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No he podido pegar un ojo en toda la noche pues bandadas de pulgas se han dado un banquete conmigo. No sé cómo haré para combatirlas pues soy un experto en pelear contra piojos, chinches, moscas y mosquitos pero esto de las pulgas es una plaga nueva para mí. Voy a ver al Padre Telesforo, el administrador, pues desde el primer día mi intuición me dice que debo mantenerme alejado del Padre Guzmán, el Superior. Debo sobrevivir. —Padre Telesforo —le digo al fraile gordo y buenazo— a pesar de estar muy cansado no he podido dormir ni cinco minutos, ni creo que pueda hacerlo esta noche ni nunca. Mire cómo tengo el cuerpo. Las pulgas me han acribillado, me pica todo, es un nido tremendo, están por miles. —Sí, ya lo sé, hijo, pero no tenemos otro lugar disponible. —No se trata de eso, no es cuestión de poner buena voluntad y ya está, se trata de que usted comprenda que tenga o no un lugar disponible, ahí no se puede dormir. No pueden ustedes exigirme un imposible. Prefiero en medio del jardín, en el piso de cualquier pasillo. No necesito cama pues estoy acostumbrado desde niño a dormir en el puro suelo. Sólo me da la colchoneta y me instalo en el piso de cualquier lugar de la casa que no sea ese depósito de muebles infectados de pulgas. O bien me da flit o algún otro producto para combatirlas. No se puede enviar un soldado a la guerra sin armas. —¿Un aparato con flit? Eso es imposible. Somos muy pobres y tenemos otras prioridades básicas, como por ejemplo alimentarnos. No podemos gastar dinero en flit. —¿Y qué hago? Es imposible e inhumano dormir en ese sitio. No se puede. —Se puede, hijo, se puede, todo se puede, es cuestión de voluntad y de rezar con fe. Ese salón hace años que está cerrado y lleno de polvo y suciedad. Tienes que sacar todos los muebles y limpiarlos, lavar el piso con lejía, y yo te daré unos polvos para que los pongas por los rincones y por las rajas de la pared o del piso cerca de la cama. Saca ésta afuera y lávala bien. Lava también la ropa de la cama. Es mucho trabajo pero verás que las pulgas odian la limpieza y desparecerán. Y entonces comprendo que me han puesto a propósito la cama en ese salón trastero para que, con la excusa de las pulgas, yo lo limpie con los muebles incluidos Mi vida se reduce a soledad y desamparo, pulgas en mi camastro y frialdad de convento, pobreza extrema, ropa sucia y arrugada, un libro abierto y una pequeña radio a transistores que siempre llevo conmigo a todas partes como compañía. Y esta angustia de vivir en el vacío, sin estar involucrado en algún proyecto de vida, con la misma rutina de siempre. Le pido permiso al Padre Superior para dedicar unas horas a tratar de ganarle la batalla a las pulgas. —Está bien, limpia ese salón de pulgas pero no te vayas a quedar ahí todo el día con la excusa de las pulgas pues hay mucho qué hacer. Siento enormes ganas de mandarlo a la mierda, como mínimo, pero me contengo. Toda la sabiduría de la vida del pobre consiste en saber contenerse. Pero no puedo dejar de pensar ante este hombre de Dios que se siente tan importante que por muy importante que él se sienta puede ser reemplazado por otro y el convento y los trenes y el planeta seguirán funcionando sin su valiosa participación. —¿En cuánto tiempo desea usted que elimine las pulgas que hay en ese lugar desde hace muchos años? Noto que se ha dado cuenta de mi rabia y que eso lo complace. Y me dice con placer sádico: —Podrás hacerlo en un par de horas. No más pues quiero que vengas conmigo a que te enseñe a vender las Misas de difuntos y las cosas de la Santería. Termino de sacar los muebles viejos, he vaciado mi habitación y ha quedado limpia como el oro. El Superior pasa por la puerta, se asoma y mira detenidamente la sala que huele a jabón y lejía. Los muebles están brillantes pero él se encoge de hombros y dice con aire distraído, de mala gana, sin darle importancia a mi esfuerzo: —Bah, no está mal. Podría