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Rodrigo Reformador

 

El Padre Montagut, que no era tonto como dijo el Padre Tomé sino una buena persona, le aumentó a 150 pesetas semanales. Era menos de lo que ganaba un modesto obrero pues los jornales eran de 30 pesetas diarias, pero comía en la Obra y estando soltero podía vivir. El problema era que habiendo estado desde muy joven en la Institución no podía evitar que lo siguieran viendo como el chico que ayuda a todo, no como un administrador. Rodrigo se matriculó en una academia comercial y el director lo becó cuando se dio cuenta de su enorme voluntad de aprender y de su escasez de recursos. Y adquirió una sólida formación administrativa obteniendo, con matrícula de honor, los diplomas de Cálculo Mercantil, Ortografía, Mecanografía, Correspondencia comercial, Contabilidad y Contabilidad Superior.

 

El hombre providencial que le enseñó mucho de matemáticas era un viejo Profesor, menudito y encorvado, que era un verdadero genio de los números. Como todo genio, siempre estaba distraído y ensimismado. No prestaba atención a lo que le decían y entonces los chicos le hacían toda clase de diabluras. Le pedían permiso para ir al retrete preguntándole:

 

—Don Cosme ¿Puedo ir a «cascármela»?

 

Y el profesor, sin prestar atención, decía:

 

—Sí, vaya, vaya, pero vuelva pronto.

 

Siempre tenía una aureola amarilla sobre la bragueta del pantalón porque no tenía paciencia para esperar y sacudirse la última gota al orinar. La esposa le reñía por ello y entonces optó por orinar y dejársela afuera para que goteara mientras se lavaba las manos. Pero después de secarse las manos se olvidaba y aparecía en el aula con la tripita afuera.

 

La Institución se había mudado del Paseo de la Estación al viejo edificio de la Casa de Misericordia, el orfanato del Ayuntamiento que estaba en la calle de Santiago. Rodrigo vino a descubrir entonces que la Obra Social no había funcionado por el Padre Tomé sino pese al mismo. No se le podían negar a aquel Jesuita un dinamismo, una audacia y un empuje excepcional, pero no era un organizador. Le gustaba que todo dependiese de él y lo halagaba que cuando él no estaba todo funcionase mal. Creaba ideas pero no sabía o no quería delegar para organizarlas y desarrollarlas. Y no permitía que otros lo hicieran. Con el Padre Tomé era todo muy enredado y había demasiada improvisación. Rodrigo tenía dotes de organizador y empezó a metodizar todo. El Padre Montagut no se ocupaba de nada y era mejor así pues no servía para tarea alguna que no fuesen sus rezos. Rodrigo se fue convirtiendo, aún sin proponérselo, en el factótum de la Institución. No tenía título alguno de administrador u otra cosa, pero no se movía una hoja sin que pasara por él, se rompía un grifo, se enfermaba un niño, hacían falta tomates, faltaba un maestro o un celador, todo pasaba por la consulta a Rodrigo. Pero los Jesuitas se fueron finalmente a Alicante y con ellos el Padre Montagut. La Obra Social era ya una institución muy desarrollada, con 400 alumnos de enseñanza primaria y una docena de talleres profesionales. No era cuestión de abandonarla. Así que el Obispo de la Diócesis se hizo cargo de la Obra y creó un Patronato con las personas socialmente más destacadas en la ciudad. Se creó una Junta Directiva que se reunía cada quince días a la que se sometían los asuntos y tomaba las decisiones. Para Rodrigo no cambió nada. Solamente que lo nombraron secretario de actas y cada vez que se reunía la Junta Directiva redactaba el acta que siempre terminaba con la siguiente fórmula: «Y no habiendo más asuntos que tratar, se levanta la sesión previo el rezo de las preces de rigor». Era pura fórmula pues no rezaba nadie.

 

Las jornadas de trabajo eran largas y duras. A las ocho de la mañana debía estar en la lonja para comprar varios cientos de kg. de frutas y hortalizas y había que hacerlo cada día pues eran productos muy perecederos que debían consumirse diariamente. En la Institución había talleres de aprendizaje de carpintería, sastrería, mecánica, tornería, peluquería, imprenta, encuadernación, zapatería, etc., y en un lugar separado, en un paraje llamado San Isidro, se elaboraban hilados de cáñamo para redes de pesca. A las 10 de la mañana volvía de la lonja y recorría todos los talleres anotando las necesidades de herramientas, materiales y materias primas. Había que comprar tejidos, maderas, cartulinas, papel, tintas, cueros, suelas, utensilios de cocina, material escolar, medicamentos, alimentos, etc. Rodrigo tomaba nota cada día de las necesidades y por la noche preparaba la correspondencia cursando los pedidos a las fábricas peleando los precios como el Padre Tomé le había enseñado. Atendía a los representantes y compraba conservas, embutidos, legumbres, condimentos, etc. La fibra de cáñamo se adquiría en la vecina localidad de Callosa de Segura y Rodrigo iba en moto, con frío o con calor; una moto usada que había comprado la Obra para esos fines. Recorría las diez aulas y se enteraba por los maestros de lo que hacía falta, lápices, cuadernos, tizas, libros, gomas de borrar, etc. Al anochecer se dedicaba a la burocracia. Llevaba una contabilidad por partida doble con todos los movimientos prolijamente anotados día por día. Ya por la noche, antes de la cena, Rodrigo recorría los dormitorios, roperías, comedores, despensa y cocina. Era una especie de administrador general de hecho sin que nadie lo hubiera nombrado nunca. Por inercia. Se fue el Padre Tomé y se hizo cargo de todo porque no había nadie más que pudiera o supiera hacerlo. Pero al fin y al cabo sólo era un internado más.

