Principal
Arriba
Enlaces
Personajes
Síntesis Crítica
Contexto Histórico
Las Novelas
El Autor
Libro de visitas
Imágenes

Juan

Hemos atracado en Recife, Estado de Pernambuco, Brasil, sin que haya sido posible comunicarme con  Soledad que ha dejado el barco en dicho puerto.  Está lloviendo con intensidad y veo la lluvia caer sobre el mar desde nuestra terraza del camarote de invitados. No cesa mi angustia y la melancolía que me produce la lejanía de mi tierra oriolana y la falta de destino ¡Cuántos sueños extraviados! El Comandante nos ha dicho que tocaremos Salvador Bahía brevemente, por sólo unas pocas horas y no habrá tiempo de bajar de excursión. Es una pena pues desde la nave se observa una hermosa ciudad y extensas playas de aspecto paradisíaco. Después vamos a   Río de Janeiro en donde, si lo deseamos, podremos volver  a nuestro humilde camarote 144 de clase económica y sentirnos por fin libres pero con riesgo de que retornen las agresiones de la tripulación o bien quedarnos en el camarote de lujo en el que estamos a resguardo de esos rufianes. Teniéndolos bajo control me siento un héroe y como no me permito a mí mismo la mentira recuerdo una definición que existe de los que es un “héroe.” Dicen que un “héroe” es alguien que no tuvo tiempo ni posibilidades de salir corriendo. ¡Qué sería de nosotros si a veces no disfrazáramos las tragedias con humor!

Nos parece mejor quedarnos donde estamos aún a riesgo de que estos contrabandistas nos tiren al mar ¡Sería tan fácil para ellos! Sin embargo nos tranquiliza que todavía no lo hayan hecho pues si hubiesen querido ya estaríamos alimentando a los peces desde hace días. Tal vez hayan pensado que la desaparición de una persona podrían justificarla ante las autoridades pero no la desaparición de cuatro. Así que decidimos quedarnos en este confortable hábitat. Pero pienso que de nada sirve un viento favorable si no sabemos adonde va la nave de nuestra vida. ¿Qué me espera en esa gigantesca urbe que es Buenos Aires con millones de personas empujándose para vivir? ¡Y esta angustia que me invade a todas horas, esta angustia de no poder tener ilusiones ni soñar! Me siento como se sentiría una flecha, si la misma  pudiera pensar,  que ha sido lanzada al azar y va por el aire sin saber su destino.  Encima nos vienen advirtiendo las personas con las que hemos hablado, antes de sufrir este encierro, que  toda América Latina, desde México para abajo, ha dejado de ser una tierra de promisión. Nos avisan que se les ve menos futuro que hasta hace unos años porque se ha instalado en eso países la corrupción política, la degradación de los pobres, la oligarquía nativa, la tiranía militar y la dependencia de los países poderosos del norte. Nos han dicho, en fin, que la vida humana vale en esa parte de América menos que nada. Si se enferma una vaca en la hacienda corren a buscar a todos los veterinarios de la región para que la curen y se impida una epidemia. Pero si se enferma un peón de trabajo del campo, lo acuestan en su precario camastro y nadie se molesta en buscar a un médico. En esas haciendas vale mucho más una vaca que un peón. Nos han dicho que en las grandes ciudades hay muchas manifestaciones de protesta y lo malo de ello es que la gente sabe lo que no quiere pero no tiene muy en claro lo que busca. Y para colmo de males parece ser que en los países pobres del mundo, ya sea en Asia, África, América Latina o donde sea, Dios está siempre de parte de los poderosos. Para los pobres las limosnas, para los ricos los buenos negocios.

Hemos decidido ser estrictos con nuestra seguridad y mejorar lo que ya estamos haciendo, que cada día uno de nosotros se prive de una de las comidas y la pruebe antes que la coman los otros tres para estar seguros que los alimentos que nos dan no contienen algo malo. Estamos tan aburridos pero a la vez tan preocupados que no nos pasa el tiempo y ya no sabemos qué hacer ni de qué hablar. Estamos hartos del ajedrez, las damas, los naipes, el dominó y de todos los juegos de mesa en los que siempre gana Juan. Aunque estamos muy cómodos y lo que nos espera en Buenos Aires será mucho más duro que esto, queremos llegar cuanto antes. Y sobre todo echamos de menos el movimiento pues la gimnasia no sustituye la falta de caminar. Deseo con toda mi alma correr libremente pues somos jóvenes y nos estamos atrofiando. ¡Daría cualquier cosa por correr unos cuantos kilómetros! El más joven, Felipe, que siempre escucha con la boca abierta a Juan como si el andaluz fuera un oráculo recuerda que en nuestra conversación anterior sobre sexo había quedado pendiente hacer un debate sobre el amor, ese sentimiento abstracto que Felipe aún no ha conocido.

