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Tarjeta
Roja Vicente
vivía obsesionado con encontrar un empleo vitalicio, seguro, para casarse con
tranquilidad, y abrió la tertulia con su obsesión: —Quisiera
ser empleado del Servicio Meteorológico Nacional. De ahí no te despiden nunca
aunque te equivoques todos los días. En cualquier empresa te echan si te
equivocas muy seguido, pero en ese servicio jamás. Anuncias que mañana lloverá
y cuando amanece soleado explicas que a último momento cambió el viento
imprevistamente y por eso falló el pronóstico. Es maravilloso, el único
empleo del que no te echan nunca gracias a los vientos cambiantes. El
«probeta» llegó el último, como era su costumbre, y estaba de pésimo humor.
Cuando estaba así era que sus experimentos no iban bien, que las pruebas le salían
mal y se le resistían los avances. Entonces era imposible polemizar con él
pues se iba de lengua y podía decir los disparates más grandes. Para colmo le
habían ocupado, a propósito, su silla de espaldas al gran espejo del mostrador
_o de la barra como se dice cuando se trata de una cafetería o bar_ y la única
silla libre estaba ubicada frente al mismo. —El
que esté sentado en mi silla es un cretino indigno de mi noble amistad. Juro
que lo destruiré. —Cálmate,
hombre, toma tu silla _le dijo Vicente_ cuando estás de mal humor no soportas
una broma. —Tenías
que ser tú. Estás a punto de formar una familia, vas a llevar a esa pobre
chica al matrimonio y te comportas con la madurez de un mosquito. No tolero
bromas con los espejos. Con lo que sea menos con eso. No deseo saber como soy
por afuera, no me interesa. Me investigo por adentro, lo exterior está demás
para mí. Se
acercó entonces el camarero afeminado que hacía la suplencia de Luisito «el
corto» que llegaría más tarde. El pobre muchacho no advirtió que se acercó
a Jesús en el peor de los momentos.
—Don
Jesús, usted perdone, con todos los respetos ¿Podría usted venderme una de
esas píldoras que le da a Luisito? —Yo
no vendo píldoras. No están aprobadas oficialmente. Si las vendiera podría ir
a la cárcel. En todo caso las regalo, pero ¿Puedes decirme, desgraciado, para
qué diablos necesitas tú mi píldora? ¿Es para tu novio? _le preguntó Jesús
«el probeta». —¡Ay,
Don Jesús, que cosas dice usted! Es para mí. Tengo una cita esta noche _dijo
el camarero con expresión delicada. —Pues
no te doy nada. —Pero
Don Jesús, no sea usted así ¿Por qué no me la da? —Porque
te va a quedar el traste como una rosa. En
esto llegó Luisito «el corto» y se quedó de pie escuchando la conversación
de los contertulios como era su costumbre si no tenía otras mesas para atender.
—¿Qué
te ocurre, Jesús? ¿Por qué estás de tan mal talante? _le preguntó Vicente. —Hace
tres noches que no duermo bien. Doy tantas vueltas que al fin, cuando logro
dormirme, es porque estoy mareado. —¿Vos
has probado con algún somnífero? _preguntó amablemente «el pibe» —Más
que eso, he leído varios capítulos de la Summa Teológica de Santo Tomás de
Aquino y ni por esas. —¿Pero
te ocurre algo malo? _preguntó esta vez Tomás que lo quería como un hermano. —Nada,
querido Tomás, nada. Me desvelo pensando en mis investigaciones y no puedo
dormirme. Pera esta vez no me desvelé por eso. Me pone loco pensar en las cosas
que pasan hoy en día. Mi tocayo Jesús debería haber vivido en esta época y
el Evangelio sería distinto. La incultura de nuestra sociedad, la crisis de
valores, la muerte de los principios éticos, la desintegración de la familia,
la desocupación, la injusta distribución de la riqueza, la marginación
social, la pérdida de identidad de los jóvenes que recurren al alcohol, la
falta de perspectivas de nuestra generación, la corrupción de la política, el
hedonismo del poder, la desvirtuación del Evangelio de Jesús, la falta de amor
al prójimo, el énfasis puesto en la caridad y no en la justicia social, etc.
etc., ¿Adónde se dirige el mundo? _se preguntó desalentado Jesús. —Está
bien que te preocupes por todo eso, Jesús, pero no que te desesperes y te
obsesiones hasta perder el sueño y enfermarte pues no está en tu mano
solucionarlo _le dijo Tomás_Pero ya que has leído a Santo Tomás ¿Has logrado
conciliar la fe con la razón como el santo pretendió en su Summa Teológica? —Ni
lo he logrado _dijo Jesús_ ni lo he pretendido lograr ni maldita falta que me
hace. —¿Pero
es posible conciliar la fe con la razón? _Insistió Tomás preocupado por el
tema. —¿Y
yo qué diablos sé? Además ¿Quién necesita eso? Ya se ha dicho muchas veces
y todo el mundo lo sabe que el que tiene fe no hace caso de la razón y el que
cree tener razón se burla de la fe. La Summa Teológica es el libro más pesado
y más inútil que se ha escrito en toda la historia de la humanidad. —Pues
yo adhiero a la filosofía escolástica, soy escolástico _dijo Vicente sólo
para fastidiar en broma a Jesús «el probeta». —Pues
con todos los respetos, Don Jesús, un servidor también es escolástico y, es más,
creo que eso es muy bueno y todos deberían ser escolásticos _dijo el camarero.
