de ira y hubo un primer instante que quiso bajarse del tren y regresar a Orihuela a pedir aclaraciones. Pero ya tenía el pasaje de barco y esto hubiera significado perderlo. Masticó bronca, mucha rabia. Y se sintió cruel e injustamente burlado. Era la última gota del Cáliz.

 

En Alicante cambió de tren y tomó el que iba a Barcelona. Durmió en la casa de su hermano mayor al que sólo reconoció por una fotografía pues hacía 15 años que no lo veía. Al día siguiente fue al puerto de Barcelona y subió a un barco italiano de la línea «C». Bajó a lo más profundo de la bodega adonde estaba su camarote compartido con otros tres emigrantes desconocidos. Dejó la vieja maleta de madera de la «mili» sobre la litera y subió a la cubierta. Se apoyó en la baranda de popa.

 

  El barco empezó a moverse y dio medio giro en dirección a alta mar. Se iba alejando del puerto y todavía se veía la estatua de Colón. En el altavoz de cubierta habían puesto una canción de Antonio Molina:

 

«Qué lejos te vas quedando

España de mi querer

a Dios le pido rogando

que pronto te vuelva a ver...»

 

 

Había gente que lloraba o reía y agitaba pañuelos. El puerto de Barcelona se iba alejando, era el último trozo de España que veía. Rodrigo tenía los ojos húmedos pero el gesto duro y las mandíbulas apretadas.

 

Fin