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La Píldora

 

—Don Jesús _dijo Luisito «el corto»_ todas las mañanas viene un cliente a tomar café que pienso que podría ayudarlo a usted en sus investigaciones sobre los gases humanos para un nuevo combustible. Le pregunté a qué se dedica y me dijo que es «pedólogo».

 

—¿No será podólogo, Luis?

 

—Pues sí, eso.

 

Después de las risas y de continuar el camarero su trabajo por otras mesas, Jesús «el probeta» sacó un papelito cuidadosamente doblado, lo desdobló y mostró dos pequeñas grageas del tamaño de aspirinas.

 

—¿Qué es eso? _preguntaron curiosamente los amigos.

 

—Es la píldora que terminará con la impotencia _contestó Jesús.

 

—¿Lo has logrado? _preguntaron a coro asombrados.

 

No. Es sólo un placebo. Quiero demostraros cómo se producían antiguamente los aparentes milagros y como sanan todavía los aprendices de brujo. Es por sugestión.

 

—¿Pero es de verdad un placebo? _insistió Vicente. A ver si es alguna de tus locuras.

 

—Quédate tranquilo. Es sólo harina de maíz y azúcar. Me tomaré yo una para tranquilidad de todos. Los enfermos sólo deberían tomar placebos pues, como dicen en el campo, hace falta mucha salud para poder tomar medicamentos. Vamos a probar con el camarero. ¡Luis, venga usted para acá!

 

Era su manera de dominarlo, llamándolo autoritariamente, siempre tratándolo de usted y nunca pidiendo algo por favor.

 

—Mande, Don Jesús.

 

—¿Cuántos años lleva usted de casado con la Felisa?

 

—Siete años, Don Jesús, siete largos años _dijo con resignación Luis.

  

 —¿Y cómo anda la relación sexual? _indagó Jesús.

 

—Regularcillo, Don Jesús, llego a casa tarde y muy cansado. Diez o doce horas en este trabajo he calculado que hay días que de mesa en mesa me hago veinte km. y también la Felisa viene cansada de limpiar la casa de sus señores.

 

—¿Con qué frecuencia hace el amor con su mujer? _siguió preguntando Jesús.

 

—Y...qué se yo...depende, quizás una vez a la semana o cada diez días. A veces cada 15 días.

 

—¡Pero es usted muy joven, ni siquiera tiene 30 años! Es muy poco ¿No se queja su Felisa?

 

—Algunas veces sí, cree que voy de putas y que por eso no cumplo con ella.

 

—Mire usted, Luis, aquí tengo mi último descubrimiento científico. Es una píldora con hormonas y semen de caballo semental. Si se toma usted esta pastillita va a poder hacer el amor todas las noches y disfrutarlo mucho con su esposa.

 

—¡No me diga, Don Jesús! ¿Es verdad eso? ¡Qué maravilla! ¿No será una de sus bromas?

 

—Para nada, es bien serio. Y puede usted pasar a la posteridad pues cuando esta píldora sea famosa en todo el mundo, el nombre de usted también se hará famoso por haber sido el primer hombre que la usó.

 

—¿Y no es dañina? _preguntó con cierto temor el camarero.

 

—No, no lo es. Mire, tengo dos, una para usted y otra para mí. Elija una y démela.

 

Y Jesús «el probeta» tomó la pastilla elegida por Luisito con un poco de agua.

 

—¿Usted la usa, Don Jesús?

 

—Pues ya ve usted que esta noche sí que la voy a usar y ya le contaré el resultado, pero yo no la necesito pues como me alimento bien, trabajo poco y estoy recién casado estoy siempre listo para hacer el amor, pero a usted le vendrá muy bien para mejorar la relación con su mujer ¿Quiere probar?

 

—¡Claro que sí, por supuesto! _exclamó con entusiasmo Luis «el corto»

 

   - Tenga usted en cuenta que como es un experimento científico necesito que usted me informe cual es el resultado. De esta manera contribuye usted a la ciencia.

