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El
Rosario De La Aurora En
Orihuela había una costumbre muy arraigada en las décadas de 1940 y 1950 que
era el Rosario de la Aurora. A altas horas de la madrugada, entre las 3 y las 4
de la mañana, salía un cura rezando el Santo Rosario por las calles de la
ciudad hasta las 5 ó 6 de la mañana. Detrás del Cura, en dos filas, lo seguían
las mujeres y a continuación los hombres, nunca mezclados. Este rosario se nutría
con unas 200 ó 300 personas que portaban faroles y cirios. Eran muy ruidosos
pues a cada Padre Nuestro del Cura contestaban a coro las 200 a 300 personas el
correspondiente Ave María, pero además cantaban canciones religiosas. Esta
procesión salía todas las madrugadas y perturbaba el sueño de quienes tenían
que irse temprano a trabajar. De vez en cuando de algún anónimo balcón les
tiraban un cubo de agua y a veces cosas más sucias, pero la procesión
continuaba imperturbable. Cuando alguien les tiraba algo, los integrantes de la
procesión susurraban: «Que Dios se apiade de tu alma». La canción que más
les gustaba y que cantaban a voz en cuello, con excelentes pulmones, decía así:
«El
demonio en la oreja te
está diciendo: No
vayas al Rosario y
sigue durmiendo. Viva
María Muera
el pecado Viva
Santo Domingo Que
lo ha fundado.» Rodrigo
siempre salía al balcón a ver pasar esta procesión pues sentía mucha
curiosidad. Mientras su padre mascullaba palabrotas porque no lo dejaban dormir,
el niño prestaba atención a esta canción que se había aprendido de memoria y
repasando las tres últimas estrofas siempre le quedaba la duda de si lo que había
fundado Santo Domingo había sido el Santo Rosario o el pecado: «muera
el pecado viva
Santo Domingo que
lo ha fundado.» Una
madrugada unos borrachos que se retiraban a casa porque no había más tabernas
abiertas, se incorporaron al final de esta procesión y trataron de acompañar
con buena intención los cánticos y las plegarias, pero como iban empapados en
vino tinto _siempre tinto, el vino blanco era despreciado por los buenos
bebedores_, empezaron muy a pesar suyo a desentonar y a entrar y salir a
destiempo con respecto a los demás. Primero hubo reproches, después gritos de
¡Qué se vayan! Y finalmente se armó una gresca fenomenal. En la batahola hubo
incluso heridos a farolazos y desde entonces, en la comarca, cuando algo sale
mal y termina con alguna violencia, se dice: «Terminó como el Rosario de la
Aurora, a farolazos.» Entre
los borrachos que se engancharon en el Rosario estaba Juan «el barriga» que
era aguador. En aquellos años no había agua potable corriente y había
aguadores que llevaban un carro con un burro o una mula portando un gran tonel
que llenaban con agua potable en el pozo de Lo Roca, cerca de la subida a la
Cruz de la Muela. El
aguador _o «aguaor» en el argot local_ tenía su clientela e iba casa por
casa, llenaba dos cántaros del tonel y entraba a las casas a vaciarlos en las
grandes tinajas. Era un sistema muy poco higiénico pues toda la familia metía
el cazo adentro de la tinaja con las manos sucias. Así hubo, entre otras, una
epidemia de tifus. Uno de los más populares aguadores era Juan «el barriga»
que tenía fama de aguantar bien el vino y había ganado algunos desafíos como
bebedor. Cuando terminaba el último cántaro de agua del tonel, se quedaba en
la taberna y el burro volvía solo a casa. Cuando «el barriga» despedía al
burro con una palmada, le advertía: —«Cabezón»,
no le vayas a decir a la Pepa adonde estoy _la Pepa era su mujer. Al
burro lo había bautizado con el nombre de «cabezón» porque era muy terco y
cuando el animal se hizo viejo la Pepa colaboraba con su
marido por las mañanas ayudando al burro. Mientras el tonel estaba
lleno, el marido empujaba desde atrás y la esposa tiraba delante con una mano
en la vara y la otra en la rienda del burro. Cuando llegaban a una esquina, Juan
«el barriga» gritaba: —¡Dobla
tú a la derecha, «cabezón», que tienes más conocimiento! Cuando
se había vaciado la mitad del tonel, a eso del mediodía, la Pepa regresaba a
sus quehaceres domésticos pues el burro ya podía solo. Pues
bien, aquella noche de la pelea en el Santo Rosario de la Aurora, Juan «el
barriga» estaba entre los que se agregaron muy pasados de copas. Cuando el
grupo de borrachines fue agredido por los concurrentes habituales a la procesión,
Juan se vio venir a un hombretón que iba a descargar sobre él un golpe con una
larga cruz y se le anticipó con un buen par de puñetazos. Para su desgracia
_la de Juan_ resultó ser el sacristán de la Iglesia y el Cura lo denunció _a
Juan claro está_. Fue llevado por los guardias al Retén Municipal. Allí, como
siempre, cumplía su guardia nocturna el decano de todos los guardias
municipales, el Cabo Pacorro, que conocía a todos los buenos bebedores del
contorno pues él también lo era y no de los menos resistentes. —¡Pero
Juan! ¿Cómo se te ocurre darle dos hostias a la Iglesia en los tiempos que
corremos? ¿Es que te has vuelto loco? ¿Ya no sabes beber sin hacer burradas? —No
me acuerdo de nada, ni lo pensé, ni sabía quien era . Me llovían golpes y a mí
no me pone la mano encima ni la Iglesia ni Dios. —¿Ni
la Guardia Civil tampoco? —Bueno,
eso es otra cosa _aclaró Juan —No
te hagas el macho, Juan. Son dos duros de multa, uno por cada golpe. —Pues
yo no tengo dos duros y si los tuviera se los daría a la Pepa para que compre
comida a mis hijos. —Pues
elige, si no pagas los dos duros te vas a quedar aquí encerrado cinco días, a
dos pesetas por día. Vas a perder los jornales y vas a perder tu clientela que
no se puede quedar sin beber agua y le comprará a otro aguador. Con que tu verás
lo que haces. —Pues
como no me cobren a plazos no puedo pagar. No tengo dos duros.
—Dime
una cosa, Juan, ¿A tu padre también le decían «el barriga» y vivía de
joven en la calle Meca, junto al río? —Sí,
señor. —Entonces
_recordó el Cabo Pacorro_ tu abuela, la madre de tu padre, era la tía Luisa «la
sorda» ¿Es así? —Sí
señor, la misma _contestó Juan. —Pues
hombre, entonces tu abuela era prima segunda de mi abuela que era la tía Josefa
«la bisueja», o sea que tú y yo vendríamos a ser como primos segundos por
parte de abuela _concluyó el Cabo. Era
muy común en los pueblos que si se escarbaba un poco hacia atrás aparecieran
lejanos parentescos. Entonces
el Cabo Pacorro se volvió hacia el guardia que estaba con el talonario de las
multas preparado y le dijo: —Julio,
cóbrale sólo un duro. El segundo puñetazo no se lo cobres que es primo mío. |