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La
Riada En
Orihuela hubo una sequía tremenda a mediados de la década de 1940. La tierra
se resecó hasta agrietarse y no había agua ni para las macetas. La sequía no
solo alcanzó a las tierras de secano de los campos sino también a la fértil
huerta de la vega baja del Segura. Dicho río quedó con su cauce completamente
seco hasta el punto de que los niños jugaban cruzándolo sobre las piedras.
Estuvo varios meses sin llover una gota de agua y las diversas cosechas de
cereales, cítricos, legumbres, frutas y verduras en el campo y en la huerta se
iban perdiendo paulatinamente. Eran tiempos de gran escasez por el aislamiento
español, así que sobre el hambre sobrevino más hambre. Con el gobierno no se
podía contar; las soluciones se buscaban a través de plegarias y rezos. Ante
la desesperación de todos los oriolanos, a Miguel «el canijo», un hombre muy
piadoso que poseía muchas tierras, se le ocurrió que si San Isidro había sido
labrador, quien mejor que él iba a comprender las penurias que trae una sequía
tan duradera. Así que empezó a moverse, a hacer gestiones, y se encargó de
obtener el permiso eclesiástico para organizar una procesión sacando en andas
a la imagen de San Isidro Labrador que se guardaba en su Ermita. La misma estaba
en el paraje que tenía el mismo nombre de dicho santo y que estaba situado
cerca del túnel de la carretera Alicante_Murcia. No
se ahorró nada para que la procesión tuviera todo el boato y esplendor que el
santo se merecía. Se hizo presente todo el pueblo de Orihuela, vinieron del
campo, de la huerta y de todos los pueblos cercanos. Fue una procesión
multitudinaria, con miles de devotos suplicándole a San Isidro para que enviase
lluvias. Había gente que hizo promesas y seguía a la Imagen caminando descalza
y hasta de rodillas. Asistieron el Sr. Obispo, el Alcalde y los Concejales, el
Juez, el Capitán de la Guardia Civil y en general todas las más altas
autoridades militares, civiles y eclesiásticas. El santo iba
escoltado por un pelotón de la Guardia Civil con uniforme de gala. Se
rezaron infinidad de plegarias y se cantaron los más diversos himnos
religiosos. Era impresionante, hacía muchos años que no se veía una procesión
igual. Se encendieron cirios y acompañó la Banda de Música Orcelitana, se
hicieron presentes los estudiantes del Seminario Diocesano de San Miguel, los
Padres Franciscanos, los Padres Capuchinos y todo el Clero Secular. La imagen de
San Isidro no era muy grande, era un santo modesto, tenia cuatro andas que eran
llevadas a hombros por ocho hombres, dos en cada anda. Paco «el tuerto» que
era muy bruto y ponía su hombro en una de las andas traseras, iba sudando a
mares y le comentó a su compañero de anda: —¡Miguel,
ojalá que no se les ocurra decir una Misa de campaña pues con esta calor se va
a derretir hasta el Copón! La
procesión salió de la Ermita a las cinco de la tarde de un tórrido verano, «a
las cinco de la tarde». Bajó la ladera del monte, siguió por la calle del
Hospital, pasó por delante de la Iglesia de Santas Justa y Rufina y se detuvo
para rezar un Santo Rosario completo sobre el puente de Poniente del Río
Segura. Allí se levantó una ligera brisa y se observaron algunas nubes grises
sobre la lejanía, hacia el Oeste. Como el ligero viento venía precisamente de
esa dirección, se abrieron las esperanzas y se rezó con mucho fervor. Se
gritaron «vivas» a San Isidro Labrador y tras terminar el Rosario se continuó
por la calle de San Pascual hasta llegar al puente de Levante. Allí se detuvo
de nuevo para rezar el segundo Santo Rosario. Se colocó la Imagen sobre el
puente mirando hacia las nubes que ahora ya no eran grises sino muy oscuras. Se
oyeron unos truenos y se acentuó el fervor y la devoción, aumentó el
entusiasmo y los gritos de «Viva San Isidro». Pero cuando el Rosario iba por
la mitad, se incrementó la nubosidad, se puso el cielo muy negro y empezó
brutalmente un aguacero que duraría una semana entera sin amainar en ningún
momento. A pesar de que la gente resistió varios minutos el chaparrón,
finalmente se inició la desbandada. Unos se refugiaron en el Casino, otros en
la Ferretería de Penalva, otros en el Hotel Palas, otros en el «Bar Marisquería
de las Tetas Gordas» y otros en la parada de autobuses de La Albaterense.
