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La Purga

 

¡Por el Imperio hacia Dios! ¡Viva Franco! ¡Arriba España! ¡Rompan filas, ar! Y los chicos salieron corriendo como una pequeña estampida de cervatillos. Corría el año 1942, cuarto año triunfal del Glorioso Movimiento Nacional Sindicalista y los jueves por la tarde se cerraban las escuelas para que los niños, adolescentes y jóvenes se presentaran obligatoriamente en el campo de fútbol para instruirles en los valores inmortales del fascismo: Dios, Patria, Religión, Tradición, Familia y Propiedad. Se les dividía según su edad en «Pelayos» los más pequeños, «Flechas» los adolescentes y «Cadetes» los jóvenes. Se les enseñaba a desfilar marcialmente con la camisa azul y el yugo y las cinco flechas bordadas en rojo sobre el bolsillo izquierdo de la camisa, y se les explicaban en qué consistían esos valores de nuestra santa tradición que defenderían, si era necesario hasta morir, de las asechanzas criminales del comunismo ateo y apátrida. No se toleraba la neutralidad. «El que no está conmigo, está contra mí.»

 

Rodrigo contaba por entonces con once años de edad. Era un chiquillo avispado que debía recurrir en todo momento a su ingenio para poder llevar algo al estómago. La vida de Rodrigo estaba regida por una constante: el hambre. Se despertaba con hambre, transcurría el día con hambre y se acostaba con hambre. Siempre el hambre. En verano, en invierno, con frío y con calor, en días laborables y en días festivos, el hambre siempre omnipresente y ominoso. Cuando casi todos los niños de su edad jugaban por placer, Rodrigo jugaba por hambre. Acuciado por el hambre había adquirido tal habilidad en los juegos infantiles que casi siempre ganaba a la pelota, a las bolitas o a cualquier juego que pudiera dejarle unos céntimos.

 

Aquel jueves había un desafío entre los dos equipos de niños de dos barrios vecinos. Se iba a jugar un partido a cinco goles con una pelota de goma y se apostaría un real por cabeza. Rodrigo no tenía los 25 céntimos pero era bueno para hacer goles y el real lo pondrían los compañeros. Rodrigo  no pagaría si perdían pero cobraría si ganaban. Perdieron por 5 a 4 y llegó a su casa al anochecer sin un céntimo y sin nada en el estómago Y suerte que no había roto las alpargatas porque jugó descalzo para conservarlas. Una hora después de llegar a casa entraron dos hombres de unos 35 años, con la camisa azul de la Falange debajo de la chaqueta. Le dijeron al padre del niño que debían llevárselo al local del Frente de Juventudes por faltar al campo de fútbol. El padre apenas balbuceó:

 

—¡Pero si sólo es un niño!

 

—No importa. Son órdenes, tiene que acompañarnos. Pero no se preocupe, sólo es para aleccionarlo. No le va a pasar nada, en un rato estará de regreso.

 

El padre no insistió ni se opuso pues había hecho la guerra en el bando republicano, era rojo, había pasado dos años atroces en un campo de concentración y vivía aterrorizado de que vinieran de nuevo a buscarlo.

 

Rodrigo caminó custodiado por las calles de Orihuela hasta la calle Mayor en donde estaba el local de la Falange, al lado del Palacio Episcopal. Caminaba en medio de los dos hombres que lo escoltaban con la severidad de quienes están acostumbrados a ejercer la autoridad. Subieron la escalera hasta el segundo piso y llamaron a la puerta del despacho del Jefe Local del Movimiento. Alguien asomó la cabeza y les indicó que esperasen. Adentro se oían gritos y llantos de niños. Pocos minutos después salieron unos chicos rapados al cero y entraron los dos custodios con Rodrigo. No estaba el Jefe Local del Movimiento que era a su vez el Alcalde. Era demasiado importante para esos pequeños menesteres. Pero se usaba su despacho para los pequeños juicios. Sobre la gran mesa había un gran crucifijo, en la pared un retrato del Generalísimo Franco y otro de José Antonio Primo de Rivera. También estaba la bandera roja y negra falangista. Presidía la mesa el Jefe de Centuria del Frente de Juventudes y lo acompañaba un Jefe de Escuadra y la Jefa de la Sección Femenina. Los tres con la camisa azul y las cinco flechas rojas. Los dos custodios se cuadraron, saludaron brazo derecho en alto y mano extendida y exclamaron con voz enérgica:

 

—¡Arriba España! Traemos al «Pelayo» Rodrigo que ha faltado a la instrucción.

 

El Jefe de Escuadra se dirigió al niño:

 

—¿Cuántos años tienes, Rodrigo?

 

 —Once recién cumplidos, señor.

