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La Cruzada

 

Todo el ingenio del pueblo, digno de mejores causas, se exhibía en las paredes de los retretes públicos, cines, bares, etc. Y por respeto al lector o lectora no se reproducirán aquí algunos de los muchos letreros que se habían escrito haciendo gala de una inteligencia aguda y un sentido del humor poco común. Unos eran procaces y groseros y no se reproducen para no herir sensibilidades; otros tenían mucha gracia y podrían comentarse pero no vienen al caso. Basta saber que en general se referían a las cosas que el que estaba orinando podía hacerle, con lo que tenía en la mano, a la hermana del que lo estaba leyendo. En Orihuela había un desconocido que en todas las puertas en las que se había escrito «servicios de hombres» y «servicios de mujeres», tachaba en ambas puertas la primera sílaba: «ser». Siempre, obsesivamente, el pecado de la carne estaba presente de una u otra manera. También se escribía sobre política en las paredes de los retretes pero no eran letreros con originalidad o gracia. Se limitaban al insulto. Primero alguien puteaba a Franco, más abajo un falangista reputeaba al comunista que lo había escrito, después un rojo recontraputeaba al falangista que había defendido a Franco y así sucesivamente.

 

Un día Rodrigo le contó este asunto al cura con el que se confesaba sin saber que iba a desatar una furiosa pero santa cruzada de moralidad que desbordaría el territorio oriolano para extenderse por todo el ámbito de la Diócesis. El joven cura, el Rvdo. Padre Alberto Montesinos, lleno de santa indignación, pidió una audiencia urgente para hablar con el Sr. Alcalde. Como es natural, tratándose de la Iglesia la autoridad municipal no quería topar y fue recibido inmediatamente en la Alcaldía. El Padre Alberto entró como una tromba en el despacho del Sr. Alcalde, con vientos huracanados expandidos desde el vuelo de su sotana, todavía con botones negros. Muy alterado explicó a borbotones que todos los retretes de la ciudad estaban llenos de letreros obscenos referentes al sexo y por si esto fuera poco, también con insultos al Generalísimo Franco, el nuevo padre de la patria.

 

—Bien, Padre, serénese. ¿Qué sugiere usted que hagamos?

 

—Pues exigir que en el perentorio plazo de quince días se repinten todas las paredes y vigilar con celo a ver si se sorprende a alguno y se le impone un correctivo que sea un duro ejemplo para todos.

 

—De acuerdo, Padre, vaya tranquilo que así se hará.

 

El Alcalde llamó al Secretario y le ordenó publicar un bando otorgando un plazo de quince días a los cines, bares, cafeterías y demás lugares públicos, para que pintasen todas las paredes de los retretes bajo apercibimiento de fuertes multas a quien no lo hiciere. Y advirtiendo además a la población en general que se aplicarían castigos ejemplares a quienes fueran sorprendidos escribiendo en dichas paredes.

 

El bando fue recibido con alegría y gratitud por los autores de los letreros ya que no les quedaba más sitio para escribirlos. Ahora podrían hacerlo a sus anchas. Un mes después apareció de nuevo el Padre Alberto en el Ayuntamiento:

 

—Estoy indignado y furioso, Sr. Alcalde. ¿Para esto hicimos una guerra? _era esa la frase preferida del cura_ Otra vez se han llenado las paredes de escritos asquerosos contra la moral y contra nuestro Glorioso Movimiento. Y no han podido sorprender ni a uno sólo de estos gamberros.

 

—Yo sabía que iba a pasar esto pues no tenemos suficientes guardias para poner uno en cada retrete público, pero lo quise complacer a usted ¿Qué más puedo hacer?

 

—Pues tengo una idea. Sobre paredes de yeso o de cal se puede escribir cómodo pero no sobre azulejos. Dicte usted una ordenanza municipal ordenando que en quince días estén azulejadas hasta el techo todas las paredes de los retretes públicos.

 

—Pero, Padre, eso es más complicado que pintar y más caro. No sé si podemos obligar a los dueños de bares que son gente humilde a que hagan gastos de albañilería.

 

—Podemos hacer eso y más, para eso hicimos una guerra. Pero, además, para su tranquilidad, tenga en cuenta que será un gasto por única vez. Ya no tendrán que volver a pintar. Si alguien logra pintar sobre los azulejos  le será más difícil y obligaremos a los dueños de los locales a que limpien cada noche los azulejos cuando cierren el local o en la mañana antes de abrirlo. Lo he hablado con el Sr. Obispo y está muy interesado en que se haga esta limpieza moral. En todo caso se les dan treinta días en vez de quince.

 

Cuando el Sr. Alcalde escuchó que el Sr. Obispo estaba interesado en azulejar los retretes, no se discutió más y se puso manos a la obra. Pero antes, el Alcalde le preguntó al cura:

 

—Dígame, Padre, ¿Tiene usted amistad con el Canónigo que dirige el Colegio de San Pascual?

 

—Por supuesto, hicimos juntos el Seminario y somos como hermanos.

 

—Pues es que me parece que mi sobrino, el hijo único de mi querida hermana, no va a aprobar el año ¿Podría usted hacer algo?

 

—Pues claro, ya está aprobado, descuide. _Y anotó en un papel el nombre del chico

 

En aquellos tiempos, los primeros años de la posguerra civil, falangistas, militares y clero se hacían favores mútuos. No se querían nada bien, recelaban unos de otros y se vigilaban con desconfianza. Sólo los unía el odio a la izquierda y como diría Borges «no los unía el amor sino el espanto». Se ayudaban pero se temían. Y es que un Cura podía hacer que trasladaran a un cabo de la Guardia Civil, pero un Capitán de la Guardia Civil podía moverle el piso a un cura. Un Obispo podía echar a un alcalde pero un gobernador y Jefe Provincial del Movimiento tenía poder para fastidiar a un Obispo. Un Cardenal podía lograr el traslado de un Gobernador de provincia pero un Ministro podía inquietar a un Cardenal. El Nuncio quizá habría podido hacer que se cambie a un Ministro, pero Franco podía cargarse al Nuncio sin la menor duda. Y siguiendo este orden, quizás algún ingenuo supondría que el Papa tenía poder para causar inquietud en Franco pero a éste no lo movía ni Dios. En cambio el Generalísimo, con su pancita, su vocecita de pito desafinado y su aparente fragilidad física, «echaba a quien le salía de los cojones» según sus propias palabras que se dice fueron pronunciadas durante un Consejo de Ministros.

 

Pero nos hemos ido en disquisiciones y hay que volver al Sr. Alcalde y al Padre Alberto. Ambos lograron su objetivo, se azulejaron las paredes de los retretes públicos y aprobó el año el sobrino del Alcalde. Cuando éste mandó al Secretario que redactara la ordenanza municipal para azulejar, el mismo comentó en voz alta distraídamente:

 

—Es lo mismo, pintarán igual.

 

—¿Con qué? _preguntó el Alcalde.

 

—¡Con mierda! _contestó el Secretario.

 

Y fue una premonición que se cumplió al pié de la letra.

 

El Padre Alberto fue delegado por el Sr. Obispo para recorrer todos los Municipios de la Diócesis y lograr el azulejamiento de centenares o miles de retretes públicos. La cruzada de moralidad se cumplió con éxito por un tiempo hasta que los dueños de los bares se hartaron de limpiar la mierda de los azulejos y no hicieron más caso. Pero el Padre Alberto, al cabo de un año, recibió los botones de color púrpura de Canónigo. «Que Dios protege a los buenos...cuando son más que los malos.»