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Es la hora de la siesta pero las pulgas no me dan tregua y no me dejan descansar. Voy a la biblioteca del Convento a sacar un libro, entreabro la puerta y quedo estupefacto. El Padre Miguel está con una mujer besándose y abrazándose en actitud muy apasionada. Cierro la puerta con cuidado, sin hacer ruido, pero me doy cuenta que él me ha visto. La mujer no me ha visto porque está de espaldas a la puerta. Me vuelvo a mi dormitorio muy nervioso y conmocionado pues nunca he visto a un Sacerdote católico con sotana abrazando a una mujer en actitud impúdica. Pienso en ello y no culpo a la Iglesia ni a nadie por este hecho pues la razón me dice que en todas las instituciones hay personas que se desvían pero ni un mal sacerdote ni mil malos sacerdotes son la Iglesia. No hay que confundir las cosas. Las instituciones están formadas por hombres pero una cosa son las instituciones que son permanentes y otra los hombres que son variables. Pero de cualquier manera he quedado impactado y este hecho me hace pensar, no sé por qué, en la confesión. ¿Por qué se confesará la gente? Yo creo que en la confesión hay un deseo oculto de vernos por una vez como realmente somos. Al rato aparece el Padre Miguel en mi dormitorio. Llama a la puerta y entra: —Rodrigo, espero que no me delatarás. —¿Delatarlo? ¿Por qué cosa? No sé de qué me habla usted. —Por lo que has presenciado en la biblioteca. Sé que me has visto. —Yo no he visto nada. —Bueno, mejor, gracias por tu discreción. El resto de ese día y al siguiente no puedo mirarlo a la cara cuando lo tropiezo. Me produce profunda repugnancia saber que hay un Sacerdote que está traicionando a su Iglesia. Dos días después reaparece el Padre Miguel. Estoy solo en la Santería y viene a hablar conmigo. —Rodrigo, tú eres más joven que yo pero tienes más mundo, más experiencia de la calle y de la vida. He comprobado que eres una persona discreta y vengo a pedirte consejo. Estoy enamorado de esa mujer que viste conmigo y no sé qué hacer. Le contesto con aspereza: —Lo primero que tiene usted que hacer es no confesar ni oficiar Misa con cualquier pretexto de salud mientras esté viéndose con esa mujer. Su sacerdocio es incompatible con esos amores clandestinos. —Ya lo sé, Rodrigo, no he venido a que me riñas. Bastante tengo ya con mi conciencia. —Mire, Padre Miguel, el enamoramiento es un estado de semilocura o semiidiotez, que se cura conviviendo algunas semanas con la persona de quien se está enamorado. Es un tema muy delicado y no soy la persona apropiada para dar consejos en esa materia. Casi no tengo experiencia con mujeres. Y no solamente no tengo experiencia sino que no he recibido amor. Así que, fíjese Padre Miguel, no puedo ayudarlo pues lejos de ser un experto, al contrario, soy un mendigo del amor. Más que un necesitado, un menesteroso del amor. —¿A tu edad, casi 30 años, no has estado nunca enamorado? —Sí, pero no he sido correspondido. No he pasado por la situación de usted de tener un amor prohibido. —¿Por qué? No parece muy natural no haberse enamorado más veces a tu edad. —Es que soy muy resbaladizo y me escabullo del amor cuando intuyo que está en juego mi libertad. No deseo quedarme sin alas y es por eso que le temo tanto a las mujeres experimentadas que ya conocen el lado oculto de la luna. No quiero ataduras. Por ahora mi libertad es prioridad. Y usted pretende lo contrario, atarse. Es una insensatez. Además la historia de mi vida es llegar tarde a todo. Alguna vez tendré dinero y será tarde para disfrutarlo y alguna vez llegaré tarde al amor enamorándome de una mujer que no estará a mi alcance. Estoy seguro que ese es mi destino loco. —Yo estoy muy enamorado de esa mujer. Se