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Mariana Enamorada El
domingo siguiente Tomás tuvo guardia en el colegio de Santo Domingo y no salió
con Rodrigo a dar la consabida vuelta dominguera. Tampoco Rodrigo salió. Las
chicas sí salieron y estaban muy decepcionadas. —¿Has
visto, Ana? Te dije que Tomás no vendría. He lastimado su orgullo. Los pobres
también lo tienen y a veces son exageradamente susceptibles. Me parece que esta
experiencia tan bonita ha terminado para nosotras. La verdad es que me hacía
ilusión volver a verlo ¡Es tan dulce y tan atractivo! Pero
al domingo siguiente Tomás y Rodrigo volvieron al paseo vespertino y las vieron
venir. Les dijeron adiós sin pararse. Luego volvieron a cruzarse y otra vez adiós
sin detenerse. —¿Ves,
Ana? Está ofendido. —Pero
no, mujer, lo que pasa es que tú lo despediste de mala manera y él ahora cree
que si se acerca le vas a poner mala cara. Debemos hacer algo, déjame a mí. Tú
acompáñame y no digas nada. Se
cruzaron otra vez pero entonces fue Ana la que se paró delante de ellos acompañada
de Mariana. —Rodrigo,
el otro día cuando paseamos me hablaste de un libro que te había gustado mucho
¿Me dices el título? Me gustaría comprarlo. No
tienes que comprarlo, yo te lo prestaré. Y para que sea más interesante te
incluiré un juego, un mensaje adentro. Te subrayaré palabras sueltas y tú
deberás componer frases con las mismas. Tendrás que descifrar mi mensaje. —¡Qué
idea más divertida! ¿Cuándo me lo traes? ¿Puede ser el próximo domingo en
la tarde aquí mismo? —Sí,
por supuesto. Tomás
no había dejado de mirar fijamente a Mariana y dirigiéndose a la amiga preguntó:
—Ana,
¿Cuántas veces se puede en Orihuela pasear con una amiga sin comprometer su
reputación? No estoy al tanto de esas normas sociales. —Pues
no hay una cantidad de veces establecida. Depende. Pero creo que cuatro o cinco
veces no darían todavía lugar a chismes. —¿Cuatro
o cinco veces? _repitió Tomas_ ¿Pero te das cuenta Mariana que sólo hemos
paseado juntos dos veces? Se
rieron los cuatro y empezaron a caminar juntos una vez más. Entonces Rodrigo
bromeó: —Vosotras
os preocupáis mucho de vuestra reputación pero ¿Y la nuestra? —¿En
qué afecta a vuestra reputación pasear con nosotras? _preguntó curiosa Ana. —Pues
que corremos el riesgo de adquirir fama de mujeriegos. Y
volvieron las carcajadas de todos. —Hola,
Mariana ¿Estás enfadada conmigo? _preguntó Tomás. —Pero
no, hombre, si soy yo la que creía que tú estabas ofendido. —¿Cómo
puedo ofenderme contigo? Creo que tuviste sobrados motivos para asustarte de mis
impulsos. No temas, no voy a volver con lo mismo. Pero no me arrepiento de nada,
lo que he prometido, prometido está. No retiro ni una palabra de lo que te
dije. Y punto, no hablo más de eso. —Es
mejor así, Tomás. Soy menos emocional que tú. Trato de ser racional en cosas
tan personales y tan íntimas. —Está
bien, respeto tu posición, paseemos en calma y hablemos de otras cosas. ¿Te
gusta el cine? —Sí,
pero no las películas que nos traen a Orihuela, cante flamenco, toreros y
goles, todas esas tonterías. Es un desperdicio. No sé por qué lo llaman el séptimo
arte. Si el cine es un arte podrían filmar películas que nos hicieran pensar y
nos dejaran algo y no estas cosas tan superficiales. —¿Y
libros? ¿Qué lees? _preguntó otra vez Tomás. —No
tengo tiempo _señaló Mariana_ las monjas son muy exigentes y tengo que
estudiar duro. Los libros que me dejan leer no son interesantes. Estoy harta de
leer vidas y milagros de los santos y las santas. Es todo muy chato. Por un lado
te dan cultura con el bachillerato y por otro te la quitan negándote las
lecturas que valen la pena. ¿Y tú, Tomás, qué lees?
