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Pepe Sancho

 

Cuando las jóvenes veinteañeras de Orihuela desfilaban en Semana Santa con peineta y mantilla, la ciudad entera se enamoraba y la luna se desviaba de su camino para acercarse a mirarlas. Todos los jóvenes estaba enamorados de alguna de ellas y todos querían ser novios y casarse pues eran muchachos cercanos a los 30 años. Pero no tenían con qué. No había trabajo y ser empleado de un Banco o de la Caja de Ahorros era un sueño inalcanzable. Una vez vino a instalarse un nuevo Banco y se abrieron muchas expectativas entre los jóvenes, pero pronto se frustraron.

 

En Orihuela había una institución agraria, una sociedad, que estaba en la calle de la Feria, a espaldas de la Catedral. La institución languidecía en una simpática anarquía y en dicho lugar trabajaba un extraordinario personaje oriolano llamado Pepe Sancho que era feliz con los horarios flexibles, la camadería y el ritmo lento y cansino con que se efectuaban las pocas tareas a realizar. Entonces llegó el poderoso Banco y en vez de tomar a jóvenes desempleados, compró una parte de la institución agraria con sus locales, su clientela y parte de sus empleados, entre ellos, para su desdicha, Pepe Sancho.

 

Pepe era un espíritu puro, un ser alado, no conocía la envidia ni los celos, era un extraterrestre, siempre distraído, ensimismado, autoexiliado de la vida social. Usaba siempre el mismo traje de grueso paño gris, en invierno y en verano. No sentía el frío ni el calor. Era como si las temperaturas extremas quisieran respetar su fragilidad de paloma, su alma de cristal. Había leído mucho y sabía de literatura más que nadie en Orihuela y tal vez más que muchos literatos muy encumbrados en España. Caminaba sin ver y se afeitaba a los zarpazos. Lo vestía su sufrida esposa; sólo se le conocía una sola corbata en muchos años. Se la colaba por la cabeza sin deshacer el nudo jamás, un nudo ancestral con el brillo rancio de las cosas antiguas. Por  supuesto, un nudo que siempre lucía torcido y medio escondido debajo del cuello de la camisa, siempre demasiado grande para su delgadez. A veces un calcetín del derecho y otro del revés y siempre un zapato sin atar. Algunos decían que había quedado así de tanto leer.

 

Pues bien, el Banco envió un director un poco pedante que le tomó una rabia especial al buenazo de Pepe porque éste no entendía de adulaciones ni de reirle los malos chistes al jefe. Pepe sabía bien aquello de que el aceite sólo lo consigue la bisagra que hace ruido, pero él no servía para la adulación. Aquel hombre tenía ínfulas de literato y de vez en cuando erraba una cita literaria. Pepe amaba la literatura y no podía soportar que la maltratasen, así que lo corregía y lo apabullaba con sus conocimientos. Por ejemplo: El jefe sorprendía a los ex empleados de la institución agraria, ahora empleados del Banco, conversando de fútbol o de toros _que era lo único de lo que se podía hablar_ y les decía:

 

—A trabajar muchachos, vamos, a trabajar, que como decía Cervantes en sus Novelas Ejemplares, «la juventud ociosa acarrea la vejez trabajosa».

 

Y Pepe, sin levantar la cabeza ni mirarlo, lo corregía:

 

—Eso no es de las Novelas Ejemplares de Cervantes. Es de La Celestina, de Fernando de Rojas.

 

Y a continuación le citaba el pasaje, el capítulo, el diálogo, el año de la obra y todos los detalles, mientras el director enrojecía de vergüenza.

 

Ni que decir tiene que los horarios no estaban hechos para Pepe Sancho. Llegaba tarde irremisiblemente, el encono del jefe iba creciendo de manera alarmante y empezó a hacerle la vida difícil.

 

Había por entonces en Orihuela un excelente contable, quizás el mejor. El contable escribió un soneto al Cristo Crucificado que fue publicado en la revista de Semana Santa de Orihuela que editaba el Ayuntamiento. El soneto era irreprochable gramaticalmente, tenía sus catorce versos endecasílabos sin una falta y hasta tenía un cierto ritmo y una cadencia de palabras bien puestas en su sitio. Pero era frío, le faltaba inspiración. Y es natural pues no se puede escribir buena poesía sin ser poeta como no se puede hacer buena pintura sin ser pintor. Estaban en la cafetería el grupo de amigos de siempre y por más que leían y releían el soneto no encontraban qué era lo que no funcionaba. No podían hacerle una crítica concreta pero no les gustaba.

 

 

 Entró entonces Pepe Sancho a tomar un café y se sentó un momento con el grupo que lo tenía en gran estima. Llevaba la revista en la mano y le preguntaron:

 

—Pepe, ¿Has leído el soneto al Cristo Crucificado?

 

—¿Qué soneto? Eso no es un soneto, es un balance de contabilidad. El Debe y el Haber cuadran perfectamente.

 

Se miraron y soltaron la carcajada pues era imposible mejorar esa síntesis crítica. Era un balance contable.

 

Esta lapidaria opinión fue muy comentada, como pasaba en los pueblos, y llegó a oídos del autor. Pero el contable era un buenazo y no se enfadó. Más bien se sintió halagado pues en el fondo de su corazón él consideraba más importante ser contable que poeta y mucho más difícil hacer un balance que un soneto. Al fin y al cabo un soneto no era más que un balance de palabras.

