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Luisa es una mujer bastante madura, no me atrevo a decir cuántos años tiene, o aparenta, pero sea la edad que sea la lleva muy bien. Es soltera por uno de esos misterios de la vida por los cuales una mujer hermosa y con carácter no encuentra marido. Los hombres no las abordan porque tienen un complejo de inferioridad ante lo valioso de una mujer bella e inteligente, con temperamento pero también con aspiraciones altas. Asusta a los hombres machistas que pretenden llevar el mando en la pareja. Estos hombres que quieren llevar el timón de la nave matrimonial buscan a la esposa entre la belleza discreta, la docilidad de su poco carácter y una inteligencia mediocre. No quieren una mujer inteligente con quien compartir las decisiones del hogar. Prefieren una mujer sumisa y sometida. Y es así cómo las mujeres más valiosas van perdiendo el tren matrimonial. Después, cuando pasa la juventud, es patético observar cómo ellas van bajando sus pretensiones y si aparece un hombre en su vida no son demasiado exigentes en cuanto a las condiciones que éste reúna. Y cuando estas mujeres se casan no siendo ya jóvenes, la gente suele comentar: “¿Cómo se ha casado esta bella e inteligente mujer con ese tonto?” Así es Luisa, bella, inteligente y temperamental. Y quizás por eso ha llegado a la madurez con su soltería. Le pregunto lo de siempre: “¿Cómo es que no se ha casado?” Y la respuesta es esa frase tan trillada: “No me salió alguien que valiera la pena y es mejor estar sola que mal acompañada.” Esto lo hemos oído decir centenares de veces como frase usada por las personas solitarias pero no deberíamos hacerle esta pregunta a una mujer soltera porque es escarbar en su herida y esta pregunta nunca les agrada. Con respecto a esto de las personas solitarias, es patético observar la vida urbana de una gran ciudad con millones de habitantes que son personajes tristes, huraños y solitarios, caminando solos lentamente, comiendo solos en bares y restaurantes baratos, carne de soledad, ausentes de esperanzas, vacíos de ilusiones, masticando desganados su comida ¡Cuánta soledad y cuánta angustia en los pequeños apartamentos de esas grandes urbes, enormes hormigueros de seres humanos que pululan por doquier sin verse, sin mirarse o reposando en una pequeña habitación de pensión junto a una ventana que parece el nicho del reposo eterno ¡Y Dios siempre dormido! Es un sábado lluvioso y no tengo paraguas. Llego empapado a la puerta de la casa de Luisa, en la Avenida de Córdoba a la altura del número 4100. Otra característica muy práctica de la urbanización de Buenos Aires es que cada tres o cuatro calles normales hay una avenida más ancha que facilita el tránsito de entradas y salidas del muy poblado microcentro. Arribo empapado después de caminar bajo la lluvia unos trescientos metros, tres cuadras como se le dice aquí a cada distancia de 100 metros. He venido en el “metro” que es como le decimos en España como abreviatura de metropolitano. Aquí se le dice “subte” como abreviatura de subterráneo. La numeración de las casas y edificios de apartamentos en Buenos Aires ayuda mucho a quien busca un domicilio. En España hay una acera par y otra impar y la numeración es siempre de dos en dos cualquiera sea el tamaño de la fachada. O sea que si buscas el 102 y vas caminando por el 28 no sabes a qué distancia estás de la casa o edificio que buscas. Pero en esta gran urbe argentina numeran cada casa o edificio de apartamentos con la cantidad de metros que tiene la fachada. Por ejemplo, si la fachada de la primera casa de la esquina mide 12 metros le aplican el número 12 en la numeración de la calle. Si la siguiente tiene 24 metros es el número 36, y así hasta completar el 100 