|
Muerte
Del Maestro larga
paz a tus huesos... Definitivamente, duerme
un sueño tranquilo y verdadero. Antonio
Machado Un
día lo llamaron a Rodrigo al Rectorado y el Padre Rector le dijo que en el
legajo de la documentación que había presentado al solicitar la beca, faltaba
el certificado de buena conducta de su padre, el cual debía ser extendido por
el Ayuntamiento. Rodrigo comprendió que otra vez estaba perdido e intentó una
defensa: —Padre,
lo siento mucho pero ese certificado no puedo conseguirlo porque mi padre estuvo
en la parte republicana y lo metieron preso dos años al terminar la guerra. —Así
me han dicho, Rodrigo. Por eso te he llamado. Creo que esto es injusto pues la
beca te la ganas duramente con tu trabajo y además tienes las notas más altas
de todo el alumnado. Yo sabía que te faltaba ese certificado y me estuve
callando pues no me gustan las injusticias, pero las becas que podemos otorgar
son limitadas y ya están cubiertas. Sin embargo ha venido un padre a solicitar
una beca para su hijo. Le he dicho que estaban completas y me ha replicado que
él estuvo en la División Azul y es excombatiente en el bando nacional y que tú
eres hijo de un rojo que estuvo preso. Me ha dicho que él no hizo una guerra
para esto y que recurrirá a las autoridades. Ha agregado que si el hijo de un
rojo tiene prioridad sobre el hijo de un falangista condecorado tres veces en
España y Alemania, apelará hasta lo más alto para conseguir la beca para su
hijo. Ya somos muy impopulares en Orihuela. A los jesuitas no nos quieren aquí
y no puedo seguir aumentando nuestra impopularidad. Lamentablemente tienes que
irte. Tenemos otros hijos de republicanos, entre ellos tu amigo Tomás, pero
tiene más antigüedad que tú. —Padre,
ni se le ocurra pensar en Tomás. Prefiero irme yo cien veces antes que él. ¿Pero
qué puedo hacer, Padre? Quiero estudiar, es que estudie pues tengo 17 años y
no tengo oficio alguno ni poseo físico para trabajos de fuerza. O estudio o
estoy perdido. No sé qué haré con mi vida. —Lo
siento de veras, hijo, puedes creerme. Hemos comprado unos terrenos en Alicante
y vamos a construir allí un nuevo colegio para irnos de Orihuela. Cuando nos
mudemos vienes a verme y trataré de ayudarte. —¿Para
cuándo será eso? —No
antes de dos años. —No
me sirve, Padre. Para esas fechas ya estaré por irme al Servicio Militar. Ya
será demasiado tarde. Dígame, Padre, ¿Debo pagar yo toda mi vida por la
militancia política de mi padre? —No;
es injusto, pero así son las cosas ahora en España. Deberías decirle a tu
padre que os vayáis a vivir a una ciudad grande, adonde nadie conozca sus
antecedentes. —¿Cómo,
si somos siete bocas para alimentar y no tenemos ni las 20 pesetas diarias que
hacen falta para comer lo indispensable? ¿Cómo podemos pensar en pagar una
mudanza y en pagar un alquiler en una gran ciudad a la que llegaríamos todos
sin trabajo? Por otra parte en cualquier ciudad, por grande que sea, al pedir
trabajo nos exigirán el certificado de buena conducta que nadie nos quiere dar.
—Lo
siento, hijo. Te voy a tener muy en cuenta en mis oraciones. Y tú también reza
mucho y no desesperes. Dios ayuda siempre al que reza. Rodrigo,
además, sintió en el alma perder su puesto en el equipo de fútbol del
colegio. Los criados no jugaban nunca de titulares en el equipo, en todo caso
eran suplentes. Pero una tarde jugaron contra el Seminario de San Miguel con el
que había una gran rivalidad. Al terminar el primer tiempo el colegio de Santo
Domingo perdía por un humillante 3 a 0. Entonces el entrenador, un jesuita
joven, hizo entrar en el segundo tiempo a Rodrigo y a Tomás y le dieron vuelta
al partido ganando por 5 a 4. Desde entonces no los sacaron del equipo titular y
se ganaron muchos amigos incluso entre los alumnos ricos. A Rodrigo le
apasionaba el fútbol y al dejar el colegio estaba dejando no sólo sus estudios
sino también su puesto en un equipo de fútbol que tenía muy buen nivel de
juego.
Don
Ignacio bramó de furia cuando se enteró de la razón por la que había perdido
la beca. Por cierto que éste estaba muy débil y cada vez tosía más. Aquella
noche se produjo uno de los habituales diálogos entre ambos: —Dime,
hijo, ¿Sales con chicas? —Don
Ignacio, por Dios, ¿No querrá usted saber si me toco, como hace el Cura? No me
faltaría otra cosa que otro confesor. —No,
hombre, no seas payaso, ya me conoces bien. Pero tienes 17 años y estás ahí,
casi en los 18. —Pero
¿Con qué dinero voy a salir con chicas, Don Ignacio? Vive usted en otro mundo.
