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La gran borrachera

Estamos en nuestro camarote de lujo y ya hemos hablado demasiado de política. Veo un armario empotrado en la pared. Estamos aburridos y sospechamos que puede haber alguna bebida en el armario. Juan hace palanca con un objeto metálico que encuentra por ahí y lo abre. Gran sorpresa pues hay unas 30 botellas de vinos de distintos países. Tienen aspecto de ser botellas que contienen vinos finos y caros. Decidimos abrir un par de botellas y después de vaciarlas las tiraremos al mar. Esperamos que no noten que faltan dos botellas. Las trasegamos en un momento, abrimos otras dos y luego otra más. Que sea lo que Dios quiera. Han pasado un par de horas y empiezan los efectos del alcohol. Esta gran borrachera necesitará algún testigo que la pueda relatar y decido mantenerme un poco más sobrio que mis amigos. Mientras ellos toman un vaso yo con disimulo tomo medio. Me siento un poco responsable pues he sido  quien descubrió el armario con la  bodega.

Ya estamos todos empapados en vino, yo algo menos pero también. Sin embargo Juan, Antonio y Felipe ya no se pueden tener en pie y no pueden ni hablar con coherencia. Preveo un desastre y empieza el asturiano Antonio:

—Juan, a mí no me gustan los comunachos pues a mi tío y a mí nos corrieron de Cuba esos hijos de puta.

—Hicieron bien y el hijo de puta serás tú muy probablemente pues mi padre estuvo trabajando varios años como minero en Asturias, tu tierra, y se volteó a docenas de mujeres, una de ellas seguramente sería tu madre y quizás tú y yo seamos hermanos putativos por parte de padre.

—¡Joder, con las ganas que tenía yo de tener un hermano! —exclama Antonio—Esto hay que celebrarlo. Vamos a abrir otra botella y a brindar por la familia, por nuestra hermandad.

Felipe llora en un rincón recordando a su perro y a sus padres, más a aquél que a éstos. Lo obligan a tomar otro vaso de vino para celebrar la hermandad putativa de Juan y Antonio. Tomamos otro vaso y después otro. Yo tomo medio y trato de aguantar para frenar lo que se viene. Y digo: 

—Juan, llevas ya como diez vasos de vino. A ver si entras en coma etílico.

—¿Coma?  Pero si yo no he comido lo suficiente desde que tengo memoria. Venga, vamos a ver si es verdad que entramos en el coma ese.  Dame otro vaso.

Antonio se pone pálido como un muerto, con sudores fríos, y no puede llegar al retrete. A mitad de camino trastabilla y se cae al suelo en medio de una brutal vomitada sobre una alfombra casi nueva que parece muy valiosa. Ya no le queda nada en el cuerpo y sólo vomita bilis entre espasmos. Juan le dice que es un flojo de mierda y que sólo los de izquierdas tienen cojones para beber vino y andar derechos. Y para celebrar su resistencia exige que todos brindemos con otro vaso o empezará a hostias con los tres. No sé por qué siendo tan chiquito siempre está amenazando con pelearnos.

Antonio,  es un hombretón que mide y pesa al menos el doble que Juan. El asturiano, se levanta de entre sus vómitos y acepta el reto. No comprendo como se puede tomar vino después de vomitar pero se lo toma de un trago y chasquea la lengua como con satisfacción.  Preveo una catástrofe.  Masculla baboso:

—Juan, tú eres un mierda, un comunacho que buscas la igualdad hacia arriba, con los ricos, no con los pobres, y yo me cago en todos los comunachos del mundo y en la madre que los parió.

—Y yo —replica Juan— me limpio el culo con todos los burgueses como tú que no crean nada, sólo piensan en hacerse ricos poniendo una pequeña tienda en la esquina del barrio y comprando barato y vendiendo caro a los pobres. Si al menos fueras un industrial que fabricase algo o tuvieras aspiraciones de ser un gran comerciante como un conocido que tengo que posee un importante establecimiento comercial, te podría comprender y respetar porque eso es útil a la sociedad, pero tú  sólo quieres venderle chorizos y morcillas a la humilde ama de casa comprando a seis y vendiéndole a veinte. Si alguna vez formo parte de algún gobierno comunista ordenaré que te fusilen a ti a y todos los que sean como tú, y también a los banqueros y a todos los hijos de la gran puta que medran a costa de los trabajadores. Y a ti es el primero que voy  fusilar. Lo que me jode de la gente ignorante como tú es que sólo sirve para querer enriquecerse con un kiosco de venta de helados. No eres ni siquiera un idiota útil sino que eres un imbécil inútil. No eres mala persona pero eres estúpido sin cojones para jugarte la vida como yo en defensa de los trabajadores. ¡Eres una puta mierda!

—¿Y conmigo qué  harás, después de cargarte a tanta gente? —le pregunto con ironía.

