Principal
Arriba
Enlaces
Personajes
Síntesis Crítica
Contexto Histórico
Las Novelas
El Autor
Libro de visitas
Imágenes

Fornicando con La Pichi

 Les cuento que mi padre ha sido siempre republicano y socialista democrático. No sólo no ha sido comunista sino que es anticomunista porque ama la libertad. Sirvió en las tropas republicanas. No estoy muy seguro de que mi padre sepa qué es el socialismo. Es un hombre pacifista y honrado, con una honestidad que en su situación de extrema pobreza es más una carga que una virtud. Creo que él, en sus tristes circunstancias, a veces no le encuentra sentido a su honestidad y tal vez la vendería barata si alguien se la comprara. Y yo tengo la impronta de esa ética, esa moral con la que mi padre me ha dejado marcado. También un profesor que he tenido en mi niñez y adolescencia me marcó con ese profundo sentido de la justicia. Y en vista de lo pobres que han sido mi padre y mi viejo profesor que con su ética no han podido alimentar a su familia ni a sí mismos, mucho me temo que me espere a mí lo mismo. Porque, además, me he dado cuenta que eso de la igualdad es un cuento chino ya que todo el mundo quiere la igualdad con el que está mejor. Nadie desea la igualdad hacia abajo.

Cuando uno se define a sí mismo ante los demás trata de disimular sus defectos y exaltar sus virtudes. Les diré con sinceridad cómo me veo, porque lo que uno aparenta puede ser importante para los demás, pero para mí lo importante es lo que soy.  Lo que a continuación les cuento sobre mí tiene una limitación muy importante y es que no me conozco lo suficiente. Me gustaría saltarme esta  presentación pero debo hacerlo para que se comprendan mejor las narraciones que irán conociendo. No estoy en guerra con la vida a pesar de mis escasos recursos. Por el contrario, soy de temperamento alegre y optimista, aunque no tenga demasiados motivos para ello. Soy razonablemente honesto, de exigencias modestas. No me gusta llamar la atención, más bien soy algo tímido, amo la vida aunque sea en precario, soy emocional, independiente, no me seduce el  lujo, tozudo cuando quiero algo aunque cuando cometo un error y no puedo arreglarlo procuro olvidarlo. Tengo buena salud, cosa casi inexplicable, aunque no creo que dure mucho si no me alimento mejor. Me gusta agradar y ser aceptado, indeciso ante situaciones complicadas que requieren una opción, adaptable a cualquier situación penosa. Pero no sé si me adaptaría a una situación de bienestar porque nunca pasé por esa experiencia. No soy ambicioso de riquezas pero deseo tener dinero moderadamente. Me gusta la soledad si yo la elijo pero no a la fuerza, ansioso, dócil exteriormente pero rebelde por adentro, flexible, tolerante, algo mentiroso si las circunstancias me obligan a ello pero no sin necesidad, sentimental y algo romántico. Mi gran amor es la lectura y cuando llueve yo me digo: “Al mal tiempo, buenos libros.” Amo los libros y quisiera saber escribir bien. Deseo la estabilidad y en un mundo tan incierto sería bueno que las cosas no cambiaran tan rápido para tener tiempo de hacer pie en nuestra vida como lo hacían nuestros abuelos. Cuando estoy en el agua quiero hacer pie. Si no lo hago me angustio. Y un poco me pasa esto en la vida.