redondeando. Y también una acera, que aquí se llama “vereda” es par y la de enfrente impar. Entonces todo es fácil pues si estás en la cuadra del 300 y estás buscando una casa que está en el 900, ya sabes que te faltan 600 metros para llegar. Es un sistema muy práctico que ayuda mucho al transeúnte. A lo que nosotros llamamos “manzana” los argentinos llaman “cuadra” como abreviatura de cuadrado ya que cada manzana es un cuadrado formado por cuatro calles de 100 metros. Perdón por esta explicación tan farragosa y tal vez innecesaria, pero puede ser útil para quien visita Buenos Aires por primera vez y para apreciar nuestras diferencias idiomáticas y costumbristas. Toco el timbre y me recibe Luisa ya maquillada pero todavía con una bata cómoda de estar por casa. Yo llevo el único traje que tengo que aunque está algo gastado todavía está en buen uso. Es un traje gris con ese nombre que le han puesto a la tela con cuadros, Príncipe de Gales. Llevo una corbata a franjas granas y azules, como los colores de fútbol del Barsa que aquí son los colores de club San Lorenzo de Almagro preferido por la colonia española. Nos saludamos con un beso en la mejilla. Estoy muy tenso pero ella muy tranquila me dice: —Venga, hombre, no estés tan duro que no te voy a comer. Sacate ese saco —así se le dice aquí a la chaqueta o americana— que hace calor, aflojate la corbata y relajate. No hay ningún motivo para que estés tenso. Así se acentúan las palabras en Argentina, las esdrújulas se convierten en llanas. Sácate, aflójate y relájate se convierten en “sacate, aflojate y relajate.” Hay que acostumbrarse. —No estoy nervioso —miento—. —Bueno, mejor. Me sirve una cerveza muy fresca mientras ella se cambia. A los 10 minutos aparece vestida con muy buen gusto. En ese apartamento, que es pequeño, apenas 70 metros, hay una calidez que me cautiva. No sé si son los muebles o el aroma de los productos de limpieza o discretos cortinados, no sé concretamente lo que es pero hay un toque personal en casa cosa, que me atrae. Se lo digo de esta manera y me dice: —Mi casa es un santuario, no cualquiera entra acá. Eres el primer hombre que entra en muchos años aunque te cueste creerlo. ¿Sabés qué es lo más importante de una casa? Es la llave. Cierro la puerta con llave y estoy en mi mundo privado y aquí sólo entra quien yo quiera. —Luisa, es la primera vez en mi vida, y ya tengo casi 30 años, que me siento tan a gusto en un lugar. Siempre he vivido en ambientes fríos, impersonales, sin calor de hogar. Ahora duermo en la habitación para trastos viejos que hay en el Convento, sin más compañía que las pulgas. —¡Hijo, no habrás traído pulgas con vos! —No, Luisa, vengo bañado y con ropa pobre y arrugada pero limpia. No temas nada. —Ya sé, angelito, lo dije en broma, no seas tan susceptible. Las pulgas y todos los bichos no se me resisten. Los únicos bichos que no puedo con ellos son los hombres. —Bueno, ¿Qué hacemos? —le pregunto— yo no sé moverme todavía por Buenos Aires. Sólo sé ir a tu oficina. Son las 9 de la noche de un día lluvioso y muy caluroso. —No lo sé —dice ella— no hice planes. Si quieres vamos a cenar algo a alguna parte y antes o después vamos al cine. —Por mi parte está bien. Salimos y nos ve el portero del edificio de apartamentos. —Es un chismoso, buen hombre pero un papanatas sin dos dedos de frente. Mañana sabrá todo el edificio que he salido con un hombre joven. —¿Y te preocupa eso? —Un poco sí. A esta altura de mi vida no debería importarme pero si los vecinos no te quieren te pueden hacer la vida difícil. —Eso es cierto. Vamos en el autobús, aquí llamado “colectivo”, hacia el microcentro de la gran ciudad. El mismo es un cuadrado formado por las Avenidas Callao al Oeste, Leandro Alem al Este, Santa Fé al