 

—Desde luego, Don Jesús, y un millón de gracias.

 

—No, no quiero ser millonario. Se parece usted a Don Quijote que decía que hay que ser generoso con lo que no cuesta dinero. Prefiero que me invite usted a un solo café a que me regale un millón de gracias.

 

—Eso está hecho ¡Marche un café bien caliente y bien cargado como le gusta a Don Jesús!

 

Cuando le trajo el café, «el probeta» instruyó al camarero:

 

—Luis, hay que ayudar un poco a la píldora. Présteme atención que todo es por su bien, por la felicidad de su matrimonio. Creo que le faltan conocimientos sobre el sexo.

 

—Sí, señor, soy todo oídos.

 

—Bien, dígame ¿Cómo hace usted el amor? ¿Se desnudan los dos completamente?

 

—¡Qué va, no conoce usted a mi Felisa! No la he visto nunca desnuda. Para hacerle el amor tengo que subirle la falda del camisón. Y el sostén no se lo quita nunca. No quiere que Dios la vea desnuda.

 

—Dígale que Dios lo ve todo, Dios ve a través de la ropa. ¿Se desnuda usted completamente?

 

—Sólo de cintura para abajo.

 

—Mal hecho, así no se puede hacer el amor ni con mi píldora ni sin ella. Atiéndame y siga mis instrucciones sin olvidar ningún detalle: Esta noche deja usted a la Felisa en pelotas, le guste o no, aunque sea a la fuerza, a los tirones, de puro macho. Usted también se desnuda totalmente y abrácela con amor diciéndole frases cariñosas. Esto es importantísimo pues las palabras dulces son el mejor afrodisíaco para una mujer.

 

—¿Afrodi...qué? _pidió aclaración Luis.

 

—Excitante para el amor. La mujer necesita dulzura de trato. ¿Usted la trata con dulzura cuando le hace el amor?

 

—Pues no sé, yo creo que sí, le digo que está muy buena y esas cosas.

 

—Bien, acaríciele los senos y tómele la mano a la Felisa y guíela para que ella también lo acaricie a usted entre las piernas.

 

 —¡Coño, Don Jesús, si hago todo eso no necesito su píldora!

 

—Esa es la intención. Ambas cosas serán importantes, la píldora que le dará la fuerza y las caricias amorosas que le darán la emoción. Haga lo que le he explicado y verá como la Felisa estará feliz y agradecida y mejorará su relación matrimonial ¡Ah! Y una cosa más. Duerman todas las noches desnudos y abrazados.

 

Cuando regresó otra vez el camarero, Jesús «el probeta» le dijo:

 

—Luis, hoy estoy con ganas de ayudarlo. Déjeme decirle que es usted el mejor camarero de Orihuela pero solamente porque en el reino de los ciegos el tuerto es rey, pero en una cafetería de Madrid o Barcelona no podría usted trabajar. Le falta clase y calidad en el servicio.

 

—¿De veras? Pues a mí me interesa aprender bien mi oficio ¿Qué es lo que hago mal?

 

—Si de veras quiere usted aprender y no le molesta que le señale sus defectos, escuche: Los camareros de París, que son los más refinados del mundo, ya conocen a sus clientes habituales y saben quienes son derechos o zurdos. Esto es fundamental. Entonces, cuando le sirven la taza de café lo hacen con delicadeza y una vez que la han depositado sobre la mesa, la giran lo suficiente para que el asa quede para el lado derecho a los que son diestros o para el izquierdo a los que son zurdos. De esa manera evitan que el cliente tenga que estar dándole la vuelta a la taza para poder asirla. ¿Comprende usted la sutileza? Eso es la calidad profesional que distingue a un buen profesional de un camarero vulgar y ordinario. Son los detalles de calidad en el servicio los que marcan la distinción y la diferencia.

