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Las misas de difuntos

Han transcurrido dos semanas y a pesar de su pobreza envidio a los frailes. Hoy he visto a un fraile meando en el jardín pues seguramente era una urgencia que le impedía llegar a tiempo al retrete. Lo estaba haciendo con la sotana remangada hasta la cintura, con un chorro de caballo y con una cara de satisfacción que por un momento me pareció que el fraile se estaba meando sobre el mundo entero. ¡Lo feliz y despreocupado que vive quien tiene fe y pone su destino en manos del Señor! ¿Para qué preocuparse si el Señor lo resuelve todo? La pobreza de esta Comunidad me conmueve. Siempre me han conmovido los religiosos que padecen carencias así como he aborrecido a quienes dicen haber dedicado su vida a Dios y al prójimo y viven en medio de riquezas Estos frailes tienen las sotanas raídas y remendadas, la comida es insuficiente, de mala calidad y preparada por uno de ellos que es aprendiz de cocinero y apenas sabe hacer unos pocos guisos, con muchos hidratos pero muy pocas proteínas y sus colchones están viejos y sucios. Y no sé por qué ejercen tanta influencia sobre mí las películas con escenas de conventos tétricos en los que frailes o monjas caminan por pasillos oscuros y sostienen épicas luchas entre el alma y el cuerpo, entre el instinto carnal propio de la condición humana y una fe que los devora y exalta como si estuvieran siempre en estado febril. Son escenas de un misterio conmovedor. Viven mal y he decidido por mi cuenta que aumentaré sus ingresos mejorando la organización de la Santería que la tienen muy abandonada, con todas las Imágenes, libros, medallas y Rosarios mezclados y en completo desorden, con un escaparate lleno de polvo que no se ha renovado desde hace años.

A las siete de la mañana viene una señora mayor, de unos 75 años.

—Quiero que reserve para mí la Misa de difuntos de las 8 de la mañana el sábado próximo.

Miro el libro de reservas y veo que ya está vendida.

—Esa Misa ya está reservada, señora. Puede usted tomar la Misa anterior o la posterior que están libres.

—No quiero la anterior ni la posterior, muchachito. Quiero la de las 8. Ya he avisado a todos los parientes y van a venir a esa hora.

Me fastidia que a mis 29 años nadie me trate como un hombre, me dicen muchachito. No me gusta esta mujer tan autoritaria.

—Pero ya le he dicho que no puede ser pues ya la ha encargado otra persona y la ha pagado.

—No me importa eso, muchachito —insiste la tozuda mujer. Vos no me conocés porque sos nuevo acá pero yo soy feligresa y encargo Misas en esta parroquia desde hace 50 años y eso me da derechos. Así que tomá los 20 pesos, llamá por teléfono a quien la haya reservado y explicale que vos te equivocaste y que ya estaba reservada. Que ella elija la anterior o la posterior a las 8, no yo que casi fundé esta Iglesia ¿Me entendés, muchachito? El difunto se llama Roque Martínez Sánchez. Acá te dejo los 20 pesos y no se hable más.

—Pero, señora…

—Ni señora ni nada, a ver si aprendés a distinguir quién es y quién no es importante en esta Parroquia.

¡Vaya mujer! Pienso que el difunto Roque debe haber sido el pobre marido. Lo debe haber matado a disgustos. La señora ha estado muy firme y esto me da una idea medio descabellada. Guardo los 20 pesos en el cajón de la recaudación y al rato entra otra mujer que pide la misma Misa de las 8 de la mañana del sábado. Se la vendo, tomo los 20 pesos y los meto en el cajón. Al rato viene otra y después otra y todas quieren la Misa de las 8. Se la vendo a todas. Vendo burbujas ¡Soy un buen vendedor de burbujas del Paraíso!  No creo que a Dios le preocupe esto. Todas quieren la Misa de las 8 horas del sábado y yo se las vendo sin chistar tomándoles los 20 pesos y anotando el nombre del difunto. Voy después a la Santería, limpio todo, lo ordeno y  decido por mi cuenta aumentar un 50 % todos los precios pues están demasiado baratos en comparación con otras Santerías que he visto en mis paseos. El Padre Superior, al que le temo bastante, he descubierto que lo puedo tener contento poniendo su pequeño libro en el centro del escaparate adornado con una cinta dorada que cruza su tapa. Se trata de un librito en el que cuenta el milagro de unas campanas que sonaron solas en una noche de tormenta. Seguramente es que las campanas no eran muy grandes y hacía demasiado viento. ¡Qué sé yo, vaya usted a saber! Empieza a entrar dinero y a venir mucha gente a las Misas de difuntos. El Padre Superior está gratamente sorprendido y embolsa el dinero inventando seguramente un nuevo refrán: “Haz lo que te convenga sin mirar de dónde venga.” Seguramente, pensará el Padre Guzmán, entra más dinero porque todo está más limpio y eso atrae a los feligreses ¡Pues alabado sea el Señor! Se compran sotanas nuevas, se cambian los viejos bancos del Templo, mejora la comida, se pintan las viejas paredes descascaradas y todo marcha viento en popa.

