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No bajamos en la escala de Montevideo (Uruguay.) Nos quedamos con las ganas y permanecemos en el barco. Ya Buenos Aires está cerca, a un día de viaje. Y por fin llegamos al día siguiente. El barco atraca en el muelle junto al pabellón de inmigración pero nosotros tenemos pasaportes de turistas con un permiso de estadía de 90 días. Las autoridades de inmigración saben que venimos con la intención de quedarnos pero no les preocupa mucho. Ya pasaremos por inmigración pues sin el permiso de radicación no podemos trabajar a no ser que lo hagamos en negro, indocumentados, lo cual es peligroso si las autoridades sorprenden a alguien que da empleo a un indocumentado. Los que consiguen trabajo en negro ganan muy poco y sin ningún derecho de protección social. El empleador puede ser fuertemente multado y el empleado en negro deportado a su país de origen. Nos despedimos con un abrazo emocionado y deseándonos suerte mutuamente. Felipe se va con sus tíos, Antonio con un conocido que lo empleará en negro de camarero, yo con el fraile que me espera y Juan con nadie, buscará una pensión barata a la buena de Dios y tratará de conectarse con exiliados republicanos que se reúnen de tertulia todas las tardes y noches en los bares de la Avenida de Mayo, una avenida que los españoles han elegido como suya, con una curiosidad, los republicanos han elegido los bares de un lado de la calle y los franquistas en la acera de enfrente. Me han contado que a veces se apedrean. Otra curiosidad que descubro es que en Buenos Aires a los bares y cafeterías los llaman confiterías que es el nombre que en España damos a los que venden dulces. En el puerto de Buenos Aires hay un fraile esperándome. Dice llamarse Padre Eliseo y es un fraile sin edad, sin sexo, sin identidad, sin sonrisa, seco como un árbol sin riego, sin expresión alguna en su rostro de una seriedad estupefacta, sin personalidad ni amistad, sin algo. Es la nada humana. Es como si nadie me hubiera esperado, lacónico, escueto, flaco de toda flacura, puros huesos, con una voz de ultratumba, sin brillo en los ojos opacados y cansados por interminables madrugadas de rezos, plegarias, ayunos y flagelaciones, mal comido, mal dormido y exento de sexo. Empiezo a desconfiar pues si este fraile está mal alimentado por voluntad propia ¿Qué me espera a mí por voluntad ajena? ¿Habrá mucha pobreza en el Convento? ¿Otra vez las carencias como en Orihuela con el Padre Tomé? ¿Pues no es que en la Argentina nadaban en la abundancia? Llego con el fraile en un taxi a un templo católico que tiene adosado a un lado un colegio de la misma Congregación y al otro un local de Santería con venta de libros piadosos, medallas, estampas, rosarios, imágenes de Santos, etc. etc. Detrás del templo, oculto a la gente, está el Convento y sus instalaciones. Lejos de la calle y fuera de la vista de los transeúntes está la residencia conventual de la Comunidad, dormitorios, cocina, comedor, sala de estar y biblioteca, etc. etc. Estoy muy angustiado pero no asustado. Tengo un nudo en la garganta y me siento infinitamente solo y abandonado. No conozco la gran ciudad, no tengo dinero y no sé qué será de mí, pero sea lo que sea me he convertido en rehén de estos frailes pues no puedo ir a parte alguna si ellos no me acogen. Tengo que aceptar lo que sea, no tengo opción. Por suerte cuento con mi fortaleza interior, estoy acostumbrado a las más duras privaciones y no le temo a eso. Mientras no tenga familia a mi cargo me siento fuerte pues creo que soy capaz de soportar cualquier cosa. Me presentan al Padre Superior que se llama Padre Guzmán. Me mira y me estudia detenidamente desde detrás de unos lentes redondos, con los ojos entornados como si le molestara la luz o como si quisiera ocultarme sus ojos. No hay amor ni odio en su mirada, sólo una fría indiferencia. Después descubriré que le encanta manosear a los menores con disimulo. —Vaya, vaya, así que tú eres Rodrigo, el ayudante doméstico que nos han recomendado. —Sí, Padre. —Espero no tener que arrepentirme de haberte aceptado sin conocerte. Ten presente que casi vas a formar parte de nuestra Comunidad pues vas a comer nuestra misma comida, vas a dormir en nuestro Convento y vas a trabajar de empleado doméstico en nuestro Templo y en nuestra Santería. Vamos