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Matilde

 

Jesús «el probeta» viajó a Murcia que está a sólo 25 km. de Orihuela y visitó los Grandes Almacenes de López Briones, en la calle Platería. Se compró un traje de confección por 150 pesetas que le quedó bastante bien después que le acortaron las mangas de la chaqueta y le ajustaron la cintura del pantalón. También se compró por 80 pesetas unos zapatos negros, una camisa blanca y una corbata a franjas rojas y azules.

 

El domingo en la tarde se vistió despaciosamente y usó el espejo por primera vez después de muchos años. Y es que Jesús «el probeta» hacía bastante tiempo que había decidido no mirarse más en el espejo, salvo para afeitarse, lo cual hacía con un espejo diminuto de esos que las mujeres llevan consigo para retocarse el maquillaje. Se había enemistado con dicho adminículo porque no le gustaba la imagen de sí mismo que le devolvía. No le molestaba su calvicie ni ser poco agraciado físicamente, pero no podía soportar que el espejo le devolviera una cara de imbécil autosatisfecho que no correspondía a la imagen que Jesús tenía de sí mismo. Consideraba «el probeta» que él tenía mucha vida interior, que tenía inquietudes intelectuales y que poseía un espíritu libre, tolerante y abierto a la vida. Y esto no se reflejaba en esa cara atónita y perpleja, cara de estupefacta estupidez que el espejo se empeñaba en devolverle. Así que lo había dejado de lado.

 

Retomado esa tarde el espejo grande para verse de cuerpo entero, se sintió más incómodo que nunca pues a su cara, que seguía sin gustarle, había que añadir ahora toda esa ropa nueva y dura con la que no tenía costumbre de verse. No sabía que hacer con los brazos ni adonde poner las manos, el cuello de la camisa era durísimo y le quedaba grande, la corbata le pareció chillona, pero además siempre le fastidió la corbata pues le parecía una prenda elitista, incómoda, presumida, inútil, prejuiciosa y estúpida. Los zapatos le apretaban y el pantalón le había quedado un poco largo y tenía que  subírselo de la cintura a cada momento para no pisárselo. Probó a apretarse un agujero más del cinturón pero se agobiaba y no respiraba a gusto. Se echó una última mirada y el espejo, su gran enemigo, le devolvió la imagen de un paleto endomingado. Estaba por desvestirse y mandar todo al demonio, cuando cayó en la cuenta de que si soportaba la situación por una sola tarde, pronto dejaría de pasar hambre y tendría un laboratorio propio. Así que volvió a mirarse y dijo:

 

—¡Al carajo!

 

Y se encaminó al Casino.

 

Subió por primera vez los ocho escalones de mármol blanco de la entrada principal, cruzó la imponente puerta y le mostró su invitación al conserje que lo miró sorprendido. Jesús «el probeta» que no se achicaba ante nada ni nadie le preguntó ásperamente:

 

—¿Qué pasa? ¿Es falsa la invitación?

 

—No señor, pase, pase.

 

Dejó a la derecha y a la izquierda los salones de las tertulias con sus grandes sillones de terciopelo rojo, siguió derecho cruzando el gran patio interior azulejado y dobló a la izquierda adonde estaban el bar y el salón de baile. Se dirigió a la barra sin mirar a nadie y se sintió desamparado, incómodo y absolutamente fuera de lugar. Se sentó en un taburete de la barra y pidió una copa de vino amontillado. La apuró en un par de tragos y pidió otra para darse fuerzas. De pronto se dio cuenta de que en la pared de enfrente de él, había un sujeto con aspecto de paleto endomingado y con cara atónita, perpleja y de estupefacta idiotez. Y era imposible escapar de ese gran espejo que cubría toda la extensa barra del bar. Procuró no mirarlo y pidió su tercer amontillado. Entonces alguien le dio una palmada en la espalda y se dio vuelta:

 

—¿Qué haces tú aquí? ¿No era que odiabas el casino y todo lo que fuera clasista?

 

Era un compañero de estudios que aunque habían compartido ratos en la Universidad, habían dejado de verse ya que era de familia adinerada y habitaban mundos diferentes.

 

—Pues ya me ves, tomando una copa ¿Deseas tomar algo?

 

—¡No me digas! ¿Es que te has sacado la lotería? ¿Y qué es eso tú con corbata?

 

 

 —Mira, no me jodas que bastante harto estoy ya de esta situación. A mí no me gusta este ambiente y no lo critico pero no es lo mío. Estoy aquí por un compromiso pero creo que me voy a ir ya mismo.

 

—No, hombre, no te vayas, tú siempre has sabido adaptarte a todo. Quédate, relájate y trata de disfrutarlo. Ver cómo se aburren los ricos puede ser muy divertido para un pobre con sentido del humor. Después te veo y tomamos algo juntos. Hasta luego.

 

Jesús consideró que ya era hora de responder a la palabra empeñada y a la inversión de trescientas pesetas que Don Rogelio había hecho para vestirlo. Extendió su mirada por el salón y en uno de los rincones vio a los tres, a Don Rogelio, a su esposa y a su hija Matilde con su obesidad y su lunar peludo en el bigote. Pidió otro vino, pagó los cuatro tragos, tomó aire aspirando profundamente y se dirigió resignado hacia aquella mesa como el que se dirige hacia el patíbulo.

 

—Buenas noches _saludó Jesús «el probeta».

 

—Buenas noches _le contestaron los tres con una ancha sonrisa.

 

—¿Deseas bailar, si tus padres lo permiten?

 

—Claro, claro, bailen y diviértanse, jóvenes _autorizó Don Rogelio.

