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A eso de las seis de la tarde voy a mi camarote y encuentro a Felipe llorando. Sin ruido, con lágrimas silenciosas que a él lo ahogan y a mí me parten el alma. —¿Qué te ocurre, Felipe? ¿Te puedo ayudar en algo? —le pregunto. —Nada, Rodrigo, no me ocurre nada. —Eso no es una respuesta para un amigo que se interesa por ti. Se llora por algo. —Lloro por mí y si te digo la verdad te vas a reír porque tú crees que lloro porque este barco me aleja cada día más de mis padres y hermanos pero no lloro por eso. —¿Por qué lloras entonces? —Lloro por mi perro. Ningún ser humano me quiere como mi perro. Nadie mueve la cola de alegría como él cuando me ve, nadie se orina encima de placer ni se echa encima lamiéndome con desesperación que es su manera de besarme. —¡Hombre, Felipe, que las personas no tenemos rabo o cola, como quieras llamarlo! —¿Ves, te dije que no lo entenderías? No es eso, tú ya sabes lo que quiero decir. Las personas sabemos disimular nuestros sentimientos y jamás podemos estar absolutamente seguros de que alguien no exagere su verdadera alegría o su verdadera tristeza. Podemos fingir, disimular, podemos llevar una máscara, pero mi perro no. Yo sé que siempre me dice la verdad, lo que siente. La noche antes de partir él sabía que yo me iba y lloró toda la noche sin parar. Nunca jamás alguien me querrá así. —Bueno, Felipe, cálmate. Ya tendrás otro perro en Buenos Aires. —No es lo mismo. Sería muy fácil la vida si pudiéramos consolarnos enseguida reponiendo un amor perdido por un nuevo amor. ¿Puede alguien perder un hijo y consolarse porque tiene otro en quien depositar su amor? Pero, además, se nota que nunca has tenido un perro y no sabes lo que se siente. Yo era un dios para mi perro y me gustaba esa sensación de ser dios para alguien aunque sólo sea un perro. —Eso es cierto y a veces me sorprendes con tus pensamientos pues siendo un joven aldeano de poca instrucción hablas con mucha sabiduría. Contigo no sé qué pensar pues a continuación de una ingenuidad inmadura me sales con algo muy profundo, o viceversa. —Debe ser que en las familias muy numerosas los hermanos no pueden recibir mucha atención de los padres y se tienen que despertar prontamente ellos solos. Si alguno de los hermanos se duerme los otros se apoderan de sus cosas. Hay que estar siempre atento y esto nos vuelve más observadores. ¿Sabes que yo no permito que delante de mí se mate a las hormigas? —¿Cómo, que no matas hormigas? Son dañinas, se comen las plantas. —Pero son seres con vida y si están en la naturaleza es porque Dios las puso ahí y Dios no hace las cosas por capricho, nada es casualidad en la naturaleza. —¿Y dejas que se coman las plantas? —Busco la forma de desviarlas, por ejemplo con un pequeño fuego, un fósforo en su camino y se van. Pueden comer malezas y no hacen daño. —Pero, dime, ¿Por qué estás tan triste y preocupado si te esperan tus tíos que no tienen hijos y son ricos y seguramente tendrás una vida mejor que la que has tenido? —No estés tan seguro de eso, Rodrigo. No conozco a mis tíos. Mi tía de Buenos Aires proviene de una familia de gente ambiciosa, avara y sin escrúpulos que tiene muy mala reputación en mi pueblo. No son tíos directos, él es primo de mi padre y ella no es de mi sangre. No sé lo que me espera, si yo fuese un niño pequeño quizás se encariñarían conmigo pero ya tengo 24 años. Puede ser que me quieran como mano de obra barata y me hagan trabajar como un burro por la comida. Eso no me preocupa pero yo estoy muy apegado a mi terruño, a mi familia, a mis amigos, a la naturaleza y a mis animales. Y también a ese verde intenso que cubre siempre nuestro pequeño trozo de tierra en Galicia. Mi vida ha sido muy previsible, un día igual a otro, y estoy acostumbrado a eso. No tengo espíritu aventurero y no se puede convertir a un pastor de cabras y ovejas en un aventurero de la noche a la mañana. —Tienes razón, no lo había pensado desde ese punto de vista, Felipe, pero una vez que la decisión está tomada y te han embarcado en esta aventura, tienes que tomarlo con espíritu deportivo. Añorarás toda esa seguridad, tendrás días de mucha morriña, pero era una situación de extrema pobreza y tus hijos, si los tienes, seguirían esa misma pobreza. Arriésgate sin miedo y lucha por una