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El miércoles que estoy libre de obligaciones tomo el autobús que me lleva al puerto. Aquí se llama autobús al transporte de pasajeros de larga distancia. El autobús de ciudad y suburbios se llama “colectivo.” Tomo éste cerca del Convento y no puedo apreciar las calles por dónde paso porque voy de pie, medio colgado. Así se viaja en Buenos Aires en horas pico de entrada o salida de los trabajos. Ya tendré tiempo de conocer esta hermosa ciudad de Buenos Aires, que en algunos barrios elegantes, como Recoleta, parece París. Esta enorme ciudad es la Capital Federal de la República Argentina cuyas provincias se rigen por el sistema federal con sus propias gobernaciones. He subido al colectivo en la Avenida de San Martín que en una parte del trayecto pertenece a la Paternal, un bonito y tranquilo barrio de clase media y pese a ir de pie, si me agacho un poco puedo ver que pasamos al lado de una estatua que está en medio de un cruce de cinco esquinas y tomamos otra avenida que ahora se llama Díaz Vélez. Continuamos un gran trecho, doblamos a la izquierda otro largo trecho, luego doblamos a la derecha, miro, y veo fascinado que estoy en la Avenida Corrientes, la del popular tango. Seguimos siempre por Corrientes y llego al final, al precioso y monumental edificio de Correos Central. Ya estamos en la terminal y debo bajar. Y heme aquí en el gran puerto de Buenos Aires, el más importante que cruza el gigantesco Río de la Plata. Este río tiene 40 kilómetros de ancho a su paso por Buenos Aires. En la orilla opuesta está Colonia de Sacramento, un bellísimo pueblo de la época colonial que pertenece a la República Oriental del Uruguay. Más adelante, cuando el Río de la Plata va acercándose a su estuario en Montevideo (Uruguay) llega a alcanzar unos 200 kilómetros de anchura. Como nunca se ve la orilla opuesta tiene toda la apariencia de un inmenso mar color amarronado, color de león. Y por cierto que cuando hay sudestada tormentosa y a este río se le hinchan las narices se forman enormes olas y se inundan algunos barrios de Buenos Aires, entre ellos el popular barrio de la Boca. Todo aquí es gigantesco y eso que aún no conozco los inmensos territorios del Sur, la Patagonia, del centro, las Pampas, y del muy extenso Norte cuyo Tren de las Nubes llega a grandes alturas hasta La Quiaca, ya casi en Bolivia. Y aún no he mencionado la impresionante Cordillera de los Andes. Argentina está separada de Uruguay por el Río de la Plata y de Chile por la Cordillera de los Andes. Y también tiene límites con Brasil y Paraguay. Mientras reflexiono sobre este gran país que es Argentina me doy cuenta que estoy en el puerto y debo encontrar la oficina de Inmigraciones en una de las dársenas. Pregunto y me orientan amablemente. Llego y encuentro más de 200 metros de fila. Me pongo en la cola dispuesto a armarme de la paciencia necesaria para hacer trámites en oficinas oficiales. Todas son gentes humildes pobremente vestidas, bolivianos, paraguayos, peruanos, uruguayos, etc. Estoy bien vestido pues me puse el único traje que tengo que me lo hizo a medida un sastre de Orihuela. Llego a la mesa en la que atiende una señora algo mayor. Todos la llaman familiarmente Luisa. Es una buena mujer, atiende con paciencia y simpatía lamentándose cuando a alguien le falta algún papel. Me mira de arriba a abajo y me dice: —Hijo, que hombrecito más lindo que sos. ¿Y vos que querés con esa pinta de ricachón? Dime, angelito, criaturita de Dios, ¿En qué te puedo ayudar? —No se confunda por mi ropa, señora Luisa, pues es la única que tengo y no creo que en esta fila haya alguien más pobre que yo. Necesito tramitar mi radicación en Argentina. Me he venido de España porque allí no encuentro trabajo y no tengo dinero para regresar ni quiero regresar por ahora. Estoy ayudando a unos frailes a mantener limpias sus instalaciones conventuales sólo por una mala comida y peor cama, con la única compañía de pulgas que ya se han hecho mis parientes pues compartimos la misma sangre. Necesito tener mi documentación en regla para buscarme aquí un trabajo digno. —¿Qué oficio tenés? —Soy administrativo, sé contabilidad, mecanografía y esas cosas de oficina, sé comprar, vender y administrar y también sé conducir cualquier vehículo a motor, camiones, autos o motos. —Pero, angelito