estar mejor pero ya le darás un repaso otro día. Pero las pulgas ya no están en las rajas de las paredes y pisos, ni en los rincones, sino en los muebles viejos. Han vuelto a entrar camufladas entre las maderas cuando he vuelto a entrar los muebles. He perdido la batalla pues incluso parece que he removido los nidos y ahora hay más y están enrabietadas. Quizás —pienso— me permitan sacar la cama al jardín pues hace calor. Ojalá. Pero no les permitirá su conciencia verme dormir al cielo raso y no me darán el permiso. Ya veremos. Empieza a llover y la lluvia que cae del cielo penetra en mi hígado. Iba a decir en mi alma pero no me sale. Tengo un nudo en la garganta y siento ganas de llorar. Pero no he venido a América a llorar y no me permito ese deshogo. Aprieto los dientes y me ceno la tristeza de primer plato con la melancolía de postre. Empiezo a arrepentirme de haber salido de Orihuela. mi querido pueblo, pues allí, aunque pasara hambre, tenía a mis amigos del Café Colón y no tenía pulgas. ¿Qué estarán haciendo mis amigos? ¡Dios mío cuánto cuesta vivir! Recuerdo la tragedia de Sísifo que según cuenta la mitología ofendió a los dioses y fue castigado a empujar una gran piedra redonda cuesta arriba escalando una montaña muy empinada. Sísifo tenía que empujarla día y noche sin cesar porque si dejaba de hacerlo la piedra retrocedía y lo aplastaba. Así parece mi vida, empujar, empujar y empujar, siempre empujando y sin poder retroceder pues no tengo adónde ir. Sin embargo estos frailes me caen bien y los voy queriendo. Admiro su voto de pobreza que cumplen con dureza. Hombres, quizás algunos de familias pudientes, que han abrazado el sacerdocio con gran fe hasta el punto de cambiar su confortable vida por esta vida de absoluta pobreza. Ojalá yo tuviera el consuelo de esa fe que los ha llevado a renunciar a todo para llevar esta vida tan sacrificada. Pero yo no tengo ese consuelo porque sólo creo en lo que veo y creo que después de la muerte es la nada. Voy conociendo a los doce frailes y los dos únicos que no me simpatizan son el que me esperó al pie del barco, enjuto y triste hasta no parecer un ser humano, y el Padre Guzmán, el Superior que se cree realmente superior a todos y carece de humildad. Tiene un pésimo carácter y lleva su mandato con innecesaria dureza y arrogancia. Todos le temen pues es uno de esos hombres de modos autoritarios nacido para mandar. El Padre Guzmán no se cuestiona si algún fraile desobedecerá alguna vez sus órdenes. Con voto de obediencia o sin el mismo el Padre Superior se siente muy fuerte y ni le pasa por la cabeza que algún miembro de la Comunidad se rebele contra sus duras normas. Y como me ha visto a mí un poco remiso me sermonea y me dice: —Muchacho, trabaja y no pienses en el mundo de ahí afuera. Sólo tienes que pensar en que hay tres cosas seguras en esta vida que son lo efímero del placer, la soledad y la muerte. —¡Y las pulgas! —agrego yo. Termino de limpiar el trastero donde voy a seguir durmiendo y vuelvo a meter en el mismo todos los muebles viejos pero ahora más ordenados. Aunque siguen habitados alegremente por las pulgas. No puedo dejar de acordarme del gallego Felipe, mi compañero de viaje, que decía que él no mataba las hormigas. Aquí lo quisiera ver con las pulgas. Me he despellejado las manos restregando el piso con estropajos muy duros y ásperos. Voy en busca del Padre Guzmán para que me enseñe mis tareas. En la recepción del Convento hay una pequeña mesa y dos sillas poco cómodas, austeras como el Convento, una para mí y otra para la persona que venga a encargar una Misa de difuntos. Paso por delante de la pizarra de anuncios parroquiales y mi sentido del humor me hace soltar la primera carcajada desde que salí de mi Orihuela de mi alma y de mi corazón. Alguien que no domina bien la gramática ha escrito un aviso que me hace reír con ganas. Dice el aviso parroquial: “Por favor, pongan las limosnas en un sobre, junto con los difuntos que deseen que