—Nada, Rodrigo, a ti no te voy a fusilar porque nunca serás nada. Serás un trabajador. Pero además políticamente eres otra mierda porque presumes de ser socialista democrático que no es “ni chicha ni limonada”, es como “el que tiene un tío en Granada, que no es tío ni es nada.” Eres un pobre infeliz.

—Soy un infeliz pobre  —corrijo.

—Es igual, es la misma mierda. A Felipe tampoco lo voy a fusilar porque ama a los perros y el que ama a los animales no puede ser mala persona. Y ahora, para celebrar que les perdono la vida a los dos, vamos a terminar esta botella y sacar otra del armario.

—Juan —le digo—, estamos robando y esto no es lo nuestro. Somos pobres pero honrados. Estos vinos son valiosos y no son nuestros. Nos estamos bebiendo toda la bodega ¿Qué dirá el Comandante que nos está protegiendo?

—Que se joda el Comandante y que te jodan a ti que creo que eres un cobarde ¿Eres un cobarde? ¿Estás emigrando y eres un cobarde?

—Sólo pretendo ser prudente.

—¿Prudente? La prudencia es el pretexto de los cobardes. Mírate, imbécil, no eres nadie, eres un extraviado en la tierra, no tienes familia, no tienes trabajo, no tienes una puta peseta, estás raquítico del hambre que has pasado desde que naciste, no eres nada, no existes, te puedes morir ahora mismo y no lo va a sentir nadie. Nadie va a derramar una lágrima por tu miserable vida. Y en medio de la nada apareces preocupado por si el Comandante te riñe. ¿Serás cretino? ¿Te preocupa el futuro? ¿Qué futuro, estúpido? No hay ningún futuro en nuestras miserables personas ¡Me cago en la madre que parió a este puto mundo al que me han traído sin mi permiso!

Me siento tocado y digo:

—Bueno, si no soy nadie y no le importo a nadie, soy un hombre libre de preocupaciones. Vamos a celebrarlo con un brindis.

—¡Así se habla, coño! Ahora empiezas a parecer un hombre —exclama Juan—pero deja de tomar medios vasos, maricón, bebe vasos enteros como todos nosotros ¿Crees que puedes engañarme haciendo como que bebes?

De pronto cae desplomado Felipe entre vómitos interminables y se ha orinado encima. Está muy pálido. A mí, que aún me queda algo de lucidez entre los vapores alcohólicos, me asusta el aspecto de muerto del muchacho. El pobre chico está tirado en el suelo en medio de un charco de vómitos y todo el pantalón mojado con su orina. Lo muevo un poco y no reacciona. Está inconsciente.

—Voy a hacerle respiración boca a boca —dice Juan babeando.

—No, no lo hagas que lo vas a emborrachar más con tu aliento. Vamos a sacarlo a la terraza que le de el aire fresco del mar.

Lo arrastramos hasta la terraza y lo ponemos sobre una manta en el piso.

A todo esto, Antonio se ha espabilado un poco después de vomitar y reta a Juan a seguir bebiendo. El andaluz acepta y lo desafía a vaciar una botella entre los dos. Yo rechazo el desafío pues no puedo más.

—Deja a este maricón de Rodrigo que se dice socialista democrático y en realidad es medio fraile sin saberlo —le dice el andaluz al asturiano—. A ver si ese físico grandote del que presumes tiene los cojones de mi pequeño hígado para aguantarte de pie mientras yo lo esté. Eres un maldito fascista y ya que no te puedo fusilar te voy a matar de una borrachera de la que no vas a poderte recuperar más. Vamos, estúpido, llena los vasos.

Preveo un mal final y entre mi propia borrachera alcanzo a comprender que se avecina una tragedia. Puede haber violencia entre los dos. No entiendo cómo todavía no se han derrumbado. Felipe sigue desvanecido y Juan y Antonio se están terminando la botella. Los dos desgraciados se miran como enemigos y a mí me preocupa porque ambos llevan una navaja.

—Mira, gigantón imbécil —le dice el andaluz— España y el mundo están como están por gente como tú que está descerebrada por las consignas fascistas y yo no te aguanto más. Después de hoy no me dirijas la palabra porque si lo haces te abro la cabeza de un garrotazo a ver si tal como sospecho tienes dentro del coco mierda en vez de cerebro. Te han comido la cabezota y no sabes pensar. Eres lo más inútil que he conocido en toda mi vida. Sólo piensas en comprar garbanzos fiados y baratos y vendérselos a las amas de casa pobres. Y seguramente les fiarás con intereses de usura. Eso no es ser un comerciante que piensa en grande sino que aspiras a ser el usurero del barrio. Eres una mierda. Venga, llena otra vez los vasos y vamos a beber hasta que uno de los dos se caiga ¿Estás de acuerdo?

