El Reencuentro

 

Una noche de Mayo, a las tres de la mañana, llegó al cementerio un lujoso automóvil negro. El chófer ayudó a bajar del mismo a un hombre viejo, canoso y enlutado que caminaba con cierta dificultad. Era Don Anselmo del Monte. Estaba desconocido pues ya no era aquel señorón robusto, ágil, fuerte, que se llevaba el mundo por delante con su enorme reloj y cadena de oro y su ostentoso puro habano. Había envejecido notoriamente y su pelo negro se había vuelto totalmente blanco. El chófer lo tomó de un brazo y lo ayudó a subir por el estrecho sendero que llevaba a la cueva de Tomás bordeando el muro. Era un camino de tierra pero muy pedregoso y entre tropezones, resbalones y traspiés arribaron en unos 15 minutos a la cueva. Don Anselmo entonces ordenó al chófer que esperase retirado unos 50 metros. Llegó a la entrada de la pequeña cueva y entrevió un bulto encogido y envuelto en una manta. Don Anselmo llevaba una linterna grande y para no apuntarle a Tomás y deslumbrarlo, desenroscó el vidrio que cubría el foco de luz y apoyó la linterna en una piedra alumbrando todo el habitáculo como si fuera una lámpara de pie. Tomás se incorporó y se sentó en cuclillas apoyado en la pared. La espesa barba negra sólo dejaba entrever los ojos y la nariz. El cabello de la cabeza le caía sobre los hombros como un nuevo Jesucristo. Don Anselmo se sentó enfrente y se miraron largamente sin decir nada. Finalmente el padre de Mariana le preguntó:

 

—¿Me conoces?

 

—Sí, señor. Usted es Don Anselmo del Monte ¿Viene a pegarme otra vez? _Y Tomás hizo un movimiento instintivo de defensa tapándose la cara con el brazo.

 

—No, hijo, no temas, no vengo a pegarte. Al contrario, tengo un gran pesar por haberlo hecho. Fui injusto contigo y vengo humildemente a suplicarte que me perdones. No podré ya descansar en paz nunca, pero al menos tu perdón algo me ayudará a llevar mi cruz.

 

—No se preocupe por eso, Don Anselmo. Por supuesto que lo perdono pero, además, no hay nada que perdonar. Es comprensible que usted se descontrolara al tener delante al causante de su desgracia. Nunca le he guardado rencor.

 

Don Anselmo estaba emocionado pues de ese andrajoso joven se desprendía un aura de beatitud, de bondad natural. Y estaba gratamente sorprendido ante la lucidez de Tomás. Le habían dicho que estaba loco pero él no observaba nada anormal en su conducta. Los únicos síntomas de anormalidad era su barba desprolija, su largo cabello enmarañado, su suciedad y su estado de abandono en general, pero su conversación era correctamente razonada.

 

—Tomás, hijo, estuve ciego. Tengo tanto dolor que no puedo soportarlo. Amaste mucho a mi hija y en vez de estar agradecido, yo te pagué odiándote. Aunque ya es demasiado tarde, vengo a ayudarte. Quiero que vengas conmigo ahora. Te llevaré a mi casa de campo y allí mis caseros y mi esposa te cuidarán. Comerás bien y entre los pinares y aquel aire tan saludable, te recuperarás enseguida. Después te voy a pagar todos los estudios hasta que seas médico de pobres como tú quieres. Vamos, levántate, vámonos hijo, acompáñame.

 

Tomás se encogió más contra la pared y se puso en actitud defensiva:

 

—¡No intente sacarme de aquí! No puedo ir con usted, debo estar con Mariana. Ahora está dormida y no debemos despertarla pues ha estado muy enferma y está muy cansada. Yo debo velar su sueño y vigilar que nadie la moleste. Por favor, hable en voz baja, y ahora cuando se vaya trate de no hacer ruido pues ella tiene el sueño muy ligero y se despierta con facilidad.

 

A Don Anselmo se le inundaron los ojos de lágrimas, primero en silencio y después en un torrente incontenible de ahogados y convulsivos sollozos. Se abrazó a Tomás y lloró su inmenso dolor sin control y sin medida. Así estuvo largo rato sobre el regazo del pobre loco mientras Tomás le acariciaba la cabeza cana y lo consolaba:

 

—No llore, Don Anselmo, no llore, Mariana está bien. Todos los días hablamos mucho y hacemos planes para darle hermosos nietos cuando yo sea médico. No llore, cálmese, Mariana se va a despertar y se va a poner muy triste si lo ve a usted llorando. No tiene usted idea de cómo lo ama a usted su hija.

 

Y el otrora orgulloso terrateniente, abrazado a su ya imposible yerno, no podía dejar de llorar. Finalmente, más calmado, le dijo a Tomás que todos los días le enviaría a la sirvienta con leche, jamón, queso, huevos duros, y otros buenos alimentos bien nutritivos y que cuando quisiera, él lo recibiría en su casa como a un hijo. Y le preguntó:

 

—Hijo, ¿Puedo hacer algo por ti?

 

—Sí señor, pero no me atrevo a pedírselo. Tal vez es demasiado.

 

—Pídeme lo que quieras que te complaceré. Te lo aseguro.

 

—Pues yo sé que le parecerá a usted que estoy loco pero a veces oigo voces adentro de mí.

 

—¿Y qué te dicen esas voces? _preguntó Don Anselmo.

 

—Que voy a morir pronto. Oigo con nitidez la voz de Jesús «el probeta», un querido amigo mío, como un hermano, que murió en un accidente y ahora me está llamando para que esté con él para siempre.

 

—¿Y qué quieres pedirme?

 

—Debo cuidar de Mariana. Mi mayor deseo es que si muero me pongan al lado de ella. No deseo otra cosa con más fervor.

 

—Pues juro ante Dios y ante Mariana que cumpliré tu deseo.

 

Don Anselmo envolvió a Tomás con la manta y lo besó en la frente con gran ternura:

 

—Ahora, descansa, hijo mío.