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La
Dimisión Por
aquellos días llegó a Orihuela un Sacerdote Claretiano de la orden de San
Antonio María Claret bastante extendida en Sudamérica. Tienen varios colegios
e Iglesias, entre ellas la Iglesia de Constitución en Buenos Aires que es muy
importante. Era primo hermano de la Madre Superiora, Hija de la Caridad, que
dirigía su Comunidad en la Obra Social. La monja le pidió a Rodrigo que acompañase
al Claretiano por Orihuela para mostrarle las riquezas artísticas de la ciudad
que son muchas y de gran importancia. El fraile iba a estar una semana en
Orihuela y se hicieron muy buenos amigos. El Claretiano se fue enterando de las
dificultades que existían en Orihuela para encontrar un trabajo dignamente
remunerado. Le dijo a Rodrigo que en la Argentina, bajo la presidencia de
Frondizi, se estaba produciendo un polo de desarrollo industrial muy interesante
y que había sin duda trabajo para una persona como él con buena preparación
teórica y práctica en administración. Le ofreció pagarle el pasaje en barco
y albergarlo en la Iglesia durante los meses que necesitara para obtener la
radicación en el país. Suponía el Sacerdote que unos cuatro meses. Ayudaría
en la Iglesia en todo lo que fuese necesario, reservar las Misas a los
feligreses que las solicitaran, vender en la santería medallas, rosarios,
libros, estampas, limpiar y todo lo que hiciera falta. A cambio de ello le
pagaba el pasaje y le daría cama y comida. Desde luego sin sueldo. Otra vez un
fraile y otra vez trabajar por la comida. Era su destino, pensó Rodrigo. Le
agradeció educadamente el ofrecimiento pero le dijo que él pertenecía a
Orihuela, eran sus raíces y no se movería de esta ciudad. Seguiría
malviviendo, pero en su tierra y entre sus amigos. Rodrigo
estaba esperando el resultado de sus oposiciones administrativas a la Caja de
Ahorros y al Banco. Estaba muy esperanzado en haber aprobado una de las dos y se
sentía con fe de que una vez adentro se las arreglaría para progresar aunque
empezara desde bien abajo. Se enteró que se había dado a conocer el resultado
y fue ansioso a preguntar. No había sido seleccionado en ninguna de las dos
entidades financieras. Pidió hablar con el director de la Caja de Ahorros al
que conocía de haberlo visto alguna vez por la Obra Social con el Sr. Obispo. —Sr.
Director, las pruebas que me pusieron no tenían dificultad alguna para mí.
Tengo curiosidad por saber en qué me he equivocado y quisiera que me
devolviesen mi examen para ver donde cometí errores. —No
es costumbre devolver los exámenes _le dijo el Director_ pero puedo decirte la
verdad para que no te molestes. Lo hiciste todo bien pero también lo hizo todo
correctamente un sobrino del Sr. Alcalde y Jefe Local del Movimiento. En
el Banco le dijeron que su examen había estado correcto pero que también lo
había hecho bien un recomendado del Sr. Obispo. Cuando regresaba hacia la Obra
Social pasó por delante del Instituto Nacional de Previsión Social que así se
llamaba entonces la Seguridad Social. En esas oficinas se registraban los
aportes que los patrones hacían por sus trabajadores, con destino a su futura
jubilación. Se le ocurrió entrar a preguntar. El empleado repasó las listas y
le dijo: —Usted
no existe. —¿Cómo
que no existo? ¿Es que soy invisible? ¿Es que no me ve usted? _preguntó
airado Rodrigo. —Hombre,
no es eso. Quiero decir que usted no está en la lista de trabajadores. Como
trabajador usted no existe para el Estado. Oficialmente usted nunca trabajó. —Usted
me conoce pues Orihuela es pequeña. Trabajo desde los 10 años sin parar, sin
vacaciones, ni domingos, ni días de fiesta. A mis 29 años, recién cumplidos,
hace ya 19 años que trabajo duramente. A una edad, le repito, 29 años, en que
muchos jóvenes no han empezado todavía con su primer trabajo, yo ya llevo 19 años
de trabajos forzados ¿Y no existo?. Rodrigo
había apurado el Cáliz hasta el fondo. No podía más. Era demasiado. En
realidad él ya sabía antes de entrar a aquella oficina que nadie había
aportado nunca por él. No sabía por qué entró. Quizás tendría algo de
masoquista o tal vez necesitaba el último grito de rabia para tomar una decisión.
Apuró el paso para ver si llegaba a la Institución antes de que se
hubiera ido el fraile Claretiano. Llegó a tiempo y aceptó su
ofrecimiento. No tuvo que presentar dimisión alguna pues su tarea era informal
y no estaba registrado oficialmente como empleado. Había sido el cofundador, lo
había organizado, desarrollado y administrado pero era sólo un internado, un
chiquillo al que lo habían dejado hacer cosas porque no las hacía mal y salía
muy barato. Se presentó a la Junta Directiva y les comunicó que se iba. Le
dijeron que esperase un momento afuera porque deliberarían sobre su renuncia.
