|
La
Promesa La
feria duraba una semana así que al domingo siguiente volvieron a salir Tomás y
Rodrigo a dar una vuelta por la Avenida de la Estación. Tomás tenía la
secreta esperanza de ver a Mariana, aunque fuese de lejos. Le diría adiós con
una leve inclinación de cabeza, sólo eso, pero la vería que ya era mucho.
Rodrigo estaba preocupado por su amigo: —Tomás,
deja de mortificarte. Sé práctico. Ella no está a tu alcance y los pobres no
podemos darnos el lujo de soñar. Es un sufrimiento inútil que no conduce a
nada. Tú eres inteligente, debes entenderlo. —Lo
sé, Rodrigo, pero no puedo evitarlo. Sabes que nunca he pensado en chicas. No
he querido que nada ni nadie perturbe mis estudios pues quiero ser médico y voy
a serlo cueste lo que cueste. Sin embargo esto no me había pasado nunca. No
puedo sacármela de la cabeza. Las
vieron venir y Tomás le dijo a Rodrigo: —Por
favor, acompáñame. No digas nada, déjame a mí. En
vez de saludarlas caminando, Tomás se plantó delante de ellas y Rodrigo con él.
Las chicas tuvieron que detenerse. —Hola,
_saludó Tomás. —-Hola
_saludaron ellas. Entonces
Tomás se decidió: —Aunque
nos vean pasear juntos una segunda vez nadie va a pensar todavía que hay algo más
que una amistad ni afectará vuestra reputación ¿Podríamos acompañarlas un
rato y charlar como hicimos el domingo pasado que lo pasamos tan bien? —Bueno
_respondió Mariana_ una vez más podemos pasear pero tendrá que ser la última.
—De
acuerdo _dijo Tomás sin disimular su contento. Y
empezaron a caminar los cuatro. Rodrigo no estaba interesado en la amiga de
Mariana, aunque la chica sí parecía interesada en él. Pero Rodrigo estaba en
otra cosa, en cómo solucionar su negro futuro económico. Así que hablaban de
temas generales, de la feria, de cine, de libros y de cosas impersonales. Pero
Tomás estaba embalado y buscaba el acercamiento íntimo y la seducción: —¡Qué
bonito te queda ese vestido, Mariana! ¡Estás preciosa! ¿Te lo has puesto para
mí? —¡Cómo
eres, Tomás! Te dije el domingo pasado que te tranquilices. Apenas nos
conocemos y te comportas como un enamorado ¿No te das cuenta que tu actitud es
poco creíble? Yo no tengo experiencia en pasear con chicos pero siempre he
imaginado que para llegar a conocerse e intimar hace falta algún tiempo. Me
disgusta que seas tan atropellado. Caminemos en calma, por favor. Además ya te
dije lo de mi padre. No te he querido desairar y otra vez estamos paseando
juntos a pesar de que nos habíamos despedido, pero no avances o terminamos este
último paseo aquí mismo. —Está
bien, Mariana, está bien. Sé un poco paciente conmigo. No soy nunca
apresurado, más bien se dice de mí que soy prudente y mesurado. Lo que ocurre
es que al saber que puede ser la última vez que camino a tu lado, quisiera
decirte un montón de cosas al mismo tiempo. Si no te las digo ahora ¿Cuándo
podré hacerlo? —Nunca,
ya te lo dije. —¿Tú
no sientes simpatía hacia mí? ¿No te agrado? —Es
que eso no importa; no importa lo que yo sienta. ¿No lo entiendes? —A
mí sí me importa y mucho. Una cosa es que no pueda aspirar a ti porque tu
padre no me aceptaría y otra cosa es que yo no te agrade. Aunque no pueda
acercarme a ti porque pertenecemos a mundos diferentes, me haría feliz al
alejarme de ti saber que sólo lo hace imposible la diferencia social y económica.
—Bueno,
pues entonces aléjate feliz. No me desagradas; al contrario, me caes muy bien.
Eres educado y no eres inferior a mí. Tienes los mismos estudios que yo. Si
pertenecieras a una familia aceptable para mi padre, nada impediría que fuésemos
amigos. Ojo, sólo dije amigos. Pero en tus circunstancias no se puede. No he
sido educada para desobedecer y enfrentar la voluntad de mi padre y no voy a
meterme en un lío de esa naturaleza. —No
te preocupes, tampoco yo te deseo una situación difícil con tu padre. Estudiaré
duro y seré médico en unos seis o siete años. Cuando tenga mi título
universitario y no sirva más las mesas de niños ricos, espero que no te hayas
casado. Entonces nada ni nadie impedirá que consiga tu amor. —Pero
mira que eres delirante. ¡Qué imaginación tienes! Haces planes a seis o siete
años ¿Quién sabe nada a tan largo plazo? —No
me conoces, Mariana. Dentro de mis maneras suaves hay una voluntad de hierro
cuando tomo una decisión. La naturaleza no crea individuos, crea parejas y tú
y yo hemos sido creados para unirnos. —Pero
si sólo hemos hablado un par de veces por unos minutos ¿No te das cuenta que
pareces un loco? ¿Me estás pidiendo que te espere siete años sin apenas
conocerte? Por favor, hasta me asustas. —No
es eso, Mariana, es que no dispongo de tiempo para ir más despacio. Debo
decirte lo que siento y debo decírtelo ahora. Es la primera chica que me atrae.
Hasta ahora sólo he pensado en mis estudios. No sé lo que me ha sucedido
contigo pero estoy seguro que no es pasajero. Ya sé que es cosa de locos
pedirte que me esperes y no te pido eso. Pero te lo ofrezco yo. Tú eres libre
de comprometerte con quien quieras, naturalmente, pero si no te enamoras de
nadie, yo sí te voy a esperar. Te doy mi palabra de honor, llena de honestidad
y amor, que volveré médico y soltero. Si te encuentro casada, mala suerte para
mí y ojalá que sea para tu bien. Pero si estás libre cuando termine mi
carrera, no habrá fuerza humana, ni tu padre ni nadie, que me detenga para
conseguir tu amor. Y aunque tú estés casada, yo no me casaré jamás ni miraré
a otra mujer en la vida. Mi corazón te pertenece y ni aún estando tú casada
podría yo hacerlo pues me parecería estar engañándote y cometiendo
adulterio. Porque aunque tengas otro esposo, siempre serás mía. Lo juro ante
Dios.
|