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Reencuentro con el Padre Miguel

Bajo de un tren en la gran estación de Constitución. Multitud de personas transitan cada día esta Estación de Ferrocarril que utilizan para ir a trabajar quienes viven en los  barrios de los suburbios y pueblos cercanos de la provincia. Es lo que llaman el Gran Buenos Aires pues con el tiempo se ha ido edificando mucho y se han juntado  con la gran capital federal. En medio de este enorme gentío alcanzo a ver sentado en el piso, con la espalda apoyada en la pared, a una persona que me parece conocida. No pide limosna, sólo está ahí con la mirada perdida. Es un marginal expulsado del sistema social. Viste ropa que alguna vez fue buena pero ahora está vieja y sucia. El hombre está sin afeitar, con el cabello muy largo, casi sobre los hombros, muy delgado, con los zapatos agujereados en las suelas, con unos periódicos sobre el pecho que asoman por el cuello de la camisa, con suciedad vieja, con una larga barba entrecana y en una actitud de total dejadez y desinterés por lo que le rodea. Es una de esas personas que uno capta que alguna vez estuvieron bien y que por alguna razón han quedado excluidos de la sociedad organizada. Son los marginados sociales. No puedo dejar de mirarlo porque me recuerda a alguien pero todavía no sé a quién. De pronto doy un respingo,  me freno en seco y casi caigo al suelo al recibir el empujón de la marea humana que camina apresurada tras de mí. ¡¡¡Es el Padre Miguel!!!

Me acerco a él y me quedo mirándolo fijo pero no reacciona, no me reconoce, en realidad no me está mirando pues su mirada se pierde en una lejanía vacía. Sus ojos están opacos, han perdido el brillo natural. Conserva la vista pero no ve a nadie. Está indiferente a todo lo que le rodea. Le hablo:

—Miguel, ¿Tú eres Miguel?

Me mira sin verme. No contesta. Entonces insisto:

—¿Eres el Padre Miguel?

La palabra “Padre” surte efecto. Me mira todavía sin reconocerme pero ahora muy interesado. Ha regresado de otro mundo.

—Soy Rodrigo, ¿No me reconoces?

—¡Rodrigo!  ¡Rodrigo! ¡Amigo mío! —Exclama casi sin voz.

Estalla en sollozos e intenta levantarse pero no tiene fuerzas. Lo ayudo a que se levante y se abraza a mí mojándome todo con sus lágrimas:

—Rodrigo, amigo mío, ¡Cuánto te he buscado! Me siento cada día en el piso de alguna de las tres grandes Estaciones de Buenos Aires esperando que alguna vez me vieras. Te ha enviado la Divina Providencia.

Las palabras “Divina Providencia” me advierten que el Padre Miguel no ha perdido su fe.

—Rodrigo, Dios me ha abandonado —dice ahora el Sacerdote—. Ya me ves cómo estoy.

—Sigues siendo un Sacerdote y me sorprende que hables así. Dios no abandona a nadie y menos a uno de sus Sacerdotes. Tú abandonaste a Dios por esa mujerzuela y quien sólo busca placer halla sólo dolor. No son palabras mías sino tuyas, las que pronunciabas en tus sermones a los fieles. Pero no hablemos ahora. Vamos a mi pensión.

Paro un taxi y el taxista me mira muy extrañado cuando intento ayudar al Padre Miguel a que suba. Me frena y me dice:

 —Este mendigo está muy sucio y seguramente tiene parásitos. No puedo dejarlo subir a mi taxi.

 —El taxi es un servicio público y usted no puede negarle su derecho a este hombre.

 —Sí puedo si tengo motivos. Tengo el derecho de admisión si se trata de alguien que está tan sucio.

 —Mire, señor, este hombre es un hombre de Dios, es un Sacerdote. No puedo explicarle ahora por qué está así pero le ruego que nos lleve a mi domicilio para atenderlo como merece. Está sucio pero yo le respondo que no tiene parásitos.

