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Estamos llegando a Río de Janeiro. Amanece pero ya están las barandas de las cubiertas repletas de pasajeros que han madrugado para no perderse la hermosa vista de la entrada a la Bahía de Guanabara, con sus preciosas playas de Copacabana, Ipanema y el gran Cristo abierto de brazos con las palmas de las manos abiertas allá arriba en lo alto de la montaña. Algunos cariocas dicen, en tono de broma, que ese Cristo está en posición de empezar a aplaudir y lo hará cuando los habitantes de Río de Janeiro empiecen a trabajar. La indolencia es un injusto San Benito que les han colgado a los cariocas quizás por esa fiesta insaciable que son los carnavales y tal vez también porque la belleza y el benigno clima invitan más al ocio que a la actividad productiva. Y está también esa original y hermosa joroba montañosa denominada Pan de Azúcar. Subir en ascensor y ver la ciudad de Río y su entorno desde lo alto del Pan de Azúcar es un gran impacto emocional pues el paisaje es de una belleza indescriptible e inolvidable. Nosotros tenemos la vista privilegiada desde nuestra pequeña terraza del camarote de lujo en el que hemos viajado encerrados desde hace once días. Apenas atraca el barco al costado del muelle el Comandante llama a Juan y a mí a su oficina. Decidimos que no nos separaremos durante el resto del viaje pues así le será más difícil a quien pretenda hacernos daño enfrentarnos a los cuatro juntos. Contestamos al Oficial asistente que no queremos separarnos y el Comandante comprende nuestros temores y accede a recibirnos a los cuatro. Nos presentamos ante el mismo con cara de susto ¿Qué nos espera? Llegó el momento de la verdad. ¿Se habrá concretado o no su operación de venta de armas? En ambos casos tenemos miedo ¿Qué nos harán si no quieren que queden testigos? —Buenos días, señor Comandante —saludamos respetuosamente. —Buenos días. Nuestro negocio se ha cerrado bien, ya no pueden ustedes hacernos daño pues aunque hablaran nadie les haría caso y menos en un país que no es el suyo. Estamos satisfechos y agradecidos por su discreción sin intentar extorsionarnos. Han sido más prudentes y discretos que nuestros hombres que hablaron del tema en la cafetería. Aunque esos dos no hablarán más con alguien. —¿Qué harán con nosotros señor Comandante? —pregunta ansioso Juan. —Ya le dije que no somos asesinos, somos comerciantes de una mercadería peligrosa, nada más. Miren, muchachos, las 360 personas más importantes del mundo tienen más dinero que todos los países del continente africano juntos. No es culpa mía que el mundo sea un disparatado basural. No quiero ser pobre. No me siento mala persona queriendo tener dinero para que a mis hijos no les falte algo y para no ser carne de cañón de algún patrón explotador, cosa que mucho me temo que lo seáis vosotros en Sudamérica. Participo de vez en cuando en una sociedad que vende armas y vendería lo que fuese para salir de la pobreza. Además no me gusta que las armas que ayudo a vender sean para someter a los países pobres, pero no puedo evitarlo. También puede ser que éstos las utilicen para liberarse de su esclavitud. Así que no juzguen y no serán juzgados, como dice el Evangelio. ¿Sabían ustedes que los mismos países que están en guerra les venden armas a sus enemigos? No es nada raro que cuando un país grande gana una pequeña guerra encuentre entre los vencidos material de guerra fabricado en el propio país vencedor. —Sí, es cierto —dice Juan— el mundo es una porquería. —Vamos a lo nuestro —dice el Comandante—. En primer lugar les pido disculpas por tener que mantenerlos encerrados y aquí tienen ustedes cuatro sobres con mil dólares norteamericanos cada uno como compensación a las molestias que les hemos ocasionado. Estos sobres contenían 1.500 dólares pero les he sacado 500 a cada uno para cobrarme la colección de vinos que se tomaron. Ya les dije que encontraría la forma de cobrar. —Está bien, es lo justo —dice Juan. —Sin embargo, si bien lo que ustedes hablen ya no puede frustrar la venta que hemos