|
|
Con
Las Manos Vacías De
pronto todo cambió. Llegó la noticia de que el Padre Tomé iba a ser
trasladado. Hacía unas semanas, el Padre Rector, que era el Superior de aquél,
había llamado muy confidencialmente a Rodrigo al Colegio de Santo Domingo. Lo
conocía desde aquel aciago día en que le sacó la beca para dársela al hijo
de un ex combatiente falangista. El Padre Rector sabía que Rodrigo era la mano
derecha del Padre Tomé en la Obra Social. Lo llevó a su despacho y le dijo: —Rodrigo,
sé que ayudas al Padre Tomé en todo y te estamos muy agradecidos. Te he
llamado para un tema muy delicado que espero que sabrás interpretar porque tú
eres muy inteligente. Rodrigo
se puso en guardia pues ya había aprendido que para perder a un hombre hay que
empezar halagándolo. —Gracias,
Padre. Le escucho, usted dirá —El
Padre Tomé me preocupa porque la Obra Social le absorbe demasiado tiempo,
regresa a dormir a deshoras y no puede sujetarse a las reglas de nuestra Orden.
Hay veces que llega a las once de la noche o más. No participa de ninguno de
nuestros actos y rezos comunes y tiene un carácter muy fuerte. Me cuesta
hacerle entender que eso no puede ser tolerado, que debe adaptarse a nuestra
disciplina. —¿Y
qué puedo hacer yo? A mí me consta, porque lo veo, que hay veces que se va muy
tarde, después que todos los niños se acuestan. Y a veces se queda más tiempo
si hay algún niño enfermo o alguna emergencia de otra índole. Muchas veces lo
acompaño yo hasta aquí, hasta la puerta del Colegio. —No
es sólo que llegue tarde, como te dije, es que no participa en nada con sus
Hermanos en los actos de la comunidad. Lo que te pido es que seas mi hombre de
confianza y de vez en cuando, por ejemplo una vez cada diez días, vengas a
verme y me cuentes todo lo que hace, adónde va, sus horarios, qué dinero
maneja, sus amistades, sus proyectos, etc. etc. —¿Se
da usted cuenta de lo que me pide? —Sí.
Por eso te he dicho al principio que era delicado y esperaba que me
interpretases. No te pido que traiciones su amistad, sólo que me ayudes a
ayudarlo. —Está
bien, haré lo que pueda. Naturalmente
no estaba en los códigos de conducta de Rodrigo servir de alcahuete y
traicionar a un amigo. Cada persona elige vivir según su propia escala de
valores y en la de Rodrigo no entraba ser traidor o servil. Así que fue a
buscar al Padre Tomé y le contó todo. El Padre Tomé, igual que se hace en las
novelas y películas de espionaje, decidió seguirle el juego al Rector y
quedaron en que una vez a la semana Rodrigo iría a visitar al Padre Rector y le
contaría lo que el Padre Tomé decidiera que le contase. Como resultado de este
acuerdo y como devolución de favor, le asignó por primera vez un pequeño
sueldo de cien pesetas semanales. Aquello era muy poco y no servía para tener
novia pero algo le mejoró la vida y ya no necesitó pedir fiado un café con
los amigos. Sin embargo, como hemos dicho antes, el Padre Tomé a las pocas
semanas fue trasladado. El Padre Rector al no poderlo doblegar cortó por lo
sano y se lo sacó de encima. Para
sustituirlo vino otro Jesuita, el Padre Montagut, un hombre de unos 60 años, tímido,
muy devoto y muy buena persona, que se encariñó enseguida con Rodrigo y que
dependió totalmente de él pues era un hombre de oración y no de acción,
incapacitado absolutamente para comprar, vender o discutir precio alguno ni
tomar decisiones ejecutivas. Eran él y su Breviario. El Padre Rector, para
curarse en salud, envió a un hombre que era totalmente opuesto a lo que era el
anterior. Cuando el Padre Tomé se fue, invitó a Rodrigo a que lo acompañase
hasta Alicante. Viajaron juntos hasta dicha capital y lo invitó a comer en el
