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Los
Paracaidistas Rodrigo
convenció a la Junta Directiva de la Obra Social que la institución no tenía
futuro en ese viejo caserón que no reunía las condiciones mínimas necesarias
y que se caía a pedazos. Las inspecciones que se recibían se iban disconformes
con las instalaciones. Los niños estaban muy bien atendidos pues Rodrigo dejó
de lado el criterio del Padre Tomé de que estos niños que tenían ahora, debían
pasar necesidades para financiar el crecimiento de la Obra. La subvención que
se pasaba para el mantenimiento de los niños se gastaba íntegramente en ellos
que era lo correcto. Sugirió comprar un terreno grande en las afueras de la
ciudad, algo económico, de secano, aunque fuera endeudándolo con hipoteca
bancaria. Y levantar un primer edificio trasladando allí las escuelas
profesionales y dejando las escuelas primarias en la vieja Casa de Misericordia.
Siendo propietaria la institución de un terreno y de una primera edificación,
no sería difícil obtener recursos del Ministerio de Educación. Autorizaron a
Rodrigo a buscar y encontró en la salida de Orihuela, yendo hacia Murcia a la
derecha, en el Raiguero de Bonanza, una ladera de montañas llena de piedras que
medía 30 Hectáreas. Con un tractor se juntaron todas las piedras y éstas se
emplearon en levantar un gran edificio rectangular. Se subdividió internamente
con tabiques y así empezó un crecimiento acelerado de la Obra Social. Luego
llegaron las subvenciones del Ministerio y se completó todo lo necesario para
abandonar la Casa de Misericordia de la calle de Santiago. Rodrigo, además,
convenció a diversos artesanos de la ciudad que admitieran aprendices de la
Institución y se tomaron todos los niños de Orihuela que quisieron entrar a
las escuelas profesionales gratuitamente. De esta manera finalmente la Obra
Social fue bien aceptada por los oriolanos después de más de diez años de
mirarla con antipatía.
Rodrigo
advirtió que debajo de las piedras, en aquella ladera de montaña, había una
tierra que parecía buena. La mandó a analizar y era tierra muy fértil con
toda la riqueza de minerales necesaria para poder plantar naranjos. En aquellos
años todavía no se le había ocurrido a nadie de la comarca que en las laderas
de las montañas se pudieran cultivar cítricos. Rodrigo fue el pionero que hizo
punta empezando una plantación de esa naturaleza. Hoy están todas las laderas
plantadas. Se hizo un pozo bastante profundo y apareció agua que era un poco
salobre y no potable, pero apta para el riego de los naranjos. Se contrató un
tractor y se plantaron 20 Hectáreas de naranjos que en 5 años darían buenas
cosechas que autofinanciarían los gastos de la Institución. Y
pronto empezaron a caer los paracaidistas, recomendados por el Sr. Obispo, por
el Sr. Alcalde, por algún miembro de la Junta Directiva o por algún falangista
influyente. Tomaron un director para las escuelas primarias al que le pusieron
un elegante despacho y un sueldo de 2000 pesetas mensuales más los aportes a la
Seguridad Social. Después un director para las escuelas profesionales con el
mismo sueldo. Ambos, desde luego, falangistas. Mientras tanto el artífice de
todo, Rodrigo, seguía siendo tratado como el chico de los recados que comía en
la Obra. A
Rodrigo le aumentaron 100 pesetas semanales. Ahora cobraba 250 pesetas y ya tenía
28 años. No eran en carácter de administrador, ni siquiera de contable. Era
una especie de gratificación o propina sin que figurase en nómina como
empleado. Sus hermanos decidieron emigrar. El mayor ya hacía muchos años que
estaba en Barcelona. Todos los hermanos quisieron irse y Rodrigo se privó de
todo para pagarles el viaje. El hermano carpintero y las hermanas mayores se
fueron a Marsella (Francia) y la hermana menor se quedó en Barcelona y se casó
con un andaluz poeta y comunista, la combinación perfecta para pasar necesidad.