El amor —dice Juan— es un sentimiento positivo porque nos hace sentir valorados. Nos hace bien que nos amen y nos impulsa a ser más generosos, nos hace ser menos duros, somos más tiernos y afables, desarrolla nuestro deseo de aprender, de descubrir cosas nuevas y de estar en contacto activo con la vida. En fin, el amor nos da una identidad. Además, un corazón grande se llena con poco.

—Pero el amor —señala Antonio— a veces no es tan bueno como tú dices. A veces si nos enamoramos sin ser correspondidos podemos caer en crisis destructivas como la depresión. Mucha gente se suicida en el mundo, todos los días, por amor.

—Sí, es verdad, pero yo me refería al amor correspondido. Y esto que tú señalas, Antonio, es verdad, mucha gente se suicida por amor pero más gente se suicida por perder su fortuna que por la muerte de un ser querido. Eso demuestra la ruindad del ser humano. La humanidad apesta. Y a propósito, recuerdo la frase de un humorista muy ácido y corrosivo que pone en boca de uno de sus personajes esta frase: “Yo amo a la humanidad, lo que me molesta es la gente.” Es decir, a veces amamos las  cosas en abstracto, como es la humanidad, pero la rechazamos en concreto, como es a cierta gente. Pero dejando a un lado las excepciones de algunas personas despreciables, en general un hombre que ama se siente vivo. Y también el sufrimiento podemos convertirlo en el combustible para movilizar nuestra vida. En momentos de crisis es más importante ser imaginativo que inteligente y no hay que olvidar aquel axioma tan conocido de que el dolor que no te mata te hace más fuerte  para soportar próximos dolores. Porque la vida es dolor, uno tras otro. Podría deciros alguna cosa optimista para alegraros pero no siento el optimismo. Insisto, creo que la vida es muy dura y tenemos que estar preparados para afrontarla.

—Ahora me viene a la memoria algo que me dijo Soledad —explico—. Le dije que estaba listo para salir a la calle a buscar soluciones y ella, rotundamente, me dijo: “Rodrigo, afuera no hay soluciones, sólo problemas. Más que necesitar inteligencia para solucionar problemas, en la vida vas a necesitar coraje para enfrentarlos.”

Nos quedamos pensativos con dicha frase y la conversación decae pero entonces Felipe hace una observación muy interesante:    

—He visto poco cine viviendo en una pequeña aldea pero en las pocas películas que veo lo que más me asombra es cómo los actores expresan sus emociones ¿Cómo se pueden expresar las emociones sin sentirlas?

—En las escuelas de actores —explica Juan— enseñan a expresar la ira, el miedo, la tristeza, el disgusto, la sorpresa, el placer y otras emociones, pero no es fácil expresar una emoción sin palabras.

—¿Puedes darme algún ejemplo, Juan? Insiste Felipe que quiere aprenderlo todo—. Tú que te has criado en la calle y en la cárcel pero que también tienes estudios y sabes escribir y has leído mucho ¿Podrías sonreír  con una sonrisa franca que no parezca falsa? Vamos, inténtalo.

Juan lo intenta y sólo le sale una sonrisa a todas luces falsa. Entonces explico que Soledad, profesora de filosofía, me ha dicho que la sonrisa es muy difícil de falsear porque no sólo hay que torcer los labios sino que hay que forzar los músculos faciales alrededor de los ojos. Los psiquiatras pueden distinguir con facilidad una sonrisa falsa de una auténtica.

—¡Pobres los políticos y los presentadores de espectáculos, obligados siempre a sonreír forzadamente! Debe ser agotador —señala con toda razón Felipe que viene demostrando que aprende rápido sobre todo lo que hablamos.

Nos aburrimos, buscamos hablar de algo interesante y Antonio nos sorprende con una pregunta que se hace diariamente en el mundo miles o millones de veces:

—Juan, tú tienes 35 años y hasta has estado en la cárcel, has vivido momentos muy difíciles  y hasta creo que sufriste varios simulacros de fusilamiento. En esos momentos, cuanto tú creías que ibas a morir ¿Pensaste en Dios? ¿Crees en la existencia de Dios?

Ahora la conversación ha tenido un gran vuelco:

—¿A qué viene esa pregunta tan contundente con el calor que hace?