—Sí, pero deja de insultarme, no me insultes más o te pincho, te lo juro —y Antonio se toca el bolsillo donde lleva la navaja—. Yo tengo cojones para otro vaso, para diez vasos y para cargarme al comunacho que se me cruce en el camino de la libertad.

Me asusta que se haya tocado el bolsillo de la navaja y me sorprende que a Antonio le quede un resto de lucidez para decir una frase coherente y apropiada.

—No me asusta que te toques el bolsillo de la navaja. No me he asustado ante tres simulacros de fusilamiento en la cárcel de Carabanchel y crees que voy a tenerle miedo a tu cuchillito. Si lo sacas te lo meto por el culo, grandullón. ¿De qué libertad me hablas, cretino? ¿Qué es para ti la libertad si no tienes capacidad ni para pensar por ti mismo? Existen varias clases de libertad pero los pobres en esta desgraciada España sólo tienen la libertad de morirse de hambre ¿Es que no lo entiendes? ¿Por qué crees que estamos emigrando? ¿Es porque tenemos un buen trabajo y un salario digno o es porque estamos muertos de hambre? ¡Cojones, qué ignorante eres! ¡No sé cómo no te rajo la barriga de parte a parte!

—¿Tú a mí, enano aceitunero? Yo no necesito navaja para aplastarte la cabeza a puñetazos si haces el menor gesto de levantarte de la silla.  Y si no te mato de una paliza te va a quedar la cara que no te va a reconocer ni tu puñetera madre  ¡Desgraciado! Eres un fracasado, un frustrado, sin familia y sin amigos, un resentido social como todos los zurdos comunachos.

No me atrevo a intervenir por si digo algo que empeore las cosas. Finalmente me animo y les digo:

—Muchachos, tengan mesura que una palabra trae otra, un agravio trae otro, y este vino que iba a ser una fiesta puede terminar en tragedia. Vamos a calmarnos y no jodan más. Os estáis acusando el uno al otro de ser dos muertos de hambre. Bueno, pues no somos dos, somos cuatro. Los cuatro deberíamos estar unidos en nuestra desgracia y no insultándonos…

—Hablas como un jodido maricón, Rodrigo. No te metas en esto —me dice Juan.

No hacen caso de mis intentos de pacificar los ánimos y Antonio da un puñetazo sobre la mesa e intenta levantarse para agredir al pequeño andaluz mientras que éste echa mano al bolsillo de su navaja y el destino los ayuda. Antonio se desploma sobre el piso apenas se ha puesto de pie y el andaluz no se puede levantar. Ahí queda el gigantón asturiano totalmente inconsciente. Triunfó el pequeño hígado del andaluz más habituado al consumo de vino que el asturiano. Pero a continuación el andaluz, sin mediar palabra, deja caer pesadamente la frente sobre la mesa y rompe un vaso clavándose las astillas de vidrio en toda la cara. Se ha desvanecido casi simultáneamente con Antonio que está en el suelo. Juan, sentado, sangra mucho por toda la cara. Trato de encontrar una toalla para limpiarle la sangre de la cara a Juan y de pronto todo me da vueltas, caigo sentado contra la pared y ahí me quedo inconsciente.

Cuando abro los ojos tengo una resaca horrible, me duele mucho la cabeza. Juan, Antonio y Felipe están en su cama. Hay un hombre sentado que es el médico de a bordo. He sido el último en reaccionar. Ellos ya está muy bien y conversando amigablemente. Juan y Antonio se ríen y no recuerdan nada de lo que se dijeron. Felipe sigue gimoteando por su perro y yo estoy peor que ellos. Entra el Comandante a nuestro camarote de primera clase:

—Dentro de la indignación que tengo, estoy asombrado y admiro su capacidad de resistencia alcohólica. Quizás un día de estos los desafíe a tomar vodka conmigo. Habéis bebido alcohol para matar a una yunta de bueyes y de puro milagro los hemos podido sacar de un coma etílico con profundos lavados de estómago.

—Mire, mi Comandante —dice Juan— soy escritor y en mis escritos no uso la palabra “coma” porque me da hambre de tanta miseria que he pasado. Jamás he comido lo suficiente y alguna vez  me he levantado de la mesa algo satisfecho, pero harto o saciado jamás.

—No haga chistes estúpidos con su pobreza, insensato, usted es el mayor y el más experimentado. Y además se han bebido una fortuna en valiosos vinos que yo he coleccionado con cariño durante mis numerosos viajes. Así que no presuman de honrados porque me han robado mis vinos de colección que son irrepetibles. Han destruido una valiosa alfombra y han llenado su camarote de vómitos, orines y mierda. Ya pensaré cómo se los cobro pero no duden que lo van a pagar. No van a salir de este barco sin pagar mis vinos aunque tengan que fregar la cubierta durante diez años. Vean ustedes cómo han pagado mi protección  ¿No les da vergüenza, desagradecidos?