Pero un día el Padre Superior se sienta frente a mí, en la silla que se sientan las mujeres que reservan las Misas, me mira pensativo a los ojos y me dice:

—Rodrigo, la persona que vendía nuestras Misas antes de llegar tú la despedí porque nos estaba robando. Sin embargo contigo entra cada vez más dinero. Esto es muy bueno para nuestra Comunidad y estoy muy contento pero yo no conozco las causas de este repentino incremento y quiero saber lo que ocurre, tengo que saberlo. ¿Qué está pasando aquí? ¿Hay muchas limosnas?

—No, Padre, es que me he fijado en las vidrieras de otras Santerías y lo teníamos todo muy barato. He aumentado los precios.

—¿Has hecho eso sin consultarme? ¿Es que te han nombrado Padre Superior sin saberlo yo? ¿Cómo te atreves?

—No se enfade conmigo, Padre, es que me da mucha pena la pobreza de sus frailes y temía que si se lo consultaba usted no accediera a aumentar los precios y continuara la pobreza. Sé que hice mal en no decirle nada pero decidí darle el hecho consumado, porque usted nunca acepta sugerencias de alguien.

—Esto es el colmo ¿Qué eres ahora, el Robin Hood de los frailes?

—No, Padre, Robin Hood robaba a los ricos para darle a los pobres pero yo no he robado nada a alguien. Nos estábamos dejando robar nosotros cobrando menos de lo que valen las cosas de la Santería. Es que ustedes no entienden de comercio y de marketing. Para tener un comercio hay que tener en cuenta los precios de reposición. En la Santería hay cosas que se compraron hace 5 años y que por la inflación ahora cuestan  mucho más. Si a usted le costó un Rosario 5 pesos y lo vende a 8  cree que está ganado 3 pesos pero cuando lo va a reponer le cuesta 15, por lo tanto en esa venta ha perdido usted 7 pesos en vez de ganar 3 como usted cree. El porcentaje de ganancia que usted quiera tener lo debe aplicar sobre el precio de reposición y no sobre el de  costo. Esto es el ABC del comercio para que un negocio sea rentable, sobre todo en épocas de inflación.

—Pero sólo por los aumentos en la Santería no está explicado el mucho dinero que entra ¿Hay algo más?

—¡Ay, Padre, pues sí! Tuve una idea descabellada para que entrara más dinero y me temo que hoy mismo usted me va a despedir y tendré que buscar donde dormir.

—¡Santo Dios, Rodrigo! ¿Pero qué has hecho? ¡Qué desgracia nos ha caído contigo!

—Es que no sé cómo decírselo. Usted siempre me ha inspirado miedo, es muy severo.

—Por favor, habla ya, dime qué has hecho.

—Pues…pues…estoy vendiendo las Misas a más de un difunto.

—¡Virgen Santísima! ¿Cuántas veces vendes la misma Misa?

—Todas las veces que me la compren, a veces hasta diez o doce veces.

El Padre Superior cambia de dolor, primero pálido, después rojo, transpira, resopla y finalmente estalla:

—¡Dios mío, has arruinado mi carrera! Cuando se entere el señor Obispo me va a mandar a las misiones amazónicas o africanas ¡Santa Madre de Dios! ¿Quién me envió a este demonio?  ¿Pero cómo te has atrevido a violar las reglamentaciones eclesiásticas por tu cuenta? ¿Quién te crees que eres? ¿Eres el Papa? ¡¡¡Insensato!!!  No es que voy a despedirte ahora mismo, es que te voy a sacar de aquí a patadas.

El Padre Guzmán está muy nervioso y ya estoy arrepentido de haberme metido en este lío tremendo sin ningún beneficio personal. Mi cabeza piensa a toda velocidad ¿Cómo hago para salir de este embrollo terrible?  Entonces se me ocurre mentir:

—Padre, he estado muy mal al no consultarle previamente este asunto pero no he violado ninguna norma eclesiástica. En España ya se hace así en muchas Parroquias, no en todas pero sí en las más pobres. El criterio seguido es que cuando alguien paga por una Misa de difuntos, antes incluso  que se oficie la Misa el pedido ya llegó al Señor. Aunque la Misa no se pudiera oficiar por enfermedad del Sacerdote o por lo que fuera, la Misa ya llegó al Señor desde que ha sido encargada. Para Dios lo que cuenta es la intención.

—¿Y cómo explico yo esto al Obispo y a mis Superiores de nuestra Congregación?

—No le explique nada a nadie. En unas pocas semanas llegará aquí el permiso, como llegó a España, para que se pueda oficiar la misma Misa para varios difuntos. Si se enteran que usted ya lo está haciendo lo van a felicitar por haber sabido intuir e interpretar anticipadamente las intenciones de la Santa Sede sobre estas nuevas modificaciones que ayudan mucho a las Parroquias pobres. Habrá sido usted el primero en aplicar las nuevas normas eclesiásticas sobre las Misas de difuntos y será usted muy reconocido por sus superiores, por el Señor Obispo y por su Congregación.