vida mejor. Se enriquecerán tus conocimientos y experiencias y en unos pocos años serás un hombre nuevo. Aprenderás un montón de cosas. Puedes regresar a tu terruño en unos años pero con algún dinero y mucha experiencia que enriquecerá tu vida. Porque todos somos aprendices en el arte de vivir, el hombre lleva en la tierra muchos años pero no aprendió a vivir. ¿Y quién te dice? Cuando vuelvas con dinero puedes comprar tierra si te gusta pero también puede que ya no te guste y te preguntes: ¿Cómo pude yo vivir así hasta los 24 años? ¿Por qué no me fui antes? —¿Tú crees? Pertenezco a mis raíces, a mi tierra gallega, y no sé si me hará más feliz estar lejos de ella aunque sea con dinero y comodidades. Apenas sé leer muy lentamente, deletreando las sílabas, las letras grandes. Y no sé escribir. Puedo firmar escribiendo muy despacio y con letra temblorosa. Además pienso que el progreso personal no siempre nos hace felices, a veces nos hace más desgraciados. —No te preocupes porque sepas leer y escribir muy poco. Hay escuelas nocturnas para adultos que trabajan y si me das tu dirección como yo voy a vivir en Buenos Aires te enseñaré a leer y escribir bien pues enseñé en el Servicio Militar a analfabetos y tengo bastante experiencia en eso. Y el progreso personal siempre es bueno aunque te haga infeliz porque te proporciona la conciencia de que estás vivo. Un hombre ignorante no puede disfrutar de las artes, de las bellezas de la vida, como un hombre ilustrado. Un ignorante vegeta y ni se da cuenta que pasa por la vida sin enterarse de nada. Eso no es felicidad, es el limbo. Caigo entonces en la cuenta de algo muy curioso. Todos los animales, todos los insectos, todos los bichos rodean siempre a Felipe ¿Será eso la santidad? Perros, gatos, ratas, moscas, mosquitos, mariposas, avispas, abejas, todo bicho que hay gira a su alrededor y se posan sobre él sin picarle. No los espanta, él los deja y hasta las gaviotas, tan rebeldes con los humanos, lo rodean de cerca como si quisieran posarse sobre sus hombros. Es algo notable. Entra en el camarote en ese momento Juan, el andaluz que es escritor, poeta y progresista. Tiene modales un poco bruscos y secos pero es un hombre sensible y tierno. Ve los ojos rojos e hinchados de Felipe y pregunta: —¿Y a este gallego qué le pasa? —Pues tiene morriña, añora su tierra y echa de menos sobre todo a su perro. —¡Joder, niño, con los problemas que nos esperan y tú llorando por un perro! No te quedes en el pasado, niño, mira para adelante. La vida carece de sentido si caminas mirando para atrás ¿No te diste cuenta que quién camina mirando para atrás termina siempre tropezando con algo o alguien? Asume que ya no vas a estar en tu aldea. No eres Dios y no puedes dividirte para estar en tu aldea y en Argentina pero será menos desgarrador para ti si no tratas de vivir con el corazón en tu aldea y el resto del cuerpo en Buenos Aires. Recuerda tu Galicia como una música de fondo que te envuelva dulcemente ¿Sabes tocar la gaita? Cómprate una para distraerte. Juan llama “niño” a todo el que tenga menos de 40 años. Y Felipe trata de justificarse: —Es que no era para mí sólo un perro en la forma despectiva que lo llamas. Era mi mejor amigo y el único ser viviente en el que confiaba. —Joder, niño, sea lo que fuere es sólo un perro. Admito y comprendo que lo extrañes pero no puedo aceptar que llores por el animal y no lo hagas por nosotros que estamos jodidos y bien jodidos. Venga, vamos un rato a conocer el casino de juego del barco. —¿Se puede entrar al casino? —Con dinero entras a todas partes. Es entrada libre para las dos clases pero hay que comprar un mínimo de diez pesetas en fichas. Somos pobres pero no tanto como para no disponer de 2 putos duros. Compramos 5 fichas de dos pesetas cada una y las ponemos en uno de los 36 números de la ruleta y si la bolita se para en nuestro número ganamos 36 veces lo que hemos apostado. Podemos hacernos casi ricos pues con 2 pesetas podemos ganar 72. —Yo no voy —digo—. No he juntado trabajosamente mis modestos ahorros para jugármelos a un número contra 36. No soy tan tonto. —Yo tampoco —dice Felipe. Y estalla el andaluz que es de muy mal hablar: —Venga, coño, que nunca vais a salir de la pobreza ¿Por qué me juntaré siempre con pobres de espíritu? No os digo que os juguéis