A una chica hay que llevarla al cine, invitarla a un helado, etc. Además sin
oficio ni trabajo fijo ¿Qué chica va a querer mirarme? Si no tengo ni zapatos,
solo uso alpargatas hasta los domingos. En todo caso si alguna me mirase ya se
encargarían sus padres de alejarla de mí. —Hombre,
tampoco es eso, también hay chicas buenas que son pobres. En todo caso hablo de
amistad, no de noviazgo. —En
este tema no sirve usted como profesor, está poco enterado. En los pueblos
pequeños cuando una chica pasea dos veces con el mismo muchacho, ya empiezan
los rumores de que son novios y luego ya no se les acerca ningún otro chico. Se
dice que esa chica ya está «paseada», lo que equivale a una mala reputación
que le perjudica para encontrar novio en el futuro. —¡Qué
barbaridad! ¿Es así? —Pues
claro que es así. Además, como tengo mucha confianza con usted, le voy a
confesar un secreto que me tiene muy amargado. A pesar de haber vivido en la
calle y conocer todas las picardías callejeras, no soy un caradura y me
ruborizo hasta las orejas cuando hablo con una chica. No sabe lo que sufro y la
rabia que me da pues todos se ríen de mí por esto. —Sí,
hijo, lo entiendo. Esto es la consecuencia de prohibir las escuelas mixtas.
Cuando los niños y las niñas están acostumbrados a compartir las aulas y los
recreos, son amigos desde la infancia, estudian y juegan juntos. Entonces se
rompe el tabú, no hay misterio, y se crea el hábito del trato que acaba con la
timidez entre los dos sexos. Con las escuelas separadas las niñas idealizan a
los niños y viceversa, y esto impide en la práctica que haya un trato fluido y
sano. No te puedo aconsejar sobre esto, pero te aseguro que la tendencia al
sonrojo desaparece con el tiempo. Ya te pasará. Don
Ignacio falleció varios meses después de esta conversación y Rodrigo lo lloró
desconsoladamente. Antes de morir le prometió que ayudaría a su viuda en todo
lo que pudiera. El viejo maestro, con un hilo de voz, le contestó: —¿Y
quién te ayudará a ti, hijo mío? Cuando
iba en el entierro, detrás del féretro, no podía dejar de llorar, hasta el
punto de que algunos creían que era un familiar muy allegado y le daban el pésame.
Se lo llevaron desde la calle de Santiago, en donde había vivido, con un
modesto servicio fúnebre de una compañía de seguros. El féretro siguió por
la calle de Capuchinos y en la plaza del mismo nombre se pusieron los escasos
familiares en fila para recibir el saludo. Pasaban, les daban la mano y decían
«Lo acompaño en el sentimiento». Y allí regresaban. No fueron muchos, unas
treinta personas. Para acompañarlo al cementerio apenas quedaron cinco o seis.
Los cementerios son como las ciudades, hay barrios caros y económicos, está el
centro para la clase social alta y la periferia y los suburbios para gente de
condición humilde. Las clases sociales no se mezclan ni después de muertos.
Fueron hasta la parte alta que está en la ladera de la montaña pues allí
estaban los nichos más baratos. Unos obreros municipales, los sepultureros, lo
introdujeron en uno de aquellos nichos y lo tapiaron. Todo fue muy triste y
Rodrigo recordó los versos de Bécquer: «Dios mío ¡Qué solos se quedan los
muertos!» Era la primera vez que Rodrigo enterraba a un ser muy querido y fue
una experiencia estremecedora. Nunca había visto la muerte desde cerca. Rodrigo
no faltó nunca, al menos una vez al mes, a llevarle una rosa. Pidió permiso a
la viuda y ella se lo otorgó, para poner delante del nicho una pequeña lápida
de mármol con el nombre de su amado maestro y nunca faltó a su palabra de
ayudar a la viuda hasta que ésta falleció un año y medio después. Rodrigo
había leído mucho últimamente y entre los libros y autores que más lo
impresionaron estaba el poeta de Orihuela, Miguel Hernández, el poeta de la
pena. Aunque la corta vida de Rodrigo había sido muy sufrida, su temperamento
no era triste. Era un muchacho vital, de sonrisa fácil, feliz de estar vivo
aunque no tuviera demasiados motivos para ello. La pena de este enorme poeta
oriolano lo conmovía hasta los huesos, pero no la comprendía. Sólo cuando en
Orihuela, su pueblo y el de su amado maestro, se le murió como llevado por un
ángel, Don Ignacio, con quien tanto había aprendido, sólo entonces comprendió
la pena de Miguel y hubiera querido saber escribir para despedirlo con una elegía
tan monumental como la del poeta a su compañero del alma Ramón Sijé. Miguel
Hernández había mamado leche con pena y su hijo leche con cebolla y en sus
versos derramó su pena sin remedio: «¡Cuánto
penar para morirse uno!» La
pena, siempre la pena en Miguel Hernández. A Rodrigo lo sacudía este
angustiado poeta y aquel día de la muerte de su viejo y amado maestro, se ahogó
en una pena honda, dolorosa e inconsolable. Ese día del entierro, Rodrigo, como
Miguel, estaba para penas solamente. Cuando
alguien muere en los pequeños pueblos, las campanas suenan tristemente a
muerto, pero deberían sonar de una manera especial cuando se muere una persona
buena. Apenas
el albañil empezó a colocar los ladrillos para tapiar el nicho, se fueron
todos menos Rodrigo que se quedó hasta que el trabajo estuvo terminado. Quiso
rezar por su amado maestro pero no le salía una oración convencional. Entonces
musitó estos hermosos versos de Antonio Machado: Oye
otra vez, Dios mío, mi corazón clamar.
|