concretado, sí podría afectar la reputación de esta pequeña compañía naviera si alguna prensa metiera la nariz en nuestros negocios. Por lo tanto les pido su palabra de que no van a comentar algo de lo que ha ocurrido. Yo creo más en la palabra de la gente humilde que en la de los poderosos pues éstos consideran una debilidad cumplir su palabra ¿Tengo su palabra de honor? —Por supuesto, señor —dice enfáticamente Juan y asentimos los demás con la cabeza—. Ya vio usted que la hemos cumplido y la vamos a seguir cumpliendo. También nosotros le estamos agradecidos pues con este dinero podemos iniciar algo para ganarnos la vida y ver si podemos salir de la pobreza. Es una grata sorpresa. —Miren, hijos —nos comenta paternalmente el Comandante— van hacia un país que, como el resto de América Latina desde México para abajo, busca su identidad entre dolorosos conflictos. Son países, en especial Brasil y Argentina, muy codiciados por los países poderosos del Norte. Son países que no los dejan crecer ni los intereses del feudalismo local ni los intereses políticos y comerciales de los países dominantes del norte, en cuya fuerza confía la oligarquía nativa para que los defienda del asedio izquierdista. Ojalá tengan suerte pero no les será fácil. La Amazonia brasileña y la Patagonia argentina son bocados exquisitos ansiados por el Norte y no cejarán. Hay muchos gobiernos corruptos y cuando el Estado no cumple la ley se rompe el contrato social y es el caos. La Argentina, además, está absolutamente dominada por una minoría clerical de un ultracatolicismo muy extremo. Una desgracia para ese hermoso país con habitantes cultos que merecerían mejor suerte. Entonces Juan le dice: —Suponiendo que los poderosos países del Norte puedan proteger de la izquierda a la oligarquía nativa de los países empobrecidos del Sur ¿Es lícito cederles toda la soberanía política y económica en pago de dicha protección? —Ese es el punto, no es lícito pero lo están haciendo. Y el político nacionalista que se rebela ya sabe que no tiene futuro en su carrera presidenciable. —¡Pues vaya una mierda! —protesta Juan. —Mire, Juan, —le dice el Comandante al andaluz— no me ha pasado desapercibida su ideología izquierdista. Haga usted con su vida lo que quiera pero no intente hacer proselitismo con sus tres compañeros de viaje. Ellos van a trabajar y no a meterse en política y lo mismo debería hacer usted o le preveo un mal final en Argentina. Y volvamos a lo nuestro pues no les he llamado para hablar de política. No sé por qué pero les he tomado aprecio y los respeto. Desde este momento están libres de hacer lo que quieran. Pueden seguir con nosotros hasta Buenos Aires en su camarote privilegiado, pueden mudarse a su pequeña cabina económica 144 en la que estaban antes o pueden, si lo desean, abandonar el barco y continuar su viaje por otros medios, en avión, en autobús o en otro barco. Aquí no los van a molestar más pues he amenazado a esos hombres de la tripulación que buscaban venganza con no renovarles el contrato de trabajo ante el menor intento de meterse con ustedes. —¿Qué nos aconseja usted, mi Comandante? —pregunta Juan que ha simpatizado con el mismo. —Miren, chicos, yo en su caso terminaría el viaje cómodamente en su camarote de primera clase que tienen a su disposición gratuitamente como mis invitados. Y ya no están encerrados. Pueden salir adonde gusten pero háganlo juntos y salgan lo menos posible. Pese a mis amenazas no me termino de fiar de esos mafiosos. —Está bien, así lo haremos, nos quedamos y nos seguiremos cuidando. Muchas gracias, señor Comandante. ¡No lo podemos creer! Yo cuento una y otra vez los diez billetes de cien dólares cada uno y me tiemblan las manos. Es mi primer dinero ganado como emigrante y no ha sido trabajando sino por una casualidad. Pero todos seguimos teniendo miedo. —¿No hubiera sido mejor abandonar el barco aquí en Río de Janeiro puesto que ahora tenemos dinero para seguir el viaje por otro medio? —reflexiona Juan en voz alta. —Es muy complicado bajar en Río, pasar la Aduana con documentación