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El
Pecado De La Carne —Ave
María Purísima _inició Rodrigo la confesión. —Sin
pecado concebida ¿Cuánto hace que no te confiesas, Rodrigo? —Hace
sólo tres días, Padre. —¿Tres
días y ya estás aquí? ¡Ay Dios mío, algo muy malo has hecho! —Sí,
Padre, estoy en pecado mortal. —¡Santa
Madre de Dios! ¿Qué has hecho, Rodrigo? —Me
he tocado la cosa de orinar y me ha dado mucho gusto. —¡Ave
María Purísima! ¡Dios mío, protege a este chico pues el demonio ha entrado
en él! ¡María Santísima, apiádate de Rodrigo! Tantas
invocaciones asustaron a Rodrigo que empezó a arrepentirse de haberlo contado. —Pero,
Rodrigo, ¿Cómo has caído en la tentación? ¿No te había prevenido yo que
era pecado mortal y no debías hacerlo? —Lo
siento mucho, Padre, estoy muy arrepentido y muy avergonzado ¡Con la confianza
que usted me tenía! Tengo miedo de que usted ya no me quiera de monaguillo. —No
te preocupes por eso, no tienes que temerme a mí sino a Dios Nuestro Señor que
todo lo ve. Dime, ¿Cómo ha sido que te has tentado? —Pues
al lado de mi casa está el Palacio de la Baronesa de la Linde y hay una criada
que sale a tender la ropa en la terraza y va casi desnuda. Se agachó de
espaldas a mí, que estaba en la ventana, y le vi unos muslos muy gordos.
Entonces sentí una cosa que no sé explicar. Me empecé a tocar y me dio mucho
gustito. —Ah,
sí, ya la conozco a esa pécora corruptora de menores, ¡Ya me va a oír! —Por
favor, Padre, no le vaya a decir que yo le he contado. —¡Pero
qué dices, bruto! ¿No sabes que existe el secreto de confesión? ¿Es que no
aprendes nada en la Doctrina Cristiana? ¡Ay, Dios mío, qué pecado tan
terrible que es la lujuria de la carne! ¿Estás sinceramente arrepentido? —Sí,
Padre, muy arrepentido. —¿Tienes
el firme propósito de enmienda? ¿No lo vas a hacer más? —No
lo voy a hacer más, Padre, se lo prometo. —No
me prometas nada que pronto estarás aquí otra vez con el mismo pecado. Te
arrodillas ante el Altar y rezas un Rosario completo, bien completo, sin que
falte ninguno de los cinco Misterios ni ningún Ave María. Y arrepiéntete
rezando con devoción un «Yo pecador». Di con sinceridad y con pasión, golpeándote
el pecho: «Me pesa, Señor, de todo corazón, haberos ofendido» Ego te absolvo
in nómine Patris et filii et Spíritus Sancti, Amen. Y
Rodrigo siguió dale que te dale a tocársela casi todos los días y contándole
al Cura que sólo lo hacía de tarde en tarde. No estaba dispuesto a perderse
ese trabajo por una mentirilla más o menos. Para aquel Cura parecía que el único
pecado que existía o que a él le interesaba era si se tocaba. Y a Rodrigo no
le parecía tan grave pues todos sus amigos lo hacían y ninguno se había
enfermado ni se había vuelto loco. La
siguiente confesión, todavía no se había arrodillado Rodrigo y el Padre ya le
reprochó: —¿A
que vienes a confesarte que otra vez te has tocado? —Sí,
Padre. —¡Ah,
pícaro! ¿Y cómo ha sido? Cuenta, cuenta. —Pues
fui al río a bañarme con mis amigos... —Con
tus enemigos, querrás decir. —Bueno,
ellos son mayores que yo. Empezaron a tocársela y después me obligaron a que
yo también lo hiciera o no me dejaban participar en el partido de fútbol. De
todas formas no hubo fútbol porque dos de los chicos se pelearon y se
lastimaron. —¿Por
qué se pelearon? —Porque
uno de los que se la habían tocado le dijo al otro que lo había hecho pensando
en su hermana que está muy buena. —¡Santo
Dios, Rodrigo! ¿Pero quiénes son tus amigos? ¿A eso llamas amigos? Son unos
golfos descarriados, dejados de la mano de Dios. No quiero que salgas con ellos
¿De acuerdo? ¡Dios mío, para esto hicimos una guerra!
