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Van transcurriendo los días y el encierro se hace sentir con severidad. A Antonio se le ha agravado la infección que tiene en el ojo izquierdo pero el Comandante no lo deja salir del camarote por temor a que pueda comunicarse con alguien y le frustre la venta de armas de la cual parece uno de los responsables o un contacto importante. El médico del barco lo visita y le aplica compresas frías y le da algún medicamento pero no es oftalmólogo y la inflamación no cede. Le aplica también remedios caseros, té de manzanilla frío y con sal. Estamos preocupados todos menos él, Antonio, que está hecho de roca viva. No le importa un cuerno ni su ojo ni nada y dice que con un sólo ojo también se puede ejerce el comercio. Mientras tanto, hemos terminado de cruzar el Océano Atlántico y desde las Islas Canarias arribamos al norte de Brasil, Manaos, importante ciudad amazónica con un puerto libre y franco de impuestos en el que se venden y compran toda clase de mercaderías, algunas legalmente y otras, la mayoría, de una manera oscura, de contrabando o muy bien falsificadas. Alrededor del puerto hasta unas calles más arriba, hacia el centro de la ciudad, hay un mercado de estilo árabe con puestos de cambalache, sobre mesas precarias plegables, bajo lonas que protegen precariamente del fuerte sol o simplemente sobre un trapo en el suelo. El regateo del precio es costumbre obligada y ningún vendedor se ofende porque le contraoferten el 10 % del precio que ha pedido. Todo depende de la habilidad de cada una de las partes y de las ganas que tengan el vendedor o el comprador de cerrar el trato. Generalmente los tratos se cierran alrededor del 30 ó 40 % de lo que empezó pidiendo el vendedor. En este mercado se pueden obtener los más variados productos, desde un reloj Rolex auténtico o falso hasta una botella de whisky de primera marca que está falsificado en Paraguay y cuyas botellas y etiquetas no se diferencia en nada del auténtico escocés En Manaos se puede tomar una vieja barcaza que no se sabe cómo todavía flota y que lleva a los turistas a visitar la selva amazónica semisalvaje o muy salvaje a través del enorme río Amazonas de aguas color de león en su cruce con el río Negro, de aguas muy oscuras como indica su nombre. Cuando ambos ríos se juntan puede verse nítidamente como sus aguas se juntan pero no se mezclan porque tienen distinta densidad y composición. Entonces se puede contemplar una curiosidad única en el mundo que es un enorme río de dos colores, como si fuera una gigantesca bandera marrón y negra. Después de andar juntos por unas horas, ya las aguas se van mezclando y predomina el marrón del gigantesco Amazonas. Viendo este panorama pienso en mi adorable río Segura de mi pueblo en España, Orihuela, que por ahora —estamos en 1960— todavía es de aguas cristalinas y lleno de peces de agua dulce, con bellísimas pequeñas cascadas que caen por los azudes y bordeado de cañas y diversas plantas de tonalidad verde pero las aguas cada día son más oscuras, malolientes y sin peces por la polución de los desagües industriales y cloacales que nadie impide. Los gobernantes no deberían descuidar lo que es vital para la población y si alguna vez tenemos una democracia en España, los ciudadanos deberíamos saber votar para elegir gobernantes que se preocupen y no permitan la degeneración del medioambiente. El río es de todos y ya se sabe que lo que es de todo no lo cuida nadie. Pero los bienes públicos deben ser cuidados por las autoridades competentes, salvo que sean incompetentes por no haber sabido votar. Algún día no muy lejano creo que nuestro amado río Segura, que riega con generosidad la hermosa Vega Baja, será un grave problema para el riego suficiente y hará inhabitables las ciudades que cruza. Tal vez haya que desviar el cauce fuera de las ciudades y éstas perderán esa belleza que supone un río limpio atravesándolas. Y así es la insensatez del hombre que siempre termina destruyendo lo que ama. En mis divagaciones sobre mi amada tierra, Orihuela, me he desviado de lo que estoy relatando. Se han cumplido los primeros seis días de encierro y la operación de venta de algunos armamentos ya se ha concretado en algún lugar de las costas africanas y también, según parece, en algún