Orihuela

 

Orihuela, provincia de Alicante, en 1942 era una ciudad bella y tranquila. Siempre sesteando. No había trabajo para nadie. Tendría en esa época 25.000 habitantes o tal vez 30.000. Era una ciudad dormida y muy clerical que se mantenía ajena al ruido de la industria. El río Segura llevaba abundante agua clara, había molinos en sus orillas y se podían pescar anguilas y otros peces de agua dulce. Como suele suceder en las ciudades muy clericales, no había vocación fabril. La ciudad estaba partida en dos por el río y se unía mediante dos hermosos puentes, el de Levante y el de Poniente. Un eximio poeta oriolano ha llamado a Orihuela «la ciudad de las mil torres» en alusión al panorama que ofrece la ciudad con sus muchos templos1. Las torres, los campanarios de las Iglesias de Orihuela se divisan a lo lejos y desde arriba de la montaña como agujas esparcidas entre el caserío. Hay templos de riquísima y muy antigua arquitectura así como importantes obras de arte sacro, pintura, arqueología, etc.:

 

La Catedral de El Salvador (Siglo XVI); Palacio Episcopal (Siglo XVIII); Convento de Santo Domingo (Siglo XVI); Iglesia de Santiago Apóstol (Siglo XIV); Iglesia de Santas Justa y Rufina (Siglo XIV); Real Convento de las Salesas (Siglo XIX); Santuario de Ntra. Sra. de Montserrate (Siglo XVIII); Biblioteca Pública Fernando de Loaces; Palacio del Conde de la Granja (Siglo XVI); Palacio del Marqués de Arneva (Siglo XVIII); Ruinas del Castillo (islámicas); Museo Diocesano de Arte Sacro; Museo de Semana Santa; Museo Arqueológico Comarcal; Casa Museo del poeta Miguel Hernández; Museo de la Reconquista; Museo Etnológico; Seminario de San Miguel en lo Alto de la Montaña; Iglesia del Carmen; Convento de la Santísima Trinidad, etc. etc. Una riqueza artística enorme en relación al tamaño de la ciudad .

 

 Orihuela está a los pies de un monte en el que está situado el Seminario Diocesano de San Miguel al que se puede ascender por un camino serpenteado de muy acentuada pendiente y admirar desde allí a una de las ciudades más bellas de España. Orihuela era la única sede del Obispado, luego compartida con Alicante ante el desagrado de los oriolanos. En aquel remanso de paz el trabajo era un bien escaso y la juventud vegetaba sin encontrar salida laboral ni vislumbrar futuro alguno. Quienes en 1942 tenían entre 20 y 30 años eran una generación desorientada y sin esperanzas. Demasiados bares y nada para hacer era una mala mezcla. Muchos jóvenes, demasiados, bebían bastante alcohol barato. Una peseta alcanzaba para un vaso de mal vino con una patata asada o un pequeño plato de habas hervidas. Luego cantaban a coro «Asturias patria querida» o «El vino que tiene Asunción» y esa era la diversión. La vida transcurría con lentitud.

 

El movimiento venía con la Semana Santa, declarada actualmente de Interés Turístico, que se vivía con religiosidad pero animadamente y se solía decir que aunque Dios está en todas partes, en Semana Santa residía y atendía sus asuntos en Orihuela. Desfilaban en la procesión en primer lugar La Convocatoria con sus tambores y trompetas convocando a la población a presenciar el desfile. Después la seguían las distintas Cofradías de penitentes o nazarenos vestidos con preciosas túnicas de raso de distintos colores. Desfilaban imágenes hermosísimas de los más grandes artistas imagineros. Eran los tradicionales «Pasos», el Ecce Homo, el Perdón, La Samaritana, La Oración en el Huerto y muchos otros. El Cristo Crucificado salía el Jueves Santo y era una imponente procesión llamada de «El Silencio», con toda la calle oscurecida y un absoluto y devoto respeto. El Viernes Santo en la tarde desfilaba la procesión de «El Santo Entierro» y al final de cada procesión desfilaban marciales los soldados romanos armados, los populares «armaos». En la madrugada del Sábado salían todas las cofradías juntas en una larga procesión que terminaba al amanecer y esa noche nadie dormía. Se tomaba chocolate con churros y se paseaba dando vueltas a los puentes. Para demostrar su amor por la ciudad los oriolanos solían gritar: «Viva Orihuelica santa del Señor».

