Principal
Arriba
Enlaces
Personajes
Síntesis Crítica
Contexto Histórico
Las Novelas
El Autor
Libro de visitas
Imágenes

La radicación

Es miércoles, mi día libre, y voy a las oficinas de Inmigración en el enorme puerto de Buenos Aires. El portero ya me conoce y me evita la cola. Paso por la puerta trasera destinada solamente al personal y enseguida viene Luisa con el legajo de mis papeles. No sé cómo lo ha podido hacer pero hay certificados de esto y de lo otro que me ha conseguido ella. Me atiende con amor, con mucho amor, y me siento culpable de que ella esté arriesgando su trabajo y su reputación por mí. Me parece como si me estuviese aprovechando abusivamente de su bondad natural.

—Rodrigo, hoy terminamos con todo el papelerío y te damos la radicación —me dice Luisa con una sonrisa luminosa— pero ojo que la radicación es el permiso para que vivas y trabajes en la Argentina, pero no es la nacionalidad que si también la deseas es otro trámite más complicado que no se hace aquí sino en un organismo que se llama Dirección General de Registro de las Personas.

—Lo único que quiero es la radicación para poder domiciliarme y trabajar aquí.

—Y dime una cosa, angelito, con sinceridad ¿No volveré a verte después de que tengas la radicación argentina?

Me pongo serio y digo la verdad cuando le contesto:

—Me ofendes, Luisa, querida, no digas eso, Luisa, no me conoces. ¡Te estoy tan agradecido…! Puedes encontrarme muchos defectos menos el de ser desagradecido ¡Pues claro que vamos a seguir viéndonos, si tú quieres, claro está!

—¿Me vas a ver sólo por gratitud, angelito?

—Y por algo que es mucho más duradero que los enamoramientos efímeros y las grandes pasiones volátiles. Deseo verte porque me siento unido a ti por un enorme cariño y una gran amistad que durarán toda la vida.

—¡Hijo mío, mi angelito, qué pico de oro que tienes, si te dejan hablar puedes convencer a cualquiera! Pero tienes mucha razón, ángel mío. No habiendo grandes amores y furiosas pasiones, las relaciones son tranquilas y duraderas. Con la edad que tengo no voy a pretender ilusiones tontas.

—No estés siempre mencionando tu edad y la mía. Cuando estemos juntos olvídate de eso.

—Bueno, yo creo que tu vida dará un vuelco, un gran cambio de ahora en adelante cuando consigas un buen trabajo que no tardarás en lograrlo. Lo vas a conseguir enseguida porque hoy en la Argentina, gracias a Dios, hay trabajo para un hombre como tú, mi angelito, que tienes una voluntad de hierro como no he conocido nunca en alguien.

—Gracias, Luisa, pero yo me conozco y sé que nunca olvido a quienes me ayudan. Manejo mi vida con una escala de valores morales a los que no renuncio ni renunciaré, pase lo que pase, aunque me tenga que morir de hambre. No deseo vivir mintiendo y trampeando a alguien. No valdría la pena vivir así. Tienes que confiar en mí. No te va a ser fácil deshacerte de tu angelito como tú me dices.

—¡Bueno, bueno, angelito mío, no te exaltes! Toma este grueso legajo de papeles casi todos inventados. Ahí está todo lo que necesitas. Algunos papeles los he fabricado yo pero mi jefe lo sabe.  Lo puse al corriente de todo. ¿Ves allá  aquel viejo con cara de cascarrabias? No hagas caso de su gesto adusto, su cara hosca, no temas que en el fondo es un pedazo de pan tierno. Cuando él estampe su fea y complicada firma ya puedes tener tu Cédula de Identidad que te autoriza ante la Policía Federal y ante todas las autoridades nacionales a residir y trabajar en esta bendita tierra argentina de la que siempre estamos renegando pero a la que amamos con pasión todos los argentinos.  Y antes de irte ven a despedirte de mí.

—¿A despedirme? ¿Por qué? ¿Es que no quieres verme más? No lo permitiré.

—Tengo muchos años, angelito mío, yo sé lo que te digo —alcanza a decirme en medio de un gran ataque de tos.

—¡No lo permitiré! —le repito sinceramente dolorido y con los ojos húmedos.