—Es que los andaluces sois raros. Sois los que más apoyáis las procesiones religiosas y más promesas hacéis a Dios y a los Santos y hay que ver  cómo os empujáis en las romerías para tocar el manto de una imagen de la Virgen María. Pero al mismo tiempo blasfemáis brutalmente al menor contratiempo.

—Bueno, pero esto no es ninguna actitud paradójica ni es un contrasentido ni una incoherencia de nuestro carácter. Es normal cuando te pisan un callo del pie que te desahogues con una exclamación fuerte. Por eso es un desahogo. Si yo expresara mi dolor con un ¡Caramba!, no sentiría ningún alivio, pero si digo ¡Carajo! u otra palabrota, incluida una blasfemia, entonces sí siento como una especie de alivio. Pero, además, blasfemamos como una costumbre, un mal hábito en nuestra forma de hablar pero no lo sentimos como una ofensa a  Dios o a la religión.

—Bien, está muy bien explicado esto de las blasfemias como mal hábito pero insisto en mi pregunta que no has contestado. Tú, que eres un intelectual o pretendes serlo, ¿Crees en la existencia de Dios?

—Veo que no hay manera de eludir esa pregunta fuerte y directa. A mi manera sí creo pero no en la forma que nos lo venden, un tanto infantil y supersticiosa, el infierno, el purgatorio, el limbo, la confesión de los pecados, los premios y castigos en otra vida, las bulas y las indulgencias ganadas con rezos o con dinero, etc. etc. De toda esa parafernalia soy un descreído pero no un descreído total pues creo que hay una Causa desconocida que ha dispuesto un orden sobre la existencia de vida en la tierra. Tengo que creer en que existe una Causa que ha instalado un orden para la existencia de la vida porque si no creyera en algo me volvería loco al mirar las estrellas. Suelen llamarlo panteísmo o agnosticismo u otros nombres. A mí el nombre no me importa, me da igual como se llame y en este aspecto te aclaro que soy ampliamente tolerante y respeto todas las creencias. Cada uno tiene derecho a creer en lo que quiera sin ser quemado por discrepar con otros. Todos tenemos el deber de no perseguir a nadie por su raza, su color, sus creencias religiosas o por cualquier otra diferencia. La naturaleza es diversidad. Todos formamos parte de la gran familia humana y las diferencias se producen simplemente según el lugar de la tierra en que hayas nacido. Hemos de ser solidarios y por eso soy comunista.

—¿Por eso eres comunista? ¿Acaso no se puede ser solidario sin ser comunista?

—Pues claro que sí, cada uno elige su camino. Pero tú no tienes derecho a perseguirme a mí por mi ideología ni yo lo tengo para perseguirte a ti por la tuya aunque no la comparta. ¿Lo tienes claro? Y mucho menos perseguir con violencia. Soy pacifista a ultranza. Nada justifica una guerra entre seres humanos que son todos hermanos terráqueos pues las diferencias étnicas son pura casualidad de nuestro lugar de nacimiento como he dicho antes.

—Yo también soy pacifista ante todo —digo— así me lo enseñaron mi padre, mi maestro en el colegio, Don Ignacio, y mis queridos amigos del alma de la tertulia que tuve durante muchos años en mi pueblo, sobre todo las enseñanzas que me dejó mi amigo Jesús “el probeta” que yo creo que era un nuevo Jesucristo o al menos un ángel.

De pronto aparece Felipe, como de la nada, y le asesta un contundente golpe a Juan respecto a su ideología. Dice el muchacho:

—Juan, yo no entiendo de política pero si tu  ideología atenta contra la propiedad privada creo que vas mal encaminado. A mis padres y a mí si nos quitan por política nuestro pedazo de tierra matamos al que lo haga.

—No es eso, hombre, nadie te quitaría tu pedazo de tierra ni tu vivienda. Pero sí  es posible que te quitaran, si la tuvieras, una gran industria con miles de trabajadores. Quizás el Estado se quedaría con la industria para explotarla directamente.

—Entonces tu ideología no me gusta y no la quiero —replica el joven campesino gallego sin dudar un momento.

Se agotó el tema religioso, el político y se agotan todos porque día y noche sin salir del camarote terminan con todas las conversaciones.

Ahora le pregunta Antonio a Juan:

—Perdona que te deje en carne viva refiriéndome a un viejo dolor que sé que te atormenta y que arrastras hace tiempo, pero a lo mejor te hace bien hablarlo. Tú no nos has dicho nada pero nos hemos enterado que perdiste un hijo ya crecido ¿Es cierto? ¿Cómo se sobrevive a un dolor tan grande?