a ver qué clase de semilla me han enviado. Voy a trabajar como un burro comiendo malos guisos y sin percibir sueldo alguno y este fraile me habla como si me estuviera ofreciendo un gran empleo, una canonjía. —No lo decepcionaré, Padre. Nunca he defraudado a nadie. —Veremos, veremos, eso me suena a pecado de vanidad. Iba a decirle que a mí sí que me ha defraudado un jesuita haciéndome trabajar 16 horas diarias durante 9 años sin pagarme con dinero, sólo con oraciones y promesas. Pero no me parece el momento oportuno para esa observación. El Padre Superior podría haberlo tomado como una impertinencia pero como él me estudia a mí, yo decido estudiarlo a él. Y me voy dando cuenta de que no cesa de tirarse pedos en cadena mientras me habla y huele a sudor viejo que más parece venir de la vieja sotana muy sucia que de su humanidad, o bien de ambas. Se escarba la nariz con ahínco sin importarle que yo lo vea y creo que me considera una cosa sin importancia, como un mueble, ante lo cual no tiene que preocuparse de guardar normas de urbanidad o de mostrarse educado. Retuerce un dedo dentro de su nariz y al sacarlo se mira detenidamente con gesto contrariado si no ha cosechado algo. Siento otro olor fétido pero no proviene de sus gases ni de su sudor ¿Qué es? Trato de detectarlo hasta que por fin descubro que viene desde abajo para arriba. ¡Son sus pies, Santa Madre de Dios! ¡Qué aromas! Menos mal que las feligresas se confiesan tras la rejilla del confesionario pues se desmayarían si lo hicieran arrodillándose ante él como hacen los hombres. Me va indicando mis obligaciones. Llama al Padre Administrador que después descubro que es administrador de la nada pues en esa comunidad lo único que abunda es la escasez. Y delante del Padre Administrador me dice: —Bien, Rodrigo, veamos. Nosotros no tenemos esas costumbres españolas de las Misas del alba a las 3 ó 4 de la madrugada. La primera Misa es a las 5 de la mañana y la oficia el Padre Rosendo, al que ya conocerás, que también es el cocinero. Después de oficiar esa Misa el Padre Rosendo va a la cocina y prepara el desayuno de todos, café con leche con unas migas de pan. Los demás nos levantamos todos a las cinco y media y vamos a rezar los Maitines en la Capilla del Convento. A las seis vamos todos a desayunar. Tú y los otros dos empleados de la limpieza también vais a la cocina a las seis y después del desayuno tenéis que limpiar la cocina hasta dejarla brillante para que no haya cucarachas. Y luego cada Padre se va a sus obligaciones, oficiar su Misa, a confesar, a visitar enfermos, a dar clases en nuestro colegio, etc. etc. —¿A qué hora debo levantarme yo? —pregunto. —A eso vamos, no seas impaciente —y el Padre Superior se mete un dedo en una de sus orejas y lo sacude violentamente usándolo a modo de pequeño taladro. Saca el dedo, se lo mira, ve que ha extraído una especie de cera amarilla y se limpia con satisfacción en un papel. Después se huele el dedo y se lo termina de limpiar en la sotana. Y continúa: —Tú cumplirás los mismos horarios que nosotros. Te levantarás a las cinco y media y mientras rezamos los Maitines vas a la cocina a poner los platos, las tazas y las cucharas sobre la mesa de nuestro comedor ayudando así al Padre Rosendo a preparar el desayuno. Inmediatamente después de limpiar la cocina, a eso de las seis y media, te irás a tus tareas que son mantener limpias todas las instalaciones del Convento, el Templo y la Santería. No tienes que importunarme preguntando a cada momento lo que tienes que hacer pues eso te lo irá diciendo el Padre Administrador y te irás enterando solo. Hay dos cosas que te exijo, dos nada más: Todo tiene que estar muy limpio y siempre tienes que estar ocupado en algo salvo las dos horas que tenemos todos para la siesta ya que madrugamos mucho. Después de la comida del mediodía y cuando ya esté muy limpia la cocina, te vas a descansar hasta que nosotros nos levantemos. Y cuando estoy diciendo muy limpia, estoy diciendo muy limpia. Esta afirmación me sorprende pues cualquiera diría que todo está brillando en las instalaciones conventuales y que a mí me toca que siga brillando pero lo cierto es que hay suciedad de años en todos los pasillos, pisos, rincones, bancos y un largo etcétera. Por lo visto me estaban esperando a mí durante años para que ahora todo