Voy emocionado y tembloroso a ver al jefe de Luisa. Es un hombre de aspecto áspero pero que, efectivamente, a los pocos minutos ya muestra una gran ternura que él oculta por temor a que no lo respeten si es demasiado bueno. Que así somos los seres humanos, nos tienen que tratar con dureza para respetar a la autoridad. Un hombre muy bondadoso no puede ser jefe de personal porque los empleados le pasan por encima como una aplanadora. Por eso siempre se elige al más duro para ese trabajo. Me examina de arriba a abajo y ya me doy cuenta que su firma no la va a regalar sin rezongar un poco. Empieza a mirar los papeles uno por uno mientras hace gestos negativos con la cabeza,  como de contrariedad. Miro sus manos a ver si toma la pluma para firmar pero no lo hace, sigue mirando papeles y yo sigo sufriendo el suspenso que él impone haciéndome sentir duramente su poder. Me voy angustiando pues yo creía que iba a ser fácil ya que Luisa me dijo que el jefe está informado de que algún certificado está precocinado. Va pasando las hojas lentamente y, de vez en cuando, vuelve a remirar una hoja que ya pasó, como si dudara de su legitimidad.  Vuelve a mover la cabeza negativamente y a chasquear la lengua como si estuviera pensando: “¡Esto no puede ser!” Yo me estoy muriendo por adentro y pienso que no me va a firmar. Continúa pasando lentamente cada hoja como si todavía no estuviera convencido de poner la firma y a mí me viene un sudor frío y creo que voy a desmayarme.

—¿Así que vos sos el pibe mimado de Luisa? A ver, espera un poco mientras repaso otra vez algunas cosas de la documentación que has presentado. Extiende tus manos que yo las vea de cerca. ¿Con que vos sos tornero mecánico? ¡Tornero mecánico! Válgame Dios, pibe, ¿No podrías haber puesto otra profesión? ¿No ves que esto no lo puede creer nadie?

Tengo extendidas mis manos temblorosas. Primero el jefe mira las palmas, después el dorso. Está consciente de su poder, de que mi futuro está en sus manos, está en su firma, y está usando ese poder impiadosamente para alargar mi ansiedad. Es como si estuviera vengándose de algo en mi persona. No lo entiendo. Yo creía que todo estaba arreglado y que el jefe firmaría enseguida.

—¿En qué clase de tornos has trabajado? Háblame algo sobre tornos, jovenzuelo, explícame cual es su función y para qué sirve un torno.

Sin darme tiempo para responder aparece Luisa hecha un basilisco:

—Dejá de atemorizar a mi angelito o te pagaré con la misma moneda cuando vos me recomendés a alguien ¡Desgraciado! ¿Por qué lo hacés sufrir? ¿No lo ves que está  pálido como un muerto y le va a dar algo? ¡Si le ocurre algo malo a mi angelito te vas a acordar de mí por muy largo tiempo! ¿No tiene bastantes sufrimientos la criatura con estar solo y sin trabajo en un país que no es el suyo? ¡Yo quisiera saber por qué siendo un hombre bueno tienes a veces tan mala onda!

—Está bien, mujer, —protesta ahora con timidez el jefe—. Ya le firmo ¡Qué carácter de mierda que tenés!

Luisa regresa a su escritorio desde el que nos mira a unos quince metros de distancia. Y el jefe me dice:

—Menos mal que no me casé con ella pues cuando se enoja es temible. Te voy a firmar pero no vayas a creer que me trago eso de que eres tornero ¿Sabés una cosa, pibe? ¡Vos no has visto un torno en tu puñetera vida! ¿A que te has acostado con Luisa?

Con la pluma estilográfica en su mano me insiste:

—Vamos, pibe, dime la verdad y te firmo ya.

Ya no aguanto más la presión y el abuso de poder y le contesto muy seco, con educación pero con firmeza.

—Señor, por favor, no me pregunte eso. Yo soy un caballero. Si no quiere firmar no firme pero a mi no me haga esas preguntas. La señora Luisa es una gran dama y no se merece que usted me pregunte eso.

El jefe ve que Luisa hace ademán de volver a levantarse mientras se pasa la mano por la garganta como amenazándolo. Ahora sí firma rápidamente y le hace una seña a Luisa de que ya está. Y al final dice:

—¿Sabés lo que me jode, pibe?  Que hace 30 años que yo me quiero ir a la cama con ella y no lo he conseguido y llegás vos con tu cara de angelito, como ella dice, y te la volteás sin más porque sos joven y carilindo, ¡Desgraciado! Si hubiera sido por mi no te firmo como tornero mecánico ni aunque te pongás de rodillas.

Pero después afloja los gestos de enojo en su rostro y me sonríe como un buen hombre:

—¿Sabés por qué he hecho este favor a Luisa y te he firmado?  Porque se ve en tu cara que eres un muchacho honesto que quiere trabajar y aunque nuestras leyes de inmigración no valoran la honestidad, yo sí la valoro, y las leyes hay que saber interpretarlas. Al firmarte la radicación no me siento violando la ley porque prefiero dar entrada en mi país a un hombre honesto que no es tornero en vez de autorizar la entrada de un tornero deshonesto. Buena suerte, muchacho —me da la mano— y si en un par de semanas no has encontrado un trabajo adecuado, vení a verme y ya veremos de buscarte algo

—Gracias, señor, muchas gracias.