 

—Me deja usted impresionado ¡Qué finura! _se asombró el bueno de Luisito_ Pues si no es más que eso yo también puedo hacerlo.

 

Y desde aquel momento Luisito «el corto» perdía su tiempo girando cada taza para un lado o para el otro. Esa noche repitieron varios cafés y el camarero empezaba ya a mosquearse pues advertía las risas contenidas del grupo de amigos. Cayó entonces por allí Pepe Sancho e invitó a una ronda de café. Vino Luis con los ocho cafés, los depositó sobre la mesa y empezó a girar las tazas una por una. Llegó a Pepe Sancho y le preguntó

 

—¿Es usted derecho o zurdo, Don José?

 

 —Pues soy zurdo de alma pero derecho de cuerpo ¿A qué viene esa pregunta?

 

—Cómo se nota, Don José, que usted no ha estado en París. Don Jesús sí y me ha dicho que los camareros de allí, que son de primera, colocan el asa hacia la derecha o hacia la izquierda del cliente según ellos sean diestros o zurdos. Es para evitar al cliente la molestia de tener que girar la taza.

 

—¡Qué interesante! _comentó Pepe Sancho que ya había advertido la broma_ ¿Y somos todos diestros menos Jesús?

 

Y entonces, el camarero que ya había olfateado la broma y estaba cabreado, dijo:

 

—Efectivamente, Don Jesús es un «siniestro».

 

—¿Y qué tal, Pepe? Que bueno verte de nuevo por aquí ¿Cómo estás?

 

—Me siento mal con el nuevo jefe que tengo. Me persigue con los horarios y un montón de mezquindades.

 

—No le hagas caso _le recomendaron.

 

—No se puede. En la Asociación Agraria, adonde trabajaba antes, lo hacía con mucha libertad pero me han transferido a un Banco y un Banco es como un cuartel, con el jefe que te vigila todo el tiempo.

 

—Bueno, Pepe, tú eres muy inteligente, mátalo con la indiferencia y el desprecio. Ya encontrarás la manera de que un imbécil con mando no te amargue la vida.

 

—No es fácil, Jesús. No desprecia el que quiere sino el que puede. Y no estoy en posición de despreciar a mi jefe. Son los garbanzos de mi familia lo que está en juego y él lo sabe. Tú sabes, Jesús, como soy yo, me intereso por las cosas importantes y pongo pasión en ellas pero me cuesta horrores concentrarme en una planilla o un formulario rutinario que no me importan. Sólo tengo una vida y quisiera vivirla a mi manera pues de todos modos voy a perderla algún día. Pero tengo que hacer cosas que estén de acuerdo con mis sentimientos y mi sensibilidad. Podría hacer trabajos que requieran pensar pero no puedo llenar planillas. Es frustrante ver que se te escapa la vida cada día tras unas planillas con el movimiento de caja.

 

—Refúgiate en ti mismo, Pepe, y en nosotros, tus amigos, no te amargues por un mediocre mala persona _le dijo Jesús_. Hay algo peor que sobrepasar los limites de la moral y es traspasar los límites de la autoridad para abusar de otra persona. Puedo perdonar a un inmoral antes que a un autoritario.

 

—Es cierto _confirmó Pepe_ comparto eso. Ya veremos como zafo. Es que no tengo términos medios. Me entusiasmo y me apasiono con lo que me interesa pero soy un inútil total para el trabajo rutinario. Una vez le oí decir a alguien que la vida es como una película en la que tú eres el guionista y el director, pero si dejas que alguien te escriba el guión y te dirija la vida, entonces se ha hecho dueño de ella, se apoderó de tu existencia. Si manejo mis tiempos soy creativo y soy feliz, pero si otro los maneja soy el ser más desgraciado de la tierra. Una persona que envidio sanamente y que admiro eres tú, Jesús, que nunca has permitido que nadie se entrometa en tus tiempos.