 No soy afecto a las cosas religiosas pues creo que las religiones son inventos de los hombres. Pero amo a Jesús de Galilea y lo sigo con devoción como un ejemplo de vida. Si hubiera existido en aquellos tiempos y hubiera conocido a Jesús lo hubiera seguido como un apóstol incondicional y hubiera escrito un evangelio que seguramente sería más completo que los cuatro que conozco pues creo que la palabra de Jesús no está bien reflejada en los mismos. Faltan muchas cosas, sobran otras y hay cuestiones importantes mal explicadas. Amo su palabra, su vida humilde entregada a servir a los pobres. Por eso me enfada mucho la magnificencia de los ritos católicos. Y, además, jamás podría ser católico porque hay un mandamiento que no puedo ni quiero seguir: No fornicarás. ¡Cómo me molesta ese mandamiento! En alguna parte he leído una frase que me gusta mucho pero no puedo citar al autor porque no lo recuerdo. Explica esa frase que debería haber un mandamiento que dijera: “Amaos los unos sobre los otros.” Tengo 29 años y no he fornicado casi nada porque en Orihuela, mi pueblo, si no tienes las 25 pesetas que vale un servicio en el prostíbulo estás condenado a consolarte a solas. Y eso no me conforma. Recuerdo el primer día que forniqué. Iba todo vestido de blanco como si fuera a tomar la primera comunión  Y en realidad ambas cosas fueron un debut. El día de mi primera comunión debuté en el Cristianismo y ahora iba a debutar en el sexo con la Pichi, la querida de mi amigo Pepe Sancho, una puta barata, gorda y más buena persona que la madre que la parió. Fue la madre de todos los debutantes de Orihuela, una ciudad santa dónde hasta las putas estaban en olor de santidad con sus dormitorios llenos de imágenes de Cristo, de la Virgen y de Santos y Santas. Aunque en honor a la verdad hay que decir que tapaban con un paño esas imágenes mientras trabajaban. Un detalle pudoroso digno de mención. Las prostitutas estaban siempre en estado de gracia, confesadas y comulgadas cada domingo por el Padre Montesinos, un cura cachondo y cetrero que nadie comprendió nunca por qué se hizo Cura. Pero sólo eran sus maneras las que parecían no ser de un Cura pues fumaba y bebía como un cosaco y se ataba la sotana a la cintura para jugar al fútbol, pero era un Sacerdote ejemplar.

Cuando llegué al burdel y me enfrenté con la Pichi, le dije casi temblando:

—Pichi, me manda tu amigo Pepe Sancho a que debute contigo.

—Hijo mío,  criaturica de Dios, pareces un hombrecico en miniatura. Ya me dijo Pepe que te iba a enviar a mí y no sabes tú las ganas que tenía de que vinieras, angelico de Dios que te tienen sin conocer mujer cuando ya tienes casi 30 años ¡Qué mala gente son los curas, cómo ellos no lo hacen no quieren que lo haga ninguno!

—Pichi, ese es un problema. Tendré que confesarme.

—No te confieses, hijo mío, que lo que vamos a hacer es una cosa natural y no es pecado. Pecado es matar, robar, calumniar, ser una mala persona, eso es pecado, pero el sexo no es pecado, no hagas caso. Adán y Eva lo hacían y sus hijos también y no se confesaban.

En realidad no era la primera vez que iba a tener sexo con una mujer. La primera vez fue en Madrid con un dinero que los jesuitas me habían dado para viajar a Loyola a hacer los duros ejercicios espirituales de San Ignacio. Pero ni me di cuenta de lo que hacía y fue en realidad la Pichi mi auténtica primera vez. Con explicaciones y detalles pues la Pichi era una maestra del sexo y lo demostraba sin cortarse un ápice en sus demostraciones prácticas y teóricas. Uno salía de estar con la Pichi satisfecho y sabiendo. Era un gran profesional, una gran puta que hacía de su profesión una especie de sacerdocio laico.