 En realidad creo que sí tiene piojos y tal vez algún bicho más pero ya lo limpiaré en donde vivo, una pensión de clase media, en la calle Junín, entre Corrientes y Sarmiento. Le explico la situación  a la dueña, que es judía, y la buena mujer se conmueve. Le alquilo una habitación y le digo al Padre Miguel que lo voy a dejar solo para que se higienice a fondo. Que mientras le preparamos una buena comida con proteínas, leche, queso, huevos, carne y pescado, se meta en la bañera con agua tibia y se enjabone bien una y otra vez, al menos tres o cuatro veces. Que se lave la cabeza con champú al menos tres veces. Le explico al Padre Miguel que voy a tirar su ropa a la basura en una bolsa de plástico cerrada y que le daremos otra ropa. Voy a la farmacia de la esquina y compro desinfectantes para piojos y otros parásitos.

 Al rato le toco a la puerta y me abre con los ojos hinchados y rojos de tanto llorar. Lleva puesto un albornoz de baño y le digo que se ponga el desinfectante en todos los lugares del cuerpo donde tenga pelo, en especial en la cabeza, cejas, pecho, pubis y axilas. Y que se afeite la barba.

 —Rodrigo, recuerda que siempre he llevado barba y me gusta llevarla. Estoy muy acostumbrado a mi barba  —protesta tímidamente el Padre Miguel.

 —Pues ahora, de momento, te la tienes que afeitar por higiene. Y da gracias que no te hago rapar completamente el cabello. Quítate la barba para estar seguros que no se esconde ahí algún parásito. La semana que viene te la dejas de nuevo si te gusta. Y ahora veremos al peluquero para que te deje muy corto el cabello. Después, cuando estemos seguros que estás limpio, llevas tu cabeza como te guste. No te olvides que en la cuestión de parásitos hay que cuidarse de los efectos residuales.  Sé mucho de esto porque me he criado en orfanatos y colegios de niños pobres.

 Le doy ropa del esposo de la dueña de la pensión que es viuda:

 —Ponte esta ropa limpia. No te va a quedar bien pero después te compraré  lo que necesites. Ahora lo importante es que estés limpio.

 Asiente con la cabeza. Su gratitud es tan grande que no puede expresarla hablando. Sólo sus ojos mansos lo expresan todo. Al rato sale de su habitación limpio y afeitado y ya es otra persona pese a su cabello aún demasiado largo y desaliñado. Lo invitamos a sentarse en la mesa y va devorando todo lo que la patrona de la pensión le va sirviendo, empezando por una buena sopa caliente de pollo para preparar su estómago vacío y helado. Es una máquina de triturar comida. Cuando ya se ve limpio y se siente bien comido, se va serenando y nos vamos a una cafetería a hablar. Antes aviso al trabajo que hoy no podré ir pues me ha surgido una emergencia imprevista pero que ya recuperaré las horas que hoy falte.

 Nos sentamos en una cafetería y le digo que ese baño que se ha dado no es suficiente para la suciedad vieja y que antes de acostarse esta noche vuelva a darse otro baño a fondo y otra pasada de desinfectante en todas las partes pilosas. La patrona ya está avisada de que cambiará las sábanas todos los días durante una semana y las introducirá en agua hirviendo. Después todo será la higiene normal.

 —¿Cómo te pagaré lo que estás haciendo por mí? —me pregunta con la preocupación de un hombre honrado.

 —No te preocupes ahora por eso. Te buscaré una ocupación en la misma empresa que yo estoy que es muy grande y me pagarás con tu trabajo.

 —¡Pero si yo no sé hacer nada, Rodrigo, ya te lo dije antes de dejar el Convento!

 —Lo podrías haber pensado antes pues no estabas preparado para salir al mundo. Un fraile en la calle está más desamparado que una criatura y no sé cómo os atrevéis a darles consejos a los fieles si no sabéis nada de la vida afuera del Convento. ¿Cómo osáis dar consejos matrimoniales si no estáis casados? Pero no es momento de reproches, lo hecho, hecho está y es el pasado irremediable. Ahora es momento de buscar soluciones. Te mandaré al archivo que es un trabajo sencillo que sólo requiere ser prolijo y prestarle atención. Archivarás la correspondencia por orden cronológico y por temas ¿Podrás hacer eso?

