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El Tonto Maravillo

 

En todos los pueblos hay algún tonto que se destaca por ser el dueño de una estupidez con cierta originalidad. En Orihuela estaba el tonto Maravillo que tenía una conducta muy peculiar. Este hombre, de unos 45 años de edad, era un ser estrafalario que tenía como norma regirse por la lógica. No teniendo la obligación de los cuerdos de tener que regirse por las normas sociales de educación cívica, Maravillo podía darse el lujo de reaccionar de acuerdo con sus propios criterios. Por ejemplo, si alguien le encargaba un trabajo y él oía las campanadas de los numerosos relojes de las torres que señalaban las dos de la tarde, el tonto abandonaba cualquier cosa que estuviera haciendo. Si el que lo había contratado le preguntaba por qué había dejado su tarea él respondía:

 

—Hora de comer.

 

El tonto Maravillo era hombre de pocas palabras. Si podía, respondía con monosílabos. Difícilmente decía una frase larga. Tenía además sus propias claves para hablar que poca gente sabía descifrar. Por ejemplo, le preguntaban:

 

—¿Qué te gusta más, trabajar de día o de noche?

 

Y Maravillo contestaba:

 

—No.

 

Esto quería decir que no le gustaba trabajar ni de día ni de noche.

 

_¿Qué te gusta más, el arroz o las lentejas?

 

Y respondía:

 

—Sí.

 

Esta respuesta significaba que le gustaban ambas cosas.

 

Maravillo tenía un hermano peluquero, dueño de una peluquería importante que tenía varios empleados y que atendía a clase media alta. Este hombre también tenía sus rarezas y se autotitulaba filósofo empírico. Tenía una pizarra colgada en la puerta de su peluquería y cada mañana escribía allí un frase filosófica de su creación. La gente pasaba cada mañana a leer la frase del día, por ejemplo, la siguiente era una de ellas: «Esto es así y no de otra manera. Adáptate.»

 

El peluquero filósofo o filósofo peluquero como gustaba que le dijeran, no tenía a su hermano Maravillo abandonado. Le había comprado una modesta vivienda en la que el tonto dormía y se refugiaba de las inclemencias del tiempo, pero no había podido lograr que trabajase en la peluquería o aceptase un trabajo con horario fijo. Maravillo amaba la naturaleza y quería la libertad y el aire libre. Había probado a ser peón de albañil pero abandonó enseguida. Por fin su hermano le compró un pequeño carro con el cual acarreaba frutas y verduras desde la lonja mayorista a los comercios minoristas. No era una carretilla de una sola rueda sino un carro con dos ruedas y dos varas un poco más pequeño que el que se usa con animales de tiro. Maravillo había atado una cuerda desde una vara a la otra y tiraba del carro agarrando una vara con cada mano y cruzándose la cuerda por el pecho.

 

En el carro cabían seis canastos de frutas y ese era el peso con el que podía Maravillo. Por este viaje cobraba tres pesetas. Sin embargo, algunos aprovechados le cargaban a veces ocho canastos. Maravillo no decía una palabra y miraba en silencio la sobrecarga. Tirando del carro iniciaba el viaje mientras el dueño de la fruta se quedaba en la lonja haciendo otras compras. Entonces actuaba su sentido de la lógica. A los 300 metros notaba que la carga era muy pesada, abandonaba el carro en mitad de la calle y se iba a su casa. Naturalmente con el hambre que había salía la gente de las casas y vaciaban el carro en un momento. Cuando el dueño se enteraba se ponía desesperado, buscaba al tonto y le preguntaba:

 

—¿Por qué abandonaste mi fruta en la calle?

 

—Mucho peso _replicaba serenamente el tonto. Esa era la lacónica y única respuesta.

 

Si en el camino sonaban las campanadas de las dos de la tarde, también dejaba abandonado el carro de la fruta y se iba a su casa a comer. Así que pronto perdió ese trabajo.

 

Pero en Orihuela había dos empresas de seguros fúnebres, El Ocaso y La Alianza y había una competencia feroz entre ellas para sacarse los clientes. Era un seguro económico y estrambótico pues se trataba solamente de tener gratis el entierro en caso de fallecimiento y sólo había que pagar unas pocas monedas al mes. Un seguro para pobres. Y al Gerente de La Alianza se le ocurrió que podía usar al tonto Maravillo para hacer publicidad con poco gasto. Entonces arregló pagarle tres pesetas diarias para que fuera puerta por puerta y dijera:

 

—La Alianza es de confianza, al Ocaso no hacerle caso.

 

El Gerente de El Ocaso reaccionó con furia y le dio a Maravilla una peseta más para que cambiase el mensaje. Ahora debía decir:

 

—Al Ocaso hacerle caso, la Alianza no es de confianza.

 

Nuevamente el gerente de La Alianza llamó a Maravillo y le aumentó otra peseta para que volviera al primer mensaje, pero el cerebro del tonto no pudo elaborar tantos cambios y Maravillo ya decía cualquier incoherencia. En una casa a favor de La Alianza, en otra a favor de El Ocaso y en la siguiente cualquier cosa sin sentido. Otro trabajo perdido.

 

Maravillo era muy prudente y nada pesado para pedir limosna. Iba de casa en casa, tocaba a la puerta y esperaba un momento. Si aparecía el ama de casa, él se limitaba a extender la mano sin decir palabra. Sí le decían que no, jamás insistía. Si al llamar a la puerta no salía nadie, seguía su camino sin hacer un segundo llamado. Esta prudencia era muy apreciada por las mujeres que lo ayudaban bastante, aunque nadie tenía nada para dar.

 

En Orihuela se discutía mucho sobre el grado de estulticia de Maravillo, unos sostenían que era verdaderamente tonto y otros decían que era un vivillo que había encontrado la forma de vivir sin trabajar. Una noche estaban en el Café Colón los siete conterlulios amigos cuando vieron venir al tonto por la Calle de San Pascual. Picados por la curiosidad quisieron hacerle al presunto tonto un test de inteligencia. Y lo llamaron por la ventana.

 

—Maravillo, te pagamos un café si nos contestas algunas preguntas.

 

—¿Cuántas preguntas? Inquirió el tonto.

 

Se miraron sin entender.

 

—Las que sean ¿Qué tiene que ver la cantidad de preguntas?

 

Pero Maravillo fijó la tarifa de sus honorarios:

 

—Cuatro preguntas, café y bocadillo.

 

—Ni hablar, ya quisiéramos para nosotros un bocadillo.

 

—Un café, dos preguntas _tasó ahora Maravillo. Se volvieron a mirar desconcertados.

 

—Está bien. _le aceptaron_ y le trajeron su café. Entonces Rodrigo le hizo la primer pregunta:

 

—Maravillo, te ven muchas veces por las casas de putas ¿Por qué vas adonde no debes?

 

Maravillo pensó un instante y contestó:

 

—Adonde debo no puedo ir.

 

Otra vez se miraron los amigos con mucho recelo ¿Les estaba tomando el pelo el tonto?

 

Ahora preguntó Julián:

 

—Hace un tiempo trabajabas de peón de albañil arrimando ladrillos con una carretilla ¿Por qué dejaste ese trabajo?

 

Meditó un instante el tonto y replicó:

 

—No hago casas para que vivan otros.

 

Apuró su café, se levantó parsimoniosamente y salió con gran dignidad de la Cafetería. Entonces cayeron en la cuenta que les había cobrado dos pesetas por dos minutos de consulta; los honorarios más altos de cualquier psiquiatra de España en aquellos años.