recordemos.” —Después del desayuno —me dice el Padre Superior— debes venir inmediatamente a este escritorio a atender a los feligreses que demanden una Misa. Debes cobrar 20 pesos por cada Misa y anotar el nombre del difunto para que lo podamos mencionar en el Altar ante su familia ¿Comprendes? ¿Te alcanzan tus entendederas para hacer este trabajo? —Sí, Padre, pero si usted no me conoce ¿Por qué me desvaloriza de esta manera? —No seas tan arrogante muchachito, necesitas más humildad y menos vanidad. Ya veremos lo que vales, aún no lo has demostrado. Y yo, para curarme de sorpresas, considero a todo el mundo un tonto mientras no me demuestre lo contrario. —Yo, en cambio —le digo esta vez sin temor— considero que las personas son normales mientras no me demuestren que son tontas. —¿Ves? Ya estás discutiendo conmigo. Si no se lo tolero a mis frailes menos te lo voy a tolerar a ti. Si no te gusta esto ahí tienes la puerta pero a mí no me discutas. Ya te irá enseñando la vida a ser desconfiado. Ahora ponte a trabajar en silencio. Y no te vayas a quedar sentado ahí sin hacer nada mientras esperas a que venga alguien. Mientras no llegue alguien barre este salón, lava los pisos y saca el polvo de los muebles. —Sí, Padre. —Así tienes que contestarme, “sí Padre,” sin ningún otro comentario si no te lo pido. Y no te vayas a quedar sentado cuando termines la limpieza de este salón recepción. Deja sobre la mesita un papel que diga: “Estoy en la Santería.” Tienes que limpiar toda la Santería y ordenar los libros, las estampas, las medallas, los Rosarios, las Imágenes, etc. etc. Que se vea todo bien limpio y ordenado. Hay un libro que he escrito yo que debes ponerlo en el centro del escaparate, en lugar destacado que se vea bien. Así hasta la hora de comer que lo harás con esos dos delincuentes que tenemos en la limpieza. No me gustaría que comieras ni trabajaras a su lado pues te pueden corromper, pero no hay otro lugar. —No tema, Padre Guzmán, a mí no me van a corromper, puede usted estar seguro de ello. —Veremos, veremos, sigues con tu arrogancia, el tiempo lo dirá. Y a ver si bajas esos humos que tienes. —El tiempo no dirá nada —contesto con dureza. —Vaya hombre, te gusta contradecirme. Si yo digo algo no me contradigas y te quieras quedar con la última palabra o tendremos problemas de relación. Ponte a trabajar y cierra la boca. Al terminar de comer pasarás con esos dos rufianes a la cocina a lavar las ollas, la vajilla y los cubiertos. Después de dejar brillante la cocina pasaréis los tres al comedor de la Congregación y limpiaréis la mesa, los bancos y el piso. Después tienes dos horas de descanso para hacer lo que quieras. Puedes aprovecharlas para iniciar tus trámites de radicación en la Argentina. —Pero, Padre Guzmán, las dos horas se me van en el viaje en autobús a las oficinas de inmigración en el puerto y además me han comentado que hay largas colas. Sería mejor para mí que usted me concediera un día libre a la semana para esos trámites que anhelo conseguir. —¿Un día entero? ¡Hum…! No sé, no sé, me parece demasiado. Decido ahora ponerme firme en esta cuestión, pase lo que pase: —Padre, vine a la Argentina porque un miembro de su Congregación me prometió que me ayudarían a lograr la radicación. Sólo le pido que cumplan su palabra. Yo voy a cumplir la mía ayudándoles a ustedes en todo lo que me pidan, pero no he venido a América a limpiar pisos y platos toda mi vida. Tengo otras aspiraciones. —Ya veremos qué es de tu vida, te veo demasiado engreído y bastante conflictivo. Tómate un día libre a la semana pero que no sea sábado o domingo que son los días de más trabajo en la Iglesia. —Está bien, de todas formas sábados y domingos están cerradas las oficinas de inmigración. Concédame un día entre lunes y viernes. —Bien, te tomarás el miércoles pero te irás después de las 9 de la mañana que ya habrás terminado de limpiar y de vender las Misas que siempre las encargan temprano. Es mi primer día de trabajo