 —Hombre, eso sí, creo yo que sí.

 —Pero a la hora que los empleados administrativos tomamos el café, tú servirás el café con una bandeja acompañando a los conserjes de cada piso. También llevarás cartas a los Bancos o dónde te manden. ¿Podrás hacer eso?

 —Sí, lo haré.

 —Pues ya tienes trabajo.

 —¿Cómo estás tan seguro que me darán ese trabajo sin conocerme?

 —Porque yo responderé por ti y a mí me respetan. Hay mucha gente sin trabajo pero no hay mucha gente con tu honestidad. Lo que más buscan las empresas es personal que sea confiable. Tendrás ese trabajo, no te preocupes, yo hablaré por ti y te lo darán. Con tu sueldo pagarás la habitación de la pensión,  podrás comer y vestirte con modestia y si no malgastas el dinero podrás vivir decentemente e ir acostumbrándote al mundo civil que no debe ser fácil para ti. Pero ahora cuéntame todo lo que te ha pasado, de principio a fin, sin omitir nada pues necesito hacerme una composición de lugar contigo para poder ayudarte

 —Pues ya sabes que dejé la sotana y me fui del Convento ya que tú todavía estabas allí.

 —Sí, eso ya lo sé, insensato. Pero sólo te diré “insensato” esta sola vez, no más reproches. Cuéntame.

 —Me fui a su casa que era muy modesta. Hicimos el amor muchas veces durante la primera noche. Y al día siguiente me dijo de mala manera que tenía que salir a buscar trabajo pues los trabajos no los traen a domicilio, hay que ir a buscarlos. 

—¿Tan sólo un día duró la luna de miel?

—Sí, tan sólo una noche. Durante varios días miré en los periódicos las ofertas de trabajo y no había nada que yo supiera hacer, carpinteros, electricistas, mecánicos, etc., todos esos trabajos de los que no sé nada. Cada noche que volvía a casa sin haber encontrado un trabajo me recibía mal, no me daba cena y me decía que yo era un inútil para todo, para la cama también. Una semana después me dijo que no quería hacer más el amor conmigo y después empezó a no darme nada de comer a ninguna hora porque, me dijo, la comida no era gratis y había que ganársela como ella hacía limpiando pisos. Tampoco me lavaba ya la ropa, me lo hacía yo. Una noche regresé a la casa y me encontré la puerta cerrada con una cerradura nueva. Ella asomó la cabeza por la ventana y me dijo que me fuera y no volviera más. Y eso es todo, lo demás son detalles de groserías que esa mujer me dijo sin cesar, como por ejemplo me decía que tal vez yo habría sido un buen Cura pero como amante era una calamidad. No me mortifiques, Rodrigo, pidiéndome más detalles de las relaciones que he tenido con esa mujerzuela tan vulgar. No sé cómo he podido caer tan bajo. No te puedes imaginar en los lugares que he dormido chapoteando en lodazales, debajo de los puentes, al lado de marginales horribles borrachos y empiojados…

—Quizás haya sido bueno para tu futuro pues el dolor purifica  —le digo con el rol cambiado, haciendo yo de Sacerdote y él de pecador—. Debemos conocer de cerca el dolor y la miseria. Es necesario haber estado entre la basura para valorar la limpieza. Has conocido la basura moral de la existencia y ahora te toca lamerte las heridas y enderezar el camino. Odio decirte que te avisé de lo que te iba a suceder. Detesto eso. Pero es así. Te lo avisé y no me hiciste caso. Estabas caliente con ella que es lo peor que puede pasarle a un hombre. La calentura sexual te nubla el cerebro y sólo puede llevarte a decisiones equivocadas. Tú creías estar enamorado pero el amor es otra cosa, Miguel, no lo que tú has conocido.  ¿Cómo podéis dar consejos a los fieles sobre el amor? ¡Válgame Dios! Los Sacerdotes cometéis pecado de vanidad cuando dais consejos a la gente sobre unos problemas de vida que desconocéis completamente.

—Sí, creo que posiblemente tienes razón en esto, pero lo hacemos con la mejor intención.