vuestro ahorros, burros, sólo os digo que conozcamos el casino por sólo diez pesetas cada uno que es lo que valen tres copas de mal coñac. Venir conmigo y dar ya por perdidas las diez pesetas. Esta noche no vamos de bar a gastar los dos duros que nos gastamos cada noche en café y coñac. Con eso compensamos la pérdida de dinero en el casino. Pero además, tontos, en el bar no nos puede tocar la ruleta pero en el casino sí, aunque sólo sea una posibilidad entre 36. Sólo tenéis que seguirme a mí y jugar el mismo número que yo juegue ¿Está claro? —Bueno, si no vamos al bar está bien, pero ¿Tú entiendes de eso? ¿Sabes qué números tienen más posibilidad de salir? —Pues claro, hombre. Las rachas van por docenas y hay que seguir a la tendencia. Miramos un rato sin apostar y si están saliendo números de la primera docena apostamos a un número eligiendo entre el 1 y el 12. Si está saliendo la segunda docena apostamos entre el 13 y el 24 y si es la tercera ponemos las fichas entre el 25 y el 36. Pero siempre apostando al número que menos le haya apostado la gente. —¿Y eso por qué? ¿Es que el casino hace trampas? —Joder, Rodrigo, tú ya tienes 29 años y mucha calle. El casino es un negocio y nadie pone un negocio para perder. Los casinos siempre ganan y en general salen premiados los números menos apostados. No puedo asegurar que hagan trampas pero no me negarás que es un dato muy significativo. —Pues yo no quiero apostar, —digo—no pretendo salir de pobre jugando. No he dejado mi pueblo para apostar mis ahorros a la ruleta. Además, no pretendo hacerme rico. Sólo quiero salir de la extrema pobreza y eso sólo lo voy a lograr trabajando y ahorrando. —Sí, o casándote con una mujer rica —dice Juan burlándose—. Ya te convencerás tú solo que trabajando es muy difícil salir de pobre. —Eso es en España —le digo— pero dicen que en la Argentina hay trabajo y lo pagan bien. ¡Qué el cielo te oiga! Pero no ambiciones demasiado. No quiero ser agorero pero hay una maldición gitana que dice “Tendrás lo que quieras.” —No entiendo por qué eso es una maldición. —Pues es fácil —dice Juan— es una maldición porque la felicidad no consiste en tener sino en desear. Si tienes lo que quieras nunca serás feliz porque siempre desearás algo que no podrás tener. Todo lo que poseas que exceda a lo que necesitas sólo te dará preocupaciones y problemas y si tienes mucho siempre habrá alguien que te deseará la muerte para beneficiarse de algo que tú dejes. En cambio a un pobre nadie le desea la muerte, salvo el gobierno para ahorrarse el pago de una pensión. —¿Siempre eres tan cínico, Juan? —A veces más. Hoy estoy juzgando a la gente con generosidad. Es que no terminas de entender, Rodrigo, que la vida es como una trampa. Si no tienes nada pasas hambre y miseria y si tienes mucho todo son preocupaciones para no perderlo. Y si te conformas con algo que te aburguese como clase media es lo peor que te puede pasar porque la conformidad lleva a la autosatisfacción y ésta lleva al aburrimiento. Comerás medianamente bien y después te sentarás en el sofá a mirarte la panza y eructar como un cerdo. La satisfacción es una forma de la resignación que es lo que más envejece. Si tienes proyectos te matará la ansiedad por lograr tus metas y si no tienes proyectos ya estás muerto. Todo es una maldita trampa para impedir que logres esa utopía que es la felicidad. La vida es una puta mierda que parece inventada por un loco o un borracho. —¿Entonces Dios juega con nosotros? —No, yo no he dicho eso. Existe el libre albedrío para que tú hagas lo que quieras con tu vida. Así que tú y sólo tú eres el responsable de tu destino. Si quieres te quedas en ese maravilloso pueblo que es Orihuela, al que tanto amas, o si lo prefieres te vas a Buenos Aires. Esa es tu decisión, dejemos a Dios tranquilo y no lo mezclemos en esta locura de viaje en la que estamos metidos. Pero no olvides la frase de un conocido filósofo de la antigüedad: “Hagas lo que hagas, igual te arrepentirás.” ¡Esa es la trampa! —Todavía no nos has dicho si crees en Dios. —Ya te dije que no lo sé, yo no tengo fe porque soy un ser racional y la fe es la antítesis de la prueba, pero miro al mar, al cielo, veo las estrellas y tendré que creer en algo o voy a terminar en el manicomio.
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