lugar de la costa brasileña. Según el Comandante faltan cuatro días para que se complete la operación con las demás armas. El Comandante llama a su oficina a Juan y le manifiesta su satisfacción por nuestra discreción, con la excepción del episodio del vino que lo tiene amargado. Estamos cumpliendo el pacto de nuestro silencio a cambio de su protección y se muestra amigable con nosotros. Nos permite entonces, vigilados y sin poder cruzar una sola palabra con alguien, tomar una barcaza y hacer una visita turística a lo más profundo de la selva amazónica. La barcaza abandona el enorme cauce del río Amazonas y nos internamos en uno de sus numerosos afluentes. La vegetación es muy intensa, las ramas de los árboles rozan el agua y debemos inclinarnos para no tocarlas con la cabeza. Vemos una variada y muy ricas flora y fauna. Hay flores y plantas de un colorido desconocido por nosotros y pájaros de brillante y raro plumaje que nos llenan de admiración. De vez en cuando pasamos cerca de alguna tribu y sus habitantes, desnudos o semidesnudos, con abalorios en su nariz, orejas, labios, pechos, lengua, etc., nos sonríen y nos hacen señales de saludo pacíficamente. Nos detenemos en una cabaña y nos hacemos una foto con una enorme serpiente muy gruesa y larga, parece una boa de varios metros, enroscada en nuestro cuello y pecho. Siento miedo pero el guía turístico me dice que no es venenosa y está domesticada para no atacar a nadie. Aún así no las tengo todas conmigo y estoy deseando que me saquen de encima ese gigantesco y viscoso bicho. Nos venden por céntimos pulseras y collares hechos artesanalmente con semillas de árboles. Nos alejamos en la barcaza y no puedo dejar de pensar que de algún modo esa gente es más civilizada que nosotros pues carecen de ambiciones malsanas. Estos indígenas amazónicos tienen siempre una sonrisa amigable y una mirada mansa. Pero los hombres civilizados talan sus árboles que les dan la vida y les arrebatan por la fuerza sus tierras. “No son tan mansos y amigables, —me dice el guía—. Si en vez de este afluente civilizado hubiéramos tomado otro, hay tribus rebeldes y muy violentas.” Pasamos por un lugar del río que hay pirañas. El guía arroja un trozo de carne y las pirañas lo devoran en un momento. Nos dicen que si en ese lugar de pirañas cayese al agua una mujer en período de menstruación sería devorada en instantes. Las mujeres de la barcaza se alejan instintivamente del borde de la misma. Al embarcarnos al principio del viaje, en Barcelona, con la emoción del viaje no nos dimos cuenta de que era un barco raro. Ahora lo miramos con precisión y advertimos detalles poco comunes. No es un barco de carga ni un barco de pasajeros. Es mixto. A veces suele haber barcos de carga que tienen una parte del mismo con camarotes destinados a viajeros que les gusta cruzar los mares. El precio de los pasajes es inferior al de los cruceros de lujo o al de los barcos de línea exclusivamente de pasajeros. Son compañías conocidas y uno se puede embarcar con confianza, los pasajeros viajan bien y económico y las compañías navieras se ayudan con ello a cubrir gastos. Los pasajeros no pueden exigir escalas ni fechas. La condición es cargar y descargar en los puertos que consideren conveniente y en la fecha que puedan hacerlo y los pasajeros deben atenerse a esa condición. Pero nuestro barco, observándolo ahora con más detalle, es más raro que esos barcos que son de carga y sólo toman un par de docenas de pasajeros a quienes ofrecen comodidad y buena comida pero sin espectáculos ni fiestas. Nuestro barco tiene algo de misterioso y siniestro. El casco es de un color impreciso, grisáceo, hosco, triste y canallesco. Toda la bodega está cargada de cajones con materiales o mercaderías desconocidas y desde la cubierta principal hacia arriba, varios pisos son destinados a pasajeros. La bandera no la podemos definir, parece liberiana, un país africano inventado por los norteamericanos para que emigren al mismo los hombres de raza negra que estén descontentos en USA y quieran regresar a sus orígenes africanos. Y de pronto lo comentamos, reflexionamos y entramos en pánico ¿Qué carga llevará ese barco cuyo pequeño nombre en la proa es indescifrable? Es sólo una sigla escrita en un idioma desconocido e ilegible porque lleva cuatro