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El Poeta

 

Rodrigo amaba entrañablemente a Orihuela. No podría haber vivido en otro lugar. Disimular el brillo del viejo traje, contarle el linaje al peluquero, Orihuela era un reloj parado en el tiempo, una ciudad tranquila y hermosa. Cuando el Padre Rector de los Jesuitas le sugirió que se mudasen a una gran ciudad adonde no los conocieran, Rodrigo dijo que era imposible alegando razones económicas pero no le comentó que esa posibilidad ya había sido sugerida por su padre y Rodrigo dijo que se podían ir todos si querían, pero que él no se movería jamás de Orihuela. Ese era su hábitat natural y él sabía que se enfermaría de nostalgia y de melancolía si tuviera que irse a otro lugar. Languidecería de tristeza como un árbol trasplantado a tierras extrañas.

 

Una semana antes de morir su maestro, hablaron de poetas y de poesía:

 

—Don ignacio ¿Podría hacerme una definición de cómo es un poeta y qué es la poesía?

 

—No, hijo. Es una pregunta muy amplia. Además la poesía es algo diferente para cada persona. Depende de cada sensibilidad y se siente de manera distinta. Pero te diré parte de unos cortos versos de Federico García Lorca que yo creo que son la mejor definición que conozco sobre lo que es un poeta:

 

«El poeta es un árbol

 

con frutos de tristeza

 

y con hojas marchitas

 

de llorar lo que ama.

 

 

El poeta comprende

 

todo lo incomprensible

 

y a cosas que se odian

 

él amigas las llama.

Sabe que todos los senderos

 

son imposibles

 

y por eso de noche

 

va por ellos en calma.»

 

 

En adelante siempre guiarían a Rodrigo esos sabios y maravillosos versos. «Todos los caminos son imposibles». Es lo que él había presentido siempre. La vida es un camino que no conduce a ninguna parte. Se impone por lo tanto la sensatez de caminar en calma. Esta visión de la vida no supone una actitud pesimista sino todo lo contrario. Como decía el peluquero filósofo, hermano del tonto Maravillo, «esto es así y no de otra manera, adáptate». Si la vida tiene limitaciones hay que tener la sabiduría de aceptarlas y vivir con alegría dentro de esas limitaciones que nos impone la muerte a plazo fijo.

 

Su viejo y amado profesor ya no estaba más para guiarlo y ahora leía anárquicamente todo lo que caía en sus manos, los pensadores de la ilustración francesa, filósofos, ensayistas, todo era devorado por Rodrigo. Ya no existía el criterio selectivo y escalonado del profesor para leer con método.

 

Todos los senderos de Orihuela habían sido recorridos por Rodrigo. Los posibles y los imposibles. Los alrededores de la ciudad tenían una belleza de paraíso perdido. Si es cierto que para juzgar a un hombre no hay que fijarse en qué se ocupa sino en qué se desocupa, había que reconocer en Rodrigo un espíritu noble. Su ocio era siempre creativo o enriquecedoramente contemplativo. A veces sacaba la vieja bicicleta, compraba un pan de higo en uno de esos carritos que vendían pipas, almendras y avellanas, y se iba a recorrer el campo y la huerta sin un destino fijo. El campo le gustaba más por su inmensidad y su terreno escarpado y montañoso, aunque había que trepar cuestas muy empinadas con la astrosa bicicleta. Las propiedades en el campo son grandes y puedes sentarte bajo un árbol o en una loma sin que haya una casa a la vista. La huerta es más plana, su rica tierra de regadío se divide en pequeñas propiedades y en cualquier momento aparece el dueño a preguntar qué haces sentado en su propiedad. Por más que le digas que estás admirando la belleza del lugar, no te creerá del todo pues el labriego suele ser muy suspicaz y desconfiado. Ama sus tierras y las vigila permanentemente.

 

 El pan de higos secos con almendras era una de las maneras baratas de echar algo sólido al estómago. Rodrigo se iba en bicicleta hacia ninguna parte, al azar, y siempre con un libro. Con una venda en los ojos podía recorrer todos los caminos. Y andaba tanto en bicicleta que se reía de sí mismo con sus amigos diciendo que él no era autodidacta sino «biciclodidacta». Ya frecuentaba a sus 18 años algunas tertulias literarias que suelen ser muy ricas en los pueblos. Muchos creen que la cultura está en las grandes capitales pero ahí no disponen de tiempo para leer. Sorprendería a mucha gente saber cuántas personas hay en los pueblos con una rica cultura. Y es que hay más tiempo para leer y para hablar, al menos en aquellos años. Ahora la televisión los igualó a todos hacia abajo, hacia la estupidez masiva. Rodrigo era muy joven y tal vez no le convenía leer saltando etapas, pero en las tertulias se hablaba de todos los autores y él quería estar informado. Había libros que estaban prohibidos pero se las arreglaban para conseguirlos y prestárselos unos a otros. Ya había leído a los clásicos españoles, Cervantes, Rojas, Quevedo, Lópe de Vega, Calderón de la Barca y disfrutó mucho con el anónimo Lazarillo de Tormes. A Rodrigo le hizo gracia que a eso le llamaran la «picaresca española» pues él había aprendido en la calle cosas mucho más pícaras que las del Lazarillo. A sus 18 años podía escribir varios libros sobre las picardías callejeras. Además de los clásicos españoles y la generación del 98, leyó a los clásicos de la antigüedad, Platón, Aristóteles, Séneca, Epicteto, San Agustín, Santo Tomás de Aquino, etc. Encontró que la filosofía escolástica de este último y su Summa Teológica eran el mejor remedio contra el insomnio pues nunca pudo soportar leer dos páginas sin entrar en un profundo sopor. Y como ya no estaba su maestro para filtrar las lecturas, se animó con Voltaire, Montaigne, Rousseau, Balzac, Víctor Hugo, etc. Era un lector sin control y sin medida así que también se metió en los difíciles vericuetos de la filosofía leyendo sobre el idealismo de Kant y Hegel, el voluntarismo y pesimismo de Schopenhauer, la angustia de Kierkegard y la trastocación de todos los valores con Nietzche y su superhombre. Don Ignacio no se oponía a que lo leyera todo pero cada cosa a su tiempo, escalonándolo. Ahora, lamentablemente el viejo profesor ya no estaba. Por supuesto que no lo entendía todo, le faltaba formación, pero algo iba asimilando y en algo se iba enriqueciendo su cultura literaria. Y cuando se trataba de conceptos muy herméticos sólo aptos para especialistas, como le ocurrió leyendo a Spinoza, los pasaba por alto. Pero Rodrigo, para bien o para mal, se convirtió en un lector impenitente desde que descubrió el inmenso placer de la lectura.