y estoy abrumado, preocupado y nervioso para que el Padre Superior no pueda sorprenderme ocioso. Sigue lloviendo con fuerza y me estremezco ante mi soledad que es muy espesa. Casi no hablo con nadie en todo el día. Tengo que ir al puerto y no conozco a nadie, no sé cual de los muchos medios de transporte me llevarán al puerto y no sabré dónde bajarme. Preguntaré y ya veremos. Me preocupa también el regreso pues es una enorme población con varios millones de seres y, salvo en el centro, es una ciudad plana que se extiende en un amplio territorio. Hay una calle llamada Avenida de Rivadavia que dicen que tiene 20 kilómetros de larga. Necesitaría un plano de Buenos Aires pero no lo tengo. Hemos comido un potaje de garbanzos, patatas y verduras. Plato único. Una fruta de postre y un trozo de pan. Mientras comemos en el diminuto comedor de los sirvientes, conversamos los tres. Es mi único momento del día que tengo con quien hablar. Se queja Fulgencio, el homosexual: —Nos dan mierda de comer y nos matan de hambre pero peor estaba cuando trabajé en la morgue. No tenía refrigerador y para que no se me pudriera la comida y para tener fresca la bebida lo guardaba todo en el nicho refrigerado de algún muerto. Trato de defender a los frailes: —Ellos comen lo mismo que nosotros. Dan ejemplo de austeridad, no sólo la predican. —Es verdad —dice Fulgencio— pero no trabajan tan duro como nosotros. Deberían tener alguna consideración pues si consumimos más calorías de las que ingerimos nos enfermaremos de anemia o de algo peor. —En eso tienes razón —le digo— veo que algo sabes de nutrición y medicina. —Soy maricón, no burro, —me protesta. —Está bien, disculpa, no quise subestimarte —le aclaro. —No te quejes, lucha —dice el comunista, el cojo Ladislao, a su compañero—Afíliate a nuestro Partido Comunista y acompáñame a las manifestaciones de protesta contra los abusos del capitalismo salvaje. Después se dirige a mí: —Tú, Rodrigo o como te llames, ¿vas a venir a nuestras reuniones? —Ni lo pienses, no soy ni quiero ser comunista, soy socialista democrático. —¿Por qué? —Es tradición familiar, socialistas democráticos eran mi abuelo y mi padre. Pero aunque no fuera socialista jamás me haría comunista porque no me gustan las dictaduras, ni de izquierdas ni de derechas. Me gustan las ideas, no las ideologías fanáticas. El poder absoluto siempre corrompe y en el Comunismo sólo viven bien los jerarcas del Partido. En el Comunismo todos los medios de producción son del Estado y el Estado nunca ha sido buen administrador. Y como lo que es del Estado es de todos y lo que es de todos no lo cuida nadie, pues aunque sean equitativos en el reparto de lo que hay, lo que reparten nunca es riqueza sino pobreza. Soy progresista y pretendo que haya ricos que paguen impuestos para hacer escuelas, hospitales y crear fuentes de trabajo. Así que a mí no me vengas con discursos comunistas. —A vos, pobre Rodrigo, te han lavado el cerebro y no pienso tomarme la molestia de intentar desasnarte políticamente. Sos un caso perdido, un lamentable burgués. Y es una lástima porque serías una figura valiosa para nuestro Partido. —Pues yo pienso como Rodrigo —dice Fulgencio. —Vos cerrá la boca, maricón, vos no sabés pensar. Este mundo es insoportable para un ser pensante y vos, puto de mierda, sos medio feliz porque no pensás más que en joder. En cuanto a vos, Rodrigo, sos un ignorante —dice el cojo Ladislao—. Has dicho de corrido una oración que te han enseñado y te han comido el seso. Ya no sabés dónde estás parado. Es una pena pero igual podemos ser amigos porque somos igual de pobres y desgraciados ¿Hacia dónde ir? ¿Dónde hallaremos un poco de esperanza? —Sí, podemos ser amigos —le digo al cojo— pero el Padre Guzmán me ha prevenido de que intentarías corromperme. —¿Políticamente o sexualmente? —No lo sé, no me lo aclaró, pero si políticamente no puedes corromperme ni te pase por la cabeza lo otro o te la abro de un garrotazo. —Mira, Fulgencio, ya