mío, ¿No estabas enterado antes de este alocado viaje desde el otro mundo que en Argentina está cerrada la inmigración de empleados administrativos porque acá sobran? Nadie quiere ser obrero, todos quieren acá ser oficinistas. ¿No te dijeron que sólo admitimos carpinteros, electricistas, mecánicos, torneros y demás oficios manuales? —No, señora, no lo sabía pero ponga usted que soy tornero mecánico ¿Acaso me van a tomar examen profesional? Luisa se ríe abiertamente, le he caído bien. —A ver, angelito mío, déjame ver tus manos. Le enseño las manos, me las toma y se las muestra a otra mujer que trabaja a su lado. Están muertas de risa. —¿Te imaginás, Norma, lo que diría nuestro jefe si le mandamos a este angelito, con sus manos angelicales, con los papeles arreglados diciendo que es tornero mecánico? ¡Pero, hijito mío, si tenés manos de fraile! ¿Sabés lo que tardaría mi jefe en echarme a la calle si te presento a él como tornero mecánico? Ahora se pone seria y me da una carpeta con un montón de formularios. —Completa todos los formularios y pide a España los certificados que ahí se indican. Cuando lo tengas todo venís a verme y ya veremos cómo arreglamos lo de tu oficio de tornero mecánico. Deseo ayudarte, angelito, pero no puedo hacer milagros y no voy a jugarme el puesto porque lo necesito. De nuevo baja la voz y muy despacito me dice que no haga más la fila, que vaya por la puerta trasera de empleados y le diga al portero que soy amigo de Luisa. —Qué Dios te lo pague, Luisa —le digo tuteándola a pesar de la gran diferencia de edad— y ella me sonríe con simpatía. Quiero regresar al Convento y veo un autobús con un letrero que dice “San Martín” y me subo al mismo pues yo voy a la Avenida de San Martín. Encuentro asiento y voy mirando el paisaje urbano por la ventanilla durante bastante tiempo. Leo todos los nombres de las calles en las esquinas pues así se aprende mucho sobre una nueva ciudad. Tomo puntos de referencia, aquí hay una farmacia, allá un cine, etc. No me sorprendo que el viaje dure tanto pues Buenos Aires es muy extenso, pero empieza a anochecer y noto que el vehículo empieza ahora a recorrer suburbios poco poblados. Ya llevo una hora de viaje y me asusto pues creo que me he equivocado de autobús o colectivo. ¡Vaya usted a saber dónde demonios estoy y cómo regresaré! Le pregunto al conductor, que al mismo tiempo vende los billetes o boletos, y éste se muere de risa. —¿Así que ibas a la Avenida de San Martín? Pues estás bien jodido, gallego, porque nosotros vamos hacia un pueblo de la provincia de Buenos Aires que se llama San Martín y vos tenés que ir a la Avenida de San Martín que está en el Barrio de La Paternal de Buenos Aires. ¡Galleguito, estás al otro lado del mundo, pobre de vos! Me entero entonces que a todos los españoles los llaman “gallegos” pero no despectivamente. Es una forma cordial de tratar a los extranjeros, los que hablan inglés son “gringos”, los que hablan alemán son “polacos”, los italianos son “tanos”, etc. etc. El chofer me ve la cara por el espejo y se da cuenta de mi angustia. Entonces amablemente me llama a su lado y me dice: —Mirá, pibe, si no te ayudo es imposible que llegués a La Paternal esta noche. Sentate a mi lado y dentro de media hora cuando lleguemos a la terminal del pueblo de San Martín yo te presentaré a mi compañero que conduce el colectivo de regreso a Buenos Aires, te sentarás a su lado y cuando llegue a la terminal de Correos Central, él te dejará sentado en el trolebús que te deja en la Avenida de San Martín ¿De acuerdo? —Sí, señor, muchas gracias. Ya me he dado cuenta que los argentinos cambian el acento prosódico con respecto a nuestra forma de hablar. Nuestras palabras agudas son para ellos llanas y viceversa y nuestras esdrújulas no llevan acento para ellos. Espérame es para los argentino “esperame” y no dicen oscar cargando el acento en la primera sílaba como los españoles sino en la segunda. Y el tuteo español es el “voseo” para ellos. Vos es igual a nuestro Tú. Ya me iré acostumbrando pero no estoy en este momento para pensar en esas diferencias idiomáticas sino en mi situación de perdido en una gran urbe y con el dinero justo para un boleto del colectivo. Otro detalle que observo. Nuestras palabras “factura” de compra o “billete” de viaje, es para los argentinos en ambos casos “boleto.” Estoy muy preocupado