 

Antes de casarse Pepe Sancho tuvo otra novia que vivía en la huerta, en el camino de Beniel. Iba a verla por las noches y charlaban en la puerta de la casa, un pequeño soportal al que la madre de la novia le había puesto una luz para evitar que el demonio, aprovechando la oscuridad, tentara a los novios con el pecado de la carne. Una noche se cortó la luz y la novia, nerviosa, le requirió:

 

—Ahora, vamos, Pepe, vamos ahora, aprovechemos ahora que no hay luz pero date prisa no sea que vuelva la luz pronto. Vamos, desabróchate la bragueta, deprisa hombre ¡Pero qué torpe eres!

 

El caso es que Pepe llevaba un pantalón que, una de dos, o los ojales de la bragueta eran pequeños o los botones grandes. Le costaba mucho desabrochar cada botón _en aquella época no se usaban cremalleras en la bragueta_.

 

La mucha prisa que le metía la novia, lo ponía más nervioso y menos atinaba a desabrocharse. Finalmente, cuando lo consiguió, ella se bajó las bragas con un movimiento rápido y se dispuso de buen ánimo a la faena; pero entonces Pepe le advirtió que él sufría mucho el frío y llevaba un calzoncillo largo con una interminable fila de botones, todos muy juntos, en la bragueta del mismo. Pepe era de temperamento calmo y parsimonioso y empezó despaciosamente a desabrocharse la nueva bragueta mientras la novia mostraba su impaciencia tratándolo de torpe.

 

 Y cuando ya estaba por lograr la libertad del doblemente prisionero, vino la luz. La novia, despechada y furiosa, le dijo:

 

—No te quiero ver más por aquí, pedazo de imbécil. Eres un inútil, no sirves para nada.

 

Y le dio con la puerta en las narices.

 

Pepe también estaba cabreado pues como todo intelectual que se precie, odiaba el esfuerzo físico. Podían haberle asegurado que se moriría mañana si hoy no hacía un poco de gimnasia y hubiera preferido morir antes que hacer unas flexiones. Así que también él había quedado con mal humor, no tanto por haber dejado a su pequeño animal insatisfecho como por el inútil esfuerzo de desabrochar y abrochar tantos botones con tan poco rédito. Entonces decidió descabrearse en el burdel de la Lucía adonde por cinco duros la Pichi, que conocía su pereza, lo sentó en la cama pacientemente, le quitó la chaqueta, le desabrochó los ocho botones del chaleco y se lo sacó, extrajo la corbata por la cabeza sin deshacer el eterno y brilloso nudo, le desabrochó los siete botones de la camisa y también se la sacó. Después le sacó por la cabeza la camiseta de lana no sin antes desabrochar los seis botones que tenía en la pechera. Luego lo acostó, le soltó el cinturón, le desabrochó muy trabajosamente la bragueta del pantalón cuyos ojales eran pequeños, y se lo sacó a los tirones. Acto seguido le desabrochó uno por uno los catorce botones del calzoncillo largo y le costó sacárselo pues le venía muy ajustado. Todo ese trabajo le llevó a la buena de la Pichi unos doce minutos mientras que la faena de aliviar sexualmente a Pepe Sancho sólo le llevó apenas tres. El animalillo que colgaba desangelado del escuálido Pepe quedó indefenso en un instante apenas la paciente Pichi movió un poco sus fuertes caderas.

 

La Pichi se dio cuenta que los ojales del pantalón eran pequeños y como no tenía clientes esperando, dejó a Pepe en la cama con un periódico y con una tijeras los agrandó un poco. También le cosió dos botones que tenía flojos, que así eran las putas de Orihuela, buenas amigas de sus clientes. Después lo sentó en la cama, le metió la camiseta de lana por la cabeza y le abrochó los seis botones de la pechera, le metió cada brazo por las mangas de la camisa y le abrochó los siete botones de la misma, le metió la añeja corbata por la cabeza y se la ajustó al cuello. A continuación lo puso de pié  sobre el piso, le dijo que levantara una pierna y después la otra y le encajó el apretado calzoncillo abrochando los catorce botones. Hizo lo mismo con el pantalón y le metió los faldones de la camisa y le alisó las arrugas con la mano. Le ajustó la correa del pantalón en su agujero de costumbre, le puso el chaleco y le abrochó los ocho botones del mismo, le puso la chaqueta, le humedeció el cabello y lo peinó con una raya perfecta en el lado izquierdo. Todo eso le llevó un buen cuarto de hora. Lo acompañó hasta la puerta de la calle y allí la Pichi le dio un beso en la frente y le dijo:

 

—Pepe, cuando vamos a la cama no sé bien si me estoy salvando o me estoy condenando pues siento que estoy fornicando con un santo.

 

—Pues mira, Pichi, a mí me pasa lo mismo contigo pues he estado con putas buenas, regulares y malas, pero tú eres la primera puta santa que conozco.

 

—Entonces _razonó la Pichi_ ¿Habremos tenido un coito santo?

 

—Debe ser así _replicó Pepe_ pues he quedado en estado de gracia. Me ha quedado la misma sensación de paz que si hubiera confesado y comulgado.

 

Y así es como Pepe Sancho salió del prostíbulo y se dirigió a su casa reconciliado con la vida por la módica suma de veinticinco pesetas.