Al Padre Guzmán le ha cambiado la cara. Hasta se le ve entusiasmado.

—¡Qué lástima no haberme enterado antes de estas nuevas normas que hay en España y no hubiéramos pasado tantas privaciones! —dice el Padre Superior— ¿Y cómo hacemos cuando desde el Altar tenemos que mencionar el nombre del difunto?

Y ya jugado sigo inventando para salir del apuro, aunque sólo sea momentáneamente. Por ahora zafo, después ya veremos.

—En España dicen que esta Misa es por fulano de tal y “otros.” Lo sé porque soy monaguillo y ayudaba a esas Misas.

—“¿Y otros?”  ¿Y si me piden explicaciones los familiares de los otros por no nombrarlos en la Misa?

—Nunca lo hacen, no les interesa ni les llama la atención. Pero si alguno lo hace se le dice que son nuevas normas y que en voz baja el sacerdote los nombra a todos y no lo hace en voz alta para no alargar la Santa Misa y que se haga muy pesada.

Ni yo mismo me doy cuenta de cómo hago para inventar, pero he salido del susto y al Padre Guzmán ya no lo veo alterado.

—Has estado muy mal. Te perdono porque tu intención era buena pero no inventes algo nuevo sin consultarme. Yo tengo mis responsabilidades.

—Mire, Padre, con todos mis respetos, yo creo que su primera responsabilidad es que sus frailes no se enfermen por mala nutrición. En pocas semanas han abandonado la Comunidad tres frailes y a este paso se va a quedar usted sólo. Sus frailes no son Monjes Trapenses de clausura. Tiene que tener usted mejor a su Comunidad porque mucha disciplina, muchos sacrificios, poca comida y ninguna distracción son una mala combinación para frailes jóvenes que no lo soportan. Y las vocaciones escasean. Piénselo.

—Esto es el colmo, no tengo por qué discutir eso contigo, jovencito. Al final parece que el Superior eres tú.

—No es eso, Padre. Por más fe que tengan son seres humanos. Salen a la calle, van a dar los Santos Sacramentos a domicilio a los enfermos y se quedan deslumbrados al ver lo bien que vive la gente afuera del Convento. No todos son santos y pueden tentarlos el confort mundano y cuestionarse su vida sacrificada.

—¿Y qué puedo hacer? Ya les compré sotanas nuevas, les he cambiado los colchones, las sábanas y las mantas, les he mejorado la comida y lo mismo me cuelgan la sotana y se van.

—Hágales el recreo más agradable. Deje entrar la civilización al Convento. Son aficionados al fútbol y a otros deportes, compre un televisor de pantalla grande y colóquelo en el salón biblioteca para que vean los partidos de fútbol, alguna película apta para ellos y programas culturales. Alégreles la vida que eso no está reñido con la santidad. Ya no quedan frailes que se flagelen, eso era en la edad media. Si queda alguno es porque desvaría.

—Rodrigo, en verdad no sé si eres un pequeño demonio que trae la tentación a esta casa, pero, en fin, haré lo que tú sugieres y mañana mismo les compro un televisor ¡Que Dios me ampare!  Y una cosa, por favor, ni una palabra a nadie de esto de las Misas de difuntos.

—No, Padre, quede usted tranquilo.

Hay un pobre hombre sentado en la puerta de la Iglesia, en uno de los escalones. Está ahí todos los días, es tímido, no pide, no habla, no reclama, no protesta, no molesta. Está ahí sentado en la escalera pero es invisible. Lo observo todos los días por la ventana de la Santería y durante horas nadie le da una moneda. Estamos en una sociedad inhóspita, indiferente y deshumanizada. Nos metemos las manos en los bolsillos y nos molesta sacarlas para ayudar a un pobre. El pobre no tiene bolsillos pero tampoco lo tienen las mortajas de los ricos cuando los entierran. La muerte es sabia y nos iguala a todos. A este pobre de la escalera el tiempo le oxidó la piel, el vino le amorató la nariz y los pómulos, las manos se abotagaron en los dedos amorcillados. Pero me doy cuenta cuando paso delante de él, que sus ojos aún conservan un resto de vida, algo de brillo, un brillo que no pudieron opacar las desgracias. Quizás este resto de hombre tuvo alguna vez un hogar, una esposa o incluso algún hijo ¿Quién sabe?

Necesito sacarme una tristeza gris que me tiene atenazado, que me envuelve como una neblina en esta mañana de lluvia fina y me asomo a la pizarra donde se anuncian los programas de actos parroquiales. Ya no sé si los feligreses o feligresas que ayudan a los frailes en sus tareas redactando los avisos, meten mala redacción porque no dominan bien la sintaxis o es que tienen mucho sentido del humor y lo hacen a propósito ¿O es que conocen mi tristeza y quieren provocarme una sonrisa? El caso es que tienen mucha gracia. El último aviso que han  pegado en la pizarra de la Parroquia me ha hecho soltar una buena carcajada. Dice así:

 “Tema de la catequesis de hoy:  Jesús camina sobre las aguas.”

 “Catequesis de mañana: En búsqueda de Jesús.”