 

Una tarde pasó por la cocina y pidió una cuchara para probar la sopa de la cena. Ante un gesto de desagrado de Rodrigo, la cocinera, que era una empleada, le preguntó:

 

—¿Le falta sal, Rodrigo?

 

—No, Juana, le falta amor. ¿Tiene usted hijos?

 

—Sí, tres.

 

—Y cuando usted prepara una sopa para sus hijos ¿No le pica una cebolla, un tomate, una zanahoria, un diente de ajo, unas acelgas, algo de apio y algún condimento? preguntó Rodrigo enojado.

 

—Sí.

 

—¿Y por qué no lo hace aquí? ¿Es demasiado trabajo? Ahí al lado en la despensa a cargo de Sor Carmen hay de todo. Lo sé porque lo compro yo. ¿Por qué no hace usted la sopa como si fuera para sus hijos? Estos niños no tienen a nadie más que a nosotros, no tienen una madre cuidándolos como los hijos de usted. Así que trate de ser una madre para ellos cuando cocine y verá como usted se siente mejor. Y no me haga decírselo otra vez o se quedará usted sin trabajo. Esta sopa no tiene sabor a nada. En la «mili» el rancho era mejor que eso que usted hace. Eso no es cocinar, es poner agua a calentar.

 

 Un anochecer de mucho frío, cuando Rodrigo estaba cruzando el gran patio descubierto, vio a uno de los niños que le decían Panchito. Sólo tenía 5 años. Estaba sentado en el suelo de tierra, acurrucado, aterido de frío y con un enorme moco verde y amarillo colgándole de la nariz. Lo levantó en brazos y lo llevó a un pasillo cubierto que hacía menos frío. Lo sentó en un banco, sacó el pañuelo, le limpió la nariz y le dio un beso en la helada mejilla. Panchito miró a Rodrigo con sus grandes ojos enormemente abiertos y agradecidos. Seguramente nadie le había limpiado la nariz y le había dado un beso antes. Rodrigo se lo quedó mirando un instante con el alma lacerada. Era el vivo retrato de su propia niñez, la imagen de la desolación y el desamparo. Se dio vuelta y cuando sólo había caminado unos pasos oyó a Panchito gritar y llorar. Volvió la cara y vio que era uno de los seminaristas que venían a ayudar como celadores. Llevaba a Panchito arrastrándolo de las orejas y gritándole:

 

—¡Os tengo dicho que no quiero a nadie en este pasillo! ¡Tenéis que estar en el patio!

 

Rodrigo se le fue encima al seminarista y lo agarró tan fuertemente de la pechera de la sotana que se quedó con ella en la mano, se la descosió.

 

—¡Si te veo maltratar otra vez a un niño te voy a moler a golpes! ¿Qué te has creído? ¡Aquí no se les pega a los niños! ¿Y tú vas a ser Sacerdote? ¿Sabes que Jesús dijo: «Dejar que los niños vengan a mí»? Si vas a seguir viniendo tendrás que asumir que aquí se debe repartir amor y no golpes. Quien maltrata a un niño indefenso, maltrata a Jesús.

 

El seminarista se quejó a sus superiores que Rodrigo le había roto la sotana de un manotazo y el Padre Montagut le riñó diciéndole que no se debe combatir la violencia con la violencia, que Jesús puso la otra mejilla. Rodrigo se defendió diciendo que Jesús también usó una vez el látigo para sacar a los mercaderes del templo y que si se trataba de su propia mejilla Rodrigo la pondría, pero no la de un niño. Rodrigo había logrado cambiar las costumbres de las monjas de manejar a los niños con el clásico estilo de los orfanatos, de las inclusas. Las cabezas rapadas al cero por higiene y un uniforme común como los presidiarios. O todos con guardapolvo o todos con la ropa del mismo color. Logró convencerlas que aquello ya no era la

