|
Hace veinte años que falleció el Padre Guzmán y fue nombrado Superior el Padre Miguel que ha llevado una vida de santidad después de que en 1960 colgara la sotana y se fuera a vivir con una mujerzuela. Fue readmitido en su Congregación y se le impuso una dura penitencia durante un año trabajando en las tareas domésticas del Convento. Después que cumplió su penitencia ha sido un sacerdote ejemplar que según los fieles y sus propios hermanos de Congregación está en olor de santidad. A partir de que nombraron Superior al Padre Miguel, he comido en el Convento todos los años por Navidad, sentado en la mesa de los frailes a la derecha del Padre Miguel, ahora Superior, a quien yo sigo llamando siempre Miguel a secas. Ya no recuerdo los años que tiene el Padre Miguel pero debe andar por los ochenta y tantos y sigo comiendo con él en Navidad hasta la fecha ¡Cómo ha cambiado esa Comunidad! Ya entró la luz en los salones y pasillos con todas las puertas y ventanas abiertas de par en par. Con el anterior Superior era los cantores de la muerte, siempre con la muerte y el infierno dando vueltas alrededor de frailes y fieles. Ahora cantan a la vida, luz, alegría y hasta están formando entre los chicos jóvenes un grupo de rock. ¿Por qué esa tendencia de frailes y monjas a hacer del cristianismo una religión de muerte y no de vida? ¿Por qué no existe ni una sola imagen de Jesús sonriendo? El Padre Guzmán imponía a sus frailes unas disciplinas rígidas, unos horarios implacables que el actual Superior considera innecesarios. El Padre Miguel cree que su Comunidad debe ser una hermandad llena de luz y alegría, unidos por el amor a Cristo y a nuestros semejantes. Lo que no ha conseguido, explica él, muerto de risa, es que sus frailes dejen de pelearse por el fútbol. La mitad más uno son de Boca Juniors y la otra mitad menos uno son de River Plate. A veces discuten con tanta pasión que el Padre Miguel tiene que recordarles que son frailes y hermanos. Al Padre Guzmán lo obedecían porque le temían y porque el voto de obediencia les obligaba a hacerlo pero al Padre Miguel lo obedecen ciegamente porque creen de verdad que es un santo. Miguel y yo tenemos largas discusiones sobre la fe y la razón. Le repito que todo lo que hago con respecto a religión es “por si acaso” pero que no estoy seguro de nada. Defiendo mi argumentación en base a mi actitud racionalista que es el pensamiento lógico. En cambio la fe es un sentimiento, por cierto muy respetable, pero los sentimientos siempre son irracionales. El Padre Miguel, que a veces es muy mal hablado, dice que él da gracias a Dios por tener el sentimiento irracional de la fe que hace feliz a tanta gente y que él se caga en el pensamiento lógico y en la razón que hace a todo el mundo tan desgraciado. Cuando hablamos de religión discrepamos en casi todo y él se muere de risa porque dice que yo, sin saberlo, sin darme cuenta, soy más cristiano que él y que todos sus frailes. En una cosa no discrepamos y estamos absolutamente de acuerdo. Tanto el Padre Miguel como yo tenemos como libro de cabecera la Summa Teológica de Santo Tomás de Aquino, un libro que pretende conciliar la fe con la razón que es algo imposible. Para poder conseguir esa conciliación imposible, el autor de ese libro trata de hacer absurdos malabares con las palabras. El Padre Miguel y yo tenemos ese libro como somnífero. En vez de pastillas para dormir que producen adicción, leemos dos páginas de ese libro y nos quedamos profundamente dormidos. En ese sentido es un libro recomendable. Este libraco, que pretende representar a una filosofía que llaman escolástica, es el libro más pesado y más inútil que se ha escrito en toda la historia de la humanidad. Ténganlo al lado de la cama y traten de leerlo por la noche. Verán que les resultará imposible mantenerse con los ojos abiertos. Sus párpados le caerán pesadamente. Yo nunca pude leer más de dos páginas y mucho menos entenderlo. Es un galimatías indescifrable aún con la mejor voluntad. Para colmo es un libro muy gordo. Podría servir como arma defensiva pues dejaría muy mal herido a un ladrón si se lo tiran por la cabeza. Parecería que son mejores los fieles católicos que algún día se descarriaron y volvieron al redil tras un alejamiento momentáneo pues está comprobado que