—Con la buena intención se puede arruinar la vida de mucha gente. Ya sabes eso de que el infierno está empedrado de buenas intenciones.

—Dios me ha abandonado —se lamenta el Padre Miguel con los ojos húmedos.

—Oye, Miguel —ya no le digo Padre— que el Cura eres tú, no yo. A ver si estamos cambiando los roles y tú hablas como un ateo y yo hablo como un Cura. Ya te dije cuando te encontré en la Estación que Dios no abandona a nadie y menos a sus Sacerdotes. Eres tú quien lo abandonó ¿O por qué crees que te encontré en una ciudad que tiene millones de habitantes y en una Estación de Constitución por la que pasan decenas de miles de personas cada día? Dios me guió hasta ti, de lo contrario no te habría podido encontrar jamás. Yo vivo cerca de mi trabajo y no viajo en tren usualmente. El día que te encontré no tenía necesidad de viajar en tren pero por una casualidad, para buscar un certificado de un Juzgado, tomé ese tren que me llevó hasta ti. Y ese Certificado podía esperar sin necesidad de que yo fuese ese día a buscarlo. ¿Te das cuenta o estás ciego? Yo, que no soy creyente, podría decir que fue el azar el que me llevó hasta ti, pero tú no puedes decir eso, tú debes decir, y creerlo, que fue Dios quien me llevó a encontrarte, no el azar que es el pretexto que usamos los ateos. Pero, bueno, ¿Estás feliz con tener ahora un trabajo y un medio de vida?

—No —me dice el Padre Miguel—. Y se le humedecen los ojos de un modo que me parte el alma.

—¡Hostias, Miguel! ¿Y qué es lo que quieres?

—No blasfemes, Rodrigo.

—Cojones, ya salió el Cura que llevas dentro. Por fin. No blasfemo pues aunque no sea creyente tengo un gran respeto por todas las religiones que predican el bien y hacen feliz a la gente. Digo “hostias” como si dijera “caramba.” Es una mala costumbre, pero soy de Orihuela y no me la puedo sacar. En Orihuela nadie dice, por ejemplo: “Caramba, qué buena está  esta comida.” Allí dicen: “Esta comida está más buena que la hostia.” Pero lo dicen sin intención de blasfemar pues, según los oriolanos, ellos son más católicos que el copón, pero copón con minúscula y hostias también. Estoy de acuerdo que es un mal hábito y ahora que lamentablemente estoy tan lejos de mi tierra trataré de sacármelo hablando en argentino. Pero volvamos a lo nuestro, que nos traigan otro café y dime qué es lo que te haría feliz.

—Sólo hay algo que anhelo con toda mi alma. Lo único que me haría feliz es volver al Convento con mis hermanos.

—¡Madre mía, ya me lo suponía yo, Miguel!  Pues lo tienes crudo porque a tu Superior, el Padre Guzmán, no lo podría convencer ni Dios de que te readmita en su Comunidad.

—No blasfemes, Rodrigo.

—No blasfemo, coño, te he dicho que eso en mi boca no es blasfemia sino un mal hábito y tú, que vienes de fugarte de un Convento colgando tu sagrado Hábito por una golfa, eres el menos indicado para corregirme. Porque en todo caso yo estaría blasfemando de palabra pero tú lo has hecho de obra.

—¡No me lo recuerdes con tanta crueldad, Rodrigo!

—Está bien pero deja tú de hacerme reproches por mi manera de hablar. Pero dime, ¿Quieres o no quieres el trabajo?

—Pues claro que lo quiero, como un mal menor, pero no me hace feliz y quiero algo más de ti.

—¡Joder, Miguel! ¿Qué quieres?

—Quiero algo de ti que si lo consiguieras sería deudor tuyo por toda esta vida y la otra y me pasaría el resto de mi vida rezando para que Dios te ilumine y te mande la Gracia de la Fe. Porque tú, Rodrigo, sin saberlo, sin darte cuenta, eres un hombre de Dios, y más pronto o más tarde recibirás Su mensaje.

