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La
Enfermedad Mariana
lleva diez días en cama con una bronquitis aguda acompañada de un decaimiento
general. No tiene apetito, no come nada y presenta un cuadro febril con
complicaciones inesperadas. El médico ha detectado síntomas de diabetes así
como una extraña arritmia cardíaca y empieza a preocuparse seriamente. Tiene
desvanecimientos y ha perdido peso alarmantemente, su estado general es de
defensas muy bajas. Sus padres están sentados al lado de la cama de Mariana y
le toman la mano acariciándola. La madre le pregunta: —¿Qué
te pasa, hija? Por Dios, dinos qué te ocurre. Nunca te he visto así. —No
es nada mujer _dice Don Anselmo_ la juventud da estos pequeños sustos pero se
reponen rápidamente. El mes que viene nos vamos a nuestra casa de la playa de
Torrevieja y ya verás como en la orilla del mar le volverá el apetito y
asistirá a fiestas, como siempre, con sus amigas y amigos. Y a lo mejor hasta
le sale un novio de buena familia y nos da esos nietos hermosos que tanto
deseamos. Mariana,
con un hilo de voz, muy cansada, le responde a su padre: —Siempre
hablas de casarme con alguien de dinero y esto me hace sentir muy pobre ¿Somos
pobres? ¿Necesitamos el dinero de alguna familia rica? Si es así yo lo
entendería y estoy dispuesta a casarme con quien tú elijas. Pero si tenemos
mucho dinero, como tú dices, papá, ¿Para qué queremos más? Comprendo que
una mujer pobre se tenga que casar por dinero para salir de la pobreza, pero ¿Debo
yo casarme con un rico sin amarlo? ¿Entonces para qué nos sirve el dinero? —No
es eso, hija. _Explica Don Anselmo_ Cuando pensamos en un joven de buena familia
no es por dinero, es por su educación, sus estudios, sus modales y su buena
crianza en general. Es lo que a ti te pertenece, lo que mereces. Todos somos
hijos de Dios pero todos no somos iguales. —También
hay pobres que estudian y tiene buena educación. _dijo Mariana. —Hija,
nosotros pensamos lo mejor para ti _señaló Doña Celia. —Pero
¿De qué me sirve que mi padre sea rico si todas sus riquezas no me permiten
elegir al hombre que amo? Papá no le veo lógica a tu conducta. Me has
decepcionado. Siempre creí que me apoyarías en todo y me has fallado. Me
siento la más pobre entre las pobres. —No
es así, hijita, no es así, algún día lo entenderás y me lo agradecerás. Te
estoy protegiendo de tí misma, de tu inmadurez. Crees estar enamorada de ese
muchacho que no está a tu nivel. Te arrepentirías muy pronto de haber confiado
en él. No pertenece a nuestra sociedad, a nuestro mundo. Esas cosas sólo
ocurren en las novelas. Tus mismas amistades te rechazarían _le explicó Don
Anselmo. —Papá,
mamá, estoy muy fatigada. No sé lo que tengo. No me quedan fuerzas ni para
caminar hasta el cuarto de baño. Quiero dormir, necesito dormir y no puedo
hacerlo sin esas pastillas que me dejan maltrecha. Me siento muy decaída. Por
favor, bajar la persiana pues me molesta la luz, poner la habitación en
penumbra y dejarme descansar a solas. Entonces
Don Anselmo, imprudentemente le reprochó a su hija: —¿Pero
estás tan mal como dices o lo agravas para angustiarme y vencer mi resistencia
a ese infeliz? —¡Por
Dios, papá, cómo me torturas! Nunca lo hubiera pensado de ti. ¡Cuánto dolor
me produces buscando protegerme! Déjame descansar, no puedo más. —Está
bien, descansa Mariana, ya verás que pronto estarás repuesta y todo esto se
alejará como una pesadilla. Pero que sepas _agregó Don Anselmo_ que jamás
aceptaría un nieto de apellido Ramírez. Jamás. Preferiría morirme. Bajaron
las persianas, corrieron las cortinas y se retiraron a la salita de estar. La
esposa de Don Anselmo, llorando, le dijo a su marido:
—Por
Dios, Anselmo, deja los reproches hasta que esté bien. Mira que si se agrava no
vas a poder vivir con la culpa. Lleva cuidado. ¿No estás llegando demasiado
lejos con tu rechazo a ese joven? —No;
yo sé lo que hago. —¿Por
qué dudas tanto de la sinceridad del amor de ese chico? ¿Es que acaso nuestra
hija no es lo suficientemente hermosa para enamorar a cualquier hombre, rico o
pobre? ¿Y si es verdad que la ama? ¿Debemos odiarle por amar a nuestra hija? —Celia,
déjame en paz. Me parece que tú también lees demasiadas noveluchas. |