 Casa de Misericordia sino unas escuelas profesionales. En el taller de sastrería se confeccionaba la ropa para los niños y cuando Rodrigo compraba los tejidos en las fábricas, adquiría muy diversos colores y varias calidades, pocas piezas de cada. De esta forma, necesariamente, los niños tenían que vestir de manera diferente, rompiendo así la tendencia de las monjas a uniformarlos. Insistió en que cuando salieran los domingos a pasear por la ciudad, no llevaran a los niños en filas de dos y tomados de las manos. Sólo los muy pequeños irían en fila pero sin tomarse de la mano. Los mayorcitos saldrían solos, cada uno por su lado o en grupos de amigos afines, pero nada de obligaciones ni controles; con independencia. Se terminó el rapado de cabezas. Cabello normal como cualquier hijo de vecino. Y ya no parecía un orfanato, eran chicos comunes de un colegio común. Sin pedir permiso a nadie y con gran disgusto de las monjas, hizo arrancar una placa que había en la pared de la calle, junto al portón de entrada, que decía: «Por cuanto mis propios padres me abandonaron, el Dios de la Misericordia me tomó bajo su amparo.» Era un horrible letrero inclusero que recordaba a los niños su desgraciada orfandad y que no reflejaba la realidad pues muchos de los niños tenían padres y venían a visitarlos los domingos. La Madre Superiora entró al modesto despacho de Rodrigo hecha un basilisco y lo increpó duramente:

 

—¡Cómo se atrevió a sacar esa placa sin consultarme!

 

—Mire, Madre, ya me conoce, no lo hice con ninguna intención de pasar por encima de usted. La verdad es que no se me ocurrió que usted iba a oponerse ni que era necesario preguntarle. Me pareció lo lógico ya que la mayoría de los niños tienen padres y rechazan ese letrero.

 

—Rodrigo, quitar esa placa es como sacarnos 30 años de nuestra vida dedicada a los niños huérfanos de Orihuela.

 

—Pero, Sor María, ya no son los 40 niños huérfanos que ustedes tenían. Ahora son 400 niños que tienen padres y que están aquí para hacer la escuela primaria y aprender un oficio. Dejen de vivir en el pasado, esto ya no es un orfanato. No sé por qué recuerdan con tanta nostalgia una época en que el Ayuntamiento no les pasaba lo necesario y ustedes y los niños carecían de todo. Esto ha cambiado, gracias a Dios.

 

  Rodrigo hizo colocar visillos de colores vivos en los ventanales de la vieja casona de la Misericordia y cambió las largas mesas cuarteleras del comedor con sus largos bancos corridos sin respaldo, por mesitas para cuatro con bonitas sillas que parecían de juguete pintadas de alegres colores, azules, verdes, rojos, etc. Cambió los viejos platos metálicos abollados por vajilla irrompible de plásticos floreados. Las lúgubres paredes de oscuros grises fueron blanqueadas y se decoraron con cuadros, cerámicas y otras artesanías hechas por los mismos niños. Sólo los retretes amargaban a Rodrigo pues aunque se azulejaron de blanco eran insuficientes para tantos niños y no había manera de mantenerlos limpios. Pero de todas formas se adecentaron y mejoraron. Era como si un nuevo aire hubiera entrado a aquel desvencijado edificio. La obsesión de Rodrigo, ya que no podía solucionar que fuese tan vetusto, era alegrarlo, darle luz, eliminar las duras disciplinas y los castigos severos y a veces abusivos que se solía aplicar en los orfanatos. Fomentar los deportes y la amistad entre los alumnos, prohibir la palabra «prohibido», alentar las iniciativas individuales, entusiasmar a los niños con ideas nuevas de creatividad, organizar torneos de juegos inteligentes como el ajedrez, vigilar las diversas vocaciones y apoyarlas, dibujo, pintura, poesía, cuentos, en fin, cultivar el espíritu de compañerismo y camaradería en un ambiente de cultura y trabajo, sin represiones.

 

En la cocina Rodrigo pidió que se aderezaran y sazonaran las comidas con especias, azafrán, pimentón, tomillo, romero, etc. que se cuidaran los sabores que eso no costaba mucho dinero. Se abandonaron los tristes hábitos de cocinar en enormes y deprimentes calderas soldadescas; pidió que se usaran varias ollas medianas según qué comidas. Y con la complicidad de tres monjas andaluzas alegres como campanillas rocieras, que compartieron el espíritu de cambio y renovación que pretendía Rodrigo, empezaron a aparecer como por arte de magia macetas con plantas y flores colgadas de las paredes; y por todos los pasillos y rincones, coquetos visillos, alegres cortinas. Se combatió la oscuridad y se abrieron de par en par durante el día todas las ventanas. Y fue así como, con más voluntad que dinero, el dolor y la tristeza de la soledad infantil huirían precipitadamente de aquella vieja y sombría inclusa para dar paso a la alegría contagiosa de los gritos, las risas y el bullicio de los niños jugando sin temor a severos celadores.

 

 El orden, la odiosa palabra fascistoide, se procuraría con la comprensión, el consejo, la persuasión, la educación, la tolerancia y el amor. Y sobre todo por la justicia y el buen ejemplo de los mayores. Y por cierto que se logró. No hubo más casos de desorden e indisciplina que los que son naturales a los niños y que igual habrían sucedido aunque existieran severos castigos. Todo ello sin perder de vista que cuando se desea orden y disciplina sin la aplicación del miedo, es imprescindible ser justos porque el orden debe provenir de la justicia, no de crueles castigos que, si son condenables contra los hombres, son cobardes y despreciable usados contra los niños.