estas personas, arrepentidas, llevan después una conducta ejemplar con su religión, como le ha sucedido al Padre Miguel. Y también están en este caso los conversos tardíos. Son católicos ejemplares aquellas personas que no han profesado la fe católica en toda su juventud e incluso han sido críticos de la misma y les llega la fe repentinamente cuando ya son adultos y maduros o mayores. Un querido amigo mío, contertulio en el Café Colón, tuvo un proceso de conversión al catolicismo que representó un cambio personal muy conmovedor. Hoy tanto el Padre Miguel como mi amigo converso, que es un gran poeta, llevan una vida de absoluta fe católica. Veo de vez en cuando a mis amigos del barco cuyas vidas han seguido distintos derroteros. Antonio trabajaba como un burro de camarero en un bar y de asistente de cocina en un restaurante. Se casó por poder con su novia asturiana y se la trajo a Buenos Aires. Cuando ya tenían unos ahorros obtenidos con mucho esfuerzo ambos se dieron cuenta que no iban a hacerse ricos con esos dos trabajos y que para no hacer fortuna como emigrantes era mejor estar en su tierra asturiana, así que regresaron a España y pusieron un restaurante en su pueblo que les va muy bien. En su restaurante he comido la mejor fabada que he probado en toda mi vida. Felipe ha progresado mucho, estudió y se convirtió en la mano derecha de su tío que ha ido dejándole las riendas de sus múltiples negocios, entre ellos una cadena de restaurantes, y lo ha nombrado heredero de todos sus bienes. Al que peor le ha ido y me da mucha pena porque era una persona humanitaria y solidaria, ha sido a Juan, poeta y escritor que puso su pluma al servicio de un periódico de izquierdas. Una noche se presentaron varias personas armadas en la modesta pensión en que vivía y se lo llevaron a empellones y culatazos hacia la tortura y la muerte alevosa. Había desertado del comunismo y se había convertido en un periodista de la izquierda moderada que escribía señalando objetivamente los errores del gobierno, pero era un hombre culto, y sobre todo un hombre bueno, que disentía del poder con argumentos razonados. Era un periodista de izquierdas pero que nunca incitaba a la violencia, una de esas plumas opositoras que cumplen una función útil y necesaria en una democracia. Pero era un hombre ético que no era peligroso para la sociedad y no merecía morir así, de una manera tan absurda, inmoral y canallesca. Quienes decidieron su desaparición sí que son personas peligrosas para vivir en una sociedad pacífica, organizada y democrática. Dentro de una de esas reacciones extremistas que se dan en estos países revueltos que no saben buscar su identidad sin matarse unos a otros, Juan fue inmolado. Nunca más se supo de él. El caso paradójico es que era un ser muy activo en su oratoria y en sus artículos periodísticos pero siempre ponía énfasis en que la resistencia a las injusticias se hiciera pacíficamente, sin poner en peligro las vidas de las personas. Valoraba la vida humana como esencia de todas las cosas. En cuanto a mí, el Padre Miguel en una de nuestras charlas de sobremesa de esas comidas navideñas que hacemos juntos, me dijo un día: —¡Cómo han cambiado nuestras vidas, Rodrigo! Te debo que me sacaras de la marginalidad de la calle y ahora soy el Padre Superior de mi Congregación. Y tú, que eras un auxiliar administrativo de una gran empresa multinacional, un puestito casi anónimo en la alta pirámide del poder, te mandaron a estudiar en Suiza y te has convertido en el Gerente Financiero para toda la Argentina. Ahora eres un gran ejecutivo que has manejado con éxito la nave financiera de tu empresa en medio de las cien tormentas políticas y económicas de este país. Has cumplido con creces aquel juramento que hiciste en la terraza del edificio más alto de Buenos Aires ¡Le has ganado la batalla a la pobreza! Pero a veces, cuando pienso en tu vida, tanto en Orihuela como en Buenos Aires, me digo ¡Cuánto has sufrido, Rodrigo! —¡Qué va! Te equivocas, Miguel, mi vida ha sido una aventura maravillosa como yo quería que fuese. He amado mucho y me han amado. También sufrí grandes dolores pero todo vale y estoy conforme con el balance. Nadie es tan feliz ni tan desgraciado como cree. En la vida todo está muy mezclado ¡Pero yo siento que he vivido!
|