le sueltan las lágrimas al Padre Miguel y le corren silenciosas por la cara. Me conmueve la lucha interior que está desarrollando. Me ablando con él y ya no lo miro mal. —¿Tanto cree usted que la ama? —Sí, mucho Rodrigo, hasta estoy pensando seriamente en colgar la sotana e irme a vivir con ella. No puedo sobrellevar esta pasión que me está devorando. Sólo pienso en estar con ella y no soy un mentiroso. Tengo que decidir lo que hago porque me es imposible vivir mintiéndole a mi Iglesia y mancillando mi sotana que es sagrada para mí aunque esté vieja y remendada. O una cosa o la otra, no puedo continuar ni un día más sintiéndome un traidor a mis juramentos eclesiásticos. —¿Se lo ha propuesto la mujer? —le pregunto. —Sí, más que proponérmelo me lo está exigiendo. El Padre Miguel tiene unos 40 años, es alto y bien parecido. —Mire, Padre, piénselo bien. La calle es muy dura para el que no está acostumbrado. Ahora todos lo respetan, le ceden el asiento en el colectivo o el subte, no lo dejan hacer cola en los trámites y lo tratan con gran amabilidad y usted se siente importante como un hombre de Dios. Pero eso es la consideración a su sotana. Póngase un traje de civil y notará la diferencia rudamente. Le haré una pregunta clave: ¿Ha perdido usted su fe? —No, ni pensarlo. Ni la he perdido ni la perderé nunca. Conservo mi fe y así será toda mi vida. Mi fe es inconmovible. Pero envidio a eso Pastores Protestantes que pueden contraer matrimonio y crear su propia familia, su esposa y sus hijos. Tengo fe pero también quisiera tener una esposa. Amo a esa mujer y no me la puedo sacar de la cabeza. Quiero vivir con ella. —¿Ella está enamorada de usted? —Creo que sí, jura una y otra vez que sí, que me ama. —No quiero ser agorero, Padre Miguel, pero hay muchos casos de mujeres perturbadas por el morbo de un hombre con sotana que tiene prohibido el sexo. No esté tan seguro de que lo ama. Tal vez después de saciar su morbo pierda interés por usted y sea un desastre para su vida. Además, usted, ahora, sólo piensa en tenerla siempre en la cama pero ese deseo vehemente se calma en unos días. Y después tiene usted que buscar trabajo ¿Qué sabe usted hacer? —Nada, absolutamente nada que no sea oficiar Misa y dar los Santos Sacramentos. No tengo ninguna profesión ni oficio manual. —Pues no sabe lo que le espera. Si quiere usted mi consejo le recomiendo que si no ha perdido su fe se quede aquí en su Congregación con sus hermanos. En ningún lado estará usted mejor y más seguro. Y espere pues el tema del casamiento de los Sacerdotes se está discutiendo mucho adentro de la Iglesia y a lo mejor en breve los autorizan. Al fin y al cabo en los Evangelios Jesús no dice nada de obligar al celibato y hasta el Siglo XI los Sacerdotes se podían casar. El celibato no es un mandamiento de Dios sino de la Iglesia y ésta lo puede cambiar. —No puedo esperar tanto, Rodrigo. Ese tema está muy verde y la Iglesia estudia con calma y se toma mucho tiempo para tomar decisiones. Me moriré de viejo antes de que la Iglesia decida algo sobre esta materia y yo vivo desesperado por esta mujer. —Pues lo tiene usted muy mal porque si cuelga usted la sotana, deja el Convento, deja a sus hermanos pero conserva usted su fe, va a vivir atormentado por la conciencia de haberse convertido en un Sacerdote renegado. Y le puedo vaticinar —porque conozco ya un par de casos— que se va a arrepentir todos los días que le queden de vida. No lo haga, no se vaya o su vida será un calvario. No podrá gozar nunca de la alegría de vivir y no dormirá tranquilo nunca. —No sé, no sé, estoy tan perturbado. Necesito estar sereno para pensar pero no lo logro. —¿Ella sabe que usted conserva su fe? —Sí, claro. —Pues entonces no es buena