 

Había en Orihuela algunos talleres de finos artesanos, sastres, carpinteros, zapateros, algunos comercios de ropa en la calle Mayor y unos pocos privilegiados empleados en el Ayuntamiento y la Falange, dos o tres pequeñas sucursales de Bancos y una Caja de Ahorros. Ese era todo el trabajo que había. El resto no tenía nada y deambulaba entre los muchos bares cuya consumición era barata pero que aún así pocos podían pagar. Y también había dos prostíbulos que eran las instituciones que mayor servicio práctico prestaban. Mucho más que la Falange, desde luego. Los dos burdeles eran visitados por todos los oriolanos y habitantes de puebles aledaños, en especial los Martes que era el día del mercado callejero. Uno de los prostíbulos lo regía La Carbonera, una matrona buena consejera y muy comprensiva. A veces hasta fiaba algún servicio. A este burdel se accedía desde la Iglesia de Santa Justa hacia arriba, hacia la sierra. También se podía acceder desde la calle de Francisco Díez por un callejón que empezaba cerca del Convento de las Carmelitas. El otro prostíbulo lo regía La Lucía, otra respetable matrona que había delegado el mando en una encargada que le decían la Farallona. Esta mujer, la Farallona, un peso pesado duro de roer, era una hembra de armas tomar que se hacía respetar con severidad y que podía sacar a empellones al más pintado. Tenía unos pechos descomunales. En la entrada había una mesita camilla con un brasero de carbón si era invierno. Allí se sentaban la Tere, la Pichi y otras prostitutas cuando no estaban ocupadas con un cliente y el honor mayor al que podía aspirar un visitante era que le fuera permitido esperar turno sentado en la mesa de las chicas. Una noche Paco «el loco», que lo dejaban sentarse en la mesa camilla porque daba buenas propinas, se orinó en el brasero de carbón provocando una gran humareda. Siguiendo la broma algunos clientes salieron a la puerta gritando ¡Fuego! Y los vecinos llamaron a los bomberos. La Farallona le dio dos bofetadas a Paco y lo sacó a los empujones prohibiéndole la entrada por varias semanas. Después lo perdonó pero nunca más le permitió sentarse en la mesa con las chicas. La Pichi era fuerte, de grandes nalgas y poderosas caderas. La Tere era diminuta pero muy peleadora y tenía fama de «comehombres». Ambas se disputaban el liderazgo sobre las seis chicas que trabajaban con ellas en el burdel. Cuando un cliente no tenía dinero para un servicio completo, le daba dos pesetas a un ciego que tocaba un pasodoble en una bandurria y al cliente le era permitido sacar a una chica desocupada a bailar y restregarse un poco con ella. En realidad este permiso era un cebo para despertarle el apetito y que buscase el dinero necesario para un servicio completo.

 

Los pechos de la Farallona eran famosos en la comarca y a veces varios clientes hacían una colecta y juntaban un par de duros para que los mostrase. La Farallona se sentaba en la mesa camilla y por sobre el sostén se sacaba aquellos monumentales senos y los desparramaba sobre la mesa entre hurras de entusiasmo, y es que daba la impresión de que si se los sacaba sin tener un soporte en donde apoyarlos, hubiera caído de bruces bajo el peso de aquella inmensa mole de ubre. La Farallona era una cincuentona de buen ver que tenía un querido tan esmirriado y tan poquita cosa que hacían una pareja absurda.

 

A la casa de La Lucía se accedía por un callejón que partía desde muy cerca de la subida al Seminario de San Miguel. El hecho de que ambos burdeles tuvieran los accesos desde cerca de Iglesias era simple coincidencia. Es que había tantas Iglesias que era imposible ir en Orihuela a algún lugar sin pasar por delante de una de ellas. Desde la casa de la Lucía a la casa de la Carbonera, o viceversa, se podía ir trepando por un sendero, muy resbaladizo por los orines de la clientela, que bordeaba la sierra del Seminario, lo cual podía ser arriesgado para los asíduos a los burdeles que llevasen unas copas en el cuerpo.