Suponían que Rodrigo quería unos duros más seguramente. A los diez minutos lo
llamaron y le dijeron que en vez de las 250 pesetas semanales que recibía, en
adelante le pagarían 300 pero que no se podía hacer otra cosa porque ya había
muchos gastos. Rodrigo rechazó el ofrecimiento. Se tomó una semana para
liquidar sus cosas. Vendió sus pocos muebles y sus muchos libros. Pocas veces
había llorado en su vida pero cuando sacaron sus libros de la planta baja que
tenía alquilada, se metió en el pequeño cuarto de baño y lloró amargamente.
Metió su escasa ropa en la vieja maleta de madera que había llevado al
Servicio Militar y fue a despedirse de las Monjas que lloraron a coro. La
Madre Superiora pidió hablar con los señores de la Junta Directiva: —¿Es
que van usted a permitir que se vaya Rodrigo? —Madre,
le hemos ofrecido 300 pesetas semanales y la comida y las ha rechazado. —¿Le
han ofrecido ustedes que figure oficialmente en nómina como un empleado, con
los aportes a la Seguridad Social y la estabilidad de un empleo fijo? —No,
Madre, porque ese puesto lo necesitamos para otra persona que va a venir
recomendada por el Sr. Obispo. Además Rodrigo come en la Obra y no es posible
pagarle más. —Pero,
por favor, dejen de nombrar la comida como si un plato de guiso tuviera un gran
valor. En realidad nos conviene que coma en la Institución porque así lo
tenemos a nuestra disposición de la mañana a la noche. Hace jornadas de 16
horas y está siempre presente para cualquier emergencia. Si comiera afuera haría
jornadas normales de ocho horas y no sería suficiente para el trabajo que hay.
Su comida se la gana de sobra con la cantidad de horas extraordinarias que
trabaja.
—Pero,
¿Qué es lo que usted sugiere? _Preguntó el Presidente de la Junta Directiva. —Sugiero
lo que sería correcto. Rodrigo es el contable, el comprador, el vendedor, es el
administrador de hecho. Y lo hace muy bien. Nómbrenlo oficialmente
administrador, asígnenle un sueldo de 2000 pesetas mensuales como el que le han
asignado a esos dos directores de las escuelas primarias y profesionales que no
hacen nada en todo el día. Con el correspondiente aporte de ley a la Seguridad
Social. Denle la estabilidad que le permita casarse, crear una familia y ya no
será necesario que coma aquí que es una cosa que tanto parecen valorar
ustedes. —Eso
no puede ser, sólo es un chico y ni siquiera sabe vestirse. —No
es un chico, es un hombre, un hombre hecho y derecho. Tiene 29 años aunque no
los aparente. Y cien años de trabajo, sufrimiento y experiencia. Y les puedo
asegurar que su conducta es de una gran responsabilidad y honestidad. Y si no se
viste bien es porque no le pagan lo suficiente para comprar mejor ropa. —Madre,
la Institución ya es muy grande y el Administrador tiene que ser una persona más
representativa que pueda hacer gestiones en el Ministerio de Educación, que
sepa presentarse con cierta altura cultural. —Pues
vamos a hablar claramente. La Obra Social es muy grande porque Rodrigo la ha
hecho grande. Ustedes llevan poco tiempo aquí ¿Acaso creen que esto se ha
hecho grande por arte de magia? Aquí adentro hay años y años de duro trabajo.
¿Quién sugirió comprar la tierra y la encontró? ¿Quién sugirió plantar
naranjos y los plantó? ¿Ha sido bueno para hacerla crecer y no es bueno para
administrarla? ¿Tienen que contratar ahora a un recomendado para que recoja los
frutos del trabajo de Rodrigo que es el fundador de todo esto? —No
exagere, Madre, Rodrigo consigue cosas porque tiene detrás nuestro respaldo. No
estamos aquí de figuras decorativas _respondió fríamente el Presidente de la
Junta Directiva. La
Madre Superiora encajó el golpe y advirtió inmediatamente que había perdido
la batalla. Entonces hizo un último intento sin mucha convicción:
—Pero
los trámites ante el Ministerio deben hacerlos los directores de las escuelas
primarias y profesionales que ustedes han nombrado y también la propia Junta
Directiva. Lo que necesitamos para administrar es alguien que esté bien
temprano en la Lonja, que vea las necesidades y se ocupe del abastecimiento. No
es necesario un señorón en su despacho. —Sor
María, cualquier persona puede comprar si tiene dinero para pagar. —Bien,
veo que lo dejan marcharse. Pero quiero ser sincera. Creo que lo lamentaremos
mucho, que lo vamos a echar de menos una enormidad. Sobre todo nosotras, las
monjas, que somos las que más lo necesitamos. Y debo decirles que además de un
error es una tremenda injusticia. Buenas tardes. —Espere
un momento, Madre, no lo tome así tan a la tremenda. Nadie es imprescindible.
Tenemos nuestros propios planes de desarrollo para esta Institución. Si Rodrigo
quiere quedarse a ayudarnos puede hacerlo como ya se lo hemos ofrecido, pero
figurar en nómina no puede ser pues tenemos otros compromisos. Y además hay
aspectos de Rodrigo que no nos gustan. Forma parte de un grupo de amigos que se
reúnen en un bar, tienen fama de rebeldes, no van nunca a Misa y se la pasan
hablando mal de Franco. Lo sabe el Sr. Obispo y toda la ciudad. A Rodrigo no se
le ve nunca en la Capilla y no tiene buenos antecedentes familiares. Su padre es
rojo y él parece seguir el mismo camino.
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