—¿Usted?
¿Usted es escolástico? _preguntó pasmado de asombro Jesús. —Pues
sí, señor, que aunque uno sea un humilde camarero gracias a Dios he ido a la
escuela y sé leer, escribir y las cuatro reglas. —¡Dios
mío, por qué vendré yo aquí! _exclamó «el probeta». —¿No
te has puesto a pensar, Jesús, que hablando así de un santo como Tomas de
Aquino puedes terminar en el infierno? _le dijo Vicente para pincharlo. —No
me molestes más, Vicente. Sabes de sobras que a mí no me admitirán en el
infierno pues no tengo los méritos suficientes. Mis maldades son de tono menor
y sé que terminaré en el purgatorio, pero mi suegro es millonario y mi
gordita, mi Matilde, gastará tanto dinero en misas, indulgencias y bulas que
ascenderé a los cielos como un bólido. Vosotros los pobres si que estáis
jodidos. Os pudriréis en el purgatorio si no tenéis un duro para pagar vuestra
salvación.
—¿No
rezas nunca? _siguieron tratando de sacarlo de quicio. —Si
alguien me demuestra que rezar sirve de algo ya mismo me pongo a rezar hasta el
fin de mis días. Pero si Dios ya sabe, antes de nacer yo, cual es el destino de
mi alma, ¿De qué me sirve rezar? Si alguno de vosotros me demuestra que Dios
se va a conmover con mis oraciones y va a mejorar mi destino, oraré todo lo que
sea necesario pero lo que tengo entendido es que lo que Dios dispuso sobre mi
alma ya no lo cambia. Cuando Dios te saca la tarjeta roja, estás afuera. Dios
es el árbitro cuando todavía estás en el vientre materno. Si te saca tarjeta
amarilla vas al purgatorio y verde al paraíso. Si te la saca roja vas al
infierno por más que hagas méritos y reces cada minuto de tu vida ¿Habéis
visto que los árbitros nunca rectifican su fallo cuando expulsan a un
futbolista por más que le supliquen? Pues esto es peor; el árbitro ya sabía
que te expulsaría incluso antes de empezar el partido aunque te esmerases en
jugar bien. Es por eso que la Iglesia está contra el aborto. Es que Dios ya les
sacó la tarjeta a los fetos. —¿No
crees en el libre albedrío? _preguntó tímidamente Tomás. —Por
favor, Tomás, acabo de explicarte que no, ni en el libre albedrío ni siquiera
en la palabra «libre». Según la Iglesia estamos todos predestinados de
antemano. Pero no me sorprende que quienes piensan seamos minoría. Los
pensadores siempre tenemos la oposición de los burros. Las masas son amorfas y
estúpidas, no saben nada y son dogmáticos de la nada porque los burros no
pueden cambiar de opinión. —Bueno
_dijo Tomas_ cambiemos de tema. En estas reuniones hay dos obsesiones, el sexo y
la religión. —¿Pero
es que hay algo más importante que eso? El mundo lo mueven la religión y el
sexo. Pero, bueno, si a Tomás no le gustan estos temas estoy de acuerdo en
cambiar un poco. ¿Cómo te va, Rodrigo, con ese Jesuita, el Padre Tomé, en su
Obra Social? _preguntó Jesús «el probeta». —Voy
tirando. —¿Sólo
por un plato de guiso? ¿Cómo los esclavos? ¿Sigues sin sueldo? —Así
es. —Déjalo
de una vez y te vienes todos los días a comer conmigo a mi casa. Matilde estará
encantada de que vengas todos los días a nuestra mesa. Te lo aseguro.
—Gracias,
Jesús _replicó Rodrigo_ pero tengo que salir adelante yo solo. Es mi pelea, mi
desafío. —Pues
entonces no le demuestres a ese Jesuita que era más inteligente que él. No te
lo perdonará. En lo único que no les importa ser menos es en las virtudes. Por
eso los Curas prefieren la virtud que es inofensiva a la inteligencia que
consideran peligrosa. Y eso va para ti también, Tomás, que trabajas con los
Jesuitas. Estarán felices de que seáis más virtuosos que ellos pero no más
listos. Virtuosos; eso es lo que os abrirá la puerta de su confianza. Sin
embargo no es la virtud lo que podría salvar al hombre; la salvación de la
sociedad humana sólo podría llegar de la inteligencia recta. Y más
reflexiones o recomendaciones no haré hoy si no me pagáis un café. —¡Qué
suerte! No invitarlo a ver si podemos tener una charla tranquila _dijo Vicente. _Podéis
tener sin mí una charla tranquila y serena pero jamás una charla inteligente.
No os da la cabeza para eso. Y
entonces intervino Julián: —Jesús,
se puede tapar el sol con una moneda si te la pones cerca del ojo, pero eso no
hace desaparecer el sol. Una verdad puede disimularse debajo de un montón de
palabras, pero la verdad sigue ahí. Puedes taparla con un falso argumento, con
un sofisma dialéctico brillante, pero la verdad sigue ahí. A veces hablas como
si lo supieras todo y no es bueno creer que nuestro ombligo es el centro del
universo. Y
entonces Jesús «el probeta» culminó su mal humor respondiéndole a Julián: —¿Tú
sabes adónde está para mí el centro del universo? —No.
¿Adónde? —¡En
la vagina de mí mujer!
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