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Jesús
«El Probeta» Jesús
ha terminado recientemente su carrera de bioquímico. Es un personaje
estrafalario, quijotesco y extravagante que dice en tono solemne las cosas más
disparatadas y frívolamente las ideas más importantes y profundas. Se ríe de
sí mismo y de todo lo que es respetable para la gente convencional. Le divierte
escandalizar a las personas pacatas y le complace ser transgresor y
contestatario. Hace reír a los amigos con sus imprevistas salidas de tono y es,
desde luego, un líder natural. Tiene 32 años, es tempranamente calvo y posee
una fuerte personalidad que se impone a los demás sin proponérselo. El apodo
le viene de tener una habitación completamente llena de frascos, probetas y
otros elementos de laboratorio para sus investigaciones y experimentos. Sostiene
que está detrás de algo muy grande que cambiará el mundo y lo hará a él
millonario, un combustible económico e incontaminante que sustituya al petróleo.
Todos creen que está un poco loco y que sus delirios son consecuencia del
hambre que ha pasado y que todavía sufre. Y es que el hambre se acumula en el
cuerpo como el sol en la piel. Su padre es un modestísimo carpintero, un
bohemio de la madera que no trabaja por dinero sino porque se cree un artista.
Tiene en el fondo de su humilde vivienda un banco de carpintero y una pequeña
sierra mecánica y hace sillas, perchas, mesitas y otros pequeños muebles que
carga sobre el carro y vende en los mercados callejeros. La madre es bastante más
joven que el padre y arrima unas pesetas al hogar realizando tareas domésticas
que le pagan por horas. Nadie puede comprender cómo este humilde matrimonio ha
podido pagarle una carrera universitaria al único hijo que tienen. Seguramente
ha sido a costa de grandes privaciones. Jesús se ha ayudado a sí mismo pasando
noches y noches sin dormir haciendo toda clase de trabajos en la capital de
Granada, en la que ha estudiado. Cuenta que ha sido camarero, ayudante de circo,
vigilante nocturno, lavador de copas, barrendero y vendedor de helados. Pero lo
cierto es que lo ha logrado, es bioquímico, y ahora no sabe para
qué pues no consigue ganar una peseta. Para colmo no acepta trabajar
para nadie pues sostiene que no sirve para dar órdenes ni para recibirlas, que
no quiere ser amo ni esclavo, patrón ni empleado. Frecuenta bastante un burdel
en el que tiene una querida prostituta que no le cobra el servicio. Tiene
siempre el gesto adusto y un aparente mal carácter pero debajo de ese aspecto
de cascarrabias se esconde un ser humano solidario, tierno y compasivo. Existen
dos características muy especiales de Jesús «el probeta», una de ellas es
que odia absolutamente los espejos y jamás se mira en ellos. La otra es que es
un lenguaraz incorregible. Es un humanista, ampliamente tolerante y abierto a
todos los pensamientos, y detesta visceralmente al fascismo por tratarse de un
sistema intolerante que odia y persigue a lo diferente. Pese a todos sus
padecimientos y carencias materiales, pese a su pobreza, no es un resentido ni
está en guerra con la vida. Dice ser ateo pero como no está seguro de la
inexistencia de Dios, es un ateo poseído de un santo temor de Dios. No le
importan las religiones pues dice que son cosas de los hombres. Su obsesión es
Dios. Anda por la vida al garete, a la deriva, sin encontrar su sitio en la
tierra. Ya
hemos señalado antes que Jesús «el probeta» tenia una querida en el burdel.
La «Juani» estaba locamente enamorada de él y quería darle dinero y
mantenerlo pero Jesús nunca aceptó aprovecharse del duro trabajo de ella pues
estaba absolutamente incapacitado para abusar de otra persona. Decía Jesús «el
probeta» que la solidaridad, la compasión y el amor es lo que marca la
diferencia entre un señor y un bandido. Dice ser cartesiano y socrático pues
duda de todo y sólo sabe que no sabe nada. Detesta a los dogmáticos y tiene más
preguntas que respuestas. De la «Juani» lo único que aceptó es que no le
cobrara el servicio. Iba a verla a deshoras para no ocuparle el lugar de un
cliente. Jesús también estaba encariñado con ella y sobre todo estaba
agradecido pues había podido resolver el problema represivo de tener que
consolarse a solas. Pero la «Juani» faltó varias veces a la revisión de
salud e higiene que se le hacía semanalmente en el Dispensario Municipal y
perdió el permiso de trabajo en Orihuela. Tenía
que regresar a Madrid y su dolor era la pérdida de Jesús. También éste
estaba muy afectado por la pérdida y no sólo por egoísmo sino porque le tenía
sincero afecto.