—Lo
que usted diga, Padre. —Sí,
lo que yo diga, lo que yo diga, y luego haces lo que te da la gana. No tienes
voluntad. Tú eres un buen chico, estudioso, trabajador y bien educado a pesar
de ser hijo de un comunista, pero... —Socialista,
Padre _corrigió suavemente Rodrigo. —Bueno,
lo que sea, pero no salgas más con esos gamberros. —Está
bien, Padre. —Reza
tres Credos, tres Salves y un Yo Pecador con sentimiento. Ego te absolvo in nómine
Patris et Filii et Spíritus Sacti, Amen. Quince
días después Rodrigo volvió a confesarse porque se dio cuenta que cuando se
confesaba y no decía ese pecado, el Cura quedaba insatisfecho, como
decepcionado e incrédulo. En cambio lo trataba mejor cuando confesaba ese
pecado. Así que llegó a la absurda decisión de confesar más masturbaciones
de las que hacía para que el Padre confiase más en él. Estaba muy interesado
en no perder la amistad del Cura, así que volvió a la carga: —Ave
María Purísima. —Sin
pecado concebida. —Padre
Alberto, a pesar de mis promesas a usted y a mis propósitos de enmienda, he
vuelto al toqueteo. El
Padre Alberto se mostraba indignado pero Rodrigo notó que confesando este
pecado le iba tomando más confianza y si no se lo contaba se consideraba engañado.
Además, el Cura se había acostumbrado a la rutina y ya no exageraba sus
protestas e invocaciones al Altísimo. —¿Y
cómo pasó? Lo
que más molestaba a Rodrigo de este pecado era tener que contar los detalles. —Pues
otra vez estuve con amigos en el río y todos los hicieron entre las cañas. —Voy
a tener que pedirle a las autoridades que corten todas las cañas de la orilla
del río ¿Fue con los mismos amigos que te dije que dejaras? —No,
Padre, otros. Pero es igual que cambie de amigos, todos lo hacen. —¡Dios
mío, qué perdición! ¡Para esto hicimos una nueva cruzada santa! ¡Qué lacra
que es la sociedad! ¿Y cómo lo hiciste? —Pues
como siempre, me la acaricié y me dio mucho placer.
—¡Qué tristeza de chicos! ¿Es que no tenéis ideales? —Como
usted siempre me pregunta si no tenemos ideales yo se lo pregunté a mis amigos.
—¿Y
qué te contestaron? —Que
lo que tenían era hambre _argumentó Rodrigo. —Rodrigo,
es un tremendo pecado, es el pecado de la lujuria, el peor de todos. El hambre
te afecta al cuerpo pero el pecado te afecta al alma. Lleva cuidado con quien te
juntas y no vayas más al río a desnudarte con todos esos gamberros ¿Por qué
siempre te juntas con chicos mayores que tú? —Es
que los pequeños son aburridos, no son interesantes. Con los mayores se
aprenden cosas. —¡Ah
pícaro, te agarré! Eres tú el que los busca para aprender cosas malas. Debes
saber que el contenerte cuando te venga el deseo de tocarte ahí, es el mayor mérito
ante Dios Nuestro Señor. Rodrigo
no entendía que tocarse fuese tan terrible y entendía todavía menos que no
tocarse fuese más meritorio ante Dios que todo lo que trabajaba para llevar
algo a sus hermanos. Así que él siguió dale que te dale hasta que un día su
padre le vio unas ojeras tan profundas que le dijo: —Rodrigo,
te voy a atar las manos. —¿Por
qué me dice usted eso? —Tú
ya sabes por qué te lo digo. En
aquella época, en España, al padre se le hablaba de usted. |