Norte y la de Mayo al Sur. Es mi primera salida y lo que más llama mi atención es la cantidad de seres humanos solos en el vehículo de transporte de pasajeros y en las calles ¡Cuánta soledad hay en las grandes urbes! ¡Qué desolación! Gentes abandonadas en una sociedad de desdichados. No debería estar permitido que las ciudades crezcan más allá de unas 30.000 personas en las que todo se pueda hacer caminando. Prefiero mil veces mi pueblo en el que nos conocemos todos. No es perfecto pero hay más solidaridad. Se muere alguien y los vecinos y conocidos van al entierro. Aquí se muere alguien en la más absoluta soledad. Estoy perplejo. Vamos a la calle Lavalle que es una peatonal en la que están los principales cines y Luisa elige “Lo que el viento se llevó” que ya la hemos visto ambos pero a ella le gusta mucho y la quiere ver otra vez. Enseguida que nos sentamos ella comprende que me estoy comportando como un caballero a la antigua, tímido y muy educado, y que no tomaré ninguna iniciativa. Así que en cuanto se apaga la luz, Luisa, sin mediar palabra, toma mi mano y se queda con ella entre las dos suyas. Durante la película, cuando alguna escena la conmueve, me aprieta la mano y se la pone sobre el pecho. Sus senos aún son turgentes y tengo una erección. Ella lo nota y me dice en voz muy baja: —Pero, hijo, angelito ¿Qué tenés ahí? Llegamos a la escena que más me conmueve cuando la protagonista jura que nunca más pasará hambre. Me siento tocado y se lo digo a Luisa. Le digo al oído que si alguna vez tengo la radicación argentina subiré a la terraza del edificio más alto de Buenos Aires y también gritaré ese juramento. Ella lleva mi mano a su boca y la besa varias veces con ternura. Recuerdo que desde la noche del barco con Soledad no he estado con ninguna mujer y siento que la deseo con vehemencia a pesar de la diferencia de edad. He aprendido a querer a Luisa y recuerdo aquello que dicen los que saben, que hacen falta unos minutos para conocer a una persona especial, unas horas para apreciarla y una vida entera para olvidarla. Salimos del cine y vamos a cenar a un restaurante que ella elige muy económico. Voy escaso de dinero, apenas algo que me ha prestado el Padre Miguel a la espera de que yo pase por mejores tiempos. Confía en mí y no lo voy a decepcionar. Ella comprende que llevo poco dinero y elige un plato único y barato, dos huevos fritos con patatas. Nada más, ni otro plato, ni postre. De bebida, agua. Ese plato le gusta a todo el mundo. No conozco a alguien que no le gusten los huevos fritos con patatas. Luisa cuida mis centavos y no intenta pagar ella pues ya ha advertido que no lo permitiré. —Luisa ¿Quieres un postre? —No, estoy engordando. —¿Un café? —No, vámonos, lo tomaremos en casa. En el cine hemos hecho pequeños avances para intimar pero aún no tengo claro hasta dónde vamos a llegar. Regresamos a su casa. Son las 12 de la noche y esta vez no nos vio entrar nadie. —Luisa, el Convento está cerrado desde las diez de la noche hasta las cinco y media de la mañana. No sé si a esta hora habrá alguien que escuche el timbre y me abra la puerta. Los frailes se acuestan muy temprano y están ahora en lo más profundo de su descanso. Y mis dos compañeros de tareas domésticas duermen muy lejos de la puerta y no pueden escucharme. —Quédate conmigo —dice Luisa con naturalidad— tengo dos dormitorios. —Será maravilloso poder dormir una vez en una buena cama con sábanas limpias. Me gusta mucho tu casa. A pesar de vivir sola, tu casa tiene mucho calor de hogar. —Me alegro mucho. Vamos a tomar café o té y una copa de licor mientras miramos televisión. Después nos acostaremos. Nos sentamos en un sofá y ahora soy yo quien le tomo la mano. Los programas son malos, la publicidad nos abruma y ambos