 

—No vayas a creer, Pepe. Eso es ahora, pero he tragado mucho veneno antes de llegar a tener esta situación actual de independencia. Podría escribir un grueso libro con el hambre y las humillaciones que he pasado. El hambre no me importa pero las humillaciones me han dejado muy marcado. He dejado jirones de mi vida por ahí. Sólo te pido que no bajes los brazos, que no te desalientes. Como dijo Miguel Hernández: «No te enteres».

 

La tertulia del Café Colón era algo muy especial. Se hablaba muy seriamente de las cosas superficiales y se tomaban a la chacota y con sentido del humor las cosas importantes. Ese era el acuerdo tácito del grupo que buscaba la carcajada para tapar los ruidos del estómago vacío. Alcanzaba el dinero para un café pero no para un bocadillo de anchoas. Por ejemplo, se hablaba de un cojo que tenía una amante y alguien decía que al menos Dios lo había compensado con una tercera pierna muy sana o bien se decía que un fulano, sin mencionar su nombre, nunca se enteraba si su esposa tenía orgasmos porque cuando ella los tenía él nunca estaba. Se trataba de desprejuiciar y de no caer en el chisme malévolo, pero había que sacarle jugo a todo para sobrevivir sonriendo. También decían en la tertulia que el tener buena voz era imprescindible para formar parte del coro de la Catedral porque así con tres curas que cantaran, los doce restantes podían dormir tranquilamente sin que se notara demasiado. Y así pasaban las horas, los días y los meses en la adormecida Orihuela de los primeros años de posguerra. Era una España muy especial. Nadie había oído hablar de seguridad social ni de que el Estado le pagara al que estaba desocupado o a los ancianos o inválidos. Sin embargo en esta España chata y opaca no había tristeza. No es fácil de explicar. Había menos preocupación familiar por los jóvenes pues no había droga ni delincuencia juvenil. Se podía pasear tranquilamente en la madrugada por cualquier calle sin peligro alguno. Una vez Jesús «el probeta» dijo que España estaba de espaldas al mundo, a lo que Vicente con su habitual malhumor, dijo:

 

—Exactamente; de espaldas es una posición ideal para que todos los países del mundo nos den por culo.

 

Buscando la sonrisa a veces intentaban juegos intelectuales. Componían sonetos interviniendo los siete amigos. Por ejemplo, uno escribía el primer verso: «Volverán las banderas victoriosas...» y le pasaba el papel al siguiente que escribía el segundo verso. Y así sucesivamente hasta componer los catorce. Siempre salía algo divertido y disparatado que les hacía reír pero, cosa curiosa, de vez en cuando salía algo aceptable e incluso interesante. Nada menos que un soneto no del todo malo con siete estilos diferentes.

 

También apostaban un café para ver quien traía al día siguiente algún dicho ingenioso que tuviera alguna gracia. Hurgaban en la búsqueda de frases con humor y las traían a la reunión. El que conseguía la mejor tomaba café gratis y lo pagaba el que lograba menos puntaje. Esa noche pidieron a Pepe Sancho que hiciera de juez:

 

Osvaldo «el pibe» leyó la suya: «Quien busca la verdad merecería el castigo de encontrarla»

 

Vicente leyó: «El amor del hombre por el perro sería breve si la carne de perro fuese sabrosa.»

 

Julián: «El estado matrimonial se llama santo por sus mártires.»

 

Rodrigo: «Puedo ser modesto si se reconocen mis méritos.»

 

Tomás: «La mujer adora al hombre igual que a Dios, pidiéndole algo cada día»

 

Jesús «el probeta»: «Compórtate con tu mujer como si fuera la de otro.»

 

A Pepe Sancho, recordando lo injusto y exigente que era a veces con su excelente esposa, votó por la frase de Jesús «el probeta».

 

Le pidieron a Pepe que también interviniera con una frase y dijo que se tenía que ir, que tenía algo urgente para hacer y que no podía quedarse porque «puta sentada no gana nada».