Pero con el amor no hay quien pueda. En aquellos años de la década de 1950 había
muchos españoles que buscaban trabajo en Francia, Suiza y Alemania. Era gente
muy humilde, iban a la vendimia, de sirvientas domésticas, a levantar cosechas,
de barrenderos, de lo que fuera. Ahorraban hasta el último céntimo y lo
pasaban mal, pero era menos malo que estar en España sin trabajo. Enviaban a
sus familiares sus ahorros y de eso se beneficiaba el gobierno español porque
recibía divisas extranjeras de las que estaba tan necesitado. Se burlaban de
los españoles a los que consideraban semi-salvajes. Cuando llegaba el tren de
los que iban a la vendimia lo llamaban el «tren tracoma» pues en Andalucía
había una epidemia de conjuntivitis y siempre tenían mal los ojos. Los suizos
habían inventado una definición de lo que era un español. Decían que un español
es «un individuo bajito, moreno y con cara de mala leche porque siempre cree
que ha follado poco». España era entonces el tercer mundo. «Europa empieza en
los Pirineos» era la frase corriente. Rodrigo
pertenecía absolutamente a Orihuela y no deseaba irse pero también dejó la
casa paterna a la que hacía muchos años que sólo iba a dormir. Alquiló una
planta baja para sus numerosos libros, sus libros que eran su vida. Amaba su
biblioteca. Un organismo falangista para la vivienda estaba construyendo unas
viviendas económicas y Rodrigo utilizó sus antiguas amistades en la Falange y
su actual situación predominante en la Obra Social para que le adjudicaran una
de aquellas viviendas que después cedió a su padre. A éste le dieron un
modesto empleo de conserje en el Juzgado de Aguas pero era importante porque hacían
los aportes a la Seguridad Social y el viejo podría obtener una jubilación. Y
resueltos los problemas familiares cuya responsabilidad él asumió cuando sólo
tenía 10 años, Rodrigo respiró y se dijo: «Misión cumplida». Pero los años
pasaban y la única misión que no se cumplía era la de resolver su propia
vida. Las
gestiones de compra y venta en el trabajo, los trámites administrativos, las
tertulias con los amigos, todo en Orihuela se resolvía en los bares entre copas
de vino, cerveza o coñac. Aunque quisiera evitarlo, la vida social, las
charlas, las citas con la gente, todo se hacía en los bares. La cultura
protestante es el trabajo, la cultura católica también busca disfrutar la vida
personal. Rodrigo empezó a preocuparse ¿Terminaría él en Orihuela como
tantos hombres que conocía, muy dependiente del alcohol? Rodrigo ni siquiera
fumaba pues detestaba ser dominado por algo o alguien. Le gustaba sentirse libre
de ataduras, pero ¿Sería su destino una vida mediocre, un empleo mal pagado e
inseguro y una panza llena de vino a toda hora? ¿No podría criar hijos con más
dignidad que lo criaron a él? Muchas noches lo pensaba antes de cerrar un libro
y disponerse a dormir. Y aunque él no era de talante triste o pesimista, a
veces le venían a la memoria los amargos versos de Gaspar Núñez de Arce: «¡Cuántos
sueños de gloria evaporados como
las leves gotas de rocío que
apenas mojan los sedientos prados! ¡Cuánta
ilusión perdida en el vacío y
cuantos corazones anegados en
la amarga corriente del hastío!» ¡Qué
generación extraviada la de aquella décadas de 1940-1950! Decidió que le
gustaba y amaba a Orihuela y se quedaría toda la vida pero que se mantendría
alerta para no convertirse en uno de esos borrachines que vegetan de bar en bar.
Se
propuso dar batalla y no conformarse con ser el principal internado de una
institución benéfica con un pequeño sueldo semanal. Se enteró que había
oposiciones para el ingreso como empleado administrativo en la Caja de Ahorros y
en un Banco. Y se presentó a ambas.
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