Estoy viajando hacia Buenos Aires que me han dicho que es una enorme capital con no sé cuántos millones de habitantes, muchos, y más de la mitad son mujeres. Que se preparen ellas que allá voy a por todas. Y pienso fornicar a tope, todo lo que pueda. Me voy a desquitar de tanta represión clerical. Si voy al infierno, mejor, allí tendré más facilidades para fornicar que en el paraíso, creo yo, no lo sé muy bien. Aunque mi timidez con las mujeres seguirá seguramente siendo para mí una carga. No sé lo que me pasa pero me falta atrevimiento para abordar a una mujer. Me ruborizo y no sé qué decirle. Mi profesor, Don Ignacio, me dijo que la tendencia a ruborizarse desaparece con el tiempo. Ojalá pues me fastidia que me miren y se den cuenta de que estoy  enrojeciendo. Y cuánto más me miran más rojo me pongo ¡Qué fastidio! Tengo un amigo que es muy atrevido y aborda en una sola tarde a ocho o diez mujeres. La mayoría de ella lo rechazan y hasta se lleva algún que otro bofetón, pero al final alguna lo acepta. Quisiera imitarlo pero no puedo, mis genes son diferentes, no soy así y no puedo luchar contra eso. Por cierto que, hablando de fornicar, todavía conservo una cicatriz en la espalda a la altura de la cintura, de un golpe que me dio un fraile capuchino, muy barbudo, con un cordón que llevaba en la cintura con un gran crucifijo colgando del mismo. Me estaba enseñando la doctrina cristiana y al mencionar el mandamiento de no fornicar yo pregunté qué era fornicar. Yo tenía 9 años y seguramente el fraile dedujo que  lo sabía y me estaba burlando. Pero de verdad no lo sabía. Ahora ya lo sé y se me ocurre que podría ser un buen nombre para una tarjeta de crédito para usar en los burdeles: “Forny Card, úsela en los burdeles y obtendrá interesantes descuentos.” Quizás esa tarjeta de crédito serviría también para las pajilleras. En Orihuela había dos mujeres, muy conocidas, de más de 50 años, que trabajaban en los bancos de madera de la entrada general de los cines, “el gallinero” en el argot del cine, en el Salón Novedades que tenía los asientos de la general delante, pegados al telón, y en el Teatro Circo que los tenía  detrás. Se sentaban en el último banco y eran muy buenas amigas. Nunca iban las dos juntas, no competían, una iba a un cine y la otra al otro. Iban enlutadas y el pañuelo negro que llevaban en la cabeza se lo sacaban en el cine y se lo ponían sobre las rodillas. Los clientes formaban fila sentados al lado de ellas. El que le tocaba su turno se sentaba junto a la mujer y ésta extendía su pañuelo negro sobre las rodillas de ambos. Y por debajo del pañuelo la mujer trabajaba y cobraba una peseta. Cuando terminaba que no eran más de cinco minutos, el que había acabado se levantaba y se iba y la fila de los que esperaban sentados se corría —nunca mejor dicho— un lugar para ir acercándose hasta la pajillera. Espero que hayan podido jubilarse pues en realidad las considero trabajadoras sociales.

Cómo lo que más nos gusta es lo prohibido, los oriolanos vivimos obsesionados por el sexo. Por cierto que  Luisito “el corto”, el buen camarero que servía la mesa de la tertulia del Café Colón y que confundía todas las palabras de una manera desopilante, un día le dijo a Pepe Sancho que presidía la mesa:

—¡Don José, es que a mí me gustan las tías más que la hostia!

—Claro —le explicó Pepe— eso es porque usted es muy heterosexual.

—¡Una mierda! Yo soy muy macho. Pregunte usted por mí en la Calle Arriba y verá lo que le dicen. No me confunda a mí con esos maricones, no se lo permito. Soy tan macho como usted  que ya sabemos que tiene una querida en la Casa de la Lucía. Yo no la tengo porque no puedo pagarla pero si tuviera dinero tendría un harén para mí solo.

—Lleve usted cuidado que no lo oiga su mujer porque la Felisa es de armar tomar. Y para nombrar a la Pichi, que es una humilde puta de burdel, tiene que lavarse la boca porque es una santa. El día que la Pichi se muera se pondrán muy tristes y llorarán casi todos los hombres de Orihuela. La Pichi es una puta veterana, gorda y bonachona que ha iniciado en los delirios del sexo sin amor a casi todos los hombres de la ciudad. Y habrá una fiesta en el cielo cuando ella llegue. La imagen de Nuestro Padre Jesús “el Abuelo” sonreirá iluminada y los ángeles, alborotados, le prepararán a la Pichi un gran recibimiento en el Paraíso.

—Don José, usted si que disfruta del sexo, va usted casi todos los días a ver a su amiga ¡Quién pudiera!

Entonces Pepe Sancho que era una enciclopedia viviente le contó a Luisito algunas curiosidades sexuales de los animales. Le contó que hay una especie de ratón que copula sin parar hasta una docena de veces en el mismo día y muere después agotado. Y que el coito del cerdo dura treinta minutos...