Me despido emocionado del buen funcionario ¡Qué buenas personas he encontrado en las oficinas argentinas de inmigración! Trabajan con un elogiable sentimiento humanitario. Le doy la mano al jefe y le aseguro, a su pedido, que jamás pisaré una Comisaría por un  delito de ninguna naturaleza. Voy a saludar a Luisa que llora a moco tendido y mientras me abraza, me besa y me moja todo con sus dulces lágrimas, me toma de la barbilla, le enseña mi cara a su compañera de trabajo y le dice:

—Miralo Norma, miralo bien ¿No es hermoso mi angelito?

Salgo del gigantesco puerto con mi radicación y me subo en el gran ascensor a una cafetería que hay en el edificio más alto de Buenos Aires. Pido una cerveza y miro desde la altura a la gran capital, que me parece  espléndida. Y está ahí, esperando que yo la conquiste. Pues la tomaré, lo juro. Juro que la tomaré. Y entonces recuerdo la escena de la película “Lo que el viento se llevó” y repito el juramento de la protagonista  cuando dice exaltada: “Juro que nunca más pasaré hambre.” Pero hago el juramento a gritos, como un loco.

He encontrado trabajo muy pronto. Pude elegir entre ser cabeza de ratón o cola de león. He podido aceptar una oferta de ayudante del jefe de contabilidad de una pequeña empresa, con la promesa de que en poco tiempo sería ascendido. Pero no he hecho un viaje tan largo para llevar contabilidades. Quiero más y he elegido un puesto muy modesto de Auxiliar Administrativo en la empresa de alimentos más importante del mundo, la número uno. Gano menos que de ayudante del contable de la pequeña empresa y mis posibles ascensos se ven muy lejanos pues hay miles de empleados compitiendo por unas decenas de puestos importantes. Pero tengo fe y si bien la enorme pirámide no parece fácil de escalar, prefiero intentar lo difícil y no quedarme estancado en lo fácil.

He dejado el convento con todos los frailes muy agradecidos porque se han enterado que en algo he contribuido a mejorar los ingresos de la Comunidad y que le recomendé al Padre Superior que les comprara un televisor para ver los partidos de fútbol. La Comunidad de frailes, igual que toda la República Argentina, está dividida entre partidarios fanáticos del Club de Fútbol Boca Juniors y el Club de Fútbol River Plate. No lo he pasado bien en  el convento, pues ha sido una vida dura y austera, mucho trabajo sin paga, y comida muy escasa, pero a decir verdad me voy con sentimiento ya que he dejado entre los frailes algunos buenos amigos. He hecho buenas migas con el administrador, el Padre Telesforo, el gran gordo buenazo, que ahora sí tiene algo que administrar. Y entre los frailes, extrañaré mis largas charlas con los Padres, Enrique, Juan de Dios, Heriberto, José María, Aniceto y todos los demás. ¡Y el Padre Miguel, mi amigo! ¡Ay el Padre Miguel, qué habrá sido de él!  Creo que hemos hablado de todo, no quedó tema sin tocar, y ha sido un placer hablar con hombres de Dios que son tolerantes y tienen un amplio sentido de la vida. Con el único que no he podido llegar a intimar porque él impuso distancias es con el Padre Guzmán, el severo Padre Superior. El problema ha consistido en que durante mis tres meses de estadía en el Convento, colgaron la sotana cuatro frailes que hablaban mucho conmigo y al Superior se le ha metido en la cabeza que estas conversaciones los indujeron a dejar el Convento. Nada más lejos de la realidad, hice lo posible y hasta lo imposible para que no se fueran. Pero el Padre Guzmán sigue, erre que erre, que ha sido mi culpa porque soy demasiado mundano y los he influido. ¡Válgame Dios, yo demasiado mundano que soy casi virgen y sólo conozco el mundo a través de dos agujeros, el agujero del hambre en España y el de las pulgas en este Convento! A veces extraño mucho a mis amigos y visitaría el Convento para verlos, pero la actitud del Padre Superior me frena pues él no vería  con agrado mis visitas. Sin embargo me haría bien recibir el consuelo de mis amigos ya que he vivido muy malos momentos en estos días y he quedado espiritualmente maltrecho. Luisa ha muerto y con ella se ha ido una gran amiga con la que he compartido momentos hermosos. Ella se había enamorado de mí, pero estaba de por medio la diferencia de edad. Podría ser que la vida me pase la factura y sea yo quien algún día se enamore de una mujer demasiado joven para mí ¡Quién sabe algo sobre nuestro futuro!

