|
El
Sí De Mariana —¡Pero
no seas así! No te regalan nada, la chica te gusta y ese hombre tiene un
negocio demasiado grande para él solo. Y es un negocio en el que tú puedes ser
de gran ayuda para aliviarlo en sus tareas y para hacerlo crecer. Estoy seguro
que el padre de Ana está pensando en que te necesita más a ti que tú a él. —Lo
siento, no insistas, no va conmigo. Tengo que resolver mi futuro por otras vías.
—Bueno,
pero ahora no me vas a dejar solo. Mariana y yo os necesitamos unas semanas más
para salir los cuatro juntos. No podemos salir solos por las críticas. —Está
bien, no te preocupes. Si Ana no me rechaza a su lado después de lo que hemos
hablado, puedes contar conmigo. Llegaron
a la Avenida de la Estación y se encontraron con las dos amigas. Ana le había
contado todo a Mariana y ésta le había pedido que siguieran unas semanas más
paseando juntos. —Hola,
chicas, ¿Qué tal estais? _Saludaron ellos. —Muy
bien ¿Y vosotros? —Con
ganas de pasear con vosotras _dijo Tomás. —¿Piensas
lo mismo tú, Rodrigo? _Preguntó Ana. —Claro
que sí, sabes que sí, Ana.
Y
empezaron a caminar charlando. Pero Tomás no quería perder tiempo Y se lanzó
al agua con todo: —Mariana,
ya no tenemos tiempo. Tenemos que tomar decisiones pues en cualquier momento
aparecerá en escena tu padre, ¿Qué vamos a hacer? ¿Has pensado en algo para
poder seguir viéndonos? Te anticipo que no le temo a tu padre ni a nadie y no
pienso renunciar a ti. —Lo
he pensado mucho, Tomás, y no encuentro una salida. A mí me gustaría mucho
continuar nuestra relación pero no veo la forma de ocultarla y ya te advertí
que no estoy educada para enfrentar a papá. Es una persona muy especial. Debajo
de su carácter aparentemente hosco, hay un ser humano muy tierno que me adora.
Seguro que él creerá que se opone por mi bien, que me tiene que proteger de mí
misma. Y te hará la vida imposible, te amenazará y hasta te agredirá físicamente.
No sé qué decirte, no veo soluciones. —Sí
tienes algo qué decirme. A esta altura ya hemos hablado mucho y ya nos
conocemos. Lo que tienes que decirme es muy simple. Dímelo sin rodeos. ¿Me
quieres lo suficiente para esperarme si es que se hace imposible vernos?. Antes
de que me contestes te repito una promesa que te hice. Serás tú o no será
ninguna. No voy a amar a ninguna otra mujer, sólo a ti. Esa es mi promesa. Prométeme
tú algo así y no habrá fuerza humana que nos separe. —Yo
también te quiero aunque no sé si de una manera tan febril como la tuya. Pero
no puedo hacerte una promesa así sin saber todavía hasta donde llegará papá
en su oposición. No me veo con fuerzas para enfrentarlo y lo amo mucho. No sé
si podría soportar que sufra por mí. —¿Sabes
que es la primera vez que me dices que me quieres? Me sonó a música. Está
bien, no me prometas nada. Esperemos a ver que ocurre. Tal vez tú puedas
convencerlo de que me acepte. A veces los padres aflojan para no ver sufrir a
sus hijos. Tampoco él querrá verte sufrir a ti. —No
tengas esperanza alguna de que él te afloje. No lo hará. Le diré que eres
bueno, estudioso, que tienes futuro y que me quieres. Le diré que tu modesto
empleo es una cosa transitoria hasta que tengas tu título de médico y que lo
importante de un hombre no es de donde viene sino adonde va. Pero no veo ninguna
luz en el camino.
—Es suficiente para mí. Me has dicho que me quieres y que me vas a
defender ante tu padre. Es mucho. Dejemos el futuro en el aire. —Dejémoslo
en manos de Dios ¿No crees en Dios? _preguntó Mariana. —No
soy una persona de hábitos religiosos, Mariana. Trabajo con los Jesuítas pero
adentro de mí hay una fuerte resistencia racional. Sin embargo, no temas, por
ti estoy dispuesto a ir a Misa todos los días y confesarme y comulgar cada
media hora. Mariana
rió con ganas. —No
es para tanto, hombre, pero somos una familia de profunda raigambre católica
que viene de muchas generaciones. Lo único que faltaría, y empeoraría todo,
es que encima de que a papá no le guste tu trabajo, se venga a enterar que no
practicas nuestra religión. —Y
que también se venga a enterar _agregó Tomás_ que soy de familia
antifranquista ¡Pobre de mí! —¡Pobres
de nosotros! _dijo ella_ y ambos sonrieron pero con un matiz de amargura.
Llegaron a un recodo del jardín y no vieron a nadie. Tomás tomó la mano de
Mariana y se la llevó a los labios besándola varias veces con devoción. Ella
le abandonó la mano y se sintió desfallecer por la emoción. Tomás,
tembloroso se sintió abrasado por el calor humano que emanaba de su novia.
|