—Mira, Miguel, Dios conmigo se hace el sordo ¿O cómo me explicas que el jesuita Padre Tomé se pasó nueve años sin darme ni una peseta por mi trabajo y rezando por mí todos los días, según me decía? Al final resulta que nadie me pagó nada, ni el Padre Tomé ni Dios. ¿Por qué crees que si Dios no escuchó al Padre Tomé que era un buen Sacerdote te va a escuchar a ti que te fuiste con una puta?

—¿Vas a seguir recordándomelo a cada momento?

—No, perdona, pero me enerváis los Curas cuando todo lo pagáis con rezos. En fin, si tú crees que Dios me enviará esa Gracia que tú dices pues, bueno, que sean cuanto antes. Dile a Dios que me pague con algo, que ya está bien de trabajarle gratis a sus Curas.

—Dios maneja los tiempos, tal vez aún no sea el momento.

—Bien, me gusta que ya hables como un Cura. ¿Qué puedo hacer por ti? ¡No pretenderás que yo vaya a hablarle al Padre Guzmán! ¿O sí?

—Pues sí, eso es lo que te pido de rodillas —El Padre Miguel hace ademán de arrodillarse y lo freno casi con violencia.

—¿Pero qué haces, Miguel? Ni se te ocurra ponerte de rodillas delante de mí. No me faltaba otra cosa.

—Quiero que hables con el Padre Guzmán, mi Superior, y le supliques en mi nombre que me readmita. Dile que conservo mi fe intacta  y deseo volver con toda mi alma. Yo esperaré rezando por el éxito de tu gestión pues confío en que Dios me ayudará como hizo buscando a su oveja descarriada o como recibió en sus brazos al hijo pródigo.

—¡Joder, Miguel! ¿Es que no conoces al Padre Guzmán? Pides un imposible.   

—Inténtalo, hazlo por mí, te lo suplico.

—Es que no tienes ni idea de la furia con que reaccionó cuando te fuiste con esa mala mujer. Pero, bueno, como dicen que “la peor gestión es la que no se hace”, allá iré yo a ver qué pasa. Pero verás que me saca a patadas. Y es que hay algo entre tu Superior y yo que tú no sabes. Al Padre Guzmán se le ha metido en la cabeza que tú te fuiste por consejo mío. Eso hace que yo sea la persona menos indicada para esta gestión.  ¿Por qué no te confiesas con un Cura de otra parroquia y le pides que él interceda por ti ante el Padre Guzmán?

—No, no lo haría como tú. A mí me consta que te tiene mucho respeto y admiración como persona pues tú nos sacaste de la pobreza. Verás como no te saca a patadas como tú dices.

—Miguel, no me gusta ir a negociar sin alguna herramienta de negociación pues voy al fracaso y no me gusta fracasar cuando intento algo delicado.

—¿Y qué puedo ofrecer? Haré lo que sea por volver.

—Lo que no entiendo es por qué quieres volver a un Convento lóbrego y obedecer a un pequeño tirano como es tu Superior si ya puedes vivir bien en la libertad de la calle ¿Es que no puedes servir a Dios en la calle?

—No lo entiendes porque no tienes mi vocación. No podrías entenderlo porque carece de sentido desde tu punto de vista.

—Bien, vas a ofrecer confesarle tus pecados al Padre Guzmán. Le halagará que te confieses con él. Sé que eso valdrá mucho para él como demostración de tu respeto y acatamiento a su autoridad y a su persona. Y vas a ofrecerle hacer penitencia durante el tiempo que te ordene barrer, fregar, limpiar todo y hacer las tareas más duras de la Comunidad. Si ofreces eso, voy mañana a ver si lo convenzo.

—¡Pues claro que sí! —dice el Padre Miguel exultante de alegría.

—Espera, espera que aún no lo sabes todo. Después de irte tú, en los tres meses que he estado en el Convento se fueron tres o cuatro frailes más y el Padre Guzmán cree que yo tuve algo que ver en que tomaran esa decisión porque ellos hablaban mucho conmigo. Te juro que hice lo posible y lo imposible para que no se fueran, pero igual que tú no me hicieron caso. ¿Tú crees de verdad que el Padre Guzmán me va a escuchar si le pido por ti?