—Pues a mí me pasa como a ti, los libros que la censura nos permite
leer no me interesan. Pero a veces consigo libros interesantes. —¿Hay
censura? _preguntó con inocencia Mariana. —Pues
claro que la hay. Pero en tu mundo no os enteráis. —No
me digas «tu mundo» con resentimiento. No tengo la culpa de que me críen en
una burbuja. Pero, dime, ¿En serio hay censura? ¿Estás seguro? —Sí,
Mariana, pero no quiero que la conversación derive en criticas políticas. Tú
estás fuera de ese tema, eres muy joven y además perteneces a una familia que
está de acuerdo con el sistema. No te voy a complicar la vida señalándote mis
desacuerdos. —Me
hace gracia en el tono paternal que me dices que soy muy joven. Apenas tengo un
año menos que tú y curso el mismo año de bachillerato que tú. ¿Acaso eres
de esos que dicen que la mujer debe estar en la cocina? —No,
mujer, no es eso. No seas tan susceptible. Pero hablemos de literatura ya que
estás interesada en algo más que el Santoral. ¿Has leído a Miguel Hernández,
nuestro poeta oriolano? —No;
he oído hablar de él pero dicen que sus libros están prohibidos. —Efectivamente
y eso es la censura, están prohibidos por la censura oficial. —¿Lo
están por la militancia política del poeta o porque la divulgación de su obra
perjudicaría al gobierno? _preguntó Mariana. —Una
parte de su obra, «Vientos del Pueblo», sí es política y es contra el
fascismo. Pero los sonetos de «El rayo que no cesa» no son políticos y no se
justifica su prohibición. Lo peor de la censura son los censores que no tienen
criterio y son más papistas que el Papa. —¿Sabes
algún soneto de memoria? —Sí,
muchos. Hay un soneto precioso que dedicó a su novia en ocasión de robarle un
beso cuando ella estaba descuidada. Te recito una parte: «Te
me mueres de casta y de sencilla, estoy
convicto, amor, estoy confeso de
que intrépido raptor de un beso yo
te libé la flor de la mejilla.
Yo
te libé la flor de la mejilla Y
desde aquella gloria, aquel suceso, tu
mejilla, de escrúpulo y de peso se
te cae deshojada y amarilla. A
Mariana la conmovió la voz suave y amorosa de Tomás. —Es
verdaderamente precioso y emotivo ¡Y qué bien lo recitas! Ojalá pudiera
leerlos todos ¿Tú tienes el libro «El Rayo que no cesa»? —Sí,
es una edición mexicana conseguida a escondidas pero por desgracia en el mismo
tomo están también sus poemas políticos «Vientos del Pueblo». Así que no
te lo puedo prestar pues en el ambiente que tú te mueves sería un desastre que
te lo encontraran. No quiero meterte en líos, debo protegerte. —¿Te
metes tú en política antifranquista? _preguntó Mariana. —No
lo hago. Motivos no me faltan pues mi padre fue fusilado sin juicio previo por
los falangistas en la provincia de Granada, adonde mataron a Federico García
Lorca. Pero me he propuesto como meta estudiar y no mezclarme en políticas,
revanchas, violencias y todo eso. Claro que no puedo evitar escuchar algo contra
el régimen si estoy charlando con amigos que no les gusta el fascismo, pero yo
no me meto. No tengo resentimientos, soy un hombre de paz y de trabajo. Leo a
Miguel porque me conmueve su poesía pero no la parte de arengas políticas que
no me interesan. Sólo quiero ser médico para aliviar el dolor humano, y eso es
lo que seré. Mucho más ahora, después de haberte conocido. Ahora tengo dos
metas, la medicina y tú. —Cada
vez que estás conmigo me sorprendes como ser humano _dijo Mariana_ Tus l9 años
son muy maduros. Eres serio y honesto. —Gracias
Mariana, pero no es tan así. Lo que ocurre es que trato de mostrarte lo mejor
de mí, pero también tengo mis incertidumbres, mis dudas, mi inseguridad, y
todas esas pequeñas miserias que siempre acompañan al hombre. Nadie es
enteramente bueno o malo. Todos somos una mezcla de ambas condiciones y lo que
importa es lograr un promedio de persona decente. Hay que tratar de ser
compasivo y solidario con nuestros semejantes. Mi objetivo obsesivo es el título
de médico y estoy dispuesto a trabajar muy duro para lograrlo. A lo que no
renuncio, no lo haré jamás, es a la escala de valores que he elegido para mi
vida. No seré alcahuete ni servil de alguien. Si me piden trabajo y lealtad los
daré sin limites, pero que no intenten pedirme obsecuencia o adulación. En eso
no voy a claudicar. Los Padres Jesuitas lo saben y por eso me respetan. Y que
conste que no es orgullo ni soberbia pues los pobres no podemos darnos el lujo
de ser orgullosos. Es sólo la cuota de amor propio que un hombre debe tener
para no perder el respeto que se debe a sí mismo. Porque si un pobre se pierde
el respeto a sí mismo ¿Qué le queda? Le queda una cáscara vacía. Y ahora,
por favor, perdóname este largo discurso. No te he dejado hablar ¿Quieres
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rieron los dos pero a pesar de que con su broma Tomás había querido restar
solemnidad a sus palabras, Mariana se había emocionado hasta las lágrimas. —Es
muy meritoria tu conducta. Te admiro por ello. A los 19 años los muchachos son
superficiales y no hombres como tú. Ahora nos tenemos que ir pero recuerda que
un par de veces más todavía podemos pasear. Se
dieron la mano y ella se la dejó más de lo necesario para un saludo de amigos.
Tomás por su lado y Mariana por el suyo se fueron pensando lo mismo, no había
marcha atrás posible. El contacto de las manos nuevamente produjo chispazos y a
ambos les había quedado una extraña y dulce sensación. Los versos habían
derretido las últimas resistencias de Mariana y pensó que decididamente estaba
muy enamorada de este apuesto joven un tanto huraño por afuera y tan tierno por
adentro.
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