 

—Pues no los aparentas. Parece que tuvieras ocho. Bueno, al grano. Me has avergonzado ante mis superiores faltando esta tarde a recibir las enseñanzas que han de servirte el día de mañana para defender los valores eternos de la patria. Ojalá _por tu bien_ que tengas un buen motivo que pueda justificar esa falta o habrá que darte una lección ejemplar. ¿Por qué has faltado?

 

Rodrigo rompió a llorar y entre sollozos les dijo que le habían ofrecido un real por participar en un partido de fútbol del barrio y que el hambre lo había impulsado a tratar de ganar el real. Con el mismo pensaba comprar dátiles de los más baratos, de esos que se caen de las palmeras porque los pican los pájaros. Se pudren muy pronto y por eso los venden baratos. Los iba a llevar a casa para comerlos como cena con sus hermanos.

 

—¿Y has ganado el partido? _preguntó burlonamente el Jefe de Escuadra.

 

—No, señor. Hemos perdido y no he comido nada en todo el día y tampoco anoche. La última vez que comí algo fue ayer al mediodía. Dos sardinas y un poco de pan.

 

Antes del castigo los tres miraron un momento al niño. Estaba desnutrido, con evidentes síntomas de raquitismo crónico. Las piernas eran dos puros huesos con el mismo grosor en las pantorrillas que en los muslitos. Las rodillas estaban llenas de suciedad vieja.

 

—¿Así que no has comido nada? Pues aquí no tenemos comida pero sí tenemos bebida.

 

Esta vez había hablado el Jefe de Centuria, un muchacho de unos 30 años, con un bigotillo fino a la usanza de la época.

 

Y siguieron preguntándole:

 

—¿Cuánto hace que no te lavas las rodillas? A ver, enséñame las manos ¡Qué barbaridad que guarro eres!

 

—Es que _explicó Rodrigo_ en casa no tenemos agua corriente. Hay que ir a buscarla a un pozo y yo no puedo sacar el cubo lleno. Además está helada y hace mucho frío. Y con un cubo nos tenemos que lavar todos.

 

—¿No saca tu madre el agua?

 

—No tengo madre. En casa cada uno se arregla como puede.

 

 —¿Por qué te rascas? ¿Tienes piojos?

 

—Sí señor, algunos.

 

—¿Sólo en la cabeza o también en la ropa?

 

—En la cabeza y también en los pliegues de la camisa.

 

—Bueno, hazte un poco para atrás. A ver, acabemos ya con esto, que venga Juan con la máquina.

 

Y apareció un aprendiz de peluquero que le pasó la máquina a Rodrigo varias veces por la cabeza rapándolo burdamente y dejándole algunos mechones desiguales y sueltos.

 

—Ahora darle dos cucharadas de aceite de ricino _ordenó el Jefe de Centuria.

 

La Jefa de la Sección Femenina le dijo en voz baja al Jefe de Centuria que dos cucharadas en el estómago vacío de un niño raquítico que hacía un día y medio que no ingería alimentos, podían causar estragos. Era peligroso. Entonces dicho Jefe le preguntó a Rodrigo:

 

—¿Sabes de memoria el Cara al Sol?

 

—Sí señor.

 

—¿Qué se dice al final del himno?

 

—«España, una; España, grande; España, libre. Viva Franco, Arriba España».

 

—¿Sabes alguna marcha para desfilar?

 

—Sí señor, sé Montañas Nevadas y Yo tenía un camarada.

 

—Eso está bien. Darle sólo una cucharada.

 

Rodrigo ya no lloró. Abrió la boca, tomó su ración de aceite de ricino sin un lamento ni una lágrima. Cuando salía oyó decir tras de sí:

 

—¡Qué chaval más duro!

 

Llegó a su casa mal pelado y mal oliente, con los pantalones mojados como consecuencia de la brutal purga. Preguntó a sus hermanos si habían comido algo. Como de costumbre la respuesta fue negativa. Tenía solamente dos pantalones, ambos remendados en la parte trasera con dos parches de distinto color. Las únicas alpargatas que tenía estaban con agujeros por donde salían los dedos de los pies y por los lados sobresalían trozos de cuerda de esparto de las suelas. Estaba lloviendo bastante y hacía mucho frío. Se cambió el pantalón, se lavó la defecación liquida de la purga con  agua helada del pozo, se quitó las alpargatas para no mojarlas y no terminar de romperlas y se fue descalzo y sin paraguas a preguntarle al datilero si le fiaba dos reales de dátiles de los más baratos. El datilero le fió, siempre lo hacía. Pocas veces el datilero se había encontrado en su vida de pequeño comerciante con un hombre tan confiable como Rodrigo, ese viejo de once años encallecido por la necesidad a tan corta edad.