y no sé si dormiré en la calle. Calculo que llegaré al Convento, con suerte alrededor de las once de la noche y lo encontraré cerrado ¿Me abrirán la puerta para poder entrar? Bueno, en realidad no me importa. No hace frío y si duermo en la escalera de entrada me habré librado por una noche de las pulgas. Me van a echar de menos. ¡Dios mío, por qué no me habré quedado en mi Orihuela Santa del Señor! Tengo suerte, hay un fraile despierto que ha escuchado mis llamados y me ha abierto la puerta. Estoy muy cansado y desalentado pues mi primera salida un poco lejos del Convento ha sido una frustración. No estoy acostumbrado al gigantismo de esta gran ciudad y Buenos Aires me abruma, casi me siento aplastado. No me queda dinero ni para un café. Ya veré lo que hago. Encima estoy preocupado porque he revisado los certificados que me piden en Inmigraciones y jamás podré obtener esa documentación en España desde aquí. Consulto con el Padre Superior. —Padre, estoy muy preocupado pues me exigen una cantidad de documentos que no podré conseguir, certificado municipal de buena conducta, certificado de no tener antecedentes penales, certificados de vacunaciones, de salud, certificado de que tengo un oficio manual y un largo etcétera. Me siento perdido y no sólo carezco de dinero para el pasaje de regreso sino que no tengo ni para tomar el autobús hasta el puerto. No sé qué hacer. —Habla otra vez con esa señora Luisa. Ella ya sabe que no podrás reunir toda esa documentación y si a pesar de ello te ha dicho que vayas a verla sin hacer cola es señal de que te quiere ayudar. Yo te daré algún dinero para los viajes. El miércoles siguiente es mi día libre y vuelvo a Inmigraciones. Ahora ya sé cual es el autobús o colectivo que debo tomar. Le digo al portero de la puerta trasera que me espera la señora Luisa y me hace pasar. Viene enseguida Luisa y me pregunta: —¿Ya tienes todo lo que te pedí? ¿Has llenado los formularios? —No, señora, usted ya sabe que no podría conseguir esos certificados de España ni en un año ni en toda la vida. Estoy desesperado. Si usted no me ayuda en realidad vengo a despedirme. —¿Te volvés a España? —¿Cómo? ¿Con qué dinero? Me quedo con los frailes a fregar pisos y el tiempo dirá lo que va a ser de mi vida. Estoy desesperado. Me mira compasiva que es lo que yo he buscado, su compasión. Y me dice: —Hombre si te faltara algún certificado podríamos obviarlo hablando con mi jefe, pero si te faltan todos ¿Cómo podré ayudarte? —Luisa, perdóneme, con todo respeto, no me juzgue mal pues no soy atrevido ni buscón, más bien soy un gran tímido. Si puedo regresar a España pidiendo ayuda en el Consulado Español pues lo intentaré, pero usted es la única persona que conozco y que se ha interesado por mí y me gustaría corresponder a su amabilidad ¿Aceptaría que la invite a cenar el sábado? Me mira primero con una gran sorpresa, luego me sonríe con picardía y me pregunta: —¿Cuántos años tienes, angelito mío? —Tengo 29 años pero voy a cumplir pronto los 30. —Hijo mío ¿Querés invitarme a cenar? ¿Te das cuenta que puedo ser tu madre? —Eso no me importa —la vuelvo a tutear—. Eres la única persona que ha sido buena conmigo desde que he iniciado esta aventura de emigrar tan lejos. Cada uno tiene los años que siente. Siéntete joven y acepta salir conmigo. —Bueno, si tú lo quieres yo también y que sea lo que Dios quiera —esta exclamación me recuerda a Soledad—. Pasa a buscarme por mi casa el sábado a las nueve de la noche. Toma mi dirección. —¿No podría ser antes de las nueve? Es que el Convento en el que duermo cierra a las diez. —No te preocupes por eso. Avisa a los frailes que vas a dormir afuera la noche del sábado. Diles que vas a dormir en casa de una familia conocida, y ya arreglaré yo dónde te quedás a dormir. Me voy contento. Hablaré con el Padre Miguel que se ha hecho muy amigo mío para que me preste un poco de dinero para salir el sábado. Ya se lo devolveré, yo siempre pago lo que debo. Luisa me recuerda a Soledad. Parece que debo acostumbrarme a mujeres mayores, es mi destino. Pero tengo que superar esta tristeza que nunca la había tenido ¿Estaré en vísperas de una depresión? Si no quiero enfermar no debo vivir triste. Mi viejo profesor, Don Ignacio, me decía que el buen humor, la risa, la alegría conllevan larga vida.
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