—Quizás mi Superior haya reflexionado sobre el tema y ahora ya no esté convencido que se fueron por tu culpa. ¿Tú no crees en los presentimientos? Tengo la intuición de que lo conseguirás. Además sería maravilloso que hicieran las paces el Padre Guzmán y tú.

—Está bien, mañana voy. Empieza ya a rezar.

Voy al día siguiente al Convento y pregunto por el Padre Guzmán. Ante mi sorpresa sale y no me recibe mal. Me da un pequeño abrazo, algo frío pero muy valioso viniendo de un hombre que no es precisamente dado a la humildad. Y me dice:

—Estuve reflexionando y creo que fui injusto contigo al culparte de que el Padre Miguel se fuera con esa mujerzuela. Tampoco creo ya que sea tu culpa que otros frailes hayan abandonado su Hábito. Te pido perdón y te agradezco que nos sacaras de la pobreza.

¡No lo puedo creer! Me conmueve que un hombre de Dios tan importante, el Superior de toda una Comunidad de religiosos me pida humildemente perdón ¡Qué buenas personas he conocido en este Convento!

—¿Qué te trae por aquí, Rodrigo? Nosotros dos tuvimos algunos roces personales pero aquí te recordamos y te nombramos siempre con cariño, sobre todos mis frailes que saben que les compré el televisor gracias a tu consejo.

—Padre Guzmán, me trae aquí una misión muy delicada que le atañe a usted muy directamente.

—Caramba, qué suspenso ¿Qué es eso tan importante?

—Mire, Padre, es tan delicado que me he estudiado de corrido lo que tengo que decirle y si usted me interrumpe me saldré de la letra y ya no sabré encararlo. En cuanto empiece ya le voy a ver torcer el gesto, pero déjeme decirle todo antes de contestarme.

—Venga, hombre, estoy muy intrigado.

El Padre Guzmán sigue sin corregirse sus feas costumbres de meterse el dedo en la nariz, en los oídos y de tirarse pedos sin parar, ruidosos o silenciosos que es peor.

—Hace dos días, cuando salía de la Estación de Constitución, encontré al Padre Miguel en un estado de abandono lamentable. Sigue siendo un Sacerdote y lo será toda la vida. Se me partió el corazón porque sé que es una buena persona que conserva su fe y que fue manipulado por una mala mujer que muy hábilmente lo sedujo aprovechándose de la inocencia e ingenuidad de un buen Sacerdote.

—No sigas, Rodrigo. Sé que vas a pedirme que lo readmita pero eso es imposible. Sería un precedente funesto para esta santa casa. Otros frailes intentarían lo mismo si saben que después los readmiten.

—Padre, no están ustedes sobrados de vocaciones. Cuando yo vine a esta santa casa eran doce frailes y ahora son siete. Se ha ido el 40 %. El Padre Miguel nunca abdicó de su fe, sigue siendo un Sacerdote esté o no readmitido aquí. Pero no sólo es un buen Sacerdote sino que es, sobre todo, un hombre bueno, esencialmente bueno, quizás el más bueno de todos los frailes que usted ha tenido. ¿Por qué aplica usted estas palabras tan feas y tan políticas como el temor a sentar un precedente, que no están en el Evangelio? ¿Dónde queda para usted la palabra “perdón”, mil veces repetida por Jesús, en vez de eso tan feo de “precedente”? ¿Acaso usted no perdona a los pecadores en confesión por temor al  “precedente”? ¿Va usted a ser más generoso en el perdón a un malhechor que se confiese que a uno de sus frailes que cometió un error del cual se arrepiente fervientemente y le pide perdón con sincera humildad? El Padre Miguel conserva su fe tal vez acrecentada por el dolor de sus errores de los cuales está sinceramente arrepentido. Le he ofrecido un buen trabajo que le permitiría vivir muy bien de una manera mundana y no lo quiere. Sólo desea, con todo su corazón, volver con sus hermanos. Quiere confesarse con usted como señal de respeto a su persona y de acatamiento incondicional a su autoridad como Superior. Pero además está dispuesto, si usted lo readmite, a cumplir las más duras penitencias que usted le imponga, como sería por ejemplo hacer las tareas domésticas del Convento, barrer, fregar, todo lo que usted le ordene para poner a prueba su humildad. Sólo desea, de todo corazón volver con sus hermanos. No se enfade si le hablo como un Cura, Padre Guzmán, pero ¿No dejó el pastor a todas sus buenas ovejas para salir a buscar la oveja descarriada? ¿No recibió con una fiesta el padre a su mal hijo, al hijo pródigo? El perdón, Padre, es la palabra más hermosa del Evangelio.

