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Estamos algo preocupados, pero no demasiado, de que los tripulantes del barco nos hagan una maldad y al día siguiente de la entrevista con el Comandante nos dirigimos los cuatro amigos juntos a la cafetería del casino. Tomamos un café y observamos que han cambiado el croupier en la mesa de juego de ruleta. El café está casi frío y tiene mal sabor pero no le damos importancia. El café, muy aguado, nos lo han servido con cara de pocos amigos pero seguimos sin creer que haya sido a propósito. Les hemos comentado que el café estaba casi frío y nos dicen que la cafetera no funciona bien pero vemos que en la mesa de al lado lo han servido humeante. Pedimos una cerveza y nos dicen que también el refrigerador anda mal y no enfría lo suficiente. Nos vamos un poco mosqueados pero todavía sin advertir que haya habido mala intención hacia nosotros. Al día siguiente se nos oscurece el panorama pues empezamos a notar las consecuencias de nuestra denuncia. Al ir a ducharnos comprobamos que no tenemos agua en nuestro camarote pero que sí la hay en los vecinos. Nos dicen que se ha roto un caño en nuestra instalación y que no saben cuánto tiempo tardarán en repararlo. Debemos ir a ducharnos en el gimnasio. El horario para el desayuno que hasta ayer era flexible, hoy es rígido y no nos dan desayuno diciendo que es tarde y se ha cerrado la cocina. Durante la comida del mediodía y durante la cena, nuestra mesa es la última en ser servida y las raciones vienen frías y reducidas. Los platos los dejan caer en nuestra mesa ruidosamente y de mala gana. Ya no hay dudas que hay un complot para fastidiarnos. Decidimos que apretaremos los dientes y aguantaremos hasta que se cansen de perseguirnos. Pensamos que si volvemos a protestar ante el Comandante empeoraremos las cosas y se ensañarán con nosotros. Pero Antonio, con su habitual mal carácter y con su trauma de ver a su odiado padre en cada acto que le parece agresivo, está de muy mal talante y después de cenar decide dar un paseo por la cubierta para calmar su rabia. Los demás nos vamos al bar y al rato nos avisan que Antonio está en la enfermería con severos traumatismos como consecuencia de una tremenda paliza que le han dado varios hercúleos miembros de la tripulación que no han podido ser identificados porque era de noche y el lado de la cubierta donde sucedieron los hechos está muy oscuro y desierto. Antonio los ha encontrado por la cubierta y seguramente no fue por casualidad. Han salido a buscarlo al ver que estaba solo. Lo han sujetado, lo han derribado y lo han molido a patadas dejándolo inconsciente, ensangrentado y lleno de hematomas. Tememos que haya lesiones internas. Debatimos el tema alrededor de su cama ¿Denunciamos la agresión o no? ¿Cómo podemos parar esta situación? Y llegamos a la conclusión que será peor si lo hacemos. Además, desde la enfermería ya habrían informado del hecho al Comandante. Si ponemos otra denuncia por escrito el Comandante puede tomar alguna medida contra los agresores y aumentará el rencor del personal hacia nosotros agravándose el complot. Y si no tomamos ninguna medida es posible que se envalentonen ante la impunidad y aumenten sus agresiones. ¿Qué hacer? Decidimos aguantar con fuerza y no complicar más de lo que está nuestro viaje a Buenos Aires. Pensamos que tal vez se cansen y nos dejen en paz en un par de días al comprobar que no acusamos a nadie y soportamos la situación con hombría, sin quejarnos ni protestar. Pero dos días después hacemos una escala en Las Palmas de Gran Canaria y los tres amigos, Juan, Felipe y yo, decidimos salir a dar un paseo por la ciudad y hacer algunas compras. Antonio sigue en la enfermería. Somos los tres últimos en bajar del barco por la pasarela. Bajamos de tres en tres por indicación de la tripulación pues según ellos es una pasarela frágil que no soporta mucho peso y las normas de seguridad son muy estrictas. Cuando bajamos nosotros tres, la pasarela da una sacudida y se mueve muy peligrosamente. Juan da un traspié y apenas logra asirse a una gruesa cuerda que hace de baranda. El susto es mayúsculo pues si cae al mar en ese lugar hubiera sido difícil rescatarlo ya que el casco está a sólo un metro de la pared de la dársena. La tripulación finge preocuparse mientras disimulan las risas. Esto ya es otra cuestión, es demasiado grave y ya no sabemos qué hacer. Ahora sí estamos muy asustados pues ha habido un atentado muy serio sobre nuestras vidas. La situación se ha vuelto siniestra. Los tripulantes, que son una pandilla de aventureros muy unidos, se han excusado diciendo que ha sido un error humano pues se había desprendido involuntariamente una soga maestra