El último día que iban a hacer el amor Jesús «el probeta» se presentó
ante ella con un ramo de rosas blancas y se lo ofreció diciéndole que
simbolizaban la pureza. La prostituta empezó a llorar de emoción pues en su
humilde trabajo con clientela de clase media baja y pobre, nunca habían tenido
con ella un detalle tan delicado. Pero cuando su llanto llegó al paroxismo fue
cuando él se desnudó y le mostró sus atributos varoniles teñidos por
completo de negro, rigurosamente enlutados. Tan sublime delicadeza desarmó a la
«Juani» de tal forma que comenzó a mesarse los cabellos y entre la encargada
y las compañeras no podían calmarla. Ya
se había marchado la «Juani» cuando un día iba Jesús «el probeta»
caminando por la calle Mayor y se le puso delante un hombre gordo de unos 60 años,
con traje oscuro de buen corte y anillos de oro. —Hola,
buenas tardes ¿Es usted Don Jesús, el bioquímico? —Sí
señor, para servirle. —¿Usted
me conoce? _preguntó el hombre gordo. —De
vista; usted es Don Rogelio Rodríguez. —Exactamente,
y tengo algo que proponerle ¿Tomamos un café? Y
se metieron en un bar. —¿Conoce
usted a mi hija Matilde? —Sí.
Don Rodolfo, en Orihuela nos conocemos todos. Pero sólo la conozco de vista .
Nunca hablé con ella. —Pues
bien, ya sabes que no es una mujer físicamente agraciada. Es gorda, como yo,
pero la conozco bien y es inteligente, educada y sensible. Sé que es muy capaz
de hacer feliz a un hombre. Tengo mucho dinero y quiero ver a mi hija bien
casada. Y quiero nietos. Jesús
se vio venir la propuesta y estaba atónito. Recordaba a esa chica gorda que tenía
un feo lunar peludo en el bigote. —Sé
muchas cosas de ti _continuó Don Rodolfo_ Sé que has pasado muchas necesidades
para obtener tu título universitario y sé que eres una buena persona. —¿Y
en qué puedo serle útil? _preguntó innecesariamente Jesús «el probeta». —Lo
haré breve. Soy un hombre de negocios y me gusta ir al grano. Te propongo que
te cases con mi hija. Quizás tendrás que soportar alguna
broma de los amigos porque ella es gorda, pero te aseguro que no te pesará.
Única condición: que la respetes, que seas cariñoso con ella y no la hagas
desgraciada. Si aceptas y yo observo que mi hija está contenta, tu porvenir está
resuelto y no tendrás que preocuparte de nada. ¿Qué te gustaría hacer con tu
carrera? —Pues
sueño con tener un laboratorio propio y bien equipado para dedicarme
completamente a la investigación científica por mi cuenta. —¡Hecho!
¿Cuántos días necesitas para pensarlo? —Ninguno.
Acepto ahora mismo. —Magnífico,
veo que eres decidido y esa es una condición que sé apreciar. Así me gustan
los hombres. Haremos lo siguiente: El domingo en la noche hay baile en el
Casino. Aunque todavía no eres socio yo te daré una invitación para entrar.
Después ya te haré socio. Te vas a la barra del bar, tomas una copa, te
acercas a la mesa en la que estaremos mi esposa, mi hija Matilde y yo y pides
permiso para sacarla a bailar. Habláis y que la gente os vea juntos y que bailáis
varias veces. En la semana próxima la invitas al cines y os vais solos. Toma
sesenta duros pues seguro que no tienes una peseta. Cómprate un traje. Después
de salir juntos unas cuantas semanas aceptaré que te eches atrás si sientes
rechazo hacia Matilde. Si simpatizáis, en tres meses hay casamiento ¿De
acuerdo? —De
acuerdo _aceptó Jesús. El
billete más grande que Jesús «el probeta» había tenido en sus manos en toda
su vida había sido de 25 pesetas. De pronto se encontró con tres billetes de
cien pesetas y se sintió Rockefeller. Esa noche pagó dos rondas de café y coñac
a toda la tertulia y todos estaban un poco asustados temiendo que hubiese
cometido algún delito. Pero de momento no comentó nada a sus amigos sobre el
origen de la repentina abundancia. El hecho más notable que Jesús recordaba de
su propia vida, es que jamás se levantó de una mesa saciado, ni siquiera
medianamente satisfecho. Su decisión ya estaba tomada, no se casaría enamorado
pero no pasaría más necesidad. Era una buena persona y se propuso ser un buen
esposo y tratar bien a aquella gorda del lunar peludo en el bigote si a cambio
de ello tenía un laboratorio propio, una cama confortable, calefacción en
invierno y comida, mucha comida, tanta comida como admitiera ese estómago
pegado a la espalda de Jesús «el probeta».
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