Estoy hospedado en una pensión de clase media y a las tres de la mañana el portero de la casa en la que vivía Luisa me avisó que ella se encontraba mal y le pidió que me llamara. Fui volando a su casa, a tiempo de acompañarla en la ambulancia en la que expiró tomada de mi mano  antes de llegar al hospital. Infarto cerebral con paro cardiorrespiratorio y muerte súbita, fue el diagnóstico. Paro cardiorrespiratorio es el diagnóstico que siempre dan los hospitales ante una muerte repentina. Hablé con el médico y me dijo que había sido una muerte provocada por una persona cuando no quiere vivir. Es como un suicidio buscado pasivamente, simplemente dice no quiero vivir más y la muerte que está ahí al lado, siempre esperando, se lleva esa vida.

Érase una vez una mujer a un cigarrillo pegada, como habían escrito de Cyrano con su prominente nariz. Tenía el olor a tabaco incrustado en toda su piel cetrina, esa piel que enamoraba a pesar de no ser joven. Las arrugas nunca se atrevieron con ella. La respetaron siempre. La envolvía una especie de aura visible como una neblina. Aunque no estuviera fumando, que era muy poco tiempo, todo su cuerpo lo rodeaba el humo. Era fumadora diaria de 60 pitillos desde que tenía 14 años. Toda su vida con el cigarrillo en la boca, encendido o apagado, pero siempre con su venenosa ración de nicotina y alquitrán en la sangre. No podía dejarlo porque dice que era su único compañero, lo que dicen todos los grandes fumadores. Era una mujer hermosa, medio aindiada, medio salvaje y al mismo tiempo medio tímida. Tenía el don de saber cuando yo estaba bien o estaba mal. En cuanto me veía llegar decía: ¡Huy qué mal vienes hoy! O al contrario: ¡Qué bien te sientes hoy!  Sólo se fumaba medio pitillo, pero con unas chupadas ansiosas y tan profundas que le hacían cerrar los ojos de placer. En sus pitadas aspiraba con tal intensidad que daba la sensación de que el humo le entraba en viaje hasta los tobillos, quedándose dentro de su precioso cuerpo un montón de tiempo. El tabaco la consumía a ella, a su salud y a sus sueños de tener algún día un hombre para ella con un amor duradero. Ella me dijo que había tenido algunos romances pero que ningún hombre soportaba tanto humo en su vida. Mientras no tosía no se percibía que su bello cuerpo estaba tomado por el tabaco, pero cuando tenía los accesos de tos se escuchaban los ruidos de las flemas como un siniestro aviso de protesta que le enviaban sus bronquios tapados y sus pulmones extenuados. Muchas veces me había dicho que iba a dejar de fumar. Cuando la subimos a la ambulancia, pidió la pantalla de oxígeno porque le faltaba el aire y me dijo muy bajito: “Te juro, angelito mío, que esta vez sí que dejo de fumar.”  Y fue la única vez que cumplió su juramento: No fumó más.

La velaron por la noche una docena de compañeros de trabajo, cuatro vecinos y yo. Y créanme, tenía una media sonrisa en la cara como si hubiera recibido a la muerte con mucha paz. Sólo una hora después de su muerte aparece el verdadero rostro de la persona muerta. Al cementerio fuimos cuatro. Tres se fueron enseguida y quedé a solas con ella. Entonces recordé la muerte de mi viejo profesor Don Ignacio. Quise rezar una oración convencional y lo mismo que me sucedió con la despedida de mi amado maestro, no me salía ni un Padrenuestro ni un Avemaría ni una  de esas oraciones que sabe todo el mundo y que se rezan siempre, casi mecánicamente, sin emoción. Así que, entre sollozos, con mi voz quebrada por el dolor, repetí aquellos versos de Antonio Machado, con los que despedí a mi viejo y amado maestro:

        “Señor, ya me arrancaste lo que yo más  quería,

    Oye otra vez, Dios mío, mi corazón clamar.

 Tu voluntad se hizo, Señor, contra la mía.

       Señor, ya estamos solos mi corazón y el mar.”

Y cuando ya estaba dejando el cementerio, musité en voz muy baja: “Señor, ¿Es que va a ser mi destino que se me vayan muriendo las personas que más amo? ¿Es que no sabes, Señor, que cada vez que te llevas a una persona que amo me arrancas el corazón? ¿Cuántas veces, Señor, se puede arrancar un corazón?”