—¡Qué sacerdote se perdió nuestra Iglesia contigo, Rodrigo! Hubieras llegado muy lejos si hubieras abrazado el sacerdocio, hijo. Y dime, ¿Crees tú que debo readmitir a cualquiera de los frailes que se me han ido?

—No tengo la respuesta a esa pregunta, Padre Guzmán. La respuesta la tiene usted. La respuesta es el perdón para la primera vez. La segunda ya no sería posible. Pero si yo estuviera en el lugar de usted y un fraile que se me ha ido vuelve sinceramente arrepentido, lo tomaría sin dudar. Si vuelve a hacerlo desde luego que no. Porque una cosa es perdonar veinte veces en el Confesionario a un pecador reincidente, pero seglar, y otra cosa es la obligación de usted de mantener la disciplina en su Comunidad e impedir que el Sacerdocio se lo tome alguien con la ligereza de colgar la sotana y volvérsela a poner cada vez que se le antoje. Es el criterio de usted el que debe prevalecer en cada caso, pero yo no le negaría una segunda oportunidad a un sacerdote arrepentido de sus pecados.

—¡Válgame Dios, hijo mío, en que líos me metes cada vez que vienes! ¿Será posible que siempre termine haciendo lo que tú recomiendas? ¿Te tengo que tomar como consejero y sólo eres un chiquillo? Bueno, dile al Padre Miguel que venga mañana si quiere. Pero que se prepare porque va a fregar pisos durante un año.

El Padre Miguel, al enterarse de que puede volver al Convento con sus hermanos, se ha abrazado a mí y no ha cesado de llorar y de besarme las manos ¡Estos frailes son la hostia!

—Escúchame bien, Miguel, deja ya de gemir, de lloriquear  y de mirar para atrás. Mira hacia adelante y recupera lo perdido, pero no te vuelvas a equivocar. La vida te ofrece, a veces, una segunda oportunidad y tenemos que aferrarnos a ella. Si te vuelves a equivocar estás perdido. No te olvides que un seglar puede pecar una y otra vez y tiene el Confesionario para redimirse. Pero un Sacerdote, al que le han dado el inmenso poder que significa el perdón de los pecados, tiene que entender que este poder es también una enorme responsabilidad para ser un ejemplo de vida.

—Sí, Rodrigo, tienes toda la razón, fui un irresponsable pero no lo volveré a ser jamás porque he puesto mi voluntad en el Espíritu Santo.

—Dime ¿Qué hiciste con tus cuadros?

—Están arrumbados en el Convento pues no soy buen pintor.

—Ya te dije por qué no eres buen pintor. Es porque pintas lo que ves y debes pintar lo que sientes y lo que piensas. Esa es la diferencia entre un pintor corriente y un artista. Tienes buena técnica y puedes ser un gran pintor si usas el pensamiento y el sentimiento cuando pintes. No pintes solamente lo que ves porque eso no es arte y lo puede hacer bien cualquier copista. Cuando elijas algo para pintarlo piénsalo y siéntelo. Pon en tu pintura pensamiento y sentimiento porque eso y no otra cosa es el arte. Mira algo, no lo veas como es sino como a ti te gustaría que fuese. Y llévalo al lienzo con amor, o con dolor, o con furia, pero que sea con el alma, usando tu sangre como pintura. Eso es el arte. Inténtalo y verás enseguida la gran diferencia con tus cuadros anteriores en los que hay técnica pero no hay pasión, son fríos, no dicen nada.