tenemos la cabeza en otra cosa. —Estoy algo cansada ¿Qué te parece si apagamos la televisión y nos vamos a la cama? Yo también estoy cansado. Ella no me lleva de la mano al segundo dormitorio sino al suyo y me dice: —Hace bastante tiempo que no tengo un hombre en mi cama, angelito. Necesito que hoy estés a mi lado toda la noche. Duerme conmigo. No tienes ningún compromiso. Estoy consciente que soy una mujer mayor y si sientes rechazo puedes irte a la otra habitación. —¿Rechazo? ¿Pero qué dices, Luisa? ¡Te deseo con toda mi alma! Me moriría de angustia si no te abrazo esta noche. Nos abrazamos con la ilusión de dos adolescentes y ha sido una noche extraordinaria de amor para dos seres solitarios que hacía mucho tiempo que lo venían necesitando. A eso de las cuatro de la mañana me despierto, no está Luisa a mi lado y oigo ruido en la cocina. Me levanto y voy a buscarla. Ella está calentando agua para hacerse un té. Me mira con ojos tiernos y llorosos llenos de gratitud. Le hago una pregunta y me da una respuesta que me conmueve y me pone los ojos húmedos. Le pregunto: —Luisa, ¿Te molestan mis ronquidos? Y me contesta: —No, me molesta más la soledad. ¡Qué poco saben los hombres, en general, de cómo puede amar una mujer otoñal que cree que ese hombre que tiene en la cama puede ser el último de su vida! Me voy reponiendo de esa contundente y muy humana respuesta y mientras tomo el té que ella me ha preparado con mucho cariño pongo mi mano sobre su rodilla y ella lo interpreta como una llamada al amor otra vez. Nos vamos a la cama y terminamos extenuados de tanto amarnos. Y le pregunto: —Luisa ¿Por qué una mujer tan valiosa como tú está sola? —Es una larga historia. La vida es puro azar. Lo que salió no me gustaba y lo que me gustaba no pudo ser. Primero tuve la desdicha de enamorarme de un hombre casado sabiendo que él nunca abandonaría a su mujer e hijos y que tampoco yo lo hubiera disfrutado si deshacía su hogar. Un desastre para mi vida, una desgracia que me hizo perder los mejores años de mi vida en un amor sin futuro. Después un poeta se enamoró de mí y terminó suicidándose por cuestiones económicas. Se arrojó al torrente de un río profundo. Otro desastre. No sé por qué ese suicidio me trae a la memoria unos versos fascinantes que dejó un poeta escritos sobre una roca antes de arrojarse al agua: “El calmo, frío rostro del torrente me pidió un beso.” No le menciono el poema a Luisa para no recordar los dolores del pasado. —¿Por qué se casa la gente? —le pregunto. —Porque todos necesitamos un testigo de nuestra vida y cuando no lo tenemos parece que no estuviéramos vivos. Si hacemos las cosas para nosotros solos es como si lo hiciéramos para nadie. Y eso es desolador porque el ser humano es un animal social que necesita comunicarse. Cuando cocino para mí sola, lloro si me sale bueno el guiso ¿Porque qué gracia tiene esmerarme para que el guiso salga bueno si no hay alguien con quien compartirlo? Me amargo menos si me sale malo. —He conocido a una mujer en el barco —le digo— profesora de filosofía, que es menos afortunada que tú pues ella preferiría estar sola a tener un mal esposo. Y es que nunca llega a uno a conocer a su pareja aunque viva con ella cincuenta años. Hay un rincón íntimo cuya llave conserva siempre cada ser humano. Luisa tiene una grave adicción, fuma, fuma y fuma un cigarrillo tras otro, hora tras hora y minuto tras minuto. De pronto me pregunta: ¿Tú rezas? —Sí, rezo, pero no es porque tenga fe. Todo lo que hago en materia de religión lo hago “por si acaso.” —¿Cómo rezas? —Todas las noches, al acostarme, antes de cerrar los ojos digo en voz baja o con el pensamiento: “Señor, si yo me olvido de ti, Tú no te olvides de mí.”
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