insuficiente y buscar nuevos medios para viajar sin conocer la ciudad y el idioma —dice Antonio que ya tiene experiencia viajera por haber estado en Cuba. —Además —agrego yo— a mí me espera un fraile a mi llegada en el puerto de Buenos Aires en este barco y no puedo dejarlo. Y también a Antonio y Felipe les esperan. Decidimos entonces continuar el viaje en nuestro camarote de primera clase como nos sugirió el ahora amable Comandante, pero bajaremos a conocer Río aunque corramos el riesgo de tropezarnos en tierra con esos rufianes miembros de la tripulación empecinados en vengarse de nuestra denuncia por sus trampas en el casino. Nos hemos enterado que el casino no lo maneja la empresa naviera sino que lo subarrienda a eso bandidos que hacen trampas. Ya no podemos soportar el encierro sin caminar unas horas por las calles así que dejamos el grueso de nuestro dinero bien escondido debajo de unas maderas que hay en el piso del camarote y nos vamos con solamente cien dólares cada uno. Subimos a un taxi en el puerto que nos lleva a la playa de Copacabana. El reloj del taxi marca el número 40 y suponemos que el viaje vale 40 Cruceiros que es la moneda brasileña de mucho menos valor que el dólar norteamericano. Pero el taxista dice enérgicamente que son 40 dólares. Protestamos y amenazamos con llamar a la policía pero el taxista no se achica y quiere cobrar en dólares. Pensamos que si vamos a la comisaría no podremos explicarnos en su idioma y podemos perder el barco. Así que a regañadientes pagamos 40 dólares. Le damos un billete de 100 dólares y nos vuelve a estafar devolviéndonos en Cruceiros al cambio oficial que es mucho más bajo que el paralelo que aplican las casas de cambio. Discutimos con el taxista que sólo repite una y otra vez: “Mí no entienda españolo.” Después de estafarnos dos veces arranca el auto y grita en perfecto castellano: “Adiós, turistas tontos.” El gran pícaro se ha aprovechado bien. Acabamos de llegar, sólo hemos tomado un taxi y ya hemos perdido casi 100 dólares entre los cuatro. Está anocheciendo, damos unas vueltas y encaramos el regreso al barco. No entendemos el idioma portugués-brasileño y no nos atrevemos a tomar ni una cerveza por temor a que vuelvan a engañarnos. Vemos algunos travestis que para nosotros que venimos de la España franquista y clerical es una novedad impactante. Jóvenes hombres vestidos de mujer, maquillados con rimel y rouge, algunos con piernas y busto más perfectos que los de muchas mujeres prostitutas que también hemos visto en la calle. Alrededor de ellos se forma en la calle un corro de hombres jóvenes diciéndoles obscenidades y haciéndoles bromas pesadas como tocarles un pecho o el trasero, pero los travestis se ríen y los provocan con gestos procaces. Para regresar al barco arreglamos ahora el precio con el taxista antes de subir al vehículo. Llegamos a nuestro camarote cansados y fastidiados. No hemos visto mucho y nos salió el paseo muy caro. Con lo pagado por el taxi de ida podríamos pagar todos nuestros gastos de bar en el barco. Abrimos la puerta del camarote y… ¡¡¡Horror!!! Hemos sido robados. Todo está revuelto y no queda rastro de los 900 dólares de cada uno ni de las pocas pesetas que traíamos en la maleta. Juan habla con el Comandante pero éste, que ya está harto de que le causemos problemas, dice que no sabiendo quienes fueron él no puede hacer nada, no puede acusar a alguien sin pruebas. A mí me quedan sólo 600 pesetas de las 2.000 que traía pues he gastado 400 pesetas en el bar durante el viaje y por consejo de Antonio he comprado en Canarias unos prismáticos de teatro que me costaron 1.000 pesetas para revenderlos en Buenos Aires, según él, por 3.000 pesetas. Al llegar a Buenos Aires los veré en un escaparate con el precio de 500 pesetas. Y, claro está, me siento un imbécil. Menos mal que he sido el único que se llevó consigo las pocas pesetas que me quedan. Los demás lo perdieron todo ¡Y esta angustia…! De noche, en la litera, me abrazo angustiado a mi almohada y a la soledad.
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