 

Se sabe que una noche, en casa de la Carbonera, Pepe «el conejo», que tenía muy mal carácter, le dio una paliza a una de las chicas. Se había ocupado con la Lina y cuando llevaban unos minutos en la habitación del primer piso, ella empezó a dar grandes gritos y a pedir auxilio. Salieron los dos de la habitación completamente desnudos y él le iba dando furiosos zapatazos en la cabeza mientras ella huía despavorida. La Carbonera, que era una enorme mole de carne con la vieja cara pintarrajeada y que nunca jamás se la había visto levantarse de su sillón, se levantó aquella noche para poner orden.

 

—¿Qué ha pasado para este escándalo? _inquirió la dueña.

 

—Pues nada _explicó Pepe «el conejo»- que cuando yo estaba en lo mejor de la faena, esta mala puta extendió la mano hacia la mesa de noche, tomó un bocadillo de tortilla y empezó a comérselo mientras estaba trabajando. Le dije de buena manera que eso no se hace, o se trabaja o se come pero no las dos cosas a la vez. Entonces me dio la razón y me pidió permiso para beber soda directamente de un sifón. Se bebió más de medio sifón de un trago y cuando volví a empezar la faena me soltó un enorme eructo en la cara. Mujer, que se coma un bocadillo está mal pero vaya y pase, pero que  encima me eructe en la cara... ¡Es que eso no me lo hace ni mi mujer! Ahora mismo exijo que me devuelvan los cinco duros que he pagado.

 

La Carbonera, que ya se había sentado, le reprochó a la Lina:

 

—El Pepe tiene razón. Esta es una casa de putas respetada en toda la comarca de la Vega Baja del Segura. Tengo un buen nombre que defender y una reputación que merece un respeto. Así no se trabaja, Lina, y si vuelves a hacer eso tendrás que buscarte otra casa. En la mía sólo admito putas respetables, serias y con educación. Putas que amen su trabajo. Aquí consolamos a los hombres dándoles lo que les niegan sus propias esposas. No es un trabajo bien mirado por la sociedad pero eso no quita para que sea un trabajo noble. Hay que poner dedicación y cariño en lo que se hace. Todo trabajo, el que sea, debe hacerse bien.

 

—Tiene usted razón, no lo haré más, discúlpeme, es que hoy es día de mercado, han venido muchos hombres de la huerta y el campo y no tuve tiempo de comer porque me he ocupado con 23 hombres. Mire, aquí tengo las 23 fichas de los servicios de hoy.

 

—Está bien, estás disculpada, pero es preferible que la próxima vez me lo digas y yo te doy un descanso para comer.

 

Y acto seguido la honrada matrona le devolvió a Pepe «el conejo» las 25 pesetas del servicio inacabado. Pero la cosa no terminó ahí pues mientras contaba uno por uno los cinco duros, le dijo:

 

—Pepe, te he dado la razón en que ella no debe comer mientras trabaja, pero a mis chicas no les pega ni Dios. Sea cual fuere el motivo, por grave que sea, si vuelves a levantarle la mano a una de mis chicas voy a mandar que te den tal paliza que te van a tener que recoger con una cucharita. Si te gusta pegar pégale a tu mujer que buena falta le hace. Y ahora sal de mi vista y no te quiero ver nunca más por mi casa. Y toma, aquí te doy un duro más por las molestias recibidas pero pobre de ti si te veo otra vez.

 

Las prostitutas tenían que pasar dos veces por semana por el control sanitario. Iban a que las revisaran en el Dispensario Municipal y las mujeres de la ciudad las espiaban desde detrás de las cortinas para ver como eran. Una prostituta, para una beata de Iglesia, era un ser maligno y misterioso. Sin embargo en una deliciosa película española que se titula «Amanece que no es poco», había una pequeña aldea en la que las mujeres consideraban  necesario tener una prostituta para sus hombres y como no tenían ninguna profesional, las mujeres de la aldea se turnaban para hacer de prostituta temporalmente. Las mujeres de Orihuela y en general de todos los pueblos españoles de aquellos años, se imaginaban a una profesional del sexo como una especie de pequeño monstruo. Tenían prohibido salir del burdel excepto para ir al médico, y cuando caminaban por la calle eran observadas con una maligna mezcla de asco y curiosidad.

