Principal
Arriba
Enlaces
Personajes
Síntesis Crítica
Contexto Histórico
Las Novelas
El Autor
Libro de visitas
Imágenes

Muerte De Jesús «El Probeta»

 

Eran vísperas de Semana Santa. Jesús «el probeta» se subió a una moto que le había comprado su suegro y se fue a la casa que el mismo tenía en la playa de Los Locos de Torrevieja, adonde lo esperaba su esposa Matilde embarazada de siete meses. A la altura del pueblo de San Miguel de Salinas, Jesús se abrió mucho para tomar una curva, se salió un poco del asfalto, pisó la tierra, patinó la rueda delantera pellizcando el borde de la carretera y la moto se disparó dando vueltas. Jesús salió despedido por el aire y fue a dar con su noble cabeza calva contra el duro pavimento, salió rodando sobre sí mismo y quedó finalmente extendido sobre un árbol caído, con los brazos en cruz a un lado de la carretera.

 

Del primer coche que pasó se apearon para auxiliarlo. Creían que estaba muerto y un hombre le puso delante de la boca un espejo para comprobar si respiraba. Jesús, con un hilo de voz, le susurró:

 

—¡Sácame ese espejo de la cara, bribón!

 

Lo cargaron en el asiento de atrás del coche y unos minutos después volvieron a ponerle el espejo ante la boca, pero esta vez Jesús «el probeta» no protestó. Estuvo sufriendo entre la vida y la muerte durante una semana y falleció el séptimo día después de una larga agonía. El Jueves Santo, a la misma hora que sacaban la procesión de Jesús Crucificado, el hijo de Dios, a esa misma hora moría Jesús «el probeta» y su alma se fue adonde no son necesarios los espejos porque las almas son invisibles. Al día siguiente, Viernes Santo, a la misma hora que la Procesión del Santo Entierro de Jesús Nazareno desfilaba por la calle de San Pascual, los amigos de Jesús «el probeta» llevaban a hombros su féretro por la paralela calle Mayor camino del cementerio.

 

Dos meses después su viuda Matilde, su gordita, daría a luz un hermoso niño. El hombre que logró armar el rompecabezas de su vida al lado de una esposa enamorada, murió sin conocer a su hijo. Matilde no derramó una sola lágrima. Lloró para adentro durante todos los días de su vida, como jamás viuda alguna ha llorado para adentro por su hombre desde que existe el hombre, hace, según dicen, muchos millones de años. El dolor sin lágrimas es tan lacerante y desgarrador que corroe las entrañas mismas. Matilde ordenó que fuesen retirados todos los espejos de su casa y dijo que si su hombre no la iba a ver más, ella tampoco quería verse.

 

Matilde lo acompañó al cementerio y durante el resto de su vida sólo saldría de su casa para ir todos los días al camposanto con un ramo de rosas rojas que era la flor que más le gustaba a su marido. Mandó poner cortinas oscuras en balcones y ventanas y los clausuró para siempre jamás. Ordenó que no se tocaran las cosas de su esposo, sus papeles, su ropa, sus zapatos, etc., trajo maderas y clavos y con sus propias manos clavó maderas cruzadas sobre la puerta y ventana del laboratorio. Decidió que quedaría así hasta que su hijo, que se llamaría Jesús y se apodaría «el probeta», terminara la carrera de bioquímico y continuase las investigaciones de su padre. Matilde, en adelante, jamás durmió en el centro de su ancha cama de matrimonio ni tampoco en el lado derecho que ella solía ocupar. Jesús no quería a la derecha ni para dormir. Matilde dormiría por siempre en el lado izquierdo, sobre el hueco que el cuerpo de Jesús había dejado en el colchón cuya lana no se removería jamás. Abrazada furiosamente a la almohada de él que aún conservaba su viril aroma. En la mesa continuó poniéndose siempre la silla que ocupaba Jesús aunque ahora estaría vacía. Y Matilde ordenó que se le pusieran cada día sus cubiertos, sus platos y sus copas. Juró ante su tumba que sólo viviría para los recuerdos, que renunciaba absolutamente a su propia vida. Se enemistó furiosamente con Dios por arrebatárselo, pero estaba segura, y bien segura, que antes de nacer Jesús «el probeta», cuando todavía estaba en el vientre de su madre, Dios le había mostrado la tarjeta verde de vuelo directo a los cielos sin escales intermedias.

 

En el cementerio Rodrigo pidió permiso a Matilde para recitar en voz alta ante el féretro, la extraordinaria elegía de Miguel Hernández a su amigo del alma Ramón Sijé que murió muy joven:

 

 

«Yo quiero ser llorando el hortelano

 

de la tierra que ocupas y estercolas

 

compañero del alma, tan temprano....»

 

 

Pero a Rodrigo se le quebró la voz y no pudo continuar. Entonces Javier recitó parte del soneto de Miguel que más conmovía a Jesús «el probeta»:

 

 

«Cardos y penas llevo por corona,

 

cardos y penas siembran sus leopardos

 

y no me dejan bueno hueso alguno.

 

¿No podrá con la pena mi persona

 

rodeada de penas y de cardos?

 

¡Cuánto penar para morirse uno!

 

 

Cuando estaban introduciendo el cajón en el panteón familiar, una vieja enlutada, de esas que van a todos los entierros, se acercó a Matilde y le dio el pésame diciéndole:

 

—Hija mía, Dios te lo dio, Dios te lo quitó ¡Alabado sea Dios!

 

Y la viuda, mordiendo con rabia infinita cada una de las sílabas, le contestó:

 

—¡¡¡Alabado y una mierda!!!

 

Mientras la vieja se alejaba a toda prisa escandalizada y santiguándose repetidamente como si hubiera visto al diablo, Matilde subió a su coche y el chofer la llevó a casa. Los amigos lo hicieron caminando en absoluto silencio. Al llegar al barrio de San Francisco se detuvieron en la taberna del Ramblero a tomar unos vinos. Lo necesitaban. Se sentaron alrededor de una mesa y tomaron la primera copa sin decir palabra. En la segunda comentó Vicente, por romper el espeso silencio:

 

—¿Cómo será la muerte vista desde cerca?

 

—¿Y Dios? ¿Cómo será Dios? _reflexionó Rodrigo en voz alta.

 

Y entonces, Tomás, que no era de hablar por hablar, con los ojos húmedos y enrojecidos, hizo esta sorprendente revelación:

 

—Yo sé cómo es Dios. Lo he visto.

 

—¿Sí? ¿Y cómo es Dios? _preguntaron a coro muy excitados.

 

—¡Dios es calvo! _dijo Tomás entre sollozos.