brille. —Lo único que no tienes que limpiar son nuestros dormitorios. Cada miembro de la Comunidad debe hacer su cama y mantener su cuarto limpio y yo paso revista de vez en cuando. Pero a excepción de eso, no preguntes si esto o lo otro debes limpiarlo. Debes limpiarlo todo y cuando digo todo, es que digo todo ¿Se entiende? —¿Podría usted detallarme un poco qué es todo lo demás? Es que no conozco todavía la casa —pregunto. —Caramba, ya te he descubierto un defecto que no me gusta. O bien no me prestas atención o es que eres o te haces el lento de entendederas. Ya te he dicho antes que el Padre Administrador, aquí presente —y señala al fraile gordo— te va a enseñar el trabajo en los primeros días. Entonces interviene por primera vez el Padre Administrador, o sea el Padre Telesforo, un gordo enorme que se balancea cuando camina porque sus piernas no pueden mantener esa opulenta humanidad. Es un fraile simpático y bonachón que le tiene terror al Padre Superior. Un buenazo que me recuerda a la Pichi, la prostituta de Orihuela que montaba en cólera cuando le contaban que la madrastra de la Cenicienta maltrataba a ésta. Al Padre Telesforo, no le dicen administrador sino ecónomo y debe ser, seguramente, porque en ese lugar no hay algo para administrar. Ya se ha ido a sus tareas el Padre Guzmán, el Superior, y me dice el Padre Telesforo, cuyo nombre me suena a televisión que se enciende con fósforos: —El colegio es limpiado por mujeres voluntarias que tienen hijos estudiando. Somos muy pobres y no podemos permitirnos pagar salarios. Tú y dos hombres más que tenemos en el servicio doméstico mantendréis muy limpios diariamente todos los salones y pasillos que forman nuestra vivienda, la Capilla, jardines, pasillos, retretes, cocina, comedor, etc. También la Iglesia y el gran salón de recepciones y actos parroquiales, la biblioteca y la Santería pues de eso y del colegio es de lo que vivimos. No recibimos subsidios de ninguna clase, nuestra Comunidad tiene que ser autosuficiente. Pero todo el tiempo que esas obligaciones no te requieran, deberás estar limpiando en algún lugar pues esto es muy grande. Tú sólo, sin necesidad de que el Padre Superior o yo te tengamos que andar detrás, deberás incorporarte a la limpieza en cuando esas dos ocupaciones principales, ventas de Misas y de Santería, no te requieran. Prohibido estar ocioso pues hay mucho trabajo y la ociosidad es un pecado porque lo que tú no hagas caerá sobre los hombros de otras personas. —Tengo una curiosidad, Padre Telesforo, ¿Por qué ahora están tan interesados en que todo brille si todo está con suciedad muy antigua? —me atrevo a preguntarle. —Pues ya ves, hijo, está todo sucio porque no hemos tomado a nadie para guardarte a ti el puesto. Otro fraile que me habla como si el puesto que me han dado fuera una prebenda. Lo que me han guardado a mí no es el puesto sino el trabajo. Pero mientras escuchaba al padre Telesforo no tuve más remedio que recordar ese viejo chiste de aquel pobre hombre que encontró un empleo con tantas cosas para hacer que pensó: “Con razón yo no encontraba trabajo, estaba todo aquí.” Ya está anocheciendo y estoy muy cansado. Ha sido un día muy duro entre el desembarco, la tensión, las presentaciones, las novedades, etc. Me llevan a la cocina, de unos 7x5 metros. Al lado hay un salón rectangular con una mesa muy larga y tosca y unos bancos corridos sin respaldo, también muy rústicos, de tipo carcelario. Es el comedor, o refectorio, para los doce frailes que forman la Comunidad. También hay pegada a la cocina una pequeña habitación interior, de 3x3 m., sin ventanas, que es el comedor de los empleados domésticos que trabajan, sin sueldo, por la comida y la cama. Ahora, conmigo, ya sumamos tres. Pero su dormitorio es muy pequeño y sólo caben dos camas para mis dos compañeros de tareas, de lo cual me alegro mucho después de conocerlos. Los frailes ya cenaron y se han retirado a sus dormitorios. Conozco a los dos empleados domésticos y me quedo cenando a solas con ellos. Uno de llama Ladislao y es un hombre de unos 45 años, de un moreno negruzco, con un ojo medio cerrado que le da a su rostro un aspecto patibulario muy desagradable. Parece uno de esos piratas que salen en las películas. Es cojo, con una pierna más corta que la otra y es comunista activo. El otro se llama Fulgencio, de