 

A pesar de los controles médicos, había muchas enfermedades venéreas. La peor era la sífilis pues no existían los antibióticos y su tratamiento era muy penoso. Habían leyendas negras arbitrarias. Cada persona que era coja, inválida o con alguna enfermedad mental se decía sin ningún fundamento que era sifilítica. Y en los pueblos españoles, para marginar socialmente a una persona, había cuatro maneras seguras de hacerlo: Acusarlo de sifilítico, homosexual, protestante o comunista.

 

Adquirir un preservativo era toda una odisea. En realidad la palabra preservativo casi no se conocía. Y mucho menos profiláctico. Se decía simplemente condón. El pequeño Rodrigo se ganó un día nada menos que un real que era una gran propina, por ir a comprar tres condones. Rodrigo era un niño de la calle, sucio y harapiento.

 

Un día lo llamó un señor muy bien vestido y le dijo:

 

—Niño, si vas a la farmacia y me compras tres condones, te doy un real para ti.

 

—Sí, señor, por un real voy adonde usted me mande.

 

—Mira, niño, tú no sabes qué es un condón. Tienes que esperar a que el farmacéutico esté solo. Si hay alguien comprando no hables hasta que se haya ido ¿Comprendes? Y cuando lo pidas habla en voz baja.

 

—Sí, señor.

 

Rodrigo entró en la farmacia y había una. mujer. Esperó y cuando ya se iba ella, entró otra. Volvió a esperar. Después entró un hombre y siguió esperando. El farmacéutico lo miraba de reojo recelando. Finalmente se quedaron solos.

 

—¿Qué diablos quieres? _le preguntó ásperamente a Rodrigo.

 

—Quiero tres condones _dijo el niño en voz baja.

 

—¡Oye, niño, supongo que no serán para ti!

 

—No, señor, me ha enviado un hombre que me está esperando en el bar de la esquina. Rodrigo pagó y pudo ver mientras caminaba que el empleado de la farmacia había salido a la puerta para ver si podía identificar al comprador. Toda esa vuelta había que dar para comprar profilácticos en un pequeño pueblo español en la década de 1940. Pero es que si el usuario los compraba directamente, el mismo farmacéutico lo miraba con gesto adusto, grave y severo. El clero tenía mucha fuerza y había logrado atemorizar a la población sobre el terrible pecado de la carne. Abstinencia o infierno eterno era la única alternativa. Hay que imaginarse la cara que habría puesto el Padre Alberto, el de la cruzada contra los letreros en los retretes públicos, si hubiera sabido que medio siglo después los preservativos se publicitarían y se repartirían gratuitamente entre los jóvenes. Seguramente hubiera dicho su frase favorita ¡Para esto hicimos una guerra!

 

Entre las muchas cosas buenas que las dos casas de prostitución legaron a Orihuela estaba el hábito de higienizar el pene que era algo desconocido entre los pobres. Un cliente no podía ocuparse con una prostituta si antes no le lavaba adecuadamente. Esto no salvaba a nadie de las enfermedades venéreas pero les quedaba la sensación de que con la higiene había menos peligro. La profesional llenaba una palangana con agua caliente, dejaba al cliente como Dios lo trajo al mundo, se arrodillaba ante él y lo enjabonaba prolijamente hasta dejarlo brillante. Mientras lo hacía, lo aconsejaba:

 

—Esto tienes que lavártelo todos los días, igual que haces con la boca.

 

—Yo no me lavo nunca la boca _decía por lo general el cliente de clase pobre.

 

—Pues haces mal. No hay que ser sucio que por ahí vienen las enfermedades. Cómprate un cepillo de dientes y lávatelos bien todos los días.

 

Las palabras pene y vagina eran casi desconocidas por el pueblo llano y quienes las conocían no se hubieran atrevido a pronunciarlas pues hubieran sido anatematizados. Entonces se recurría a eufemismos que eran mucho más groseros y de mal gusto que las palabras correctas. El Padre Confesor era quien más se cuidaba de no mencionar los órganos genitales por su nombre correcto. Preguntaba :«¿Te has tocado ahí abajo, en la cosa de orinar?»