Principal
Arriba
Enlaces
Personajes
Síntesis Crítica
Contexto Histórico
Las Novelas
El Autor
Libro de visitas
Imágenes

El Pequeño Empresario

 

¡Por el Imperio hacia Dios! ¡Viva Franco! ¡Arriba España! ¡Rompan filas, ar! Y los chicos salieron corriendo como de costumbre. Entre ellos Rodrigo que tenía hambre, como de costumbre. Ese era su estado natural, hambriento. Rodrigo a veces pensaba que cuando fuera mayor y le preguntaran cual era su estado civil, él respondería:

 

—Hambriento.

 

Rodrigo, de once años, ya no faltó más al campo de fútbol los jueves por la tarde. Ahora le gustaba ir porque la Falange, para evitar deserciones, repartía una merienda.

 

Rodrigo era el primero de su clase y adoraba como a un Dios a su viejo Maestro, Don Ignacio, un hombre de casi 60 años, narigón y huesudo, de una vocación pedagógica y una bondad natural infinitas. Estaba muy encariñado con Rodrigo pues éste, además de ser el más pobre entre los pobres, era más pobre todavía por no tener una madre que se ocupara de sus necesidades. Rodrigo era un excelente alumno en geografía, historia y gramática pero le costaba aprender matemáticas. Sin embargo un día descubrió la regla de tres y sintió que se le abría un mundo de posibilidades. Una mañana, cuando iba hacia el colegio, lo llamaron desde una ventana del Ayuntamiento:

 

—Eh, tú, niño, ven para acá. ¿Quieres ir al estanco a comprarme un paquete de tabaco y te doy diez céntimos?

 

—Si, señor, enseguida.

 

Cuando volvió se acercó otro empleado:

 

—Ve a mi casa, en la calle de San Isidro, y dile a mi mujer que me mande contigo el bocadillo del almuerzo. Toma una perra gorda _diez céntimos

 

Después vino otro que quería que le comprara el periódico, otro una revista y después otro y otro. Pronto quedó desbordado y Rodrigo comprendió que había encontrado un filón a explotar. Nació la primera empresa de mensajeros de España. El problema es que tenía que faltar al colegio. Entonces esperó a Don Ignacio, su viejo maestro, y habló con él a la salida.

 

—Don Ignacio, tengo que hablarle.

 

—Dime, Rodrigo, ¿Por qué estás faltando al colegio?

 

—De eso tengo que hablarle. Mi padre nos ha dicho con claridad que no puede mantenernos y que cada uno se arregle como pueda. He encontrado un trabajo para hacer mandados en el Ayuntamiento. Hago los mandados a los empleados y me saco muchas propinas. No puedo dejarlo o nos morimos todos ¿Qué hago? Deme su consejo como siempre lo ha hecho.

 

El viejo maestro se rascó la cabeza preguntándose interiormente como era posible que esos chicos tan buenos vivieran en ese estado de total abandono. Pensó un momento y dijo:

 

—Puedes ir a la escuela nocturna y yo te haré un lugar en mi escaso tiempo para darte clases particulares en mi casa. Ya pensaré en qué horarios.

 

Rodrigo visitó el Ayuntamiento, la Falange, la CNS (sindicatos verticales del Régimen), la Hermandad de Labradores y el Juzgado de Aguas. Fue anotando en un cuaderno los clientes que necesitaban el mismo mandado cada mañana, con sus respectivos horarios. Mesa por mesa los visitó a todos ofreciendo sus servicios y puso una tarifa de diez céntimos el mandado porque algunos decían:

 

—No tengo monedas sueltas. Otro día te doy la propina.

 

Pero luego no se la daban. Así que con la tarifa de diez céntimos el que no pagaba ya sabía que lo debía. Hacía unos veinte mandados cada mañana y recaudaba dos pesetas. Terminaba muy cansado pues había que caminar y a veces correr muchas horas. Algunos mandados eran lejos. Pero Rodrigo no se daba tregua. Y así nació la primera empresa de mensajeros. Las pequeñas ganancias no daban para matar el hambre pero al menos iban tirando, con más necesidades insatisfechas en su cuerpo que en su alma.