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El Loco Del Cementerio

 

Dos meses después, en Julio, falleció la esposa de Don Anselmo sin que acusara enfermedad alguna. Se supone que murió de tristeza pues tanto de tristeza como de amor se puede morir. Simplemente se acostó una noche, se durmió y no despertó más. La muerte por tristeza o por amor es como un suicidio pasivo. Alguien no quiere vivir y se deja morir pasivamente.

 

Fue enterrada en el panteón familiar en el que había cuatro lugares. Uno ocupado imprevistamente en primer lugar por los restos de la joven Mariana, otro por los de Doña Celia, su madre, uno destinado en el futuro a Don Anselmo y otro que éste había reservado para cumplir la promesa hecha a Tomás de que alguna vez descansara al lado de la única mujer que amó.

 

Don Anselmo, sin fuerzas por tantas desgracias acumuladas, no pudo acompañar los restos de su esposa. El hombre entró en un torbellino de autodestrucción. Dejó de alimentarse y sus sirvientes no sabían qué hacer. Don Anselmo mandó a su chófer a que tratara de convencer a Tomás que viniera a vivir con él y todos creían que era una decisión acertada pues un hijo podría ayudarlo a querer vivir. Pero «El loco del cementerio» había desaparecido después de la muerte de Doña Celia. Don Anselmo mandó a investigar su paradero pero todo fue en vano.

 

Tres meses después, el 1° de Noviembre, el día de Todos los Santos, día en que los vivos visitan a los muertos, Don Anselmo rompió su promesa y tomó la decisión de salir de su casa. Desde la muerte de su hija sólo lo había hecho la madrugada que había ido a visitar a Tomás en su cueva. El chófer lo llevó al cementerio. Bajó de su lujoso automóvil negro con dos ramos de flores y con paso inseguro se dirigió al panteón familiar. Sacó la llave, la metió en la cerradura y notó que la llave no giraba porque la puerta estaba abierta. Bajó los tres escalones de la bóveda, encendió la luz y un grito inhumano brotó de la garganta del anciano que salió del panteón con el rostro desencajado y perdido el don del habla.

 

 Las personas presentes asistieron a Don Anselmo con un vaso de agua y un calmante pero no podían hacerlo hablar. El pobre hombre sólo atinaba a señalar con su dedo índice allí abajo, algo que él había visto en el interior del panteón familiar. Entraron y bajaron los tres escalones el chófer y otras personas y hallaron un horroroso cuadro macabro. Un esqueleto completo, con su calavera, vestido con jirones de restos de harapientas ropas todavía no consumidas por el tiempo implacable, se hallaba abrazado al ataúd de Mariana del Monte. Vinieron las autoridades judiciales y policiales y se hicieron las averiguaciones pertinentes. Eran los restos de Tomás Ramírez, «El loco del cementerio», que por lo visto había forzado la cerradura una noche y se dejó morir junto a su amada.

 

Don Anselmo cumplió con la promesa hecha a Tomás. Le encargó un entierro privado y lo acompañó al cementerio con la hermana y el cuñado del joven fallecido. Los restos de Tomás fueron colocados en el panteón familiar de la familia Del Monte, al lado, muy al lado, pegados a los de Mariana.

 

Don Anselmo pidió un poco de privacidad al chófer y a la familia de Tomás para orar por sus seres queridos. Todos salieron de la bóveda respetuosamente y lo dejaron a solas para rezar tranquilo. Entonces desde el exterior se oyó un gran estampido, aumentado por la resonancia del panteón, y todos se precipitaron a su interior temiendo lo peor. Don Anselmo se había abrazado al ataúd de su esposa y con su pistola de falangista de la primera hora, se descerrajó un tiro en la boca.

 

Las gentes del lugar empezaron a decir que otra vez se había vuelto a ver una luz nocturna dando vueltas alrededor del camposanto. La leyenda de la historia de amor de Tomás y Mariana llevó a los enamorados con dificultades a encender velas en la cueva de Tomás. Primero fueron muchas velas, luego menos y finalmente la gente se fue olvidando. Pero todavía los habitantes de las cercanías del cementerio insisten en afirmar que por las noches ven una luz rondando el exterior del muro. Dicen que se han acercado y han comprobado que no la lleva nadie, es una luz flotante. Y todos aseguran que es el ánima de Tomás Ramírez, «El loco del Cementerio.»