que sujetaba firmemente la pasarela, pero ya no les creemos. Volvemos a debatir si debíamos hablar de nuevo con el Comandante pero acordamos no hacerlo. Vamos a continuar resistiendo pero siempre juntos, con los ojos muy abiertos sin ir nunca solos por la nave y sin contestar a provocaciones. Pero empezamos a estar aterrados pues han conseguido meternos el miedo en el cuerpo. Sólo esto nos faltaba para aumentar nuestra angustia por viajar hacia lo desconocido. Tememos, además, que si volvemos a presentar una denuncia al Comandante éste haga intervenir a la policía española y perdamos el barco. Juan está furioso y lo encuentro parecido a mis dos entrañables amigos de Orihuela, al fallecido Jesús “el probeta” y al desfalleciente Pepe Sancho. Una mezcla de la sabiduría desafiante y aciaga de Jesús y de la sapiencia parsimoniosa de un fatalista como era el inefable Pepe Sancho. Entonces Juan me hace esta reflexión: —Rodrigo, te podría hacer una larga lista de malvados, los falsos moralistas de la moralina, los que esconden la corrupción simulando ser demócratas defensores de la libertad, los hipócritas dogmáticos de la nada, los falsarios religiosos, los usureros de comunión diaria, los asesinos a sueldo, los ladrones, los traidores, mentirosos, calumniadores, avaros, envidiosos, pederastas, proxenetas, codiciosos, soberbios, libidinosos, desleales, tramposos y un larguísimo etcétera. Pero los que he conocido eran malvados que perseguían algún beneficio personal. Sin embargo es la primera vez que me tropiezo con una pandilla de asesinos por el placer de matar, sin obtener nada a cambio más que esa miseria moral que es la venganza sobre gente indefensa. Esta gente va a por nosotros y nos quieren asesinar, ahora ya estoy seguro de ello. Más que asustado estoy asqueado de la condición humana. Y como Juan no puede hacer un discurso sin incursionar en la política, termina diciendo: —No sólo en las personas se encuentra la miseria moral. Fíjate en esos pueblos poderosos que están pasando por períodos de esplendor económico gracias a las riquezas que extraen de los países pobres. Roban a éstos en nombre de la democracia y la libertad. La mayor desgracia que le puede ocurrir a un país pobre es descubrir petróleo u otra riqueza natural. Enseguida le caen encima los buitres inventándole alguna guerra. La tiranía y la corrupción están por todas partes como una plaga. Mira el ejemplo de España, nos metieron en una guerra de todos contra todos, una guerra civil que es la peor de las guerras posibles. Matarnos entre hermanos. Ahora la guerra debería haber terminado pero siguen latentes el odio y aquello de que quien no es mi amigo es mi enemigo al que debo destruir. “Quien no está conmigo, está contra mí.” Y eso que no tenemos petróleo. Quienes deberían fomentar la paz siguen fomentando el odio y así logran tener a España dividida y descerebrada. Quienes tienen el poder repiten las mentiras una y mil veces porque una mentira repetida muchas veces se convierte en una verdad para la gente desinformada. Aún vive Franco y los fascistas que ahora mandan en España escupen para arriba. Por ahora el viento es favorable y se lleva lo que escupen pero no se dan cuenta que algún día el viento se volverá en contra y les caerá su propia mierda encima. —Pero Juan, nosotros no podemos hacer nada ¿Por qué te amargas tanto? Porque siento mucha tristeza y llevo conmigo a nuestra España como una herida abierta en mis venas. En este viaje en barco siento esa sensación de tristeza y melancolía que a veces he sentido cuando en la madrugada de la gran ciudad, con llovizna, he tomado ese último autobús que se retira vacío a la Terminal. ¡Cuánta soledad y cuánta desdicha acompaña a los seres humanos! Encuentro en el fascismo un símil con aquella mujer gorda que sobrevivió al hambre comiéndose pedazos de sí misma. España siempre se comió a sí misma en toda su historia. —¡Cómo divagas, Juan! Te expandes por momentos como un sol brillante y desapareces enseguida como una estrella fugaz. Creo en tus posibilidades como periodista, como político o en lo que te propongas pero te falta perseverancia. Sueñas mucho pero pocas veces te veo con los pies en la tierra —Es que no me entiendes, amigo Rodrigo, no profundizas en mi línea de pensamiento, te quedas en la superficie. Por supuesto que tengo altibajos, como todo el mundo, pero hay en mi pensamiento político dos líneas invariables: Mi deseo de justicia universal sin diferencias entre ricos y pobres y la igualdad de oportunidades para todos los seres humanos. Mi humor, o mi malhumor, van y vienen, pero si te fijas bien esos dos puntos siempre está en mi discurso.
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