consonantes seguidas. ¿Estaremos navegando sobre una carga de material explosivo o de desechos hospitalarios que son basura infecciosa? ¿Hacia dónde se dirige el barco para descargar? Volvemos de nuestra excursión amazónica y subimos de nuevo a nuestra nave en el puerto de Manaos. El barco sale hacia su nuevo destino, el importante puerto de Recife en el Estado brasileño de Pernambuco. Son tres días de viaje porque esta nave desarrolla pocos nudos de velocidad, no sabemos si es porque los motores no tienen potencia, porque hay demasiada carga o simplemente porque no hay prisa en llegar a destino. Especulamos con todo este misterio y no estamos tranquilos. Nos enteramos que haremos muy breves escalas por toda la costa Nordeste de Brasil mientras bajamos hacia el Sur. Observamos inquietos que a veces el barco apaga los motores, se queda quieto a unas pocas millas de la costa y viene una barcaza, se estaciona junto al barco y la grúa de la nave traslada carga a la barcaza que después regresa a la costa cargada. La parada es breve y en un par de horas el barco sigue navegando. Todo es muy extraño pues siempre se hace en la oscuridad de la noche. Parece que ya han descargado en Fortaleza y seguirán haciéndolo en Recife, Salvador Bahía y Río de Janeiro. Y entonces comprendemos con claridad que llevan armas ligeras para los grandes hacendados brasileños que las compran para defenderse de los “sin tierra” que pelean para ocupar las haciendas. En Recife dejará el barco nuestra amiga francesa Soledad que ahora no es sólo nuestra amiga sino la depositaria del secreto de contrabando de armas. Nos deja solos la persona que es nuestro reaseguro. Y empezamos a aterrorizarnos y a creer que alguna noche nos tirarán al mar desde la bella terraza de nuestro camarote de lujo. Este barco ya nos parece que está lleno de locos o semilocos que caminan al borde del abismo, entre la locura y la razón. Reflexiono que en el mundo la gente se maltrata, se roban unos a otros y hasta se matan por cualquier motivo. El mundo parece una broma pesada y, nos guste o no, esta porquería de vida es lo único que tenemos la gente como nosotros cuatro que no tenemos dónde caernos muertos. Estos hombres que quieren acabar con nosotros para vengarse de una cosa baladí, son resaca humana, despojos de seres sin criterio, bestias capaces de las mayores atrocidades sin mayores motivos, por venganza o diversión. Nosotros cuatro estamos tan acostumbrados a la escasez que la misma ya nos parece un estado natural. Creo que si de la noche a la mañana tuviéramos dinero por un golpe del azar, no sabríamos qué hacer con el mismo. A mí me desconcierta y me marea ver niños y ancianos hambrientos y desamparados sin que la gente se conmueva. Nos hemos acostumbrado a ver la miseria y ya no le damos importancia. Y oímos decir esta frase escandalosa: “Siempre hubo pobres y siempre los habrá.” ¿Es eso inevitable? El argentino Discépolo, autor de la formidable letra del tango Cambalache, dice una frase estremecedora: “Hoy ya murió el criterio, vale Jesús lo mismo que el ladrón.” El hombre es la vergüenza de la creación. —¿En qué piensas, Rodrigo, que estás tan serio? —me pregunta Juan. —En cómo podremos salvar el pellejo y salir de este lío del demonio en el que nos hemos metido casi sin darnos cuenta. —No seas tan pesimista. Adopta una actitud positiva aunque no tengamos muchos motivos para el optimismo. Parece mentira pero pensar en positivo ayuda mucho en circunstancias difíciles. Tú eres un hombre físicamente debilucho pero más fuerte que un roble. Poca gente aguantaría lo que tú llevas soportado. No vayas a bajar los brazos ahora. ¿Entiendes? —Sí, Juan, lo entiendo demasiado ¡Pero es todo tan desalentador! Y te veo a ti que eres tan culto, tan inteligente y tan equivocado políticamente. Si tú que tienes una mente brillante erras tanto ¿Qué se puede esperar de un mundo lleno de necios ignorantes? —¡No me jodas, Rodrigo! ¿Vas a darme una lección de política? —¿Y por qué no? ¿Acaso lo sabes todo? Yo prefiero pasar hambre a que me quiten la libertad. No sólo emigro por falta de trabajo, huyo de la censura fascista, quiero ser libre. Prefiero morirme de hambre a que me priven de la libertad de pensar, de hablar, de leer y escribir, de vivir. Tú, que dices ser comunista, no