Hotel Palas. Entremeses de primer plato y paella de segundo. Rodrigo no conocía
esos lujos y no sabía ni usar los cubiertos. Y hablaron: —Bueno,
Rodrigo, todo tiene en este mundo un principio y un fin. Hemos puesto juntos las
bases de una institución que ojalá crezca y se desarrolle como tú y yo habíamos
soñado. Creo que has aprendido bastante conmigo y espero que sepas aprovechar
mis enseñanzas. Te han mandado un Cura que es tonto, así que vas a tener que
manejar tú sólo todo el tinglado. —¿Qué
quiere usted decir con que sepa aprovecharlo? _preguntó Rodrigo. —Hombre,
pues que la experiencia te sirva para ir progresando. Aprovecha que te necesitan
para pedir un buen sueldo. —¿Y
por qué no me lo dio usted en todos estos años? —Porque
la Obra se estaba formando y no se podía. Ahora se puede y te necesitan. Es tu
oportunidad. —Eso
no responde mi pregunta _dijo muy serio Rodrigo_ Si ahora se puede también se
podía el mes pasado y el año pasado y hace dos años. Padre, somos amigos,
hemos tenido conversaciones muy íntimas. No nos tuteamos porque usted es un
Sacerdote, pero hemos sido más que amigos, hermanos. No lo he traicionado ni
engañado jamás, a usted le consta porque me conoce bien. ¿Quiere que le diga
lo que siento de verdad? —Sí,
por supuesto, dime lo que quieras de frente. —Pues
entonces, escúcheme. Todos me han usado desde que tengo uso de razón.
Exceptuando a mi viejo y amado maestro Don Ignacio, todos me han utilizado en su
provecho. Y eso lo incluye principalmente a usted que me ha explotado más que
ningún otro. Me ha hecho trabajar horarios de 16 horas por un plato de guiso,
pagándome con promesas y oraciones. ¿Por qué me ha hecho esto? ¡Nueve años
de mi vida le he dado gratis! Pero no importa, eso no cambia las cosas. No lo
estoy juzgando. No me gusta ser juez de nadie y menos de alguien que yo tenía
por mi amigo... —Soy
tu amigo _lo interrumpió el Jesuita. —No
lo es. Las palabras se inventaron para disimular la verdad. Los hechos son los
que cuentan. Y usted no se ha portado conmigo como un amigo. Pero siento una
gran amargura porque yo confiaba en usted, en sus promesas de que me ayudaría a
labrarme un porvenir ¡Qué decepción! Y ahora usted desaparece, se lleva nueve
años de mi vida, de mi juventud, y Rodrigo se queda con las manos vacías ¿No
siente usted ningún remordimiento? ¿No se le ocurre pensar que de no haber
estado con usted podría haber aprendido algún oficio o encontrado alguna
salida a mi vida? No es usted mejor que las personas que me han explotado antes
que usted por ser hijo de un rojo. Me ha defraudado, Padre Tomé. No es usted mi
amigo. El
Jesuita no esperaba esta despedida. Suponía que su sotana impondría mucho
respeto a Rodrigo y que éste lloraría de emoción en su despedida. —Pero,
Rodrigo, no tienes razón, no he cumplido mis promesas porque no me han dado
tiempo, no es mi culpa que me hayan dado otro destino. —Sí,
sí es su culpa. Estoy peor que cuando lo conocí porque entonces no tenía nada
pero estaba lleno de ilusiones y sólo tenía 17 años. He malgastado con usted
nada menos que 9 años y sigo sin nada. Y lo que es peor, he perdido la fe en
las personas. Nunca he tenido un hogar, nunca he podido tener una novia y no
vislumbro ningún futuro ¿Deberé comer toda mi vida en una institución benéfica
como un internado más? ¿Nunca tendré un sueldo para poder formar una familia
y comer en mi casa? —¡26
años, quién los tuviera! ¡Y con todo lo que te he enseñado! Tienes una
fortuna, tu juventud, tu inteligencia y sobre todo tu experiencia. —Sí,
Padre, aquí me quedo yo con la experiencia y con las manos vacías. El
Padre Tomé intentó regalarle mil pesetas a Rodrigo que éste rechazó. Y
se despidieron fríamente.
|