—¿Treinta minutos? —lo interrumpió Luisito— ¡Qué macho, con razón me gusta tanto el cerdo! Pero dejemos el Café Colón y volvamos a lo que estábamos tratando. Otra cuestión que me aleja del catolicismo es ese otro mandamiento de no desear a la mujer del prójimo ¿Qué culpa tengo yo que las mejores mujeres las tenga el prójimo? Si dijera no robarle la mujer al prójimo estaría de acuerdo porque no se debe tomar lo que no es de uno. Así me educaron mi padre y mi viejo profesor, Don Ignacio, que era otro ángel extraviado por la tierra, encorvado y abrumado por el peso de los libros leídos, alto narigón y huesudo. Un ser maravilloso, un ser alado, casi todo espíritu, más alma que cuerpo a pesar de ser grandote. Pero ¿Cómo puedo evitar desear a una mujer hermosa? ¡No soy de piedra, estoy hecho de carne, huesos y deseos!  Mas desde luego no voy a robarle al prójimo su mujer pues no se debe construir la felicidad propia a costa de la ajena. No construiré mi felicidad sobre las ruinas de un hogar deshecho. Un hombre tiene que manejar su vida sobre la base de ciertos valores. Y dicho sea de paso creo que prohibirle a los Sacerdotes Católicos tener esposa e hijos y formar una familia es algo que va contra natura y que la Iglesia Católica debería reconsiderar para que no haya tantos Curas que extravían su camino ya que están hechos con la misma carne que todos los hombres. Al fin y al cabo la exigencia del celibato a los sacerdotes católicos proviene del Siglo XI, o sea que durante diez siglos los sacerdotes pudieron tener esposa y en ningún lado de los Evangelios Jesús obliga a sus Apóstoles a ser célibes. Algo tan trascendental como formar una familia propia debería ser optativo, no obligatorio.

Nunca encontré un trabajo dignamente remunerado debido a mis antecedentes de tener un padre socialista, republicano y antifascista. A mi padre lo tildaban de comunista y le decían injustamente  “el rojo” y por lo tanto yo era en el pueblo “el hijo del rojo.” Me colgaron ese San Benito y ahí quedó sobre mí. Si conseguía un trabajito temporario no me pagaban casi nada so pretexto de ser el hijo del rojo. Finalmente caí en manos de un clérigo con el que trabajé 9 años durante 14 horas diarias, cobrando, como dije antes, en Padrenuestros y Avemarías. Pesetas no recibí nunca. Me pagaba con la comida que consistía en guisos de garbanzos, lentejas, alubias y patatas. Hoy estoy emigrando hacia la Argentina con 29 años de edad y pocas veces he probado la carne, el queso, el jamón, la leche o los huevos. Las proteínas las conozco sólo de haber oído alguna vez hablar de ellas. Sin embargo si en esta vida me ha ido mal con la alimentación, puedo consolarme pensando en que estoy haciendo méritos para la otra, la cual no se demorará mucho si continúo atiborrándome de hidratos solamente.

Anduve descalzo hasta los 7 años. Todavía tengo callos en las plantas de los pies. A los 7 años tuve mis primeras alpargatas y las cuidaba con mimo. Me las sacaba y jugaba al fútbol descalzo para no romperlas. Y mis primeros zapatos los compró mi padre en una tienda de Orihuela que se llama “Marianico el alpargatero” que está en la subida del puente de Poniente por el lado de la Farmacia de Franco. Tenía yo 17 años, aunque sólo aparentaba 13, y había una oferta de saldos en dicha tienda. Me llevó mi padre a probármelos y el último par de zapatos que quedaba era uno o dos números menos de los que yo calzaba pero mi deseo de tener zapatos era tan grande que encogí los dedos y dije que me quedaban perfectos. Recuerdo que aquellos malditos zapatos eran de dos colores, marrón y blanco que era entonces la moda de verano. Después anduve rengueando con ellos varios meses y me arruiné los pies para toda la vida.

Debo aclarar que los 9 años que he trabajado sin sueldo con el clérigo en la administración de unas escuelas profesionales para niños pobres, no ha sido tiempo perdido. Mi relación con él ha sido parecida en picardías a la del Lazarillo de Tormes con el ciego. Los dos hemos rivalizado en picardías, pero el clérigo me ganó largamente. No me ha pagado con dinero pero he aprendido muchas cosas que espero me sirvan en el futuro. Me ha dado lecciones de vida muy aprovechables. Por ejemplo, un día le pregunté cómo era que el clero es tan influyente en una ciudad ¿Es que se hacen amigos de los hombres importantes? Y el jesuita me instruyó: “No, de sus mujeres. Somos amigos, confesores y directores espirituales de sus mujeres y cuando tenemos a la mujer ya tenemos al hombre. Cuando necesitamos algo no se lo pedimos a los hombres importantes sino a sus esposas.” ¿No es algo sabio? Esas cosas me enseñaba el  jesuita que yo creo que no debo echar en saco roto. Lo que no entiendo bien es algo que me dijo un día que me sorprendió leyendo. Me dijo: “No leas mucho pues eso te hará infeliz. No hay hombres más tristes que los que creen saberlo todo.”  Eso me dijo el clérigo y no termino de entenderlo. Quizás más adelante, cuando haya vivido más, lo entienda. Y algo de verdad debe tener esa frase porque mi profesor, Don Ignacio, y mis amigos Jesús “el probeta” y Pepe Sancho que eran los tres muy sabios, eran hombres tristes. Pero aunque me convierta en un hombre triste nunca dejaré de leer. Si la sabiduría trae tristeza prefiero ser un sabio triste que un tonto alegre.