persona porque lo está induciendo a abjurar de sus creencias. No se vaya, hágame caso, Padre ¿Ella tiene dinero? —Qué va, es muy pobre. —O sea que usted tiene que encontrar un empleo enseguida sí o sí. He aquí otra batalla a la que usted no está acostumbrado. Recibirá muchas humillaciones. ¡Y vencer a la pobreza no es fácil! —Estoy muy preocupado, voy a echar mucho de menos a mis hermanos de Comunidad y sé que me voy a sentir culpable. —Padre Miguel, usted no es culpable pero para sentirse culpable no hace falta serlo. La culpa nos persigue siempre. —Me preocupa mucho lo que voy a extrañar a mis hermanos pero no creo que deba preocuparme por encontrar empleo. Algo saldrá. —Pues debería preocuparle ya que vencer a la pobreza no es tan fácil como usted se imagina. A mis 29 años yo llevo 20 años luchando contra la pobreza y aquí me tiene de perdedor. Y conste que me he dejado el pellejo trabajando por ahí en todo lo que me ha salido. No sé lo que es ocio o vacaciones y sigo sin salir de la pobreza. ¿Por qué cree usted que lo va a lograr con facilidad en poco tiempo? —Rodrigo, amigo mío, estoy tan angustiado… Me quedo consternado y furioso, con ganas de ir a buscar a esa mujerzuela —porque no debe ser otra cosa que una mujerzuela— y decirle cuatro verdades en la cara. Con tantos hombres que hay en la calle y tiene que venir a seducir a un buen Sacerdote. Hace falta ser un demonio. ¿Qué clase de persona que no sea un demonio puede tentar a un buen Sacerdote con fe a que deje su sotana? Se va el Padre Miguel y entra una señora que quiere comprar una medalla de San Cristóbal para que su esposo la cuelgue en el camión que conduce en el trabajo. Le saco la medalla de la vitrina y me pregunta: —¿Cuánto vale? —Quince pesos. —¡Ni hablar! Que lleve el camión sin medalla como lo hizo siempre y nunca tuvo un accidente. ¡Quince pesos, qué barbaridad, cómo está la vida, ya ni una medalla se puede una comprar! No me gusta perder una venta y antes de que salga atino a comentarle: —Señora, quince pesos por la protección de San Cristóbal no es un precio alto. Pero ella no hace caso y se va rezongando contra lo cara que está la vida. Enseguida entra otra mujer en la Santería y pide un Rosario. Le enseño varios, le digo los precios y tampoco se lo lleva porque le parece caro ¿Se me habrá ido la mano con los aumentos? Entra ahora un hombre y pide un libro de autoayuda sobre temas religiosos que ha visto en el escaparate. Pregunta el precio, piensa un poco y decide llevarlo. Comenta en voz alta: —¿Valdrá la pena el gasto? Como buen vendedor defiendo la mercadería: —Señor, llévelo, no es un gasto sino una inversión, se trata de libros escritos con la sana intención de ayudar a la gente. El libro se titula “Dialogue con su alma” y el hombre me dice: —¿Cómo puedo dialogar con mi alma si mi alma no habla? Ante una lógica tan contundente no sé qué contestarle, pero me animo y le digo: —Señor, usted sin darse cuenta se está equivocando. Su alma le está hablando en silencio cada minuto de su vida. Ha entrado usted aquí a comprar ese libro porque su alma le ha dicho que lo compre. El hombre se va convencido y entonces pienso: “¡Joder, pues no es tan difícil ser Cura! Si he podido convencer a ese buen hombre que su alma le habla y lo ha guiado hasta la Santería para comprar ese libro y yo he encontrado las palabras para que lo comprara ¿Por qué no podría ser Cura y terminar con esta hambruna que me persigue desde que nací? No estaría mal hacerme fraile y que el mundo y las pulgas dejen de joderme la vida. Si puedo vender medallas, estampas, rosarios y libros religiosos sin llevar sotana ¿Qué no sería capaz de vender si me pongo una sotana?”
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