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El Médico

 

Pasaron tres semanas y Mariana siguió debilitándose, creciendo la alarma de Don Anselmo que fue a la vecina capital de Murcia a buscar a un médico cuya fama había trascendido a toda España. El médico viajó a Orihuela y se encerró en la habitación con Mariana y la sola compañía del médico de cabecera. Una hora y media después salieron ambos médicos y hablaron con los padres que estaban esperándolos con la natural ansiedad.

 

—Mire, Don Anselmo, he venido desde Murcia porque usted me lo pidió con mucha urgencia y a usted no puedo decirle que no, pero creía que se trataba de algo sin importancia. Lamentablemente es un caso grave y preocupante. Una fuerte gripe derivó en neumonía, la atacó estando con las defensas bajas y le ha afectado órganos vitales. En especial deseo que la vea inmediatamente un cardiólogo pues yo detecto una arritmia impropia de una chica tan joven. Quizás sea necesario internarla en una clínica en la que tengamos bien a mano todo lo necesario.

 

Doña Celia empezó a llorar muy angustiada y Don Anselmo, muy pálido, preguntó:

 

—¿Pero cuál es 1a verdadera gravedad de su estado? ¿No querrá usted decirme que peligra la vida de mi hija por una simple gripe?

 

—No es una simple gripe. Ha sido una neumonía, pero es que ella ya tenía problemas cardíacos que no se le habían detectado antes. Ahora aparecieron. ¿No me dijo usted que en algunas oportunidades tuvo cortos desfallecimientos de los que se reponía enseguida?

 

—Sí, doctor.

 

—Pues ahí estaban los primeros síntomas que no se advirtieron. Pero también quiero que la vea un neurólogo y un psiquiatra.

 

—¿Un psiquiatra? Mi hija no está loca _replicó airado Don Anselmo.

 

—Los psiquiatras no son solamente especialistas para atender casos de locura. Ellos estudian otras perturbaciones que las personas pueden tener cuando están muy estresadas y necesitan asistencia para ordenar su mente. Su hija necesita ser escuchada por un especialista en psiquiatría. Puede ayudarnos mucho.

 

—Pero nosotros, mi esposa y yo, siempre la hemos escuchado.

 

—No es eso, Don Anselmo, hay cosas que los hijos no le cuentan nunca a los padres, sobre todo si son cosas que a sus padres no le van a gustar. Y tampoco ustedes tienen preparación científica para ordenar una mente perturbada que ha perdido el rumbo.

 

—Pues a mí eso de un psiquiatra no me gusta ni creo que mi hija esté perturbada para necesitarlo. Ya sabe usted, doctor, como son los pueblos. En cuanto se enteren empezarán a decir que mi hija se ha vuelto loca.

 

—Don Anselmo, voy a ser claro, muy claro, porque veo que usted no ha comprendido que no estamos en condiciones de decir si nos gusta o no un psiquiatra. Lo necesita urgente y eso es todo. El peor problema de su hija es que ella no quiere vivir y eso no lo podemos solucionar ni usted ni yo.

 

—Pero usted es un médico eminente. El mejor. No regrese a Murcia dejándonos así. Dígame lo que han hablado con mi hija y deme algún consejo, hágame alguna recomendación pues la impotencia me está matando. ¿Qué debo hacer?

 

—Hemos hablado con ella más de una hora su médico de cabecera y yo. Hemos escuchado atentamente toda la historia que usted sabe sobre la relación con ese joven. Mi consejo es que vaya usted a buscarlo y lo siente al lado de su hija día y noche. Mi recomendación es que no se oponga a esa relación, al menos hasta que ella se recupere.

 

—Eso jamás, _clamó Don Anselmo_ no se saldrá con la suya.

 

—¿Se da usted cuenta que su hija está tan débil que puede sufrir un paro cardíaco?

 

—Se le pasará _dijo Don Anselmo_ es joven y fuerte y siempre estuvo llena de salud.

 

—No, no lo estuvo, eso creía usted pero no es así, tenía problemas cardíacos antes de todo esto. No es cuestión de voluntarismo. Mire, Don Anselmo, usted es una persona importante y además es mi amigo. He de hablarle con sinceridad por su propio bien. Mariana está muy delicada, más de lo que usted supone. Y creo que usted no ha sabido manejar esta historia  con habilidad. Los primeros amores juveniles son como hojas al viento, van y vienen. Podría usted haberle dado un consejo a su hija y decirle que ese chico no estaba a su nivel y no le convenía, podía incluso haberse mostrado usted triste o contrariada ante ella por su mala elección, pero no debía oponerse tan rudamente porque sin querer usted los ha hecho mártires. Mariana se siente una mártir y siente que ese muchacho es otro mártir. Y lo peor que se puede hacer en estos casos es oponerse y crear mártires. Hay que dejar que la relación se desgaste por sí sola. Las mismas amigas de su hija la hubieran alertado y le habrían puesto obstáculos rechazando al joven en su círculo de relaciones. Además, al fin y al cabo todos tenemos derecho a equivocarnos.

 

—No voy a dejar que mi hija se equivoque si yo puedo evitarlo _contestó el padre de Mariana_ Conozco a mi hija. Esa relación iba en serio y no podía tolerarla. Es mi deber protegerla. El que quiera creer en la igualdad de las personas, que lo haga. Pero yo no soy igual que el borracho de la esquina, ni mi hija es igual que una pobre sirvienta.

 

—Bien, Don Anselmo _dijo el doctor con gesto cansado_ No es mucho lo que yo puedo hacer. Me ocupo de medicina general y en eso no puedo hacer más de lo que hace su médico de cabecera. Mi consejo es, repito, cardiología, neurología y psiquiatría, pero ya mismo. Y mi recomendación es, repito otra vez, que traigan a ese muchacho. No puedo hacer más. Si he trascendido como médico es porque aplico la medicina integralmente, analizo el aspecto humano en su totalidad, todas las circunstancias que rodean al enfermo. Desde ese punto de vista es que lo he aconsejado. Lo demás está en sus manos.