Pero no veía porvenir en ese trabajo y un día llegó un fraile que residía con su Congregación en Buenos Aires y que era primo de una de las monjas que había en las escuelas profesionales de la Obra Social. Lo acompañé a conocer las bellezas arquitectónicas que hay en Orihuela que son muchas y de mucho mérito,  y nos hicimos amigos. Vio lo mal que yo estaba y me ofreció pagarme el pasaje a Argentina en barco y quedarme varios meses a ayudarlos en su Templo mientras yo gestionaba la documentación para lograr la radicación en dicho país. Ayudaría en la limpieza del Templo y del Convento, la venta de estampas, libros piadosos de imágenes de santos y santas y también la venta de las Misas de difuntos. Sin sueldo, era mi destino, trabajar para el clero sólo por cama y comida.

He aceptado y he subido al barco en Barcelona con mi vieja maleta de madera, la que llevé al servicio militar. No tiene cerradura ni candado y la llevo atada con una cuerda para que no se abra. No temo que me roben pues adentro no hay nada que sea digno de ser robado. Llevo lo siguiente: Dos calzoncillos de una tela tan rústica que parece lona, dos camisas, una en buen estado y otra remendada en los codos y con el cuello y los puños raídos, dos pañuelos, un par de zapatos muy gastados a los que mi amigo el zapatero remendón José “el guapo” les ha puesto medias suelas y tacones como regalo de despedida, un cuaderno con direcciones de familiares y amigos, dos pares de calcetines, un par de alpargatas con suelas de esparto, un viejo jersey con los codos zurcidos, una chaqueta, dos pantalones, un cepillo de dientes, un tubo de dentífrico empezado, un peine, un libro (El Quijote) y dos mil pesetas. Allí está todo mi ajuar, mi patrimonio acumulado en 20 años de trabajos forzados.

He dejado mi maleta en el modesto camarote que me han asignado pero llevo conmigo las dos mil pesetas. No me fío de dejarlas en la maleta. Debo compartir el camarote o cabina con otros tres emigrantes a los que no conozco todavía. Me he acercado a la cubierta de la clase económica y me he apoyado en la baranda. Hay gente que llora o ríe y agitan pañuelos de despedida. El barco empieza a moverse tras sonar una poderosa sirena varias veces. La nave ha dado medio giro en dirección a alta mar. Se va alejando del puerto y todavía se ve la estatua de Cristóbal Colón en el puerto de Barcelona. En el altavoz de cubierta suena una canción de Antonio Molina que dice:

                             “Qué lejos te vas quedando

                              España de mi querer

                              A Dios le pido rogando

                              Que pronto te vuelva a ver...”

Tengo los ojos húmedos pero el gesto duro, bravío, con las mandíbulas apretadas de rabia. No me voy por mi gusto y tengo presente que he ganado en Orihuela, mi pueblo, dos oposiciones a un empleo en dos entidades financieras. En ambas he obtenido el mejor puntaje. Pero les han dado el puesto a un sobrino del Obispo y a un recomendado del Alcalde. Me han robado el futuro y me siento estafado por la vida. En un mundo organizado en base a mentiras cabe hacerse esta pregunta: “¿En quién confiar si sólo se persigue el lucro como objetivo de gobiernos, empresas y personas? ¿Puede dar la misma especie humana un San Francisco de  Asís y un Hitler? ¿Tanta es la brecha en los dos extremos de la evolución humana?”