 

Jesús para bailar eran tan flexible como una viga de hormigón armado. Entre lo mal que bailaba, la dureza del cuello de la camisa, los zapatos que le apretaban y sus nervios, sintió que todo aquello le era ajeno y sólo quería desaparecer. Pero Matilde, a pesar de sus rollos en la cintura, era una pluma y se movía con soltura y hasta con gracia. Ella tomó la iniciativa y lo arrastró de aquí para allá siempre alegre y sonriente. El «probeta» fue tomando confianza y con la ayuda de las cuatro copas de vino hasta intentó algunos pasos de baile más atrevidos.

 

Bailaron unos minutos sin hablar. Después Jesús le dijo mientras danzaban:

 

—Perdona mi torpeza, no acostumbro a bailar. Suerte que tú lo haces muy bien.

 

—No te preocupes, afloja los nervios y baila tranquilo _le contestó ella con una sonrisa fresca que dejaba ver una dentadura perfectamente alineada y blanquísima.

 

Cuando terminó la pieza musical y antes que empezara la siguiente, él le propuso ir a la barra a tomar algo y Matilde aceptó. Entonces Jesús, más cómodo y también más seguro, inició una conversación:

 

  —¿Estás enterada de que tu padre habló conmigo?

 

—Sí, por supuesto _contestó ella siempre sonriendo, casi con ironía.

 

—¿Y estás de acuerdo con sus planes sobre nosotros?

 

—¿Lo estás tú? Preguntó Matilde.

 

—Claro, si no lo estuviera no estaría aquí _replicó «el probeta».

 

—Pues entonces yo también _dijo ella.

 

¿Y si no te gusto después de conocernos mejor? _preguntó él con cierta inquietud.

 

—También puede ser que sea al revés, que yo no te guste a ti _comentó Matilde_ pero ¿Por qué nos vamos a adelantar a los acontecimientos? Tratémonos y ya veremos.

 

—No me preocupa gustarnos un poco más o un poco menos. Lo importante es que uno de los dos no sienta un rechazo total hacia el otro _comentó él.

 

—Eso es muy cierto, pero seamos optimistas. La primera impresión es importante y la mía sobre ti es buena. ¿Cómo es la tuya sobre mí? _inquirió ella inquieta.

 

—Inmejorable; mejor de lo que yo esperaba.

 

Ella estaba más suelta y distendida que él pues estaba en su ambiente y entonces le pidió que la acompañase a la mesa adonde estaban los padres. Llegaron a la mesa y los padres se despidieron:

 

—Matilde, nosotros tenemos que ir a cenar con unos amigos. Si quieres, tú puedes quedarte.

 

—Está bien, papá, nos quedamos Jesús y yo aquí en la mesa para charlar.

 

—¿Cómo se le ocurrió a tu padre pensar en mí para casarte? _preguntó Jesús.

 

—¡Pero qué tonto eres! No te eligió mi padre, te elegí yo.

 

Jesús quedó totalmente sorprendido.

 

—¿Así que todo este plan es obra tuya?

 

—Por supuesto _dijo ella entre carcajadas_ ¿Crees tú que yo voy a dejar que alguien me elija marido? ¡Pues vaya opinión que tienes de mí!

 

Jesús «el probeta» no salía de su asombro y aquella mujer le estaba empezando a gustar mucho ¡Qué carácter! -pensó- Así quería él una mujer. Lástima que no fuera más bonita.

 

 —¿Y por qué me has elegido a mí? _preguntó él.

 

—Mira, Jesús, tú pasas todos los días por la puerta de mi casa para ir a la tuya. Siempre te miro desde mi balcón. Eres educado, universitario, culto, y tiene mucho mérito la manera en que te has roto el alma para lograr tu título de bioquímico. Voy a cumplir 30 años, soy obesa y no me quiero quedar para vestir santos porque me siento muy capaz de hacer feliz a un hombre. Quiero casarme y tener hijos y no es que quiera cualquier hombre, quiero el mejor. Y el mejor eres tú.

 

—Me siento muy halagado, Matilde, pero ¿De dónde sacas tú eso de que soy el mejor?

 

—De un hecho que protagonizaste que me conmovió hasta la médula y me hizo llorar de emoción. ¡Vamos, es que si un hombre hace eso por mí me moriría de amor por él! Cuando supe lo que hiciste me dije ¡Quiero a ese hombre para mí!

 

—¿A qué te refieres? _preguntó Jesús extrañado.

 

—Sé que tuviste una querida prostituta y que el día que ella se tuvo que ir de Orihuela te presentaste a hacerle el amor con un ramo de rosas blancas y el «pájaro» teñido de riguroso luto. Si alguien tuviera esos detalles conmigo lo amaría toda la vida.

 

—¡Santo Dios! ¿Cómo sabes tú eso?

 

—¡Qué bobo eres! Lo sabe todo Orihuela _le dijo ella riendo con sus labios carnosos y sus dientes perfectos.

 

—¿Y a ti no te importa que yo haya tenido una querida prostìtuta?

 

—Alguien dijo que es mejor un hombre con pasado que uno sin futuro. No me importa lo que hayas hecho para vivir tu vida. Sólo me importa tu futuro y te puedo asegurar _le dijo muerta de risa_ que después de estar conmigo no te van a quedar más ganas de ir de putas.

 

Jesús «el probeta» la miró más detenidamente y ya no le pareció gorda sino sólo llenita y el feo lunar en el bigote no le pareció feo sino más bien muy femenino. Y es que la inteligencia, unida a la simpatía, el buen trato y la bondad hacen que una persona fea no lo parezca.