unos 50 años, muy delgado, de aspecto degradado y canallesco. Evidentemente son dos marginados recogidos de la calle. Les pregunto a ambos, mientras mastico unas patatas hervidas con cebollas, acelgas y zanahorias, cómo es que han aceptado ese trabajo sin cobrar algo, sólo por la escasa comida y un duro camastro. Ladislao, el cojo comunista me dice que eso es mejor que dormir en la calle, que todo le da igual porque cree que todos los hombres, todos, están condenados y no hay esperanza alguna para alguien. Fulgencio, que se declara homosexual, me dice que lo busca la justicia y que en el Convento está seguro que no lo van a encontrar. Entonces me preguntan ellos lo mismo, cómo es que yo lo he aceptado y les digo que en mi condición de inmigrante sin documentos, sin conocer a alguien y sin dinero, no tengo más remedio que aceptarlo pero que lo considero transitorio. Pienso obtener la radicación necesaria para encontrar otro trabajo. Y les hago otra pregunta: —¿Cómo es que los frailes, tan puritanos, aceptan tener como empleados a un comunista activo y a un homosexual fugitivo de la justicia? —Porque les resultamos mano de obra regalada. Ellos toman a quien sea si come poco, trabaja mucho y no cobra. Pero ya irás viendo que tenemos nuestros trucos para aparentar que estamos ocupados pero no nos matamos —dice el cojo—. Mientras uno descansa el otro vigila y avisa si viene algún fraile. Así nos vamos turnando. Ahora podrás colaborar tú. Sin embargo Fulgencio protesta más duramente: —Estos frailes son unos desalmados, no tienen ojos para ver nuestra vida miserable. No tienen compasión de nosotros, sólo se ocupan de sí mismos, de sus rezos y de su comida. Yo ya me habría ido pero estoy aquí por mi amigo Ladislao porque si yo no me ocupara de lavar su ropa y plancharla iría hecho un pordiosero. Comprendo que son pareja y que el cojo comunista, que siempre se queja de los explotadores, explota al homosexual sin misericordia. Ladislao saca su carácter de comunista activo y de macho en la pareja y replica: —No te quejes, lucha, maricón de mierda ¿Por qué no vas a las manifestaciones de mi Partido y te afilias al mismo? —Porque los comunistas me gustan menos que los frailes —dice Fulgencio. Me enseñan el lugar donde voy a dormir. Se trata de un salón muy grande usado como trastero. Está lleno de muebles viejos amontonados en completo desorden. En un rincón, al lado de una ventana que da al jardín, han colocado un pequeño camastro con una dura y gastada colchoneta y unas viejas mantas que parecen trapos para taparme si tengo frío. No me han dado sábanas y me dicen que tendré que soportar la molestia de algunas pulgas ¿Algunas? ¡Madre mía! Están por miles y no sé si por millones. También me preocupa cómo lavaré mi ropa que tendré que usar sin planchar. El homosexual me ofrece su ayuda pero la rechazo pues no quiero deberles favores a ninguno de estos dos hombres tan extraños. Recuerdo ahora la exclamación de un viejo cómico: ¡Paren el mundo, me quiero bajar! Pienso que alguna vez es posible que los hombres brinden con una copa de licor en Marte, en las Lunas de Júpiter llamadas Europa y Ganímedes, y en la Luna más grande de Saturno que es Titán, así como en las órbitas alrededor de Venus, Neptuno y Plutón. Bueno ¿Y qué? ¿Para qué? Se sabe que allí no hay posibilidades de vida. Para qué tanta arrogancia y tanta soberbia de llegar allí si no podemos en la tierra terminar con la pobreza ni siquiera con las pulgas. Creo que el futuro de la tierra le pertenece a los insectos. El hombre, en su locura, podrá destruir las cosas grandes, gigantescas, ciudades enteras, pero no podrá con los insectos. Cuando el hombre se autodestruya por guerras o por catástrofes climáticas, cuando no quede un solo ser humano en nuestro planeta, de entre las piedras saldrán indemnes los insectos ¡Y las pulgas, vive Dios! Alguna vez ha dicho el sabio Einstein que “La división del átomo ha cambiado toda la forma de pensar de los hombres, así que vamos camino de una catástrofe.” Pero yo agrego que después de las catástrofes naturales, ahí seguirán los insectos ¡Y las pulgas! Seguirán las moscas, mosquitos, hormigas, arañas ¡Y pulgas! No podrán con los insectos, nos amenaza lo pequeño, no lo grande. ¡¡¡A mí me amenazan las pulgas!!!
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