tenemos aquí un machito ¿Le damos una lección de violencia si la busca? ¿Vos me lo sujetás y yo le doy? —Deja al muchacho tranquilo pues me cae bien. ¡Eres un jodido peleador, un demonio! —Al Padre Superior sí que me gustaría corromperlo pero llego tarde. Ya es un podrido pedófilo. Me gustaría que en vez de ir sobando criaturas por ahí se jodiera a Fulgencio que estaría muy feliz. —¿Cómo son los argentinos? —le pregunto a Ladislao. —Somos esquizofrénicos, queremos conocer bien nuestras miserias pero luego las ocultamos. Después de hacer toda la limpieza de la cocina no me quedan dos horas para descansar como me ha dicho el Padre Superior. Apenas queda una hora. Tengo mis manos llenas de ampollas de tanto fregar pisos con estropajos. Hoy he vendido cinco Misas a 20 pesos y apenas habían seis o siete personas familiares de los difuntos en las Misas que se han oficiado. Y en la Santería he vendido tres medallitas de San Cristóbal, cinco estampas de la Purísima Concepción y tres libros piadosos de autoayuda, uno de ellos un opúsculo de apenas 50 páginas en letra muy grande que ha escrito el Padre Guzmán y se titula “El milagro de las campanas.” El Padre Superior se ha puesto muy contento al enterarse que ha vendido un libro y alguien lo va a leer. Saco cuentas del dinero que hemos sacado y es una ruina pues no hemos recaudado ni el valor de la comida. Decido por mi cuenta hacer innovaciones para recaudar más fondos pues estos frailes no saben nada de mercadotecnia. Hoy me he dado cuenta que formo parte del mobiliario. Estos frailes y sus feligreses pasan por mi lado sin advertir mi presencia, nadie me saluda, nadie me ve. Soy una cosa, un mueble más. Parezco invisible pues nadie repara en mí. Podría morirme ahora mismo y nadie se daría cuenta. Al llegar el vehículo para llevarme a la morgue alguien preguntaría: “¿Quién se ha muerto?” Y alguien contestaría: “Nadie, es ese chico que habían recogido los frailes.” He perdido mi identidad y comprendo que debo recuperarla. He reflexionado y me he propuesto no bajar los brazos y elaborar un método de transformación y cambio. Tengo que cambiar para encarar mi nueva vida con más ánimo. No estoy peor que en Orihuela. Me faltan mis amigos pero no estoy peor. Resuelvo ser más positivo y no perder el sentido del humor. Presenciar de cerca cómo es una Comunidad de frailes podría ser cómico si no fuera patético. No sé quien redacta los avisos parroquiales que se pegan en la cartelera de anuncios de la recepción y deseo enterarme porque es la única persona que me hace reír en este Convento de pesadilla. Vean el último aviso que leo al paso: “El próximo jueves, a las cinco de la tarde, se reunirá el grupo de las mamás. Cuantas señoras deseen entrar a formar parte de las mamás, pedir entrevista para que las atienda, una por una, el Padre Superior en su despacho.” Me he quedado solo por un rato y divago. Pienso que en estas instalaciones conventuales se podría montar una industria que diera trabajo a todo este gran barrio y al efecto me viene a la memoria una novela argentina cuyo título y autor lamentablemente no puedo recordar pero sí el tema que me atrajo mucho. Se trataba de una provincia muy pobre cuyo territorio era reclamado por dos provincias colindantes. Finalmente, para evitar una guerra entre hermanos comprovincianos, desde el gobierno central se intervino la provincia y se dispuso una reorganización de la misma. Entonces se tomaron algunas medidas muy sabias. El edificio de la gobernación se convirtió en una fábrica textil y se nombró portero de la fábrica al gobernador. El Obispo fue descendido a Cura raso y al Comisario de Policía lo nombraron cartero mientras que todos los políticos y altos funcionarios fueron empleados en la limpieza de las calles y plazas. Y todos fueron felices. No estaría mal —me regocijo pensándolo— ver al Padre Superior de portero de una fábrica textil instalada en el Convento.
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