Sin embargo, aunque estoy lanzado a una aventura solo y sin medios, no estoy asustado. La sensación que tengo es de tristeza, de melancolía, de impotencia, de abandono, de soledad y de bronca contra el sistema que me excluye, que me expulsa y me obliga a emigrar, pero no de miedo. Sé que me esperan tiempos muy duros pero eso no me amedrenta pues estoy acostumbrado a las más tremendas privaciones y estoy dispuesto al sacrificio que haga falta para abrirme camino. Apretaré los dientes y ya veremos. Pero confío en mis fuerzas porque tengo sobradamente comprobado que si aprieto los dientes estoy hecho de acero. Mientras no tenga familia a mi cargo no me asusta nada. Siempre he llevado puesta una máscara para poder sobrevivir en un ambiente hostil y son tantas las máscaras que me he puesto que ya no sé quién soy. Los niños juegan a ser otros, como pequeños actores, y yo creo que toda la vida jugamos a ser otros, también cuando somos adultos. Todos vivimos siendo un poco simuladores. A mí no me importa mucho quién soy, no me cuestiono eso, el tiempo lo dirá. Pero de momento no soy nadie, no me esperan en ningún lugar. Cuando viajo siempre estoy yendo. Nunca estoy viniendo porque no tengo adónde volver ni alguien que me espere.

Pero no quiero dejar en estos relatos la impresión de que he tenido una niñez triste. Ni mucho menos. Pobre sí pero no triste. He sufrido carencias materiales de todo tipo, carencias extremas hasta el punto de dormir alguna noche en el portal de alguna casa. Pero me he divertido mucho más que los niños ricos pues me he movido en la calle sin controles paternos, disfrutando de todos los juegos callejeros con envidiable libertad y en un pueblo cuyas calles no eran peligrosas. Quizás pícaras, pero no peligrosas. He pasado mucho frío y por eso odio el frío y trataré de vivir, si puedo, en lugares cálidos. ¡Pero aquí estoy, sobreviviente, sano y listo para la pelea por un futuro mejor! Empiezo mi lucha contra la pobreza  ¡Y la voy a ganar, vive Dios!

Durante diez años fui monaguillo o acólito, como quieran llamarlo, que es la ocupación más pícara y divertida que puedan imaginarse. Mi confesor ha sido un Cura al que el único pecado que le interesaba era saber si yo me frotaba la cosa de orinar y me daba gusto. Así lo llamaba él: “la cosa” de orinar. Jamás se hubiera atrevido a mencionar la palabra pene y mucho menos vagina. Para él eran “las cosas de orinar.” Era un buen sacerdote y un buen hombre, pero vivía obsesionado por el sexo. Si le decía que no me frotaba “la cosa” desconfiaba de mí y me trataba mal. Me sacaba la merienda. Entonces, para congraciarme con él, llegué al absurdo de confesar más masturbaciones de las que hacía y así lo tenía feliz. Cuantas más masturbaciones me confesaba más feliz estaba el Cura y más me apreciaba pues me consideraba un chico honesto que no ocultaba la verdad. Después les comenté este asunto a los otros monaguillos y a otros chicos y todos confesaban un montón de masturbaciones para tener contento al Cura. Pero esto llegó a un punto en que el Cura llamó a los padres y les dio un sermón sobre una especie de epidemia que había entre los chicos de la parroquia que no cesaban de frotarse “la cosa.” A mí lo que más me molestaba de confesar este pecado era tener que dar los detalles de cómo lo había hecho y en quién estaba pensando cuando lo hice, en qué circunstancias y en qué lugar. No le interesaban otros pecados, sólo quería detalles sobre la cuestión del sexo, quería saberlo todo. La última semana me había masturbado 7 veces y cuando llegué al confesionario le dije al Cura que lo había hecho 12 veces. Entonces, como me daba la absolución por 12 masturbaciones y sólo la había hecho 7 veces, tenía 5 masturbaciones a mi favor anticipadamente confesadas y perdonadas por Dios a través del Cura. Estas primeras cinco masturbaciones que ya estaban perdonadas no las disfrutaba mucho. En cambio, a partir de la siguiente que me la tenía que confesar, lo disfrutaba mucho más porque era un pecado aún no perdonado. Es así como descubrí, yo sólo, que lo que más atrae al hombre es lo prohibido y este descubrimiento me llenó de orgullo pues me sentí más hombre, más adulto, casi un filósofo.