—No se sobrevive, querido Antonio, yo estoy muerto. Lo que queda de mí, lo que tú ves como mi vida, no es vida. La pérdida de un hijo es lo más parecido que existe a la propia muerte. En el fondo me importa poco y nada que esta gente del barco me mate porque no pueden matar a un muerto. Mi defensa es más por vosotros tres pues por mí me importa una mierda si me tiran al mar o hacen chorizos conmigo.

—¿Cómo murió tu hijo? —Insiste Antonio casi con crueldad.

—Fue un accidente pero, por favor, no me pidas detalles de esa tragedia.

Antonio insiste en este tema tan angustiante y tan doloroso para Juan sin saber por qué lo hace.

—¿Por qué me lo preguntas, Antonio?

—No lo sé, Juan,  y te pido perdón por traerte este tema que te angustia tanto. Verdaderamente no sé por qué te lo he preguntado y lamento haberlo hecho. Tal vez es que creo que hablarlo te puede desahogar y porque creo que esa fatalidad podría  ocurrirme alguna vez a mí y no sabría cómo sobrellevarla.

—¿Has perdido un hijo alguna vez?

—No. Tengo 30 años y no me he casado nunca ni tengo hijos.

—Entonces no puedes saber cómo podrías sobrellevar una tragedia así. No se puede saber hasta que te ocurre. No te puedes ni imaginar lo que se siente. Estamos preparados para asumir el ciclo biológico natural que es la pérdida de nuestros padres pero nadie está preparado para asumir la ruptura de ese ciclo biológico y que se muera antes el hijo que el padre. Ese dolor va contra natura y puede llegar a hacer que una persona pierda la razón. Y el tiempo, que dicen que todo lo cura, fracasa en esta ocasión. El tiempo no cura esta pérdida. El dolor está siempre ahí, presente día y noche, mes tras mes y año tras año. Por siempre mientras vivas.

—Me asombra la entereza con que lo llevas, —dice Antonio.

—Es que soy escritor y escribir me ayuda como terapia. No te preocupes. Quizás me haga bien hablar de ello. No lo puedes sobrellevar, simplemente vives como un vegetal pero estás muerto. Así de simple y sencillo. Todo lo que te preocupaba de tu vida, deja  de preocuparte. Ya no te disgustas por nada porque nada vale la pena. Vives como un autómata, respiras y te mueves como si fueras un muñeco de feria al que le dan cuerda cada mañana al despertarse. Sin embargo hay algo que te ayuda. Sales del sufrimiento que supone el apego a la existencia y esta liberación te hace comprender lo efímero de todo lo que existe. Yo siento que soy mejor persona después de la muerte prematura de mi hijo. Y ya no tengo esa ridícula vanidad de estar siempre tratando de demostrar que soy inteligente. Ahora estoy por encima de esas miserias.

—Si no quieres no te pregunto más, aunque en verdad yo me intereso por los dramas humanos muy grandes y aún me quedaría algo por preguntarte, algo muy duro.

—Pregunta  —dice Juan con enorme serenidad.

—Lo que me han comentado no es que tu hijo falleció en un accidente sino que se suicidó. Si eso es cierto, ¿Has perdonado a tu hijo?

—Sí, es cierto, se suicidó. Al principio me enfurecí con él, lo maldije y le reproché que se matara sin tener en cuenta el dolor que nos causaba a su madre y a mí. Me pareció una decisión egoísta por su  parte. “Este mundo no me gusta y me voy; ahí os quedáis con vuestro dolor, no me importa. O sí me importa vuestro dolor pero igual me voy.” Me pareció hasta un tanto cínico o como si se estuviera vengando de algo malo que le hicieron los padres. Terrible venganza si era eso. Después lo he ido madurando y he comprendido, con admiración, que tuvo un gran coraje para tomar esa decisión y la respeto.

A Juan se le quiebra la voz y estalla en llanto. Esperamos que se calme y no queremos que continúe hablando del tema pero él quiere seguir:

—La vida le pertenece a cada uno. La vida de mi hijo no me pertenecía a mí, era de él y debo respetar lo que hizo si no podía soportar la vida sin angustiarse. Hay personas que no pertenecen  a este mundo porque no soportan la angustia de vivir. Son personas de espíritu frágil que se quiebran ante los contratiempos pues necesitan irremisiblemente ser aceptadas. Además, según la psiquiatría, no se puede culpar a un suicida porque es un mandato genético que recibe de su cerebro. No puede evitarlo.