Alguien advirtió entonces que se estaba destiñendo la pintura de la Imagen y
que San Isidro estaba empalideciendo y entonces intentaron iniciar la retirada
de la misma, pero uno de los ocho hombres que la
llevaban a hombros había desaparecido para guarecerse en algún lugar.
En ese momento se ofreció Ramón «el cojo» que vivía en la calle de la
Feria. Ramón era zapatero remendón y tenía una pierna más corta que la otra,
lo cual hacia que caminase con un pronunciado vaivén. El cojo puso
voluntariosamente su empapado hombro y fue imposible poder coordinar los pasos
de los ocho hombres. La imagen comenzó a balancearse peligrosamente hasta
derrumbarse sobre los charcos de agua enviada por el propio Santo. De todas
formas todo el mundo estaba feliz, se levantó a la imagen que sólo se rompió
un brazo y se la llevaron a las corridas abandonando las andas sobre el puente. Dos
días después de que empezara el aguacero que duraría siete días con sus
siete noches, al Río Segura se le hincharon las narices y empezó a bajar,
arrastrándolo todo, un caudal de agua jamás visto en Orihuela por los más
viejos del lugar. El agua ya rozaba los puentes y la fuerte riada inundó
primero las calles más bajas que corren paralelas al río, la calle Meca, la
calle de San Pascual, etc. pero un día después, el tercero desde que se inició
la lluvia, se inundó media ciudad con niveles en las calles desde uno a tres
metros según el lugar. Primero la gente estaba contenta y agradecida a San
Isidro e incluso se divertía paseando en barca por las calles como si fuera
Venecia y tratando de pescar anguilas con caña desde los balcones de las casas,
pero al cuarto día no cesaba de llover fuerte y empezó la preocupación. No
había alimentos, no abrían las panaderías ni otros comercios imprescindibles
para la vida cotidiana y para colmo empezó a circular el rumor de que las
tierras anegadas, que eran casi todas las de la comarca, quedarían inutilizadas
para sembrarlas durante un largo tiempo. El gobierno, desde Madrid, prometía
ayudas pero éstas no llegaban y ya había experiencias anteriores sobre
promesas incumplidas. Miguel
«el canijo» insinuó volver a sacar a San Isidro Labrador para pedirle esta
vez que cesara la lluvia pero la sugerencia no halló eco pues alguien dijo que
si al Santo se le había ido la mano y había demostrado falta de moderación
enviando tal cantidad de agua, quién podía garantizar que no se le fuera la
mano otra vez y enviara otra gran sequía. Así que era mejor dejar las cosas
como estaban. Miguel «el canijo», devotísimo de San Isidro, siempre lo
defendió y sostuvo que lo ocurrido fue por lo exagerado de la pompa en la
procesión. Se trata de un santo muy humilde que sólo tenía la costumbre de
que lo visitaran unas pocas docenas de personas en su Ermita
una vez al año, el 15 de Mayo que es su festividad. Tantas autoridades,
bandas de música, tanta gente y tantas plegarias lo halagaron y lo emocionaron
tanto que se desbordó _nunca mejor dicho_ de gratitud. Otras voces, en la
tertulia del Casino, opinaron que fue un error querer enmendarle la plana a
Dios. La sequía la mandó Dios y no correspondía dirigirse a un subordinado
para que corrigiera lo dispuesto por el Jefe. |