te olvides que sólo el respeto a las leyes dan legitimidad a la fuerza y fuerza a la legitimidad. La fuerza sin justicia es de corto alcance. Solamente la división de poderes puede impedir el absolutismo que conlleva corrupción y arbitrariedad. Todo el poder en manos de un solo hombre o de un solo partido político es garantía de corruptela. Esta es la condición humana. Mientras no se invente otra cosa quiero vivir en democracia, aunque reconozco que todo es perfectible y que las democracias están falseadas porque sólo se vota pero no se participa después para impedir los abusos de los políticos elegidos para representar al pueblo, no para apoderarse del mismo. —Tienes buenas ideas, Rodrigo —me dice Juan— pero eres demasiado teorizante. Las ideas son buenas si son aplicables en la práctica. Si la democracia fuera como tú dices todos seríamos felices pero tal como están no sirven. Y cualquier científico te dirá que las ideas inaplicables son un vacío de la mente. —No quiero hablar más de política contigo. Ya te lo he dicho varias veces. Lo lamento porque te aprecio y te respeto, Juan, pero tú y yo estamos en las antípodas políticamente y parece ser que ni tú vas a convencerme a mí ni yo a ti. ¿Quieres la dictadura del Partido Comunista? Allá tú, yo amo la libertad y sólo me siento hombre en libertad.. Lo otro, la censura y las órdenes del jefe es la esclavitud. Y no quiero eso ni para mí ni para mis hijos, si alguna vez los tengo. Punto, no hablemos más del tema. —¿Y de qué hostias quieres hablar? ¿Quieres hablar de religión? Vamos a ver, niño inteligente, ¿Tú crees en la teoría de la evolución de Darwin o crees que Dios creó a Adán y Eva como dice ese pesado libro que es la Biblia? —Pues te voy a confesar mi opinión que he guardado en secreto por temor a que se burlen de mí. Voltaire dijo que quien revela un secreto que alguien le confió es un traidor pero el que revela un secreto propio es un imbécil. Así que me arriesgaré a que me consideres un imbécil. Yo creo en las dos cosas. —¿Y cómo es eso? —pregunta Juan curioso. —Pues creo que Dios creó un simio y una simia y éstos fueron evolucionando hasta llegar a hoy. Juan suelta una carcajada y dice: —Hombre, nunca escuché antes un disparate tan lógico y razonable y a esa teoría me podría yo adherir. Aunque como soy ateo yo diría que hubo una Causa que es el origen de la creación. Mira Rodrigo, tienes 29 años y yo 35 y no creo que esa pequeña diferencia de edad me haga más sabio que tú, así que no pretendo darte lecciones de nada, pero es fácilmente comprobable que el Vaticano siempre ha hecho verdaderos equilibrios para justificar lo injustificable y hacer creíbles sus dogmas, pero es todo en vano porque la ciencia los va destrozando uno por uno. La Iglesia pudo suprimir a Galileo pero ya no pudo después suprimir a Newton. La tierra no es plana e inmóvil como sostenía la Iglesia y ésta ha tenido que aceptar que la tierra es redonda y se mueve. Y lo mismo va a ocurrir con otros dogmas. —Pero no por eso la religión católica va a desaparecer sino que se irá adaptando a los cambios —digo. —Sí, así será, pero su libro sagrado, la Biblia, también tendrá que modernizarse con una larguísima fe de erratas que aclare: Dónde durante siglos dije “digo” no quise decir “digo” sino “Diego.” Juan es un hombre muy interesante. No habla de frivolidades y, equivocado o no, todo lo que dice es siempre importante. Es de una sobriedad y austeridad de ermitaño y creo que podría vivir semanas con apenas un trozo de pan y un vaso de agua. No tiene necesidades materiales y eso lo hace casi invulnerable. Recuerdo lo que una vez dijo Soledad de mí, creo que Juan es un santo laico, un místico sin Dios. Seguimos hablando y me dice el andaluz que lo que él detesta es a las personas plantadas en medio de la vida sin ilusiones ni esperanzas, espectadores y críticos de todo pero sin involucrarse ni comprometerse en algo que los entusiasme, representantes de la nada. Sostiene Juan que tenemos que adentrarnos en nosotros mismos hasta descubrir nuestras imperfecciones, nuestras inhibiciones inmaduras, casi infantiles, y salir a mojarnos y ponerle el pecho a la vida activa. Por eso dice que yo le agrado, porque me ve muy atento a las cosas de la vida.
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