Orihuela es una ciudad con mucho encanto. Si usted, lector o lectora, pasa cerca de mi  pueblo no deje de visitarlo y le asombrará la belleza del Río Segura cruzando la ciudad que está al pié de una bella montaña. Yo estoy atrapado por el cariño a mi tierra y prometo que cuando tenga dinero pasaré siempre en mi pueblo la Semana Santa que es una de las más importantes de España. Y cuando sea mayor, si aprendo a escribir bien, escribiré libros contando curiosidades de mi ciudad y de mis entrañables amigos de la tertulia del Café Colón. Es tan bonito mi pueblo que aunque Dios está en todas partes, se dice que en Semana Santa fija su residencia en Orihuela y a mí me besa en la frente cuando llego.

Con respecto a la emigración, debo decir que emigrar es terrible, es un gran desgarramiento interior. Hay muchos españoles que han sufrido el calvario de la emigración a Francia, Alemania, Suiza, etc., países que agravan más el problema del desarraigo al tener distinto idioma. La soledad se siente en carne viva, es un desarraigo del alma. Hoy me toca a mí tomar esta decisión grave y dolorosa. La tragedia de emigrar va más allá de la pena pues se instala en la piel como una herida abierta que no cicatriza nunca. Es un sufrimiento destructivo que mina la salud material y espiritual cada día. Es como si una persona honesta, solidaria y trabajadora tuviera que pagar un sobreprecio por el hecho involuntario de haber nacido en Uganda en vez de Dinamarca. Como si uno pudiera elegir el lugar de nacimiento en vez de nacer por fuerza en un país injusto y empobrecido. Un emigrante es un ciudadano de tercera, casi sin identidad.

Cuando emigras tienes que llorar al recordar los olores de tu tierra, los afectos, las costumbres y la vida entera que dejas atrás. Es casi imposible sonreír cuando toda nuestra vida y nuestros sueños se están haciendo trizas y te secan el corazón. Sé que no todo es perfecto en mi pueblo. En Orihuela hay un provincianismo que me desagrada pero prefiero soportar los defectos de mi pueblo que disfrutar de las virtudes de tierras que  me son ajenas. En fin, todo es así, como dicen los populares versos: “Ni contigo ni sin ti, tienen mis penas remedio, contigo porque me matas y sin ti porque me muero.” Lo que nos ayuda es que cuando uno es joven un viaje, aunque sea incómodo y con destino incierto, siempre es una aventura excitante, esperanzadora, sin melancolía ni recuerdos que opriman el alma. Eso viene después del viaje. Cuando se es joven parecería que no existe el pasado y, al menos en mi caso, voy tranquilo porque el futuro no puede ser peor que el pasado. Un joven siempre es feliz porque todavía no tiene historia, todo es nuevo para un joven.

Espero, además no enamorarme hasta que tenga un buen trabajo. Tendré que lidiar con mi eterno desasosiego biológico-hormonal de no fornicar lo suficiente para mi temperamento vital, pero necesito conservar la lucidez para ganar dinero y el estado de enamoramiento nos pone un poco idiotas para pensar con lucidez. Ver a otra persona como perfecta porque tiene buenas tetas me parece el colmo de la estupidez humana. Espero y confío en mi buen olfato de la calle para saber elegir esposa cuando me llegue la hora, amén. Cuando tenga esposa no pienso cortarle las alas para que salga a trabajar si ella lo desea, aunque en este aspecto reconozco que estoy anticuado pues las mujeres durante la guerra salieron a hacer las cosas de los hombres y ya no las abandonaron. A eso lo llaman feminismo y no me parece mal, pero debemos reconocer que la mujer que sale a trabajar teniendo hijos deja el hogar patas arriba. No estoy contra el feminismo mientras se cuide el hogar y el disfrute del amor en el hogar. Porque no siempre tiene que ser todo por dinero. Si es por elevar su autoestima está bien, pero está mal si se resiente la relación conyugal por incomunicación. Esto se puede resolver ayudando el hombre en las tareas del hogar pero hay demasiado machismo ¡Y están los niños que sufren la ausencia de la madre del hogar por muchas horas! Y ya que nombro los niños, ¿Saben que en Asia hay pueblos es los que está prohibido por ley reñirle a los niños? ¡Qué cosa más bonita! Sólo se corrige a los niños con buenas palabras y buenos ejemplos ¡Me gusta!