—¿Tenía algún motivo grave para quitarse la vida?

—Ninguno concreto. Era hipersensible y no soportaba el dolor propio ni ajeno. Siempre estaba depresivo por algo. Era una criatura angelical que sufría por todo y por todos. Un día, en pleno invierno riguroso, se quitó una prenda de abrigo en la calle y se la dio a un mendigo que estaba casi desnudo. Después mi hijo llegó a casa tiritando de frío. De lo único que puedo acusarme es que mi esposa y yo tal vez fuimos muy rigurosos en que no volviera demasiado tarde cuando salía de noche con sus amigos, pero nadie ha estudiado para padre y a veces cometemos errores sobreprotegiendo a nuestros hijos. Dios, si existe, no debería permitir la muerte de un hijo porque es un hecho desgarrador…

—¡Joder, Antonio! —le digo—. Vaya tardecita que nos estás dando con tus preguntas ¡Basta ya, hombre, por Dios, basta!

—Está bien, Juan, perdóname.

—No te preocupes, llorar es bueno como catarsis. Me siento más aliviado.

Y ahora Felipe, como tenemos tiempo, me pregunta a mí:

—Rodrigo ¿Por qué no contestas tú la pregunta que le has hecho antes a Juan? ¿Tú crees en la existencia de Dios?

La pregunta me toma por sorpresa y me quedo unos instantes pensando la respuesta que no es fácil porque yo nunca pienso en blanco y negro sino que siempre ando merodeando los grises:

—Yo no tengo certezas, sólo dudas, y en cuestiones religiosas todo lo hago “por si acaso.” No sé si existe Dios pero creo que todos deberíamos vivir como si Dios existiera.

Si pretendían llenar el tiempo que nos falta para irnos a dormir con mis opiniones sobre la existencia de Dios, les he fallado porque he cortado el tema. Es todo lo que tenía para decir. Pero aún es temprano, recién se ha puesto el sol y está anocheciendo con un mar sereno y tranquilo. Entonces reflexionamos sobre el gran tema de la creación. Tenemos que buscar temas trascendentales porque Juan se niega a intervenir en conversaciones frívolas. El tiempo es importante, dice Juan, y no voy a perderlo hablando banalidades. Entonces el andaluz toma la voz cantante, ya repuesto del doloroso tema de su hijo:

—No sabremos nunca si hay vida en otros planetas del  Universo porque si Dios fue el creador ha sido su voluntad que estemos solos en este sistema solar y para eso ha establecido unas distancias tan enormes con otras galaxias que el hombre no podrá alcanzarlas jamás porque perecería de vejez durante el viaje aún viajando a la velocidad de la luz. No sé si estamos solos, no lo sabe nadie y no creo que el hombre lo sepa nunca. Por lo tanto es igual si existe o no vida en otras galaxias. No nos afecta y es estúpido gastar millones, por prestigio o vanidad, para ver qué país terráqueo llega más lejos en el espacio exterior mientras en África muere un niño de hambre cada seis segundos. Así es el hombre de insensato. Siempre creyendo que no se equivoca y siempre equivocado. Durante siglos el hombre creyó que para poder volar había que ser más ligero que el aire y ahora resulta que es al revés, hay que ser más pesado que el aire para poder levantar vuelo. ¡Tanta soberbia, tanta arrogancia y cuánta ignorancia se acumulan en el hombre! Deberíamos bajar la cabeza con humildad, reconocer que no sabemos nada y dedicarnos a combatir la pobreza, esa lacra que es la gran vergüenza humana ¿Podríamos vivir sin cerveza? ¡Claro que sí! Bueno, pues bastaría que el dinero que el mundo gasta en cerveza se invirtiera en remediar la pobreza y aún sobraría dinero. Y hay otras grandes vergüenzas que habría que airear. ¿Sabéis que  algunos laboratorios medicinales internacionales, con mucho poder económico, prueban nuevas drogas usando a niños africanos como cobayos? Si el niño toma la droga y se muere es que la droga no es buena y hay que seguir investigando para perfeccionarla. Así de sencillo.

Y cerramos la velada con otra reflexión de Juan:

—Sería mejor para ellos que los pueblos pobres no tuvieran riquezas naturales porque cuando las tienen despiertan la codicia de los países poderosos que les inventan guerras con cualquier pretexto mentiroso para apoderarse de sus riquezas, ya sea petróleo, diamantes, etc. ¡Pobres de esos pueblos pues les interesa que la naturaleza no les otorgue riquezas naturales y al menos tendrán su pobreza en paz!