|
Los
Padres De Mariana Cuando
Doña Celia salió del intenso sopor de los fuertes calmantes y tomó conciencia
de su horrible desgracia, cayó en una profunda depresión. Es que cuando una pérdida
familiar es de tan tremenda magnitud, los afectados por la pérdida del ser
querido quedan tan anonadados que en los primeros momentos no terminan de darse
cuenta de ello. Es después, unos días después, unas semanas o unos meses
después, cuando se toma conciencia de la inmensa catástrofe. Y el dolor es tan
intenso que no solamente quisiera uno morirse sino que quisiera no haber nacido
para no pasarlo. Las fotos del ser querido ausente para siempre, sus ropas, su
cama, sus libros, todas sus cosas se vuelven lacerantes. Y esa sensación extraña,
dolorosa, inexplicable, de saber que no se la volverá a ver jamás, que ha
desaparecido para siempre, que no hablará nunca. «Nunca» es sólo una
palabra. Pero esa palabra cobra un sentido trágico y atroz cuando significa que
no se verá al ser amado «nunca». Alguien dijo una vez que los muertos deberían
llevarse consigo todas sus cosas, deberían irse con todo su equipaje. Doña
Celia fue saliendo de su depresión y dentro de su dolor le quedaron fuerzas
para preocuparse por su esposo. Subió al ático en el que permanecía encerrado
y trató de convencerlo de que volviera a la vida activa: —Anselmo,
no podemos seguir así, vuelve al trabajo. Dios lo ha querido así. Somos católicos.
Debemos aceptar los designios de Dios y seguir viviendo. —¿Dios?
¿Cuál Dios? _respondió Don Anselmo_ ¿Adónde estaba Dios cuando murió mi
hija? —Dios
nos la dio, Dios nos la quitó, El sabrá por qué ¡Alabado sea el Señor! —¡Alabado
y un carajo! _replicó fuera de sí Don Anselmo. —Por
la Virgen Santísima, Anselmo, ya he perdido a mi hija. Es suficiente, no quiero
ahora perderte también a ti. Están todas las tierras abandonadas. Nosotros no
necesitamos nada pero muchas familias dependen de los jornales que tú les
pagas. Tienes que ser fuerte y enfrentarte a tu desgracia, a los hechos. No
habían hablado por meses. Su dolor era silencioso. El dolor que no halla salida
se aferra a las entrañas, las corroe y quiebra a una persona por adentro. El
dolor sin palabras, sin quejas y sin lágrimas es agotador, agobiante y
destructivo. Doña Celia intentó entablar una conversación con su esposo pues
intuía que de no hacerlo hablar terminaría enloqueciendo. Para ello se arriesgó
a sacar un tema que podía producir una explosión, pero quizás el estallido
fuera bueno como catarsis: —Anselmo,
¿Sabes que el joven que quería a nuestra hija, aquel al que agrediste, se ha
vuelto loco y vive en una cueva al lado del cementerio? Todas las noches
enciende una vela y da una vuelta completa alrededor del camposanto diciendo que
está velando el sueño de Mariana para que nadie la moleste mientras duerme. Lo
llaman «El loco del Cementerio». Don
Anselmo miró a su esposa y se le inundaron los ojos de lágrimas. De pronto
lanzó un grito enorme, desgarrador, un grito que no parecía de este mundo y
que contenía todo el dolor reprimido durante meses. Y lloró durante media hora
sobre el regazo de la esposa. Fue una explosión salvadora. Cuando se fue
calmando le dijo a Doña Celia que avisara a los capataces y caseros que
vinieran a verlo. Desde su casa dirigiría sus negocios pero advirtió
tajantemente que no saldría jamás en su vida a la calle. —¿Vas
a hacer algo por ese chico? _preguntó la esposa_ Baja de tu orgullo herido y
piensa que ese muchacho no cometió otro mal que enamorarse locamente de nuestra
hija ¿Vamos a odiarlo por haber amado a Mariana? —Ese
chico es la causa de todas nuestras desgracias _dijo Don Anselmo del Monte. —No,
no es así y no tendremos paz hasta que no hablemos con la verdad. Nuestra hija
estaba enferma del corazón y no lo sabíamos. No es ese joven el causante de su
muerte pues seguramente habría fallecido igual sin haberlo conocido. La verdad
es que todas las desgracias le han venido al joven por enamorarse de nuestra
hija y no al revés como tú lo piensas. —Celia...
—Ni
Celia ni nada. Mira Anselmo, eres un hombre difícil. Tu carácter iracundo te
pierde. Podrías vivir sin dinero, sin familia, sin amor, sin trabajo, sin
amigos, sin religión y sin Dios, pero no podrías vivir sin tu maldito orgullo.
Y al fin y al cabo ¿Por qué tanto orgullo si tu abuelo y el mío hicieron su
fortuna prestando dinero «a la caña»? —¿Pero
qué dices, Celia? Prestar
«a la caña» era una actividad usurera muy despreciable que hacían los
caciques comarcales y que consistía en prestar pequeñas sumas a tasas de interés
abusivas a gentes muy humildes, la mayor parte analfabetos, aprovechándose de
sus necesidades y su ignorancia. Por ejemplo, se le prestaban 20 duros a alguien
y tenía que devolverlos a 2 duros semanales durante veinte semanas. Era una
tasa de interés del 100 % en veinte semanas que representaba el 260 % anual. Cómo
no sabían hacer las cuentas, se tomaba una caña del largo de un mango de
escoba y se cortaba en dos partes pero a lo largo, verticalmente. Media caña se
la quedaba el prestamista y media se la llevaba el tomador del dinero. Cada
semana que iba éste a pagar los dos duros, se traía consigo su media caña. El
prestamista sacaba la otra media, las juntaba y con un cuchillo hacía una
muesca que abarcaba las dos medias partes. No se podía hacer trampa pues las
muescas debían coincidir. Una muesca que sólo estuviera en una sola de las
partes no era válida como recibo de pago. Muchos caciques políticos habían
hecho así sus fortunas diciendo además que eran benefactores y exigiendo el
voto o no se le otorgaba el préstamo. Cada cacique tenía su territorio que era
respetado por el cacique vecino y si un tercero quería meterse podía aparecer
ahogado en el río o en una acequia. Mafiosos hubo siempre pero el usurero de
las pequeñas sumas a gente humilde es el más despreciable de todos. Y
siguió Doña Celia desahogándose por viejas cuentas pendientes: —Nunca
me has tenido en cuenta para nada. No solamente nunca has pedido mi opinión
para algo sino que directamente no me has dejado opinar. He sido un cero a la
izquierda en tu vida, tu servidora, pero nunca tu compañera. Y eso que mi padre
tenía tanto dinero o más que el tuyo; que no me estás manteniendo. Te he
amado mucho pero también he sufrido mucho. Y ahora oirás mi opinión te guste
o no. O haces algo para ayudar a ese chico o lo haré yo. Sólo así podremos
redimirnos de nuestra culpa. |